La cueva

Yo tenía claro cómo terminar el post de finales de enero. Se me ocurrió que podía enunciar unos pocos hechos simples para mostrar lo que vale la vida —una vida—, en tanto que es. Esa evidencia sencilla. Sin embargo, me quedé atascado en la enumeración: los hechos que escribía eran abstractos, insinceros o tópicos; así no había mostración que pudiese funcionar.

Lo dejé. Abrí un documento nuevo y según se me venían a la cabeza me puse a anotar cosas auténticas que hacían una vida; esto es, que me habían valido la pena a mí. Cuando las leí en lista comprendí lo que quería escribir y pude terminar el post.

Ahora, a finales de febrero, he vuelto a ver aquel documento, que llamé «Cosas de mi vida que han valido la pena». Me he encontrado una colección dulcísima, una especie de museo de bondades y ternuras diarias que me ha llenado de un amor indulgente por mi propia vida. «Cuando descubrí la música impresionista y me elevó tanto y me sentía inteligente y vivía solo»; «cuando mi abuela me preparaba sándwiches para llevarme al cine»; «cuando la gata era pequeña»: cosas de este estilo que no copio porque me da apuro, y porque solo le sirven al que las ha vivido.

Hay un sueño corriente en el que un hombre, digamos, sigue de pronto unas escaleras que bajan a un sótano o descubre una trampilla en el suelo de su propia casa y la abre y encuentra una habitación largamente clausurada, o una cueva, donde puede haber asombros, extrañezas, retratos, gente de otra época de la vida, maravillas. Y en el sueño uno se repite: «Pero esto ha estado aquí todo el tiempo, ¿y cómo es que no he entrado?».

Solo que esto es la vida; es mejor.

La otra vida

En Luciena, pueblo de pescadores, los niños vienen al mundo con recuerdos. El recién nacido abre los ojos con una especie de estupor triste, como despierto de un sueño abrigado. Quién sabe de qué mansiones y jardines de su vida anterior acaba de descender a este pobre lugar ignoto.

La región es fría y seca la mayor parte del año. Una costa quebrada de playas pedregosas peinadas incesantemente por un viento salobre. La vegetación es rala y baja; el tiempo, desapacible y tornadizo, lo que hace muy peligroso el oficio de la pesca.

El niño crece jugando entre las barcas. Silba canciones de pescadores, persigue a los gatos, dibuja su nombre en una hoja. Se queda mirando a las mujeres que arreglan las redes y les oye contar la historia del pájaro de oro. Aprende que le gustan el té amargo y los cangrejos. Tiene dos camisas, una azul marino y otra blanca. Los recuerdos de una vida anterior se alejan, desdibujados: delante de él se presenta el verano, un perro blanco, el vino, una cometa, su propio hijo con los ojos muy abiertos, el camino de grava que lleva a su casa. Todas estas imágenes se van impresionando en su cabeza, hasta que un día, no mucho antes de morir, ya le queda sola esta vida de aquí, la que vive ahora, la única que le importa.

Nochevieja de 2016

Este es el paisaje del fin de año, de cada fin de año. Aquí estoy. La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

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Claudia tiene once años. Dibujamos un mapa que es un juego; inventamos personas; ordenamos colores. Le explico lo que es una tipografía, y le gusta.

Quién sabe. Mi sobrina viaja hacia el futuro: en un mundo que se extingue, quizá uno de estos actos minúsculos que hemos sembrado esta mañana germine con los años en una planta que ahora yo no alcanzo a imaginar, para otro mundo nuevo.

Claudia tiene los hombros delgaditos, como un pajarillo; por eso no debe enterarse de nada, para que no le abrume el tamaño de nuestra esperanza.

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Depende del país en el que estés les das un nombre u otro a las cosas. Pero habrá de haber un lugar en donde las señalas con el suyo verdadero. Y al nombrarlas, las cosas asienten; te devuelven un gesto.

La playa, el cielo inmóvil, las montañas, las piedras, la bruma azul de la distancia, los prados, la espuma de las olas.

Ese país es un estado del alma.

Feliz año.

