Avellana

Un blog literario*

Archivo
31.12.03
Nochevieja  
Como le dijeron a Orfeo: ni una mirada atrás hasta no haber salido.
Juan Avellana | 6:56 PM | URL# de este post | 
30.12.03
Niebla, Fantasma, Ítaca, 
Resaca, Lorena, Pigargo, Gabiola, Habana, Coqueta, La Zorra, Carmina, Roñoso, Ramales, Noroest, Raquero, Nubero: barcas y barcos amarrados al muelle un día gris de Nochebuena.
Juan Avellana | 1:32 AM | URL# de este post | 
22.12.03
Solsticio 
Este mundo termina cada invierno porque da vueltas en medio de lo oscuro.
Hay estaciones: primavera, verano, otoño, ahora. Las cosas tienen un alma para cada una.
Llueve, o no.
Y no todo se repite.
Nosotros escogemos estos días para pensar que el mundo se acaba y empieza.
Entonces nos ponemos alegres y tristes.
Al caer la tarde, desde la ventana de mi oficina veo un árbol de oro.
Este es el mundo que nos ha tocado vivir.

Celebradlo.

Juan Avellana | 1:27 PM | URL# de este post | 
19.12.03
“Diciembre 

Esfera de cristal diciembre,
hasta un susurro
la empaña.


José Jiménez Lozano, Elegías menores (Pre-Textos).
Juan Avellana | 1:38 AM | URL# de este post | 
15.12.03
Flaquea la fe del narrador 
En esta fotografía están juntos, de pie, en un prado del norte de España, empinado y muy verde, delante de una ermita o una pequeña iglesia románica. Los dos son jóvenes. La luz del sol sale intensa y fresca, de modo que debe de ser por la mañana temprano, en invierno. Él está señalando con la barbilla hacia un punto que queda fuera de la foto. Deja ver un cuello poderoso y blanco, aunque por lo demás es de esqueleto frágil, y alto. Ella también es alta, pero de aire más terrestre. Gravita más. A la luz de la mañana parece aún más pálida que el hombre. Lleva el pelo, entre castaño y rubio, atado en una cola de caballo, y viste una camiseta malva y unos vaqueros. Tiene un rostro inocente y severo y es hermosa. Mientras él apunta con su gesto, ella está a su lado, inclinándose hacia el suelo como para recoger algo, pero sin soltar la cintura del hombre.
Por su actitud se nota que hay más gente cerca, además del que tomó la foto. Deben de estar celebrando alguna ocurrencia. Ya he dicho que son jóvenes.
Estoy al tanto de lo que les sucedió a los dos después de aquel momento, más allá de la foto; cómo continúa su historia y dónde se encuentra cada uno ahora. Pero prefiero no contarla, dejar sin animación esta imagen fija. Porque un relato traza una línea entre una situación de partida y una de llegada; y los ojos del que lo escucha siguen con la mirada la trayectoria entre los dos puntos y sacan sus conclusiones: «Ajá. De ahí a ahí, pasando por ahí. Así ha sido». Y en cambio hoy he meditado que quizá el presente es accidental e informe y que nosotros le buscamos las causas para no trastornarnos. Que ocurren cosas, imparcialmente, como si un viento de galerna dispersara las vidas y las llevase a cualquier parte. Que nada conecta lo que estos dos son hoy con lo que aquel día fueron.
Volvamos a la foto. Mirémosla de nuevo. Quizá, si hay un sentido, se halla dentro.
Juan Avellana | 11:48 PM | URL# de este post | 
12.12.03
Iniciación en la metafísica 
¿Es real un perro de madera?
Juan Avellana | 4:34 PM | URL# de este post | 
10.12.03
Un lema 
«En todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos». Lo anoté en su día, la primera vez que lo leí, y desde entonces he pensado que era la norma de conducta más bella a que puede aspirar casi cualquiera, en especial cuando se dispone a fabricar cosas, ya que el original dice «all that we make». El párrafo completo le devuelve a la frase su sentido pleno:

—¿Son mantos mágicos? —preguntó Pippin mirándolos con asombro.
—No sé a qué te refieres —dijo el jefe de los elfos—. Son vestiduras hermosas, y la tela es buena, pues ha sido tejida en este país. Son por cierto ropas élficas, si eso querías decir. Hoja y rama, agua y piedra: tienen el color y la belleza de todas esas cosas que amamos a la luz del crepúsculo en Lórien, pues en todo lo que hacemos ponemos el pensamiento de todo lo que amamos. Sin embargo son ropas, no armaduras, y no pararán ni la flecha ni la espada. Pero os serán muy útiles: son livianas para llevar, abrigadas o frescas de acuerdo con las necesidades del momento.

