Avellana

Un blog literario*

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30.11.04
Avellana: su cuaderno de viaje IV 
Avellana saldrá una noche de casa después de cenar, contra su costumbre. Para aclararse la cabeza con el aire fresco. Andando, llegará a donde se cruzan cuatro calles y es obligado escoger; pero él duda. No quiere renunciar a ninguna de ellas; entonces toma las cuatro a la vez.
De aquí en adelante andará por cuatro caminos distintos; vale decir, vivirá cuatro vidas. En una de ellas no me trae libretas anotadas para que yo las mire; en otra se encontró una piedra azul en unas bardas al borde del camino; en otra es un cascarrabias sedentario y fantasioso; en otra es un pájaro.
Avellana saldrá de casa una noche y tomará cuatro caminos, y de cada uno, otros cuatro, y otros más, todos los que tema abandonar. Siempre alejándose de este punto, el de partida.

[Avellana: su cuaderno de viaje III]
Juan Avellana | 11:28 PM | URL# de este post | 
25.11.04
Noviembre 
Por las tardes, después de tomar el café, el señor González vuelve a la oficina por la acera de la izquierda, en verano, y por la acera de la derecha, si es invierno. Esta tarde vuelve por la acera de la derecha. El sol de otoño le da de frente y le deslumbra. La luz enciende la silueta cristalina de los árboles, enciende las losas del suelo y el granate en las tapias.
El señor González se queda mirando con detenimiento unas hojas de hierba que se aprietan sobre la acera, en una juntura. Hojitas tiernas verde claro. Apoya la mano en el tronco de un arbolillo liso, de tacto tibio. Siente el peso leve del calor del sol encima de los hombros y, al borde de la felicidad, piensa si ese ensanchamiento de su sensibilidad para el detalle es un don o es señal, por el contrario, de la limitación de su existencia.
Su sombra se alarga, atraviesa la acera y va a caer sobre los hierros de una verja. El señor González, abstraído, se ha olvidado de que medita. Es un hombre de bigote con un abrigo gris parado en medio de la calle. Apoyado en el árbol, cierra los ojos y alza la barbilla para recibir el sol en la cara con avidez y con placer.
Juan Avellana | 11:41 PM | URL# de este post | 
21.11.04
Tamara, de Calvino 
Este librito, Las ciudades invisibles, no me canso de recomendarlo. A veces pienso que en vez de un libro es una ciudad con nombre de mujer en una de cuyas calles hay una puerta por la que he entrado a esta habitación en la que escribo, sin salir nunca del libro.

Las ciudades y los signos. 1

El hombre camina días entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una veta de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza la verdulería. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo —quién sabe qué— tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido —entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente— y lo que es lícito —dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de los padres—. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre ya está entregado a reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante...

[Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Minotauro). Traducción de Aurora Bernárdez.]

[Las ciudades y el deseo. 1]
Juan Avellana | 3:57 PM | URL# de este post | 
17.11.04
Una teoría poética 
es, como casi todas las ideologías, una colección de buenos propósitos que se arruinan en su realización.

