El palacio hueco

Cuando escribió el Palacio, Sila Bismante era un hombre dulce que a lo largo de su vida había descubierto las tentaciones de la fantasía, de la guerra, del pensamiento, de la inacción y de la doctrina, y había caído en todas. Quiso refundar el mundo atizando el fuego de los hechos; más adelante se le ocurrió concebir su orden verdadero y sus errores; después decidió fijarlo en su esencia con el fuego líquido de la escritura.

Al fin, en la madurez, sosegado como un guijarro que ha pulido el tiempo, comprendió simultáneamente que la perfección del mundo y su asombro es que el mundo sea y que por ello no hay otra poesía verdadera que la ostensión, que él aplicó con infinita astucia.

Su poema supremo, el Palacio Orbicular del Emperador del Cielo, comienza con la presentación de la cabalgata imperial y sus elefantes engualdrapados, trompetas y laúdes, camellos con bridas de seda y plata y sus dos mil trescientos cortesanos, cuyos hechos y escudos de armas se detallan. El segundo canto se extiende sobre la vastedad del Palacio y su parque sin límites, sus plantíos y aguas, sus columnas de pórfido y oro y el detalle de sus porcelanas miniadas, vajillas de vidrio y animales mecánicos.

En los cantos siguientes se declara la genealogía del Emperador del Cielo y su nombradía; ya aparecen dragones, trasgos, guacamayos de oro que cantan sinfonías, una lluvia de hidromiel, una tormenta de zafiros, ninfas a la luz de la luna, herejes despellejados, ríos de lava, una batalla entre diablos y titanes, comida gratis, monos danzarines, perros que hablan, la epifanía de un dios terrible que silencia a una multitud empavorecida.

Los trazos de esta trama asfixiante se apretujan sobre el papel. Apenas unos pocos huecos en blanco perduran tras este enramarse tremebundo de historia, mito y arte.

Queda un descampado solitario hacia el final del parque, entre la carretera y el río, salpicado de avena vana que se dora bajo el sol de mayo. Hay una cuneta donde se mecen las espigas de gato y la grama, todavía verdes. En otra parte hay un soplo de brisa. Hay una sábana de percal blanca tendida en un patio.

La quietud sobre el canal de riego. Las voces de los vencejos. Una rosa amarilla en un vaso, en la penumbra. El delantal de algodón gris de una muchacha, mojado de agua. La felicidad del ser y su misterio.

Lo bueno

Han vuelto los días felices. Los árboles verdecidos, el pájaro de la tarde, la compañía, la luz que no acaba. Me llevo abril a los ojos sin creerlo bien. Pero es verdad. Lo bueno es verdad, ahora y mientras dure.

En mi religión, cuando yo funde una religión, a finales de abril nos acercaremos al agua vestidos de blanco y botaremos barquitas de papel de caracola con sus pequeñas velas cubiertas de escrituras. Mi metafísica razonará así: nada de lo que ha sido puede perderse en el mundo, porque en tal caso nada sería. Los hechos se alejan de nosotros, arrastrados por el río del tiempo, hasta dar a una desembocadura donde se los juzga, se separan y se guardan; de un lado los hechos malos, los buenos del otro. Cuando llegue el día, nosotros también seremos pesados y separados de la misma manera. Y los buenos iremos a donde están el pájaro y la tarde, las caricias, los nombres llenos de armonía, las últimas fresas.

A finales de abril, todos los años, los creyentes fabricaremos el papel con goma blanca, hebras de algodón y polvo fino de caracola; plegaremos las barquitas y con tinta negra y mucha unción escribiremos en sus velas todo lo bueno que hayamos visto pasar, como propiciación, símbolo y rito de lo que habrá de esperarnos en el cielo. Y según las velas desaparezcan de la vista, al caer la noche, nos pondremos a beber y a cantar junto a las hogueras, allí en la orilla misma de la vida.

Curioso repertorio de exotismos léxicos

En Entina tienen una palabra para esas bombillas fundidas que vuelven a encenderse cuando se les da un golpecito con la uña.

 

En lengua ngulu: cierta expectación en la sangre poco antes de la primavera, como un rumor lejano de hechos por venir.

 

En frético hay un término para esa primavera que perdura, entrado el invierno, en la piel de los que empezaron a amarse en primavera.

