Noviembre

Debajo de cada árbol del parque hay un círculo amarillo formado por las hojas que ha dejado caer. En la distancia, parecen su propio reflejo de oro sobre la hierba.

***

Quizá la vida de una persona que muere alcance su significado; pero ese significado se dice en un idioma que se ha perdido con ella.

***

Hay cierta alegría, me parece a mí, en el modo de morir las hojas de mi arce: un esplendor; un descuido en la caída; una figura bella. Como si fuese un juego que termina en primavera.

***

Hemos visto que la muerte no acaba con las diferencias políticas, naturalmente. ¡Vaya birria de religioncita sería la política si se acabase ante la muerte!

***

De niño, algunas dudas empezaron a agrietar mi seguridad en el mundo. Hasta llegar a este extremo, ahora, en el que toda incertidumbre sobre el mundo es una esperanza.

***

Noviembre, la vida, cualquier ausencia: hermosos como el silencio en el que acaba de haber una música.

Ajedrez (variaciones)

Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

Un ajedrez con una pieza envenenada.

Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

Un ajedrez de piezas carnales que están revueltas en el centro del tablero, amándose.

Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

El otoño

Ahora tengo rosas. Durante años, de vez en cuando aparecía alguna rosa sola; este verano han brotado muchas, por primera vez.

De ellas solo una ha olido, y era una gloria. Los pocos días que duró, yo salía a la terraza, olía con los ojos cerrados, me daba la vuelta para entrar y ya lo había perdido. Así doscientas veces.

***

Hay que explicarles a los niños que no todo tiene un nombre.

***

(El año pasado, un día que había dejado abierta la puerta de la terraza, el viento deshojó la solitaria rosa madura y la esparció, y al volver del trabajo me encontré la casa sembrada de pétalos granates. No entendí al mensajero invisible, pero me pareció bonito).

***

Al principio, traer el otoño parece sencillo. Basta asustar a unos gorriones, traducir unos versos de Rilke, comer manzanas, echarle miel al queso, y empieza a venirse él solo: la línea de la pleamar sube por los postes del embarcadero; crecen las sombras de los niños sobre la tierra; amarillean los ápices de las hojas. Sin embargo, en la playa hay un inocente sentado, agarrado a sus rodillas, mirando las olas con tal felicidad, oyendo el viento y los pájaros, que detiene el engranaje del universo. El verano se queda, aunque ya distinto, con el aire del que sonríe pero en el fondo está preocupado.

Llegados aquí, si se quiere traer el otoño hay que emplearse a fondo, echar el resto.

***

Aún era verano. Pensé: «Este día será pronto un recuerdo».

Como en el poema de Manrique, el mar al que van a dar los días es el recuerdo, que es su morir, su más allá, su cielo.

***

Me encontré este poema:

Dios mío, que nunca acaben
el mar y la arena,
el murmullo del agua,
el brillo del cielo
la oración del hombre.

Se llama Marcha a Cesarea; lo escribió Hannah Szenes con 21 años.

 

[Los versos de Szenes los he sacado de aquí (en inglés):
http://www.haaretz.com/israel-news/culture/poem-of-the-week/1.643772]

[Quién fue Hannah Szenes (en inglés):
https://en.wikipedia.org/wiki/Hannah_Szenes]

Antiguamente las cosas no eran como ahora

Antiguamente las cosas no eran como ahora. Eran más nítidas; pesaban más.

La carne era más colorada, más gordos los garbanzos. Los pollos tenían el tamaño de un perro, los perros de rinocerontes. En las tiendas olía a almizcle y flores frescas; el género de ultramar se vendía a granel, en cucuruchos de estraza, en frascos o en el cuenco de las manos. Nadie tenía que dormir solo, si no era por su elección. Muchos bebés nacían con dientes.

Los barcos entraban desde el mar bajo un arco de piedra arenisca cuya altura se perdía en las nubes, de lado a lado del fiordo. No había patio del que no brotase un canturreo entretenido, como el murmullo de una fuente en la sombra de un claustro. Porque a todo el mundo le gustaba cantar: se cantaba, se silbaba, se daban palmas o tabaleaba, sobre todo trabajando. También era costumbre saberse poemas de memoria, que se recitaban cuando uno estaba alegre o cuando estaba triste o para ilustrar a los niños o esperando al tranvía debajo de los tilos con la expresión perdida del que mira en sus adentros una idea muy importante sobre el mundo.

