Avellana

Un blog literario*

Archivo
30.3.05
Noche de primavera 
La otra noche volvía a casa andando despacio. Ya era tarde. Una ráfaga de viento movió la hierba, en la oscuridad de primavera, y entendí qué es lo que trato de hacer. Escribir el poema de mi paso por la tierra. Un párrafo, unos versos, una línea que diga: así estuvo Juan cuando pasó por la tierra; así fue.
No, no levantar testimonio de mi paso: expresarlo, de eso se trata. Declarar la verdad de lo que fue. Le doy vueltas en la cabeza y se me ocurre una frase: «Declararlo para que sea». Pero es absurdo. ¿Por qué lo quiero declarar, qué le añade a la vida el que la vida se diga? Lo que es, lo que ha sido ¿va a ser más por escribirse con toda verdad?
Eso es, por lo visto, lo que quiero.
Era una noche tranquila y oscura y brillaban algunas estrellas. Al llegar a mi casa, en este barrio, hay trozos descuidados de césped, eras con arbolillos y algún seto. Un perro salió de entre las sombras en mi dirección, y se fue a olisquear al pie de un tronco. Esforcé la vista y distinguí la silueta de un hombre, sentado en lo oscuro, más allá. Sopló una ráfaga de viento tibio, de ligero olor, y entonces, en la calle callada se me ocurrió lo que he dicho, esta cosa sencilla. Qué tontería: el poema de mi paso por la tierra. Pero lo repito y siento que es eso.
Juan Avellana | 11:19 PM | URL# de este post | 
24.3.05
Las sábanas, la cometa 
Antes de irse de viaje, Ana se ha dejado una nota pegada en la puerta, que dice:

las sábanas
los sobaos
el cuaderno
la cometa

La vida es hermosa, sencilla (algunas veces triste), y cuando se aparece así de clara no hace falta un poema para revelarla.
Juan Avellana | 12:11 AM | URL# de este post | 
21.3.05
El milagro 
¿Hay milagros pequeños (digamos, levantar una hormiga, rizar el agua del río con un soplo) y milagros grandes (digamos, lograr la paz del mundo, revivir a los muertos), o basta con que se haga un milagro, y el mundo es otro?
Juan Avellana | 1:03 AM | URL# de este post | 
14.3.05
El camino 
De la ciudad se sale por la puerta del Este, a una zona de terrenos baldíos. Pasada una loma que oculta la vista de la muralla, la carretera empieza a discurrir entre campos de cereal y barbechos, y sigue así durante bastante espacio hasta dar con las estribaciones de la sierra, que no es muy alta. Esta se cruza por un paso angosto; más allá, el clima se vuelve seco y frío, y las ciudades son pocas, aunque pobladas. Después empiezan las grandes masas de bosques, leguas de bosques sin señal de habitación humana hasta su frontera natural, que es el río Labulay, a cuyas márgenes se han establecido pequeños poblados de pescadores.
En esta zona, el río se puede pasar a través de un solo puente, ante el que han erigido una alta puerta de mampostería donde se paga el pontaje. En la otra ribera comienza una inacabable llanura de pastos ralos que llega a donde alcanza la vista; pero más allá, y todavía después del horizonte y aún más allá hay lugares remotos, como se difumina la mañana en la distancia, y se suceden enseñas extrañas, animales infamiliares, voces extranjeras y costumbres desconocidas; se atraviesan empalizadas, se vadean corrientes, se salvan quebradas, se pagan diezmos y portazgos; se siguen los caminos, los rostros, los pozos, las vestimentas, los dioses locales y las caravanas.
Por último está el mar, la costa solitaria con un embarcadero donde algunos barcos cruzan el Estrecho sobre el mar azul y desembarcan en la otra orilla, escarpada y pedregosa y sin rastro de hierba, tras la que se alza, en el centro de un campo llano, una puerta que da entrada al Paraíso, y que se abre a un ancho país donde la gente, poca, vive en medio de prados espesos, bosquecillos deleitosos, colinas suaves y lagos que espejean. La vida es feliz, los atarcederes numerosos y templados dejan paso a las estrellas nocturnas, y en el aire tibio se oye siempre una música. Nada más se puede pedir. Pasadas unas colinas herbosas repletas de pájaros, unos cuantos arbustos de madera rojiza crecen tan apretados que forman una especie de seto natural, y más allá de este seto hay una puerta.
Juan Avellana | 12:23 AM | URL# de este post | 
9.3.05
Lo trágico 
El uso ha deslavado la palabra: decimos tragedia para señalar un suceso con un fin triste; pero lo que termina mal es una desgracia, mientras que lo propio de una tragedia no es su final sino el camino por que llega, el modo en que se traban los hechos de las personas y el destino.
Y sin embargo, no sé si es dable evitar ese deslizamiento. Si se puede asistir a un término terrible sin entender cada deliberación, cada contingencia, cada duda y cada acto como una suma de trabajos ciegos en favor de la fatalidad. Si se puede contemplar sin piedad ni compasión un destino funesto y entenderlo como un azar, un sinsentido o una comedia.
Juan Avellana | 12:15 PM | URL# de este post | 
4.3.05
Hipótesis 
Libre es el que vive atado a su propia voluntad.
Juan Avellana | 12:39 AM | URL# de este post |