El mundo de Avellana

Todo el barrio está cubierto otra vez de semillas de olmo. Las aceras, los alcorques, los charcos. Sin embargo, este abril me recuerdan a lo que escribí el abril pasado.

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Sé que el cerezo florece cada año. Pero ese conocimiento no es más que una noción. En cambio, el hecho ante mí es un relámpago, un portento.

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La vida es eso que te dicen que va a pasar, y pasa.

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Cuando era muy joven me aprendía montones de palabras, por si acaso. Creía que un día podría necesitarlas, como esas precauciones que se meten en el equipaje para los viajes largos. Y como en los viajes, la mayoría nunca me hizo falta. 

Palabras inútiles y bellas: ampo, la blancura resplandeciente.

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Entre la tarde y la noche, las flores del cerezo refulgen en la oscuridad, como si estuviesen llenas de luz de día. Yo me voy hasta ahí y me quedo al lado, sin saber qué hacer con ello. Me quedo a su lado y miro.

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Me habría conformado con comprender la vida, cuando lo que hubiese querido es vivirla siempre. 

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Aquí a la derecha, en el blog, puse una acuarela nevada, Farm Pond. Lo que yo no sabía es que su pintor —Andrew Wyeth— es el mismo de El mundo de Cristina: una chica de espaldas en un campo pardo, arquetípicamente norteamericano; al fondo una casa de madera, un granero, un cobertizo; una loma suave que se eleva hasta formar el horizonte y Cristina ahí en el medio, en el centro de su mundo.

De pie en esta habitación, casi a oscuras, mirando hacia la terraza, de pronto se me ocurrió que estaba en el centro de mi propio cuadro: la luz en los pétalos del cerezo, la terraza en sombras cubierta de sámaras, las hojas de las plantas, las voces del vecindario, el cielo de Madrid que se apaga despacio como un cristal adormecido, el ordenador, la mesa, yo.

La primavera

Una de estas noches de viento y lluvia del final del invierno, en el norte, mi madre me contó por teléfono que había soñado con la primavera.

Tres o cuatro años atrás los médicos le dijeron que tenía que hacer ejercicio, de modo que ella cogió el hábito de darse unas caminatas larguísimas. Pero el verano pasado cayó mala; empezó con su tratamiento y ya casi no volvió a moverse del sofá. Pasaron el otoño y el invierno, y hace justo un mes —yo escribía el post de febrero—, aquella noche mi madre estaba hundida en su sofá, desdichada y enferma, convencida de que no iba a llegar al final de la quimioterapia. Y sin embargo, me dice que la víspera ha soñado curiosamente con la primavera. Volvía a andar por uno de los caminos que solía, un prado casi vertical que hay cerca de su casa y que lleva a una vaguada; bajaba por ese prado que tiene escaleras, «¿sabes?», «sí, sí sé», y por todas partes estaba verde y florecido.

Ahora mi madre está sana y ha llegado la primavera, aunque aún hace frío. Al colgar el teléfono, pensé que aquella isla insólita que ella había visto en la lobreguez de la enfermedad y el invierno era mucho más extraña y mirífica que la fantasía que yo estaba escribiendo. Más primavera que la primavera, pienso aún, cuando desde aquí mismo veo los brotes en las ramas empujando alegres y los pájaros que cruzan el aire.

El tiempo

Al principio había diecisiete cosas en el mundo y Dios se sentaba en medio a mirarlas.

Y en centro del Paraíso había un jardín con una extraña luz. Un día, uno de los Primeros Niños saltó la cerca de piedra y entró; se metió en la fuente a jugar con el agua que borbollaba y así se empapó de tiempo.

Según salía del jardín, el niño crecía hermosamente, el pelo espeso, esbeltos los brazos y las piernas. Al sentarse en el suelo posó la mano sobre una mata. El tronco de la mata se agigantó; se enramaron los tallos, brotaron las hojas apretadas, la copa inmensa se levantó a los cielos y rindió frutos.