Los veranos eran veranos; los inviernos, inviernos. Al caer la tarde, se perfumaba la calle y se prendían faroles. Los soldados no volvían nunca de la guerra. Había frutas amarillas con sabor a mediodía y frutas negras con sabor a medianoche, y una fe acezante en el progreso humano y en los beneficios de la mecánica. En las habitaciones de los enfermos de sarampión se encendía una luz roja.

Los marinos mercantes mandaban postales de puertos remotos: Goa, Ámsterdam, La Habana, Valparaíso. A la vuelta traían brazaletes de oro, pájaros coloridos, goma de mascar, bailes nuevos, juguetes. Los barcos tenían nombre de estrellas; las estrellas, de mujeres, y las mujeres, de hierbas. Si el día era raro, como indeciso, y se alternaban la luz y las nubes, se decía que hacía sol de brujas.

Lo que se había dicho una vez se había dicho para siempre.

Antiguamente no era como ahora, qué va; era distinto.

Julio

 

El verano ha madurado como un fruto.

Las sombras de las hojas se mueven con el viento.

Sobre el muro

el sol escribe versos.

 

Hacer felicidad a comienzos del verano

La felicidad se elabora a partir de ocho flores pequeñas, como las que brotan en los descampados cuando llueve: moradas, blancas, amarillas, azules. Son de ocho especies distintas de nombre desconocido, salvo para el botánico. Este coge una flor, recién cortada, y la echa al mortero llamándola con voz clara. El nombre es alto y limpio, tan placentero que los presentes, al oírlo, despacio, cierran los ojos y sonríen.

El botánico coge la siguiente flor y la nombra, y luego la siguiente, y así caen las ocho al seno del mortero en su orden debido, y entonces las machaca brevemente. Esto hay que hacerlo deprisa, mientras, por decirlo así, reverberan los nombres en el aire.

Con ello el botánico ha terminado. A partir de ahí, un boticario preparará una suspensión al modo habitual, que se puede usar menudamente o consumir de una vez, si se prefiere. En tal caso la felicidad durará de un mes a mes y medio, según la constitución fisica de la persona y su temperamento.

Una vez en mayo

Una vez en mayo, hace mucho tiempo, me ocurrieron cosas felices. Los días eran limpios y la luz se detenía en el cielo, como ahora. Este aire sonoro, este verde vivo y este sol son iguales; por eso me ha vuelto el recuerdo.

Reconozco también las espigas y las nubes de Castilla, las mismas amapolas. Al volver a casa, de madrugada, sopla una brisa perfecta. El río baja crecido; por todas partes hay cuentos y canciones. Hay cigüeñas. Siguen escritos aquellos mismos versos.

Así pues, ¿qué fue del mayo aquel de juventud? ¿Qué se ha hecho de los días de entonces? Míralos: todo es igual. Ahí siguen.

El mundo de Avellana

Todo el barrio está cubierto otra vez de semillas de olmo. Las aceras, los alcorques, los charcos. Sin embargo, este abril me recuerdan a lo que escribí el abril pasado.

*

Sé que el cerezo florece cada año. Pero ese conocimiento no es más que una noción. En cambio, el hecho ante mí es un relámpago, un portento.

*

La vida es eso que te dicen que va a pasar, y pasa.

*

Cuando era muy joven me aprendía montones de palabras, por si acaso. Creía que un día podría necesitarlas, como esas precauciones que se meten en el equipaje para los viajes largos. Y como en los viajes, la mayoría nunca me hizo falta. 

Palabras inútiles y bellas: ampo, la blancura resplandeciente.

*

Entre la tarde y la noche, las flores del cerezo refulgen en la oscuridad, como si estuviesen llenas de luz de día. Yo me voy hasta ahí y me quedo al lado, sin saber qué hacer con ello. Me quedo a su lado y miro.

*

Me habría conformado con comprender la vida, cuando lo que hubiese querido es vivirla siempre. 

*

Aquí a la derecha, en el blog, puse una acuarela nevada, Farm Pond. Lo que yo no sabía es que su pintor —Andrew Wyeth— es el mismo de El mundo de Cristina: una chica de espaldas en un campo pardo, arquetípicamente norteamericano; al fondo una casa de madera, un granero, un cobertizo; una loma suave que se eleva hasta formar el horizonte y Cristina ahí en el medio, en el centro de su mundo.

De pie en esta habitación, casi a oscuras, mirando hacia la terraza, de pronto se me ocurrió que estaba en el centro de mi propio cuadro: la luz en los pétalos del cerezo, la terraza en sombras cubierta de sámaras, las hojas de las plantas, las voces del vecindario, el cielo de Madrid que se apaga despacio como un cristal adormecido, el ordenador, la mesa, yo.

