Una bestia o un dios

Todo el mundo conoce esa sentencia de Aristóteles, de la Política: «El hombre es un animal social», algo que sabe cualquiera sin necesidad de leer a Aristóteles. Pero que sigue así: «...y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre»; o, como repite muy bellamente unas líneas después: «Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios».

Mi interés por esa frase no ha sido político o filosófico, sino personal. Siempre he tenido problemas de relación con cualquier comunidad (parece cosa de fábrica), que me llevaban a vagar entre la melancolía y la soberbia. Me acuerdo bien de la primera vez que la leí porque va asociada a uno de mis pequeños hitos de madurez personales, parecidos a las fijaciones que colocan los escaladores cada cierto espacio para asegurar las cuerdas. Me puso enfrente de mi propia confusión: en el brete de escoger, me di cuenta de que yo no quería ser ni lo uno ni lo otro; a mi manera, pero en cualquier caso un hombre. Ni bestia, ni dios; un hombre.

A partir de ahí he seguido refunfuñando, por supuesto; pero desde entonces refunfuño desde dentro. Fuera no hay nada para mí.

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