Cuando los otros niños descubrieron al primero, vinieron a curiosearlo y lo toquetearon, fascinados, y enseguida empezaron a crecer también. Al dispersarse por el mundo, fueron contagiando todo lo que tocaban, los bichos, las herramientas, el agua, la hierba sobre la que dormían. Y el contagio pasó de una cosa a otra, de la lluvia a la tierra a los animales a las corrientes a las playas, hasta que todo en el mundo fue devenir (menos una isla pequeña).

Pero el tiempo no se quedó ahí, en darles a las cosas formas nuevas y llevarlas a su completitud y a su sazón. El tiempo, una vez desatado, no se puede volver a guardar. Siguió adelante y desgastó las formas, las multiplicó, las hizo decaer y morir. Y en el mismo lugar en que una cosa caía, otra surgía, a veces de esa misma materia pulverizada o mezclada con otras. Arena de lo que fueron acantilados, bosques norteños donde hubo hojas podridas, ríos secos, huesos calizos que habían sido un pájaro aéreo que había sido un óvalo blanco. Y así hasta que Dios vuelva y decida qué hacer.

Señas

En una caja de cartón gris:


  • — Una hoja de álamo blanco, la haz verde oscuro y el envés de color marfil.
  • — Un mechero Zippo que chirría.
  • — Una de esas piedras que llaman piedras de rayo, lisa y redonda, con unas vetas geométricas que parecen el dibujo de un sol o de una margarita.
  • — Un programa de concierto: Brahms y Dvorak.
  • — Una botellita de cristal —menor que un meñique— tapada con su corcho, vacía.
  • — Una sortija de oro de hombre muy gastada, con una piedra azul marino.
  • — Un as de espadas.
  • — Un billete de mil pesetas.
  • — Etcétera.

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Un día, muerto mi abuelo, mi abuela me dio la sortija que él llevaba siempre. Quería que me la quedase yo. Supongo que debía de ser el objeto más valioso que había dejado.

Él no era propiamente mi abuelo, sino un señor que vivía con mi abuela como si estuviesen casados; un hombre de carácter apacible y distante que sin embargo contribuyó a criarme, debo decir.

Después se murió mi abuela y después ha pasado mucho tiempo.

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Me imagino una novela célebre, amplia y alta como un coloso literario. Filas de letras componen los capítulos y estos se traban unos a otros largamente, como una muralla abastionada que se pierde en las colinas.

Por fin fallece su autor, ya anciano, y en la novela se desprenden varias letras de la esquina del último párrafo de la página 14. Luego se aflojan unos artículos aquí y allá, algunos adverbios. Como en esos relatos fantásticos en los que al morir un brujo poderoso sus creaciones semovientes, privadas de la voluntad que las animaba, caen al suelo vacías como trapos, en la novela empiezan a venirse abajo hileras de frases, capítulos enteros, hasta que toda ella se desmorona en polvo y cascotes; escombros en el suelo sin forma ni sentido.

Fin de año

Otra vez he venido al final del espigón, sobre el mar. Hace sol y la mar está un poco picada; el viento salitroso me rocía de agua.

A últimos de año, quieto, de vuelta en la ciudad en que nací, la pregunta se forma sola: ¿qué es todo esto? ¿Qué es el mundo? Y me digo: eso de ahí es el mundo. Y yo. El mundo es eso que veo y yo también. De pronto esa noción me asombra, como si hubiese aprendido algo, no sé qué. El mundo somos eso y yo.

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Uno de mis primeros recuerdos de niño es en esa playa de allá, a mi derecha. Yo estaba metido en el agua y una chica joven me preguntó que cuántos años tenía. Y yo: «Hum... Eh... Pues tantos». Y a la chica le entra una risa muy alegre y me dice: «¿Pero te lo tienes que pensar?». Y yo, compungido: «Es que los he cumplido ayer».

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Preguntar por la naturaleza del mundo es como preguntar por su valor.

