Avellana

Un blog literario*

Archivo
31.5.04
Filosofía y huerta 
Sabemos desde Aristóteles que es imposible sustraerse al filosofar, de modo que quizá sobraban las pruebas materiales:

A la memoria...

Serán los espárragos más tiernos del mercado, y los más sabios con diferencia. En todo caso, parece una costumbre razonable cogerle afecto a Immanuel Kant, ese hombre extraño y fundamental. Escribió muchas frases memorables, pero grabaron estas sobre su tumba: «Dos cosas llenan mi ánimo de creciente admiración y respeto a medida que pienso y profundizo en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí». Eso se merece unos espárragos, sin ninguna duda. Y hasta una camiseta.
Juan Avellana | 12:47 AM | URL# de este post | 
27.5.04
Deconstructing Harry 
Harry, el personaje de Woody Allen, discute de religión con su hermana, una devota judía. Ella explota:
—¡Tú no tienes valores! Toda tu vida es nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo.
Harry, que está mirando por la ventana de espaldas a la cámara, gira la cabeza y responde:
—¿Sabes? En Francia, con ese eslogan podría presentarme a las elecciones y ganar.

[Deconstructing Harry, 1997. Guión y dirección de Woody Allen.]
Juan Avellana | 12:36 AM | URL# de este post | 
23.5.04
Cercanías 
I

El viajero del tren de cercanías no debe conocer el nombre de las plantas que ve desde la ventanilla. Como ha llovido y llovido durante el invierno, lo que suelen ser campas gredosas, pedregales y baldíos está tapado ahora de una hierba verde espesa iluminada por vastas manchas de colores: amarillo, azafrán, violeta, rojo. Las rojas son amapolas del color de la sangre que se abren por cualquier rincón —sobre los cascotes de una obra, entre el balasto, al pie de una tapia— con una belleza inverosímil.
Aparte de ellas, no sería razonable nombrar las otras flores, ya que este es un tren urbano y en el espacio de la ciudad solo hay plantas y hierbas, nada más.

II

El primer día después de los atentados del 11 de marzo, por los andenes entre Alcalá y Atocha comenzaron a aparecer, en cualquier lugar fuera del paso, modestos recados memorativos: notas manuscritas, fotos, flores, velas rojas; arrimados a una farola, por ejemplo, o pegados a esos postes metálicos que sostienen las catenarias. Creí que durarían un día o dos, pero prevalecieron, mojados y arrugados, cada día más nutridos.
Me pareció que se trataba de una especie de conversación, un tanteo o un balbuceo para expresar lo invisible; un esfuerzo inarticulado por hablar, sirviéndose de las cosas, acerca de lo que es más grande y no se puede decir.
Enseguida se fueron organizando en unos pocos rincones hasta formar una suerte de altarcillos protorreligiosos tirados en el suelo. Todavía pueden verse algunos por el camino, salpicados de velas rojas. No los entiendo, y sin embargo los miro con respeto y simpatía. Supongo que la razón no puede dar cuenta de estos objetos que participan de la naturaleza del símbolo.
Sospecho que si arrancásemos toda religión del mundo volvería a brotar aquí y allá, como la hierba.