Noviembre

Debajo de cada árbol del parque hay un círculo amarillo formado por las hojas que ha dejado caer. En la distancia, parecen su propio reflejo de oro sobre la hierba.

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Quizá la vida de una persona que muere alcance su significado; pero ese significado se dice en un idioma que se ha perdido con ella.

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Hay cierta alegría, me parece a mí, en el modo de morir las hojas de mi arce: un esplendor; un descuido en la caída; una figura bella. Como si fuese un juego que termina en primavera.

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Hemos visto que la muerte no acaba con las diferencias políticas, naturalmente. ¡Vaya birria de religioncita sería la política si se acabase ante la muerte!

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De niño, algunas dudas empezaron a agrietar mi seguridad en el mundo. Hasta llegar a este extremo, ahora, en el que toda incertidumbre sobre el mundo es una esperanza.

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Noviembre, la vida, cualquier ausencia: hermosos como el silencio en el que acaba de haber una música.

Ajedrez (variaciones)

Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son perfectamente blancas.

Un ajedrez cuyas treinta y dos piezas son una gradación de color de hojas de otoño: amarillo, verde, castaño, cárdeno, cobrizo, oliva, rojo, trigueño, ocre, pardo, dorado, granate.

Un ajedrez cuyas piezas son trozos de madera que pasaron mucho tiempo en el agua y la marea fue dejando en la orilla.

Un ajedrez cuyas piezas son sueños: un rey soñado, una reina soñada, ocho peones soñados…

Un ajedrez en el que la dama blanca es una cierva.

Un ajedrez con una pieza envenenada.

Un ajedrez cuyas piezas son recuerdos.

Un ajedrez abandonado cuyas piezas no están porque han muerto.

Un ajedrez de piezas carnales que están revueltas en el centro del tablero, amándose.

Un ajedrez cuyas piezas sospechan de los jugadores.

Un ajedrez cuyas piezas son pájaros, números primos y música.

Un ajedrez cuyas piezas no creen en la existencia del ajedrez.

Un ajedrez que se juega moviendo estrellas.

Un ajedrez con un jugador de marfil y otro de obsidiana.

El otoño

Ahora tengo rosas. Durante años, de vez en cuando aparecía alguna rosa sola; este verano han brotado muchas, por primera vez.

De ellas solo una ha olido, y era una gloria. Los pocos días que duró, yo salía a la terraza, olía con los ojos cerrados, me daba la vuelta para entrar y ya lo había perdido. Así doscientas veces.

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Hay que explicarles a los niños que no todo tiene un nombre.

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(El año pasado, un día que había dejado abierta la puerta de la terraza, el viento deshojó la solitaria rosa madura y la esparció, y al volver del trabajo me encontré la casa sembrada de pétalos granates).

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Al principio, traer el otoño parece sencillo. Basta asustar a unos gorriones, traducir unos versos de Rilke, comer manzanas, echarle miel al queso, y empieza a venirse él solo: la línea de la pleamar sube por los postes del embarcadero; crecen las sombras de los niños sobre la tierra; amarillean los ápices de las hojas. Sin embargo, en la playa hay un inocente sentado, agarrado a sus rodillas, mirando las olas con tal felicidad, oyendo el viento y los pájaros, que detiene el engranaje del universo. El verano se queda, aunque ya distinto, con el aire del que sonríe pero en el fondo está preocupado.

Llegados aquí, si se quiere traer el otoño hay que emplearse a fondo, echar el resto.

***

Aún era verano. Pensé: «Este día será pronto un recuerdo».

Como en el poema de Manrique, el mar al que van a dar los días es el recuerdo, que es su morir, su más allá, su cielo.

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Me encontré este poema:

Dios mío, que nunca acaben
el mar y la arena,
el murmullo del agua,
el brillo del cielo
la oración del hombre.

Se llama Marcha a Cesarea; lo escribió Hannah Szenes con 21 años.

 

[Los versos de Szenes los he sacado de aquí (en inglés):
http://www.haaretz.com/israel-news/culture/poem-of-the-week/1.643772]

[Quién fue Hannah Szenes (en inglés):
https://en.wikipedia.org/wiki/Hannah_Szenes]

Antiguamente las cosas no eran como ahora

Antiguamente las cosas no eran como ahora. Eran más nítidas; pesaban más.

