Al final de la playa hay un espigón que construyeron hace años, antes de que yo naciera. El espigón acaba en unos escalones que se pierden bajo el agua. Ahí me he sentado, al atardecer. La mar está un poco picada, las olas oscuras; sopla un viento acre. La luz es acero y malva. Por estas fechas cae pronto la noche.
Contemplo el mar, las nubes y el cielo con la atención puesta en otra cosa; por debajo, mis pensamientos van y vienen, se arremolinan y se rompen. Intentan tomar una decisión sobre el mundo.
Falta muy poco para que termine el año. El negro mar de invierno infunde miedo. A esta hora, esta ciudad, más allá de la playa a mis espaldas, está llena de personas con sus circunstancias y sus tareas. Asciende el vapor de las cacerolas, arriban trenes que vuelven a casa, las madres desenredan el pelo de sus hijas, los amantes se citan para después de la fiesta, los cristales de las ventanas se empañan. Alguien solo pasea a su perro por un descampado. Explotan petardos. Me contaba una amiga que cada vez que visita a su madre y ve su cara de reconocimiento, respira con alivio. También puedo hablar de una mujer que está en el hospital, un hombre joven sin esposa, y otra gente rota y dolida.
Los pensamientos van de una cosa a otra. Es como si mi punto de vista se fuese elevando poco a poco por encima de la bahía entera, los nubarrones, el cuenco de luces que forma la ciudad, las cabezas atareadas de las personas allá abajo. Me doy cuenta de que, inconscientemente, trato de hacerle un veredicto al mundo. A lo lejos, sobre el cielo crepuscular, una estrella azulina brilla igual que la lucecita de Navidad que cuelga sobre la carretera.
Existe un universo paralelo a este universo nuestro, uno que lo contrapesa y lo completa. En uno de los mundos, el ser ha sido desde el principio, inmutable y eterno. En su gemelo, el ser aparece al fin tras la infinitud del caos primordial. Hay, pues, un universo del inicio y un universo del fin, un universo que fue y uno que acaba siendo; y así se satisface el equilibrio del Todo y la inquieta razón.
Y sin embargo, una imaginación barroca ha fantaseado esta historia: que en ocasiones la pared del cosmos puede llegar a romperse, y a través del desgarrón los dos universos opuestos se rozan y se mezclan. En esa intersección fantasmagórica surge un mundo extraño donde el ser no es principio ni final sino el fluir sin pausa de un estado a otro. El ser no queda, sino que pasa. Lo que ha sido se precipita acezoso hacia lo que será, como desde el monte se despeña un río. Los metales se forjan y se funden, se abaten las montañas, cambian las figuras de los animales, los anchos mares se retiran y se extienden, donde hubo hielo hay pasto y sal y lago y piedra, cambian los climas, las estrellas maduran y mueren como las hojas, y los hombres crecen, gritan en el aire y desaparecen.
Los periodistas aturden las mañanas con mentiras y medias verdades para que medren su empresa y su partido; los políticos, inútiles y trapaceros, solo creen en su propio beneficio; la mayoría de la literatura no vale el papel en que se imprime; los televisores emanan gente malvada y gramática idiota; en la escuela nadie quiere saber; los empresarios son unos capataces obtusos; analfabetos medio guapos hacen un ruido ruin que venden como música o como cine, y así es todo.
Y sin embargo, algunos profesores aman el saber y algunos alumnos se abren con felicidad al conocimiento. Hay poetas provinciales que en su vida publicarán un libro de versos por no hacerlos malos. Periodistas metódicos y honestos, empresarios contentos de lo que construyen, músicos que dan sus días al estudio y al ensayo, actores de doblaje o de teatros pequeños. Hay quien se ha metido en política porque entendía que era su deber civil.
Creía el judaísmo —como lo cuenta Borges— que siempre hay treinta y seis personas rectas que justifican el mundo ante Dios y son los pilares del Universo; no se conocen entre sí y son muy pobres. Algo así yo también lo creo.
Septiembre. (¿No estabas siempre distraído por una esperanza?)
En mi parada de metro las baldosas del vestíbulo estaban cubiertas de hojas secas. Como si lo hubiesen decorado para escenificar mi vuelta.