La primavera

Una de estas noches de viento y lluvia del final del invierno, en el norte, mi madre me contó por teléfono que había soñado con la primavera.

Tres o cuatro años atrás los médicos le dijeron que tenía que hacer ejercicio, de modo que ella cogió el hábito de darse unas caminatas larguísimas. Pero el verano pasado cayó mala; empezó con su tratamiento y ya casi no volvió a moverse del sofá. Pasaron el otoño y el invierno, y hace justo un mes —yo escribía el post de febrero—, aquella noche mi madre estaba hundida en su sofá, desdichada y enferma, convencida de que no iba a llegar al final de la quimioterapia. Y sin embargo, me dice que la víspera ha soñado curiosamente con la primavera. Volvía a andar por uno de los caminos que solía, un prado casi vertical que hay cerca de su casa y que lleva a una vaguada; bajaba por ese prado que tiene escaleras, «¿sabes?», «sí, sí sé», y por todas partes estaba verde y florecido.

Ahora mi madre está sana y ha llegado la primavera, aunque aún hace frío. Al colgar el teléfono, pensé que aquella isla insólita que ella había visto en la lobreguez de la enfermedad y el invierno era mucho más extraña y mirífica que la fantasía que yo estaba escribiendo. Más primavera que la primavera, pienso aún, cuando desde aquí mismo veo los brotes en las ramas empujando alegres y los pájaros que cruzan el aire.

El tiempo

Al principio había diecisiete cosas en el mundo y Dios se sentaba en medio a mirarlas.

Y en centro del Paraíso había un jardín con una extraña luz. Un día, uno de los Primeros Niños saltó la cerca de piedra y entró; se metió en la fuente a jugar con el agua que borbollaba y así se empapó de tiempo.

Según salía del jardín, el niño crecía hermosamente, el pelo espeso, esbeltos los brazos y las piernas. Al sentarse en el suelo posó la mano sobre una mata. El tronco de la mata se agigantó; se enramaron los tallos, brotaron las hojas apretadas, la copa inmensa se levantó a los cielos y rindió frutos.

Cuando los otros niños descubrieron al primero, vinieron a curiosearlo y lo toquetearon, fascinados, y enseguida empezaron a crecer también. Al dispersarse por el mundo, fueron contagiando todo lo que tocaban, los bichos, las herramientas, el agua, la hierba sobre la que dormían. Y el contagio pasó de una cosa a otra, de la lluvia a la tierra a los animales a las corrientes a las playas, hasta que todo en el mundo fue devenir (menos una isla pequeña).

Pero el tiempo no se quedó ahí, en darles a las cosas formas nuevas y llevarlas a su completitud y a su sazón. El tiempo, una vez desatado, no se puede volver a guardar. Siguió adelante y desgastó las formas, las multiplicó, las hizo decaer y morir. Y en el mismo lugar en que una cosa caía, otra surgía, a veces de esa misma materia pulverizada o mezclada con otras. Arena de lo que fueron acantilados, bosques norteños donde hubo hojas podridas, ríos secos, huesos calizos que habían sido un pájaro aéreo que había sido un óvalo blanco. Y así hasta que Dios vuelva y decida qué hacer.

almargen

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Matemática

Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

John von Neumann
(en but does it float)

La gran literatura

«Yo fui niño en una época de esperanza». Así empieza Carl Sagan el segundo capítulo de El mundo y sus demonios.

«I was a child in a time of hope»: ahí me la encontré. Una frase que vale más que enteros libros.

Adelantos

Tres anticipaciones de cómo serán pronto las cosas: la comida, la televisión, la prensa.

O no. Pero en todo caso, no muy distintas.

Cioran

¿No hay momentos de amor a cuyo lado la muerte parece una pura desvergüenza?

Emil Cioran
(vía Cioran vs Cioran)

Vacas

Idea: una raza de vacas tristes que da leche desnatada.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en ianclaridge.net. Una primavera antigua.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).

Grulla

Una grulla de papel.

Grulla de origami, de Emre Ayaroglu. Y tiene más animales estupendos de papel.

I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You

Wendell Pierce canta en la calle, de noche

«I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You»... y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.

Manual de despiece

Máquina de escribir desmontada en todas sus piececitas

En Amazon venden este libro, Things Come Apart: A Teardown Manual for Modern Living, hecho a partir de imágenes de tecnología minuciosamente desmenuzada. (Amazon deja ver una muestra, pinchando en la foto de la portada).