Avellana

Un blog literario*

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25.2.07
El hombre lobo piensa en ese tema 
En el recuerdo, aquí tumbado, puedo ver la figura de tu vida y ahí las huellas de mis dedos. Las reconozco, y sin embargo no consigo razonar mi culpa. Cómo pedirle a un hombre responsabilidad por las consecuencias de su biografía en un mundo estocástico que revienta cualquier cálculo en la secuencia de efectos y causas.
Ahora bien, según dicen, no debería razonar así, ya que a un buen comportamiento no se le pide un cálculo fino de sus consecuencias. Precisamente, uno se conduce con un criterio moral porque ya no puede distinguir a un par de metros los efectos de sus actos. Tal es la razón de la ética. Por eso debe bastar con haber sido honesto en principio.
¿Y lo fui? Qué sé yo. Por confuso que resulte el mundo, mi interior es una larga noche. Yo qué sé si actué o no actué de forma moral. Aún podría decir que lo hice lo mejor que pude; pero no, no estoy seguro de haber actuado cada vez con buena voluntad.
Preguntarme sobre mi buena voluntad me lleva otra vez al mundo. ¿Qué es lo que hice? Como el licántropo, uno se despierta al mediodía y mira alrededor con temor y suspenso. Si las ropas están rotas, si hay rastros de barro en las bocamangas o en las uñas, si dice el vecindario que se echa a alguien de menos.
En la forma de tu vida están mis huellas, y yo soy el que cree que no tengo otro remedio que sufrirlas. Que un hombre no vale la pena si no se atreve a mirar el peso de sus obras en las vidas de otros.
Respiro con felicidad y con alivio. Al fin y al cabo, tu vida es buena.

[«Eso es todo lo que puedo hacer —dice el licántropo—, y que Dios me perdone. Es curioso: creían en un Dios necesario para castigarnos y se equivocaban; Dios era necesario para absolvernos»).
Juan Avellana | 10:25 PM | URL# de este post | 
13.2.07
La revelación 

Se dice que todo cuento relata un cambio en la vida o bien un momento de comprensión. Lo que difícilmente puede contarse en un cuento es que ese momento de comprensión, en la vida real de un lector de libros, muchas veces sucede precisamente en un libro. No se me ocurre describirlo de otra manera que con esta imagen: al cruzar un párrafo o un verso, salta un fogonazo deslumbrante.

Quizá mi mayor deslumbre me lo encontré en este párrafo de Borges:

La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

El otro día volví a esta cita casi por casualidad. Se me ha ocurrido compartirla, es decir, mostrarla, y nada más, porque no hay nada que yo pudiera añadirle. Salvo dos notaciones marginales:

Primero, su curioso isomorfismo: ella misma tiene las propiedades de lo que declara, la inminencia de una revelación que no se produce.

Y en segundo lugar, su modestia —no sé si deliberada o inconsciente—, ya que alcanza mucho más que el hecho estético. Podría convenir a la literatura entera, a la filosofía, a la tarea de pensar; podría ser cifra de la condición humana.

 

[Al final de «La Muralla y los Libros», en Otras Inquisiciones.]

Juan Avellana | 12:11 AM | URL# de este post |