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Al decir verano, no pienso en el rojo verano español, sino en el verano del norte o el de las islas. La libertad para andar descalzo, unas sábanas que mueve el viento, niños jugando en la calle hasta la medianoche, los brazos que saben a sal, siestas en la yerba, baños crepusculares, ventanas abiertas a la luna por las que sale una conversación, chaparrones calientes, olas, canciones, cervezas, cigarras, madera de barcas.
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Cuando vivía en el norte, por los inviernos me ponía muy triste. A la altura de febrero a veces llegué a creer que no lograría atravesar tanto tiempo oscuro amontonado. En Madrid, lo que ocurra, lo que quiera que ocurra, será seguramente bajo el cielo claro.
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Estos días de septiembre no son ingratos, pero uno tiene que ver cómo la luz del mundo se consume como una candela, hacia el invierno. El largo invierno: pasará, y un día todo resplandecerá de nuevo; y sin embargo, prefiero vivir bajo este sol breve y cada vez más frío que en la promesa del que está por venir.
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Miro las palabras alemanas de «La primera elegía» de Rilke y me pregunto qué dirán. Sé lo que vienen a ser en español, pero me pregunto qué dirán del todo, qué sabor tendrán en la otra lengua, qué resonar de ecos evocarán en ella. Leo como quien pasa los dedos por las letras de un mármol.
Sí, las primaveras de veras te necesitaban. Varias
estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla?
¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como
si todo ello te anunciara a una amada?
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Como me cuesta caer dormido, me pongo a imaginar. Digamos que estoy en una isla del Mediterráneo, que camino por el campo, una tierra abrupta y ocre con arbustos bajos y arbolillos oscuros dividida por muretes de piedra seca. El sol ya se ha puesto y ha salido la luna creciente, pero aún es de día. El calor ha aflojado; el aire es tibio. Veo una lucecita verde, quieta en el aire, a la altura de mi cabeza. Es un insecto raro. Tiene casi el tamaño de mi dedo meñique, como a medio camino entre libélula y luciérnaga, y unas alas grandes de gasa y armazón plateado que se mueven despacio. Yo lo miro desde muy cerca y él me mira a mí, maravillado de lo que ve.
Imagina que es tu fervor el que anima el mundo y no al revés. Que el hábito de mirarlo reverdece y espesa un bosque que prefieres; que tu placer afila el olor del dondiego y la elegancia del arco de un puente; que haces romper más vivas las olas en la orilla, que las nubes corran por el cielo y que la lluvia fina se amanse las tardes que estás triste. Por eso, cuando cambias de hábitos, o has de marcharte por cierto motivo, o te enamoras equivocadamente, un día, tiempo después, pasas y ves que se han hundido los tejados de las casas del puerto, que los matojos crecen en los parterres; por el café paran apenas algunos hombres taciturnos, alquilan para oficinas el castillo y la marea deja tapones y bolsas de plástico en la arena de la playa.
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El sol poniente incendia de luz todos los días las hojas del árbol que se yergue hasta mi terraza. Entonces salgo y le hago una foto, y la tarde siguiente otra, y otra tarde, y otra. Para nada, sólo por verlo.
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En medio del verano se me ocurre pensar en el invierno, como un niño se pone a pensar en la muerte.
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Hablo con Elvira por teléfono; le digo que igual me voy un par de días a Santander. Ella me incita. No hay nadie en Madrid; la ciudad está vacía; ¿qué haces ahí? Un rato después aún le doy vueltas a la pregunta: ¿qué hago? Vivo, me contesto, con un poco de extrañeza. Me doy cuenta de que normalmente me gusta vivir. Estar, presenciar las cosas. En algún momento de mi edad, no sé cuándo, vivir se ha vuelto intransitivo.
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Pensaba en el ser y me quedé dormido.
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Ya he vivido bastantes años para hacerme esta pregunta: ¿por qué la edad a unos les adulza el carácter y a otros se lo amarga?
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Me cuesta decir «en casa de mi madre». Me suena raro. «En casa», me sale, como si lo otro fuese un pleonasmo.
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Antes de salir a la playa, la carretera cruza un buen tramo de pinares. Sobre un cartel indicador alguien ha escrito con espray negro: «TRÄUME LEBEN». «Träume» es sueños en alemán, eso lo recuerdo; «leben» será vivir, o vida. Hum... gracias por el aviso, pero no me convence.