 

Wentite: la emoción estética que produce un orden numérico (en mastabar).

 

Un guante suelto, una sola muleta, una bicicleta con una rueda pinchada, un soltero: para esta clase los mutiles tienen una palabra que significa algo así como ‘cosas disparejas’; ‘cosas imperfectas si no vienen de dos en dos’.

También existen equivalentes para ‘de seis en seis’ —una caja pequeña de huevos, cucharillas de café, una bandada de hultos, una novelita por entregas— y ‘de doce en doce’, aunque son muy poco usadas.

 

Unas cuantas fresas en la nevera, dos tazas dentro del fregadero. Otra toalla al lado de la toalla. Los entos tienen una palabra para referirse a los rastros de una visita feliz que ya no está en la casa.

 

Tringue es el nombre que se le da en frético a cualquier riachuelo que discurre por un cauce ciclópeo —porque en la antigüedad fue un gran río—, pero que ahora se puede cruzar de un salto.

 

El momento en el que sales a la terraza a ver si están creciendo las plantas y tu pensamiento hace temblar las hojas (bismaniano).

 

Esos adultos muy bellos que de niños eran perfectamente corrientes (también en Bismania).

 

Ocurre un contratiempo y uno le lanza a la divinidad en voz alta una impetración irreflexiva o una pregunta apasionada. Si en el inmediato silencio un cuadro cae al suelo, o rompe a llorar un niño, estalla un relámpago en medio del cielo claro o habla súbitamente el perro, para esos instantes los antani tienen una palabra, cuando parece que los dioses responden.

 

También en antanino: cuando uno oye un ruido suave y cree que ha sido el gato, pero hace años que no tiene gato.

 

Cuando la vida trae a una persona a tu lado como si las constelaciones la hubiesen dejado en la orilla (frético).

 

Los pequeños exvotos dedicados a los animales que se aparecen en sueños (en Frasia).

 

Fisce es una palabra almanesa para designar la fosforescencia natural de algunos alimentos. Una noche al año, con las luces apagadas, las familias celebran una cena a base de platos con fisce.

 

En rútico, ese vuelco cuando el corazón presagia que el viaje está terminando y pronto habrá que pensar en la vuelta.

La cueva

Yo tenía claro cómo terminar el post de finales de enero. Se me ocurrió que podía enunciar unos pocos hechos simples para mostrar lo que vale la vida —una vida—, en tanto que es. Esa evidencia sencilla. Sin embargo, me quedé atascado en la enumeración: los hechos que escribía eran abstractos, insinceros o tópicos; así no había mostración que pudiese funcionar.

Lo dejé. Abrí un documento nuevo y según se me venían a la cabeza me puse a anotar cosas auténticas que hacían una vida; esto es, que me habían valido la pena a mí. Cuando las leí en lista comprendí lo que quería escribir y pude terminar el post.

Ahora, a finales de febrero, he vuelto a ver aquel documento, que llamé «Cosas de mi vida que han valido la pena». Me he encontrado una colección dulcísima, una especie de museo de bondades y ternuras diarias que me ha llenado de un amor indulgente por mi propia vida. «Cuando descubrí la música impresionista y me elevó tanto y me sentía inteligente y vivía solo»; «cuando mi abuela me preparaba sándwiches para llevarme al cine»; «cuando la gata era pequeña»: cosas de este estilo que no copio porque me da apuro, y porque solo le sirven al que las ha vivido.

Hay un sueño corriente en el que un hombre, digamos, sigue de pronto unas escaleras que bajan a un sótano o descubre una trampilla en el suelo de su propia casa y la abre y encuentra una habitación largamente clausurada, o una cueva, donde puede haber asombros, extrañezas, retratos, gente de otra época de la vida, maravillas. Y en el sueño uno se repite: «Pero esto ha estado aquí todo el tiempo, ¿y cómo es que no he entrado?».

Solo que esto es la vida; es mejor.

La otra vida

En Luciena, pueblo de pescadores, los niños vienen al mundo con recuerdos. El recién nacido abre los ojos con una especie de estupor triste, como despierto de un cálido sueño. Quién sabe de qué mansiones y jardines de su vida anterior acaba de descender a este pobre lugar ignoto.

