Avellana

Un blog literario*

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26.9.07
Días 
Esta tarde, al salir de trabajar, me he topado con un africano alto y delgado, vestido con una chilaba gris perla. Llevaba a caballo sobre los hombros a una niña de tres o cuatro años, de piel más clara, despeinada y con sandalias como una niña del tiempo de Jesucristo. La niña iba dormida, con su cabeza apoyada sobre la cabeza del hombre.
Hace solamente tres mañanas veía brillar como lluvia de diamantes bajo la luz del sol a los peces minúsculos dentro del agua silenciosa, de ese delicado azul que se llama, con toda propiedad, azul aguamarina. Y luego, por la noche, la luna creciente, terrible en el cielo, blanqueando las piedras de un camino, irguiendo sobre sus pies solitarios a los árboles.
Estas cosas han sido mi felicidad y mi asombro.
Juan Avellana | 10:39 PM | URL# de este post | 
11.9.07
Otra ley natural 
Cuando era estudiante no siempre tuve un domilicio fijo en la ciudad donde estudiaba. Esas temporadas dormía en pensiones, comía por ahí. Pasaba mucho tiempo solo. Recuerdo que una vez, en un bar, acababa de terminarme el menú del día y tenía un hambre terrible. Cerca de mí había un señor pulcro y antiguo que había comido lo suyo con orden y pausa. Terminó, alineó las miguitas sobre el mantel y se quedó esperando muy bien, con esa soltura natural con que esperan los solitarios. Al cabo de un rato, cuando el camarero pasó por su lado, el hombre le preguntó muy educadamente si sería posible trocar el café que figuraba en el menú por una pieza de fruta sin que variase el precio. ¿Una naranja? Una naranja.
Del hombre de la naranja y de otros que he olvidado se formó por aquella época mi imagen ideal de la tristeza: un hombre mayor comiendo solo en la mesa de un bar. Veinte años después, a veces me sucede que estoy solo comiendo en los bares, y no es tan malo. Ojalá haya descubierto una ly de la naturaleza, una ley que diga, por ejemplo: «Cuando llega lo que más temías al final no era tan malo». Aunque no creo.
Juan Avellana | 11:51 PM | URL# de este post | 
1.9.07
Ni que fuese una ley de la física 
A un amigo mío le gusta una mujer —un rostro— que conoce de vista. Sucede que cierta noche, en un bar, alguien les presenta. Y parece que él cae en gracia. Quedan unas cuantas veces a tomar algo, charlan, se van conociendo, esas cosas. Tres semanas después, en otro bar, me está contando cómo han roto, por decirlo así. La expresión es suya.
Han tenido esta misma tarde una conversación muy seria. Resulta difícil de comprender qué puedan haber roto al cabo de tres semanas, le digo, y él está de acuerdo. Pero la historia entera es extraña, absurda, un disparate.
Mientras me habla se mira las manos inquietas, así que puedo contemplarle la cara a placer, y por debajo de la perplejidad, el amor herido y esas imágenes menores que se pierden con la ilusión, creo ver la incomprensión radical de que algo sinceramente hermoso no sea igualmente bueno. Ese ingenuo desconcierto dolorido que he notado en algunos hombres, como yo mismo, y que la experiencia no disipa.
Y ahora que estoy yo a solas, dejando a un lado a las mujeres y los hombres y a mi amigo, pienso en términos más generales. Cómo es que no basta una vida para contender con las promesas incumplidas de la belleza, me pregunto.
Juan Avellana | 6:18 PM | URL# de este post |