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Mi madre y yo estamos sentados en la cocina, cada uno a lo suyo, callados. Ella se pone a revolver en la caja de las medicinas, saca un termómetro digital y se lo coloca bajo el brazo. Al cabo de un rato, el termómetro empieza a pitar. Mi madre sigue leyendo un prospecto, sin inmutarse. Yo me la quedo mirando hasta que lo nota y levanta la vista. Le digo, con mucho cuidado: «No sé; me daba la sensación de que...». Ella espera con paciencia a que yo termine la frase. La alarma del termómetro se para. «Parecía como si estuviese sonando la alarma del termómetro». Entonces se lo saca de bajo el brazo y lee la temperatura, tranquilamente. Yo la contemplo en silencio. Me estoy haciendo mayor.
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Un atardecer prodigioso, de los que forjan creyentes, cubre la llanura de Castilla. Yo lo veo desde el tren que la cruza, de vuelta. Una nube roja y rosa, de pronto, me despierta una emoción punzante, a punto de avivar algún recuerdo antiguo, muy hondo, que no llego a alcanzar y se disipa.
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Antonio López es un hombre que me llena de admiración. Dice en el periódico: «Soy más libre que cuando era joven. Me ha costado mucho llegar a algo parecido a la estima por la vida y por mí mismo. El camino ha sido complicado».
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Si necesito apuntar algo y no tengo dónde, alguna vez tecleo un mensaje en el móvil y en vez de enviarlo lo guardo. Ayer me encontré uno, escrito un martes de agosto, que decía: «Los ojos llenos de azul y maravillas». No sé por qué lo escribí; no lo recuerdo.
Un día entre 15 y el 22 de mayo de este año, en medio de la multitud de la Puerta del Sol vi un hombre con una pancarta que decía: «This is Sparta». «Esto es Esparta»: se refería a aquella escena de 300, famosa hace cuatro o cinco años, que retrata la determinación espartana de plantarse frente al poder omnímodo del emperador de los persas. Entendí la broma, sí; pero no, aquello no fue —esto no es— Esparta.
No mucho después de vencer juntos a los persas, los atenienses y los espartanos feroces de la película entraron en guerra, los dos pueblos griegos más opuestos por su forma de vida y de gobierno.
Al cabo del primer año de la guerra, Atenas celebra los funerales por los que hasta entonces han caído. Le corresponde hablar al ciudadano Pericles, el primero entre los atenienses. Y él, para que se entienda bien por qué han muerto esos hombres, dedica su discurso a describir la ciudad en que viven, ya que eso dará la medida, cree, del valor de su sacrificio.
Este discurso, tal como lo refiere Tucídides, es una pieza fundamental de nuestra cultura y todavía hoy resuena como si fuese nuevo:
Tenemos un régimen político que no emula las leyes de otros pueblos, y más que imitadores de los demás, somos un modelo a seguir. Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos sino de la mayoría, es democracia. En lo que concierne a los asuntos privados, la igualdad, conforme a nuestras leyes, alcanza a todo el mundo, mientras que en la elección de los cargos públicos no anteponemos las razones de clase al mérito personal, conforme al prestigio de que goza cada ciudadano en su actividad; y tampoco nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad. En nuestras relaciones con el Estado vivimos como ciudadanos libres y, del mismo modo, en lo tocante a las mutuas sospechas propias del trato cotidiano, nosotros no sentimos irritación contra nuestro vecino si hace algo que le gusta y no le dirigimos miradas de reproche, que no suponen un perjuicio, pero resultan dolorosas. Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas para ayudar a los que sufren injusticias y a las que, sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida.
(...)
Amamos la belleza con sencillez y el saber sin relajación. Nos servimos de la riqueza más como oportunidad para la acción que como pretexto para la vanagloria, y entre nosotros no es un motivo de vergüenza para nadie reconocer su pobreza, sino que lo es más bien no hacer nada por evitarla. Las mismas personas pueden dedicar a la vez su atención a sus asuntos particulares y a los públicos, y gentes que se dedican a diferentes actividades tienen suficiente criterio respecto a los asuntos públicos. Somos, en efecto, los únicos que a quien no toma parte en estos asuntos lo consideramos no un despreocupado, sino un inútil; y nosotros en persona cuando menos damos nuestro juicio sobre los asuntos, o los estudiamos puntualmente, porque, en nuestra opinión, no son las palabras lo que supone un perjuicio para la acción, sino el no informarse por medio de la palabra antes de proceder a lo necesario mediante la acción.