III Memoria

Las velas encendidas en los andenes de Madrid se irán apagando una tras otra, y cuando se haya extinguido la última ya sólo seguirán ardiendo en mi memoria. Un día yo me apagaré también, pero antes arrimaré mi frente a otra frente para prender la llama en ella y que esta sangre de marzo nunca se olvide.
Juan Avellana | 11:02 PM | URL# de este post | 
20.5.04
Definiciones 
El diccionario de la Real Academia —como casi toda obra humana colectiva, por otra parte— es capaz de estupideces y maravillas. Esta entrada me parece deliciosa:
amarillo: (...)
10. m. Adormecimiento extraordinario que los gusanos de seda, cuando son muy pequeños, suelen padecer en tiempo de niebla.
Cualquiera sabe lo que es una feminela. Si no, se mira en el diccionario:
feminela.1. f. Mil. Pedazo de zalea que cubre el zoquete de la lanada.
Ha quedado todo claro, espero.
Y una pena es la ausencia de redamar, este verbo: ‘corresponder al amor con el amor’ (Casares, p. 712). Invertárselo quizá hubiera sido una práctica inescrupulosa, pero ¡existiendo!, qué les cuesta ponerlo. (Sí, reamar viene..., pero no es lo mismo).
Juan Avellana | 12:07 AM | URL# de este post | 
16.5.04
Enfoque 
A rachas el pensamiento se vuelve vagabundo, desvaído; no lo atrae nada, flota. El pensamiento piensa, pero muy generalmente. Al cabo de unos días así, se puede hacer un ejercicio de foco. Fijarlo. Pensar, por ejemplo, en un gecko tan largo como el dorso de una mano, con la silueta nítida de su cola, sus dedos diminutos palmeados, el lomo verde lima y escarlata.
El olor frutal del aceite de oliva crudo.
El crotorar de una cigüeña, que nunca se olvida.
La nuca de la soldado que ha subido al tren, sus trenzas rubias recogidas bajo la gorra.
Esos crujidos que se oyen en el silencio crepuscular de los cementerios.
Un guijarrito de vidrio devuelto por el mar, redondo, suave como una piel, traslúcido.
Las mejillas de mi sobrino, tan blancas que dejan trasver el riego azul de las venas.
Tantos mosquitos como gotas estrellados contra el parabrisas.
Un píxel.
Juan Avellana | 7:48 PM | URL# de este post | 
13.5.04
Explicación 
Mi casa se extiende por ene dimensiones, que es donde están todos esos medios pares de calcetines.
Juan Avellana | 11:54 PM | URL# de este post | 
12.5.04
Título 
Este post trata de los curiosos efectos de la autorreferencia.
Juan Avellana | 11:30 PM | URL# de este post | 
8.5.04
Un rayo misterioso 
Mi primer oficio verdadero, como sucede a menudo, lo viví como un largo exilio: de la adolescencia que se había despedido; de lo que yo quería hacer; del propio hilo de mi vida, que había extraviado.
Una noche de verano, a las tantas, unos cuantos empleados hacíamos en un salón apolillado el último descanso de toda la jornada, el más triste. Las ventanas estaban abiertas; abajo, en la terraza, unos músicos lánguidos, como nosotros arriba, esperaban el final de la noche. En un momento dado, empezaron a tocar una canción desconocida que se fue alzando despacio por encima de los toldos de la terraza que daba la playa, movió las cortinas de nuestro salón belle époque desvencijado, flotó por encima de los cuatro o cinco que a aquella hora yacíamos en silencio por los sillones de cuero y se instaló en el aire fragante de la habitación con una desesperada melancolía.
Había allí un compañero uruguayo con el que me llevaba bastante bien, igual porque él era pintor como yo era secretamente otra cosa. Me miró la expresión de la cara y me preguntó si no conocía la música. Yo le contesté que no. «¿Nunca has oído esta canción?». Y se puso a cantar a media voz la letra, que pareció durar una eternidad. Mientras tanto, nadie dijo una palabra ni levantó los ojos.
Nunca como aquella noche he sentido así la añoranza de lo que no ha sido. Pensé, anegado de congoja, que nunca me había hallado tan lejos de todas las cosas buenas de mi deseo; que fuera existía todo un mundo que ya no era para mí.
Con el tiempo, salí de aquel sitio, anduve un poco y me hice con la pequeña parte de aventura y de belleza que me cupo. Me enteré de que la canción era un tango, o casi un tango, la escuché en la voz de Gardel y me aprendí la letra ripiosa. La canción era El día que me quieras. Hoy día resulta banal, claro, pero algunas veces, como esta tarde, la escucho a lo lejos y veo dónde estoy porque me hace recordar de dónde vengo.
Juan Avellana | 7:54 PM | URL# de este post | 
5.5.04
Llueve 
En la tierra donde nací llueve siempre. Llueve hasta en el recuerdo.
Juan Avellana | 10:05 PM | URL# de este post | 
2.5.04
Filosofía 
Si supiésemos qué es lo que hay que preguntar, no necesitaríamos la respuesta.
Juan Avellana | 1:48 PM | URL# de este post |