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Aprender es ampliar el espacio de lo posible. Eso suena bien; el conocimiento añade maravillas al museo del mundo. Pero el adulto sabe que del mismo modo sucede lo peor, lo cual también amplía la vista: uno aprende que es posible el espanto, y el día nuevo trae zozobra y miedo. Me imagino a un viajero al anochecer en la proa de un barco, los ojos llorosos por el viento del mar, la cara de frente al horizonte oscuro. Sin saber qué verá, si los monstruos del abismo o unas islas de oro.

Y sin embargo, navegamos, con terror y alegría. Nuestra vida tiene esa belleza.


Feliz año.

Antes del invierno

Madurar consiste en sustituir teorías por procedimientos.

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Como cada año, una mañana de noviembre ha desnudado el cerezo. Yo lo riego, pero no parece vivo.

Le quedan las yemas, petrificadas. Justo en el centro de cada una parecería que se ve un puntito más claro, minúsculo, como el pinchazo de un alfiler.

Ese es el tamaño de la esperanza. Y sin embargo, cada año he acabado aprendiendo que con eso bastaba. 

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Cuando empecé, escribir era un acto transitivo. Se trataba de escribir una obra; una obra memorable, por cierto. Un día del que no tengo noticia, en medio de los años, se volvió un acto intransitivo. Se trata de escribir.

Contra lo que planeé, no escribo para que quede constancia de que he vivido, sino para la constancia de lo que estoy viviendo. 

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Imagina que paseas una noche de invierno por una playa, junto a una mujer. De pronto ella te pone la mano en el brazo y os detenéis. Te hace un gesto para que escuches. El ruido de las olas en la oscuridad lo llena todo. Te dice: «¿Lo oyes?».

Esto se repite muchas veces. Y una noche tú respondes: «Sí». 

El espejo del rey

Cuando el rey se asomaba al espejo de la sala circular de la torre, no veía exactamente su rostro. Era un rostro parecido; alguien con quien se podría confundir al rey en el palco del teatro o si pasase montado a caballo; pero en todo caso el rostro de otro hombre. Si el rey agitaba la mano, podría ocurrir que el reflejo tardase unos segundos en repetirlo, por ejemplo; o que en vez de eso mirase hacia su derecha, como si hubiese oído un ruido. Siempre vestía a su manera. No era raro que apareciese portando objetos, como si fuesen atributos: un escudo de bronce, un pájaro irisado posado en el hombro, una llave entre los dedos.

Un día una chispa alegre le animaba los ojos; otro día parecía haber dormido mal. Traía arruguillas de pesadumbre sobre la boca, una mirada distraída como por una inocente esperanza, en fin, señales de una vida propia que sucedía en otra parte, fuera de la vista.

También por él fueron pasando los años; también en el espejo nevó y lucieron soles.

Un domingo hacia mediados de octubre que el rey se solazaba en el lago —había sido un otoño muy bueno—, se levantó un viento desabrido y gélido que cogió a las barcas de costado y las zarandeó. El rey mandó volver, pero antes de alcanzar la orilla ya estaba lloviendo. No paró durante todo el camino de vuelta.

El rey hizo que encendiesen fuego en la sala de la torre y que le trajeran mantas. La boca le sabía a arena. Entonces, cuando se hubo quedado solo, fue cuando vio por primera vez que en el espejo no había nadie. En la estancia simétrica la chimenea francesa seguía apagada. Por sus ajimeces se veía un paisaje entenebrecido de lomas redondas y cipreses, un trozo de mar gris, una soledad abstracta y eterna. El rey sintió una ternura enorme. Por todo; por sí mismo y por el destino de todas las cosas.

Ginebra

De camino hacia el cementerio donde está enterrado Borges se pasa junto a un parque a cuya entrada hay media docena de grandes tableros de ajedrez, blancos y negros, pintados sobre el suelo. La mañana es oscura; no ha dejado de llover. Las piezas, que llegan hasta la altura del muslo, están solas, dispuestas meticulosamente para una partida.