(...)
Tratad, pues, de emular a estos hombres, y estimando que la felicidad se basa en la libertad y la libertad en el coraje, no miréis con inquietud los peligros de la guerra.
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, Libro II.
Las palabras de Pericles expresan lo que los atenienses querían ser; lo que quiséramos ser nosotros. Me da mucho placer copiarlas aquí, esta tarde de julio soleada y fresca junto al mar Cantábrico.
(Juan José Torres Esbarranch las puso en castellano para la Editorial Gredos).
Mi hermana me manda una foto con el móvil. Se ve una tarta de color blanco en forma de corazón, con flores rosas y hojas verdes y una inscripción que dice: «Felicidades, Claudia». Claudia es mi sobrina, que cumple cinco años. Mi sobrino tiene nueve y medio. Luego está mi cuñado. Le respondo a mi hermana que es una tarta estupenda y ella me contesta: «¿A que sí? Estoy de lo más orgullosa de mí misma».
Viven cerca de Madrid, en una casa que da a unos campos de trigo interminables. Me parece un lugar tranquilo y hermoso. El otro día fui a visitarlos y pensé en ellos, en su vida, en esas tareas: hacer una tarta, madrugar, trabajar, llevar el coche al taller. Los jueves por la tarde mi hermana recoge a los niños de la escuela, deja a uno corriendo o bailando o entrenándose en algo y mientras tanto se lleva al otro a una biblioteca donde pasan el tiempo y hacen los deberes. Cuando han terminado, los tres se van a merendar a una bocadillería que a los niños les gusta mucho. Eso ocurre los jueves: cada día tiene su hábito, salvo los días de improvisar.
En la planta baja de la casa hay un baño pequeño por el que entra a chorros el sol amarillo de la tarde. En la repisa sobre el lavabo, palitos que dan olor, jabones en una cesta, cosas así. Ahí me puse a pensar en la vida de mi hermana y mi cuñado. Si serían felices, con lo que les ha costado llegar hasta aquí. Porque no lo sé. En verdad no lo sé; no los conozco desde dentro.
Alrededor de mí la casa, llena de utensilios y juguetes; los niños, con su pelo levemente rojizo; esas vidas, el ir y venir, sus historias, estos jueves de biblioteca y bocadillo que serán recordados al cabo de muchos años, cuando se hayan perdido tantas cosas que ahora vemos.
Es su obra, lo que los dos han hecho.
Las ventanas de la casa de mi hermana dan a poniente, al cielo inmenso de Castilla y a los trigales. Un camino que pasa junto a su puerta se aleja y se aleja entre los campos, deja atrás una encina patriarcal y se pierde tras unas lomas en la distancia. Siempre que puedo me voy hasta ese árbol. Me gusta llegar allí, enmedio. Se oye el vasto viento solo como si fuese el mar, y las ramas y las espigas le responden.
Ocurre a veces que uno entra en una habitación vacía y nota, intensamente, que algo acaba de pasar, no se sabe qué; algo que acaba de haber y que se desvanece ante los ojos en el aire invisible, ahí donde no hay nada.
Por Azúa, fui a ver una exposición de las fotografías de Henri Lartigue. Muchas parecen la repetición incansable de un propósito: retener el instante, fijar el salto, levantar acta de un soplo, parar la vida al vuelo. No conforme, Lartigue rellenaba cuadernos, hojas sueltas y álbumes donde prendía imágenes y anotaba los días también con palabras.
Muchos años después, en las fotos de Lartigue yo he encontrado olas que rompen al sol de la mañana, jóvenes detenidas y hermosas, amigos, novias, juegos y juguetes. Una bella vida que fue. No la vida, esta que es. Y sin embargo, la sensación feliz de su inminencia, la gracia de la vida que acaba de irse. Algo que quizá, se me ocurre, sea lo máximo a que pueda aspirarse con los medios del arte.
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Yo también soy muy dado a guardar imágenes y tomar notas. Un día anoté, por cierto, esto:
Por entonces Antonioni también solía usar una Polaroid. Recuerdo que en el curso de una localización de exteriores en Uzbekistán donde queríamos rodar un film —que finalmente no hicimos— regaló a tres ancianos musulmanes las fotos que les había tomado. El más viejo, nada más verlas se las devolvió con estas palabras: «¿Qué hay de bueno en parar el tiempo?»