La carne era más colorada, más gordos los garbanzos. Los pollos tenían el tamaño de un perro, los perros de rinocerontes. En las tiendas olía a almizcle y flores frescas; el género de ultramar se vendía a granel, en cucuruchos de estraza, en frascos o en el cuenco de las manos. Nadie tenía que dormir solo, si no era por su elección. Muchos bebés nacían con dientes.

Los barcos entraban desde el mar bajo un arco de piedra arenisca cuya altura se perdía en las nubes, de lado a lado del fiordo. No había patio del que no brotase un canturreo entretenido, como el murmullo de una fuente en la sombra de un claustro. Porque a todo el mundo le gustaba cantar: se cantaba, se silbaba, se daban palmas o tabaleaba, sobre todo trabajando. También era costumbre saberse poemas de memoria, que se recitaban cuando uno estaba alegre o cuando estaba triste o para ilustrar a los niños o esperando al tranvía debajo de los tilos con la expresión perdida del que mira en sus adentros una idea muy importante sobre el mundo.

Los veranos eran veranos; los inviernos, inviernos. Al caer la tarde, se perfumaba la calle y se prendían faroles. Los soldados no volvían nunca de la guerra. Había frutas amarillas con sabor a mediodía y frutas negras con sabor a medianoche, y una fe acezante en el progreso humano y en los beneficios de la mecánica. En las habitaciones de los enfermos de sarampión se encendía una luz roja.

Los marinos mercantes mandaban postales de puertos remotos: Goa, Ámsterdam, La Habana, Valparaíso. A la vuelta traían brazaletes de oro, pájaros coloridos, goma de mascar, bailes nuevos, juguetes. Los barcos tenían nombre de estrellas; las estrellas, de mujeres, y las mujeres, de hierbas. Si el día era raro, como indeciso, y se alternaban la luz y las nubes, se decía que hacía sol de brujas.

Lo que se había dicho una vez se había dicho para siempre.

Antiguamente no era como ahora, qué va; era distinto.

Julio

 

El verano ha madurado como un fruto.

Las sombras de las hojas se mueven con el viento.

Sobre el muro

el sol escribe versos.

 

Hacer felicidad a comienzos del verano

La felicidad se elabora a partir de ocho flores pequeñas, como las que brotan en los descampados cuando llueve: moradas, blancas, amarillas, azules. Son de ocho especies distintas de nombre desconocido, salvo para el botánico. Este coge una flor, recién cortada, y la echa al mortero llamándola con voz clara. El nombre es alto y limpio, tan placentero que los presentes, al oírlo, despacio, cierran los ojos y sonríen.

El botánico coge la siguiente flor y la nombra, y luego la siguiente, y así caen las ocho al seno del mortero en su orden debido, y entonces las machaca brevemente. Esto hay que hacerlo deprisa, mientras, por decirlo así, reverberan los nombres en el aire.

Con ello el botánico ha terminado. A partir de ahí, un boticario preparará una suspensión al modo habitual, que se puede usar menudamente o consumir de una vez, si se prefiere. En tal caso la felicidad durará de un mes a mes y medio, según la constitución fisica de la persona y su temperamento.

Una vez en mayo

Una vez en mayo, hace mucho tiempo, me ocurrieron cosas felices. Los días eran limpios y la luz se detenía en el cielo, como ahora. Este aire sonoro, este verde vivo y este sol son iguales; por eso me ha vuelto el recuerdo.

Reconozco también las espigas y las nubes de Castilla, las mismas amapolas. Al volver a casa, de madrugada, sopla una brisa perfecta. El río baja crecido; por todas partes hay cuentos y canciones. Hay cigüeñas. Siguen escritos aquellos mismos versos.

Así pues, ¿qué fue del mayo aquel de juventud? ¿Qué se ha hecho de los días de entonces? Míralos: todo es igual. Ahí siguen.

almargen

Vacas

Idea: una raza de vacas tristes que da leche desnatada.