Solamente eso, unas ropas, hechas con una intención. La intención —el alma de los elfos— es lo que está poderosamente trabajado, no la forma de las ropas. Es la santidad del artesano.
Sobra decir que el párrafo está sacado de El Señor de los Anillos, del capítulo que se llama «Adiós a Lórien», en la página 513 de La Comunidad del Anillo, según la edición de Minotauro. La traducción es de Luis Dòmenech. Sobra decir también por qué me encanta citarlo aquí en uno de estos días.
Juan Avellana | 2:28 AM | URL# de este post | 
6.12.03
Seis de diciembre de 1978 
Mi abuela trabajaba en una fábrica de betún, hasta que una vez, mientras pensaba en cómo iba a guisar un cordero, la máquina le arrancó varios dedos de una mano, de modo que durante el resto de su vida fue capaz de echar cuentas con fracciones. Esto no lo digo yo; lo decía ella con malicia, enseñándote la mano, donde le faltaban dos dedos y medio, o tres y medio, o cosa así. Ya nunca volvió a trabajar como obrera.
Esto sucedió en mitad de la guerra, en la zona republicana. Un sindicato le gestionó alguna clase de pensión de invalidez parcial. Cuando los nacionales entraron en la ciudad, al cabo de unos meses, los dueños de la fábrica —o alguien que movía las cosas para ellos, en cualquier caso— se pusieron a enmerdar ante las nuevas autoridades con el asunto de la involucración del sindicato rojo y a mi abuela se le desvaneció su pensión fugaz. Ya sé que suena dickensiano, pero la realidad es lo que tiene, esa propensión a Dickens.
Mi abuela no decía «los nacionales», sino «los facciosos», sin darse cuenta de lo que delataba esa palabra: porque la señora mayor que yo conocí no era roja ni nada. Había sobrevivido y tenía miedo, y su saber teórico consistía en hacer cuentas con los dedos. Es lo que recuerdo de mi infancia, tras la muerte de Franco, antes de la llegada de la Constitución: el miedo de mucha gente. Mi abuela estaba conforme con las cosas que había alcanzado a tener —tanta comida por todas partes—, y ya había visto una vez cómo se hundía el mundo. Algo que mi padre no sabía ni tampoco yo.
Estos son los pensamientos que se me ocurren este sábado, el día de la Constitución. Hace un rato he bajado a comprar el periódico y también me he subido una barra de pan, porque es tontería resistirse al aroma tierno del pan recién hecho. Andando hacia mi portal, por la acera, con mi baguette tibia bajo el brazo y mi periódico, de pronto el nieto de Milagros se ha sentido muy a gusto. El gesto de mi abuela al mostrar equis dedos y medio le hace pensar a su nieto en una reasignación de sentido del gesto de Wittgenstein con la mano en alto, sabe Dios por qué.
¿Es poco, saciarse en un momento dado con la minúscula felicidad de una mañana de sábado tranquila? Todo depende de quién seas y de dónde vengas. Qué vale esta Constitución, qué vale España: yo cuento el valor de estas cosas con los dedos de mi abuela.
Juan Avellana | 4:45 PM | URL# de este post | 
3.12.03
Post 
Por el borde de una llanura blanca pasa un camino. Al borde del camino hay un coche parado y con las puertas abiertas; un hombre tapado con gorro y con guantes saca del maletero una caja de cartón por la que asoman algunos trastos y una gran bolsa de plástico. Luego el hombre da la espalda al coche y echa a andar cruzando la nieve. Al cabo de un rato, se detiene, posa la caja y saca de ella una estaca de madera. La clava en el suelo, le ata un cordel de bramante y de nuevo echa andar, soltando cuerda. Al cabo de 25 ó 30 metros se para a clavar otra estaca, y después repite otras dos veces la operación hasta que ha definido un gran rectángulo sobre el plano del paisaje. Hecho esto, el hombre abre la bolsa, que está llena de una especie de letras grandes de plás tico negro —como de algún juego de niños—, y se dedica a dispersarlas metódicamente, como si sembrara. Con el ejercicio está empezando a sudar, y de su boca sale un vaho espeso. Le viene a la cabeza la etimología de la palabra bustrófedon, un modo de escritu ra que los griegos llamaron así porque les recordaba los surcos que dibuja una yunta de bueyes al arar un campo. Cuando por fin ha terminado, se detiene un rato, de pie en la esquina inferior derecha, a contemplar su obra, un cuadrado blanquinegro y pisoteado en medio de la vasta planicie blanca. Desde el cielo parece un párrafo. Finalmente, saca de la caja una pelota brillante y negra y la encaja sobre la nieve, en su punto exacto.
Juan Avellana | 11:27 PM | URL# de este post | 
1.12.03
“Finalmente, por lo que toca a mis libros,  
me gustaría mucho enviarle todos los que pudieran alegrarle de algún modo. Pero soy muy pobre, y mis libros, en cuanto aparecen, ya no me pertenecen a mí. Yo mismo no puedo comprarlos y, como querría muchas veces, dárselos a aquellos que les tendrían amor. Por eso le apunto en una hoja los títulos (y editoriales) de mis libros últimamente aparecidos (de los más recientes; en total he publicado unos doce o trece), y debo encomendarle a usted, querido amigo, que se procure ocasionalmente alguno de ellos.
Sé que a mis libros les gusta estar con usted.
Adiós.
Suyo, Rainer María Rilke”.

Rainer María Rilke, Cartas a un joven poeta (Alianza, p. 40). Traducción de José María Valverde
Juan Avellana | 12:45 AM | URL# de este post |