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Esta agudísima frase de Banksy: «Todos los artistas están dispuestos a sufrir por su trabajo; pero ¿por qué tan pocos están dispuestos a aprender a dibujar?».
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Cuando encontré su tumba en el cementerio de Montparnasse, al leer su nombre en la lápida junto al de Simone, me puse a llorar. No de pena, desde luego, aunque tanto echo de menos a ambos cada vez que vuelvo a París y recuerdo nuestras cenas en la calle del Odeon, las charlas interminables y las risas. ¿Cómo podría lamentarme por ellos, cuando tanto les admiré y tanto enriquecieron generosamente mi juventud? No, supongo que lloré de gratitud y sobre todo de asombro. El asombro porque los que aún estamos ya no estamos del todo y de que aún siguen estando los que ya no están.
No hay un Borges menor. En una breve reseña, entonces dice: «... una tristeza de atardecer en la llanura, de ríos barrosos, de recuerdos inútiles y precisos». Es verdad; qué gran tristeza.
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La semana pasada, a la entrada del Puente de Toledo: «Es mi madre, ya; pero a veces me entran unas ganas de darle un collejón...». Se lo iba diciendo una mujer a otra.
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El otro día estuve hojeando cuadernos antiguos. Escribí titulares de periódico, pormenores del día, sueños, cifras, dibujos, fechas, versos, todo mezclado sin criterio. Algunos apuntes, tan olvidados, me sorprenden como si los hubiese escrito otro. Pasé una tarde muy agradable de visita en casa de una amiga enferma, que me dio mandarinas; aquella misma noche, al ir a apagar la lámpara de mi mesilla, mi mano me rozó la cara y me devolvió, en la oscuridad, el olor dulce de las mandarinas.
Un taxista recoge a una señora en Diego de León. La señora se sube al taxi y pide que la lleve a tal calle; que cuando lleguen a Cuatro Caminos ya le indicará ella. Llegados allí, el taxista se vuelve para preguntar, pero la señora ha muerto.
«El mundo me trata injustamente o yo no entiendo lo que quiere decirme», anoto (¡con ironía!). Anoto que mi novia trae la piel morena de las vacaciones y lleva un vestido dorado y verde. Una adivinanza (en Marruecos): estás dentro de una cosa pero no puedes entrar en ella. Una anciana, en una droguería, me explica que la vida tiene un límite.
Son cosas de mi vida. Mi vida, y sin embargo intrigante y bella, mi pequeña vida.
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A punto de terminar este post, Elvira me envía una cita de Sábato, que acaba de morir en Argentina:
Y sin embargo el hombre carece hoy, como nunca quizá, de un ámbito mítico-poético que ampare la existencia. No me estoy refiriendo a «ideas», sino más bien a un cuenco para llenar de vida; una trama donde ir sembrando la existencia, manifestándola.
Como ocurre a veces, una racha de buen tiempo se adelantó a la primavera. Después volvieron el frío y los días oscuros, y hubiera parecido que toda resurrección se malograba. Pero en el lecho de tierra y bajo el tronco leñoso la vida renovada, a escondidas, seguía su curso, porque tal es el ser de las cosas.
Volverán a lucir días felices, y no porque esperes ningún raro favor de la fortuna, sino porque ése es el ser de las cosas. También la felicidad forma parte de la máquina del mundo.
Qué útil es una Constitución. Sirve para mandarles un mensaje a los mercados. Para apoyar la pata de una mesa que cojea, para lanzarla contra una mosca, para gastarle una broma a un amigo, para limpiarse el culo.
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Si es razonable cambiar la Constitución para mandarles un mensaje a los mercados, por qué no ser un poco más audaces y abrirla al patrocinio. Reformamos la Constitución de modo que, pongamos, las galletas Fontaneda patrocinen el artículo tercero: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España y las galletas Fontaneda son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». La necesidad justifica cualquier cosa, dicen.
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Sería muy divertido cambiar sigilosamente la Constitución, y un día ir donde un amigo y decirle: «Eh, Fulano, ¿has visto el artículo 69bis? Va Fulano, lo mira y pone: «Fulano Pérez García tiene prohibido el sexo oral los días laborables». Ver la cara que se le quedaría a Fulano, qué risa, qué descojono.