La región es fría y seca la mayor parte del año. Una costa quebrada de playas pedregosas peinadas incesantemente por un viento salobre. La vegetación es rala y baja; el tiempo, desapacible y tornadizo, lo que hace muy peligroso el oficio de la pesca.

El niño crece jugando entre las barcas. Silba canciones de pescadores, persigue a los gatos, dibuja su nombre en una hoja. Se queda mirando a las mujeres que arreglan las redes y les oye contar la historia del pájaro de oro. Aprende que le gustan el té amargo y los cangrejos. Tiene dos camisas, una azul marino y otra blanca. Los recuerdos de una vida anterior se alejan, desdibujados: delante de él se presenta el verano, un perro blanco, el vino, una cometa, su propio hijo con los ojos muy abiertos, el camino de grava que lleva a su casa. Todas estas imágenes se van impresionando en su cabeza, hasta que un día, no mucho antes de morir, ya le queda sola esta vida de aquí, la que vive ahora, la única que le importa.

Nochevieja de 2016

Este es el paisaje del fin de año, de cada fin de año. Aquí estoy. La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

*

Claudia tiene once años. Dibujamos un mapa que es un juego; inventamos personas; ordenamos colores. Le explico lo que es una tipografía, y le gusta.

Quién sabe. Mi sobrina viaja hacia el futuro: en un mundo que se extingue, quizá uno de estos actos minúsculos que hemos sembrado esta mañana germine con los años en una planta que ahora yo no alcanzo a imaginar, para otro mundo nuevo.

Claudia tiene los hombros delgaditos, como un pajarillo; por eso no debe enterarse de nada, para que no le abrume el tamaño de nuestra esperanza.

*

Depende del país en el que estés les das un nombre u otro a las cosas. Pero habrá de haber un lugar en donde las señalas con el suyo verdadero. Y al nombrarlas, las cosas asienten; te devuelven un gesto.

La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

Ese país es un estado del alma.

Feliz año.

Noviembre

Debajo de cada árbol del parque hay un círculo amarillo formado por las hojas que ha dejado caer. En la distancia, parecen su propio reflejo de oro sobre la hierba.

***

Quizá la vida de una persona que muere alcance su significado; pero ese significado se dice en un idioma que se ha perdido con ella.

***

Hay cierta alegría, me parece a mí, en el modo de morir las hojas de mi arce: un esplendor; un descuido en la caída; una figura bella. Como si fuese un juego que termina en primavera.

***

Hemos visto que la muerte no acaba con las diferencias políticas, naturalmente. ¡Vaya birria de religioncita sería la política si se acabase ante la muerte!

***

De niño, algunas dudas empezaron a agrietar mi seguridad en el mundo. Hasta llegar a este extremo, ahora, en el que toda incertidumbre sobre el mundo es una esperanza.

***

Noviembre, la vida, cualquier ausencia: hermosos como el silencio en el que acaba de haber una música.

Ajedrez (variaciones)

Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

Un ajedrez con una pieza envenenada.

Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

Un ajedrez de piezas carnales que están revueltas en el centro del tablero, amándose.

Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

El otoño

Ahora tengo rosas. Durante años, de vez en cuando aparecía alguna rosa sola; este verano han brotado muchas, por primera vez.

De ellas solo una ha olido, y era una gloria. Los pocos días que duró, yo salía a la terraza, olía con los ojos cerrados, me daba la vuelta para entrar y ya lo había perdido. Así doscientas veces.

***

Hay que explicarles a los niños que no todo tiene un nombre.

***

(El año pasado, un día que había dejado abierta la puerta de la terraza, el viento deshojó la solitaria rosa madura y la esparció, y al volver del trabajo me encontré la casa sembrada de pétalos granates).

***

Al principio, traer el otoño parece sencillo. Basta asustar a unos gorriones, traducir unos versos de Rilke, comer manzanas, echarle miel al queso, y empieza a venirse él solo: la línea de la pleamar sube por los postes del embarcadero; crecen las sombras de los niños sobre la tierra; amarillean los ápices de las hojas. Sin embargo, en la playa hay un inocente sentado, agarrado a sus rodillas, mirando las olas con tal felicidad, oyendo el viento y los pájaros, que detiene el engranaje del universo. El verano se queda, aunque ya distinto, con el aire del que sonríe pero en el fondo está preocupado.