[Ese casi tiene su explicación. Les he dejado a las ideologías un resquicio al no escribir «es verdad para toda ideología que»: pero eso no significa que alguna ideología no se arruine en su realización, sino que alguna ideología carece de buenos propósitos.]
Juan Avellana | 1:26 AM | URL# de este post | 
13.11.04
Acordeones 
Conocí una vez un muchacho bondadoso y algo triste que tocaba el acordeón. Un día le mandé una postal de cumpleaños y le escribí una cita sobre el acordeón sacada de un cuento. Sé que le hizo feliz, porque me lo contó tiempo después una amiga común que se encontraba con él ese día. Ya digo, era una bellísima persona.
Durante el verano pasado, muchas tardes sonaba un acordeón, aquí en mi calle, cada día hacia la misma hora. Nunca he sabido quién tocaba porque durante el buen tiempo las copas de los árboles me tapan la vista de la acera. Con el sonido del acordeón en el calor de agosto me acordaba del olor de los ajos silvestres, de la mierda de vaca y de los ojos de Raymond y su expresión de niño.
Ahora, al comienzo del invierno, me acuerdo de los días apacibles y extraños de este verano que ha pasado hace tan poco, me recuerdo aquí sentado recordando a Raymond, ahora que el acordeón se ha ido, y me pesa todo este tiempo mío que se va apilando, recuerdo sobre recuerdo, como una carga difusa que diluye y esfuma los detalles de la emoción en la memoria y deja solo una lechosa, punzante, vagamente humana sensación de haber sentido.
Juan Avellana | 1:24 AM | URL# de este post | 
9.11.04
Cruce 
Juan volvía del trabajo en el tren de cercanías, de pie junto a la puerta del vagón. En una estación subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba hablándoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adoptó la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.
Todos los pasajeros dentro del vagón miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.
Cuando era niño, un chaval mayor cogió a Juan, en el barrio, y se empeñó en enseñarle a boxear. Decía que tenía cualidades. Le enseñaba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le enseñaba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callejón sin salida, junto a una tapia cubierta de verdín, y allí practicaban hasta que se iba la luz. Juan quería ser amable, pero se aburría muchísimo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurrió subirse a la tapia y se cayó desde lo alto. Llovía y se resbaló. Se pasó mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sintió mejor, se levantó y se fue para casa, y consiguió pasar sin decirle nada a su tía.
El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresión de ser hombres mayores. Parecía un inocentón, un niño grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna razón a Juan le repugnó.
Se apeó en la siguiente estación, sin volverse a mirar, alejándose camino de su casa. Luego, mientras hacía la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su niñez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvió a sentir que su vida era una colección de traiciones. Se encogió de hombros, a solas.
Juan Avellana | 2:28 AM | URL# de este post | 
5.11.04
Encuentro 
Me encontré una cosa que no estaba buscando y durante un momento intenté recordar quién había dicho algo sobre esos casos, hasta que enseguida caí en la cuenta de que lo había escrito yo en esta página, hace un año, justo el día 7: "Cuando uno encuentra algo bueno no es equivocado decir que era eso lo que estaba buscando".
Pues eso. Buscaba otra cosa y me encontré esta, dentro de un gran libro:

El loro

Un viejo armador danés recordaba los días de su juventud y cómo una vez, cuando tenía dieciséis años, se pasó una noche en un burdel de Singapur. Había ido con los marineros del barco de su padre y se sentó a charlar con una anciana china. Cuando ella oyó decir que era nativo de un país muy lejano trajo un viejo loro, que era suyo. Contó que hacía mucho, mucho tiempo, se lo había regalado un noble inglés que había sido su amante en su juventud. El muchacho pensó que el loro podía tener hasta cien años. Podía decir frases en todos los idiomas del mundo, aprendidas en la atmósfera cosmopolita de la casa. Pero el amante de la mujer china le había enseñado una frase antes de regalárselo, que ella no entendía, ni ningún visitante le había podido decir qué significaba. Así que llevaba muchos años preguntándolo. Pero como el muchacho era de tan lejos quizá fuera en su idioma y pudiera traducirle la frase.
El muchacho quedó profunda, extrañamente conmovido por la sugerencia. Cuando miró al loro y pensó que podía oír danés de aquel terrible pico estuvo a punto de marcharse corriendo de la casa. Sólo se quedó por ayudar a la anciana china. Pero cuando ella hizo que el loro dijera su frase, resultó ser en griego clásico. El pájaro dijo sus palabras muy lentamente y el muchacho sabía el griego suficiente como para reconocerlas; eran unos versos de Safo:
La luna y las Pléyades se han puesto.
Y medianoche es pasada.
Y las horas huyen, huyen.
Y yo estoy echada, sola.
La anciana, cuando él le tradujo los versos, chascó los labios e hizo girar sus ojos rasgados. Le pidió que se los dijera otra vez y movió la cabeza.


[Isak Dinesen, Lejos de África («De la agenda de un emigrante»). Traducción de Bárbara Mc Shane y Javier Alfaya/Aquilino Duque.]
Juan Avellana | 1:00 AM | URL# de este post | 
1.11.04
Edad II 
El tiempo
que roe los metales y la carne
que confunde las ciudades y los días
y que un día acabará por arrastrarlo todo,
sabe también ser piadoso.
Y así descubro, al cabo de los años
que la vida prescribe.

[Edad I]
Juan Avellana | 11:35 PM | URL# de este post |