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Podríamos aprovechar la reforma constitucional y añadirle al preámbulo esta cita de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».
«Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto». Antonio Muñoz Molina resume admirablemente el estado de las cosas y cómo hemos llegado a él. En su opinión, que es la mía.
Releo mis posts de los últimos tiempos y noto que hablo mucho del tiempo, como la gente en los ascensores. Sin embargo, parece que hay un sentido, no sé.
Como otras veces, acabo preguntándome si será un síntoma de estupidez o de pureza.
El hombre que mató a Liberty Valance expone poderosamente el problema de defenderse mediante la fuerza o mediante la ley. Hace poco volví a verla y me pareció una discusión anticuada: en los días de nuestra democracia, el problema es encontrar a alguien que quiera defenderse.
El 5 de junio pasado Barack Obama acababa de ganarse la nominación como candidato y yo me encontré esta fotografía a cinco columnas en la portada de El País. Tuve la rara sensación de que estaba viendo de una de esas imágenes que marcan una época, pero uno nunca sabe. Hoy sé.
Dice la máquina que el día 3 de este mes había publicado 365 posts en este blog. Eso quiere decir que me ha llevado cinco años y pico lo que a un bloguero estándar le hubiese llevado justamente uno. La máquina ha tomado la medida exacta de mi inoperancia.
De un tiempo acá, tengo la sensación de que una ninfa me hubiese sumergido en el agua y me hubiese vuelto vulnerable por todas partes, excepto quizá el talón.
De este cuento de aquí abajo, Stardust, han hecho una película. La simpatía definitiva por una persona o una cosa puede empezar por el detalle más nimio. Esta película, por ejemplo, me estaba pareciendo una historia divertida y bien contada, cuando dos personajes se marcaron un baile, en la cubierta de un barco, a la luz de las antorchas, mientras en un gramófono sonaba esta música que es un viejo capricho mío, y así me encariñé:
Uno lee: «Voy a decirte tres cosas verdaderas. Dos de ellas te las diré ahora, y la última es para cuando más la necesites. Tendrás que juzgar por ti mismo cuándo será eso», y recuerda de pronto cómo eran los cuentos.
En el post anterior usé la palabra iluminación, en primer lugar, porque quería significar literalmente una impresión de luz, pero la culpa de que no me haya ahorrado su peso connotativo es la cercanía de esta frase feliz de Félix de Azúa en el prólogo a la edición italiana de su Diccionario de las Artes: «Este diccionario es un montaje de iluminaciones discontinuas». Ojalá se me hubiera ocurrido a mí y pudiese decirla con verdad, qué sé yo, de esta misma página (o de mi vida, ya que estamos).
Por lo demás, y como era de esperar, recomiendo encarecidamente el prólogo entero.
Los libros antiguos de los hindúes dictan como regla que los recién casados, en el anochecer del día de su matrimonio, deben sentarse juntos y en silencio hasta que empiecen a titilar las estrellas en el cielo (...).
[Sir James George Frazer, La rama dorada. Traducción de Elizabeth y Tadeo I. Campuzano.]
Los españoles estamos viviendo en estos tiempos una de las etapas más cómicas de nuestra democracia. Ya sé que andamos demasiado preocupados por otras cosas para verle ahora mismo la gracia, pero así es.
Las razones por las que el cine español es un fracaso artístico y económico están todas en esta carta de Álex de la Iglesia. Involuntariamente, por supuesto.
El año ha empezado con el fin del blog de Arcadi Espada, es decir, con el final de una época. En internet no duran los duelos; por suerte, Espada ha dejado una dirección donde seguir su rastro,
http://www.arcadiespada.es/
Allí he visto esta mañana uno de los artículos más interesantes que he leído en los últimos tiempos, tanto por la parte del tema —la decadencia del espacio público— como por los márgenes: la fotografía vernácula, la narración del mundo, etc, etc. Muy bueno.
Bueno, tenía que cambiar la apariencia del blog algún día; como ese día nunca llegaba, al final lo he sacado sin acabar, con tal que salga de una vez. A ver si lo termino pronto.
Iba a dar ahora la razón de esta columna que he puesto aquí: pero se me ha ocurrido que si no explica ella sola su función según se vaya llenando, mala cosa.