Al lado hay un pabelloncito decimonónico de cristal y madera de color verde pálido, rodeado de árboles. Fue un templete de música y salle de rafraîchissements y ahora es un café restaurante. Por dentro se le ve resobado, de los muebles a los camareros. Al otro lado de la vidriera, la enramada espesa del final del verano tapa toda la vista. Entre eso y el verdete de los bastidores, la luz es aguamarina, líquida, como si mirásemos desde el fondo de un lago. Se me ocurre que la dulzura de los árboles tiene ya una traza de otoño.

Las cosas no dicen nada del mundo, ni de lo que hay más allá. El rumor de las ramas bajo la lluvia es agua y hojas; una brizna es hierba; una lápida es una piedra que parece señalar a la muerte. Eso es: una piedra. Las cosas solo hablan de sí mismas, si se las oye hablar.

Mi mesa está junto a un piano de media cola que sostiene una maceta y un juego de copas limpias. Por delante de mí pasa un grupo de hombres hacia la salida. Tendrán entre cincuenta y muchos y sesenta, un aire jovial de profesores de universidad. Dos, rezagados, se demoran junto al piano. El más joven se sienta y empieza a tocar. El otro llama por señas a sus compañeros para que vuelvan. Es una pieza que no conozco; aunque debe de ser Bach. Se la sabe bien; pero la toca inseguro, como por falta de hábito. O quizá sea por el piano.

Sus amigos lo escuchan en largo silencio, haciendo corro. La composición es muy hermosa; en verdad lo es. Cuando termina, todos aplauden. Él toca otra pieza, más breve y festiva, y después se marchan.

Salgo yo también. Ahora hay un par de jugadores de ajedrez entre la lluvia, con paraguas, y una señora que los contempla en una silla de ruedas.

Al cabo de unos días, ya en casa, me encontraré con que una página describe las piezas de ese ajedrez del Parc des Bastions como de tamaño natural  («life-size»), extrañamente. Seguro que a Borges le habría gustado la expresión: como si hubiese un mundo real para ese sueño arduo de guerra y geometría.

Plegaria del final de agosto

 

Preserva

mis sueños de verano

en el invierno.

 

El pasado

En la antigua Mesopotamia, a falta de piedra o de madera, se construía con ladrillos de barro sin cocer. Como es un material desmoronadizo, las casas iban decayendo; al final las derruían, aplanaban los restos y allí mismo levantaban otra casa nueva con la misma técnica. La repetición de esta costumbre a lo largo de los años acabó por crear unos montículos, los tels, que hoy indican a los arqueologos dónde excavar.

Esa era la metáfora de mi biografía: cada parte de mi vida, una capa de experiencias trituradas, cimentadas, vagamente perdidas, una sobre la siguiente como escalones por los que se sube hasta hoy. Pero la imagen no es cierta. De vuelta en la ciudad en que crecí, veo que los restos del pasado perviven casi enteros en la oscuridad. Las cosas como fueron —o, mejor, como me fueron— guardadas en trasteros o en cajones, apenas rotas, al otro lado de una puerta vieja. Ahí sigue todo, igual que un juzgado memorioso capaz de conservar actas de afrentas antiguas, querellas minuciosas, aborrecimientos, cariños. Como el olor mohoso de las calles en cuesta, el gris del cielo pulverizado por la llovizna, ese acento de pescadores con el que oigo hablar a los niños, por nombrar algo más concreto.

El pasado es igual; yo no.

 

almargen

España, campeona

Celebramos la victoria. Me pregunto qué se siente siendo sueco, o suizo, esas personas que no se pasan el día volando y despeñándose entre la exaltación y la miseria, como en una montaña rusa.