España, campeona

Celebramos la victoria. Me pregunto qué se siente siendo sueco, o suizo, esas personas que no se pasan el día volando y despeñándose entre la exaltación y la miseria, como en una montaña rusa.

España

Ya está toda España feliz. Ayer la mitad madridista celebraba la derrota del Barça en la Champions; esta noche ha caído el Madrid y desde mi casa oigo los gritos de alegría de los otros. En la victoria, una de las mitades habría acabado perdiendo, pero en la derrota total, felices todos.
Este es mi país. No es mal resumen.

La reforma

Qué útil es una Constitución. Sirve para mandarles un mensaje a los mercados. Para apoyar la pata de una mesa que cojea, para lanzarla contra una mosca, para gastarle una broma a un amigo, para limpiarse el culo.

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Si es razonable cambiar la Constitución para mandarles un mensaje a los mercados, por qué no ser un poco más audaces y abrirla al patrocinio. Reformamos la Constitución de modo que, pongamos, las galletas Fontaneda patrocinen el artículo tercero: «La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España y las galletas Fontaneda son un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección». La necesidad justifica cualquier cosa, dicen.

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Sería muy divertido cambiar sigilosamente la Constitución, y un día ir donde un amigo y decirle: «Eh, Fulano, ¿has visto el artículo 69bis? Va Fulano, lo mira y pone: «Fulano Pérez García tiene prohibido el sexo oral los días laborables». Ver la cara que se le quedaría a Fulano, qué risa, qué descojono.

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Podríamos aprovechar la reforma constitucional y añadirle al preámbulo esta cita de Groucho Marx: «Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros».

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Hora de despertar

«Lo más raro es que el espejismo haya durado tanto». Antonio Muñoz Molina resume admirablemente el estado de las cosas y cómo hemos llegado a él. En su opinión, que es la mía.

España

Si hubiese que empezar por algún lado, yo diría que España es un país espasmódico.

Climatología

Releo mis posts de los últimos tiempos y noto que hablo mucho del tiempo, como la gente en los ascensores. Sin embargo, parece que hay un sentido, no sé.

Como otras veces, acabo preguntándome si será un síntoma de estupidez o de pureza.

Julio

Junto al mar, una mujer sale del agua, con los labios salados y la lengua dulce.

Presas

Vida de prisionera en España. Diecisiete reclusas hablan desde la calle, titula hoy la portada de El País. Lo que me hace pensar, contemplando el hundimiento del periódico que un día fue un proyecto ilustrado, que la estupidez comienza y acaba en el mismo sitio: en no llamar a las cosas por su nombre.

prisionero, ra.
1. m. y f. Militar u otra persona que en campaña cae en poder del enemigo.2. m. y f. Persona que está presa, generalmente por causas que no son delito.
3. m. y f. Persona que está dominada por un afecto o pasión.
(DRAE)

Sólo defenderse

El hombre que mató a Liberty Valance expone poderosamente el problema de defenderse mediante la fuerza o mediante la ley. Hace poco volví a verla y me pareció una discusión anticuada: en los días de nuestra democracia, el problema es encontrar a alguien que quiera defenderse.

Meditación y agua

Gran ola sobre el fondo del cielo

Fotos de Corey Arnold en But Does It Float

Fotos del metro de Madrid

Foto en blanco y negro de un andén de metro

SpY. 11M

Pictograma de un tren llorando

SpY: intervención en las vías de Atocha en memoria de las victimas del 11M

I love the world

El reflejo de la Tierra en la escafandra de un astronauta

Tarde de invierno

La calle de Alcalá a la caída de la tarde

Una tarde de invierno en Madrid.

Trabajadora

Trabajadora de 1942 comprobando montajes eléctricos

La Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos ha empezado a poner en Flickr parte de sus fondos fotográficos. Esta es una trabajadora comprobando montajes eléctricos en una fábrica de aviones, durante la guerra, en 1942. El autor de la foto es David Bransby. No sabemos el nombre de la mujer.

[Aquí hay más información sobre la foto y copias de mayor tamaño.]

Otro principio

Avellanoide