Llegados aquí, si se quiere traer el otoño hay que emplearse a fondo, echar el resto.

***

Aún era verano. Pensé: «Este día será pronto un recuerdo».

Como en el poema de Manrique, el mar al que van a dar los días es el recuerdo, que es su morir, su más allá, su cielo.

***

Me encontré este poema:

Dios mío, que nunca acaben
el mar y la arena,
el murmullo del agua,
el brillo del cielo
la oración del hombre.

Se llama Marcha a Cesarea; lo escribió Hannah Szenes con 21 años.

 

[Los versos de Szenes los he sacado de aquí (en inglés):
http://www.haaretz.com/israel-news/culture/poem-of-the-week/1.643772]

[Quién fue Hannah Szenes (en inglés):
https://en.wikipedia.org/wiki/Hannah_Szenes]

Antiguamente las cosas no eran como ahora

Antiguamente las cosas no eran como ahora. Eran más nítidas; pesaban más.

La carne era más colorada, más gordos los garbanzos. Los pollos tenían el tamaño de un perro, los perros de rinocerontes. En las tiendas olía a almizcle y flores frescas; el género de ultramar se vendía a granel, en cucuruchos de estraza, en frascos o en el cuenco de las manos. Nadie tenía que dormir solo, si no era por su elección. Muchos bebés nacían con dientes.

Los barcos entraban desde el mar bajo un arco de piedra arenisca cuya altura se perdía en las nubes, de lado a lado del fiordo. No había patio del que no brotase un canturreo entretenido, como el murmullo de una fuente en la sombra de un claustro. Porque a todo el mundo le gustaba cantar: se cantaba, se silbaba, se daban palmas o tabaleaba, sobre todo trabajando. También era costumbre saberse poemas de memoria, que se recitaban cuando uno estaba alegre o cuando estaba triste o para ilustrar a los niños o esperando al tranvía debajo de los tilos con la expresión perdida del que mira en sus adentros una idea muy importante sobre el mundo.

Los veranos eran veranos; los inviernos, inviernos. Al caer la tarde, se perfumaba la calle y se prendían faroles. Los soldados no volvían nunca de la guerra. Había frutas amarillas con sabor a mediodía y frutas negras con sabor a medianoche, y una fe acezante en el progreso humano y en los beneficios de la mecánica. En las habitaciones de los enfermos de sarampión se encendía una luz roja.

Los marinos mercantes mandaban postales de puertos remotos: Goa, Ámsterdam, La Habana, Valparaíso. A la vuelta traían brazaletes de oro, pájaros coloridos, goma de mascar, bailes nuevos, juguetes. Los barcos tenían nombre de estrellas; las estrellas, de mujeres, y las mujeres, de hierbas. Si el día era raro, como indeciso, y se alternaban la luz y las nubes, se decía que hacía sol de brujas.

Lo que se había dicho una vez se había dicho para siempre.

Antiguamente no era como ahora, qué va; era distinto.

almargen

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Matemática

Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

John von Neumann
(en but does it float)

La gran literatura

«Yo fui niño en una época de esperanza». Así empieza Carl Sagan el segundo capítulo de El mundo y sus demonios.

«I was a child in a time of hope»: ahí me la encontré. Una frase que vale más que enteros libros.

Adelantos

Tres anticipaciones de cómo serán pronto las cosas: la comida, la televisión, la prensa.

O no. Pero en todo caso, no muy distintas.

Cioran

¿No hay momentos de amor a cuyo lado la muerte parece una pura desvergüenza?

Emil Cioran
(vía Cioran vs Cioran)

Vacas

Idea: una raza de vacas tristes que da leche desnatada.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en ianclaridge.net. Una primavera antigua.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).

Grulla

Una grulla de papel.

Grulla de origami, de Emre Ayaroglu. Y tiene más animales estupendos de papel.

I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You

Wendell Pierce canta en la calle, de noche

«I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You»... y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.

Manual de despiece

Máquina de escribir desmontada en todas sus piececitas

En Amazon venden este libro, Things Come Apart: A Teardown Manual for Modern Living, hecho a partir de imágenes de tecnología minuciosamente desmenuzada. (Amazon deja ver una muestra, pinchando en la foto de la portada).