España

Ya está toda España feliz. Ayer la mitad madridista celebraba la derrota del Barça en la Champions; esta noche ha caído el Madrid y desde mi casa oigo los gritos de alegría de los otros. En la victoria, una de las mitades habría acabado perdiendo, pero en la derrota total, felices todos.
Este es mi país. No es mal resumen.

La reforma

Qué útil es una Constitución. Sirve para mandarles un mensaje a los mercados. Para apoyar la pata de una mesa que cojea, para lanzarla contra una mosca, para gastarle una broma a un amigo, para limpiarse el culo.

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Si es razonable cambiar la Constitución para mandarles un mensaje a los mercados, por qué no ser un poco más audaces y abrirla al patrocinio. Reformamos la Constitución de modo que, pongamos, las galletas Fontaneda patrocinen el artículo tercero: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España y las galletas Fontaneda son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». La necesidad justifica cualquier cosa, dicen.

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Sería muy divertido cambiar sigilosamente la Constitución, y un día ir donde un amigo y decirle: «Eh, Fulano, ¿has visto el artículo 69bis? Va Fulano, lo mira y pone: «Fulano Pérez García tiene prohibido el sexo oral los días laborables». Ver la cara que se le quedaría a Fulano, qué risa, qué descojono.

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Podríamos aprovechar la reforma constitucional y añadirle al preámbulo esta cita de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».

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Hora de despertar

«Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto». Antonio Muñoz Molina resume admirablemente el estado de las cosas y cómo hemos llegado a él. En su opinión, que es la mía.

España

Si hubiese que empezar por algún lado, yo diría que España es un país espasmódico.

Climatología

Releo mis posts de los últimos tiempos y noto que hablo mucho del tiempo, como la gente en los ascensores. Sin embargo, parece que hay un sentido, no sé.

Como otras veces, acabo preguntándome si será un síntoma de estupidez o de pureza.

Julio

Junto al mar, una mujer sale del agua, con los labios salados y la lengua dulce.

Presas

Vida de prisionera en España. Diecisiete reclusas hablan desde la calle, titula hoy la portada de El País. Lo que me hace pensar, contemplando el hundimiento del periódico que un día fue un proyecto ilustrado, que la estupidez comienza y acaba en el mismo sitio: en no llamar a las cosas por su nombre.

prisionero, ra.
1. m. y f. Militar u otra persona que en campaña cae en poder del enemigo.2. m. y f. Persona que está presa, generalmente por causas que no son delito.
3. m. y f. Persona que está dominada por un afecto o pasión.
(DRAE)

Sólo defenderse

El hombre que mató a Liberty Valance expone poderosamente el problema de defenderse mediante la fuerza o mediante la ley. Hace poco volví a verla y me pareció una discusión anticuada: en los días de nuestra democracia, el problema es encontrar a alguien que quiera defenderse.

Una fotografía histórica

El 5 de junio pasado Barack Obama acababa de ganarse la nominación como candidato y yo me encontré esta fotografía a cinco columnas en la portada de El País. Tuve la rara sensación de que estaba viendo de una de esas imágenes que marcan una época, pero uno nunca sabe. Hoy sé.

Meditación y agua

Gran ola sobre el fondo del cielo

Fotos de Corey Arnold en But Does It Float

Fotos del metro de Madrid

Foto en blanco y negro de un andén de metro

SpY. 11M

Pictograma de un tren llorando

SpY: intervención en las vías de Atocha en memoria de las victimas del 11M

I love the world

El reflejo de la Tierra en la escafandra de un astronauta

Tarde de invierno

La calle de Alcalá a la caída de la tarde

Una tarde de invierno en Madrid.

Trabajadora

Trabajadora de 1942 comprobando montajes eléctricos

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos ha empezado a poner en Flickr parte de sus fondos fotográficos. Esta es una trabajadora comprobando montajes eléctricos en una fábrica de aviones, durante la guerra, en 1942. El autor de la foto es David Bransby. No sabemos el nombre de la mujer.

[Aquí hay más información sobre la foto y copias de mayor tamaño.]

Otro principio

Avellanoide