Avellana

Un blog literario*

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26.11.07
Una parábola 

No hace falta decir el título de la novela, porque la reconocerá quien la haya leído (y quien no la haya leído no querría conocer el final). Habla de un muchacho al que internan en una institución militar para entrenarlo en la guerra. Allí lo hacen combatir con otros como él en simulacros de batallas cada vez más apremiantes y complejas. Los que fracasan son inmediatamente eliminados.
El protagonista sobrevive a una cruel sucesión de cribas hasta que llega más allá del límite de sus fuerzas. La historia termina en la oscuridad, cuando alguien lo despierta de un pesado sueño de extenuación y lo libera. Él pregunta si el entrenamiento ha terminado y si va a ir a la guerra, y se le responde que el entrenamiento había terminado hacía tiempo; que había librado una guerra verdadera sin saberlo y que la guerra ha acabado.
Sólo hoy, al cabo de los años, me he dado cuenta del valor simbólico de ese cuento: bien puede ser el cuento de cualquiera. Mientras un joven se prepara para la vida que vendrá, ignora que la vida ya está siendo. Un día despierta y se entera de que lo que tenía que ser, ya ha sido, mientras él no lo sabía.

Juan Avellana | 12:22 AM | URL# de este post | 
19.11.07
La medida del valor 

Mientras lo escribía, me di cuenta de que por mi post anterior rondaba la forma de una frase de Ernst Jünger (la forma, no el contenido), de sus diarios. Esta, a diferencia de tantas otras citas sublimes, no es solo que parezca elevada y noble y resuene muy bien; es que sigue siendo hermosamente cierta cuando uno se acerca a mirarla mejor:

«La verdadera medida del valor que poseemos es ésta: el crecimiento que los demás experimentan merced a la fuerza de nuestro amor».

Ni más ni menos.

Juan Avellana | 12:25 AM | URL# de este post | 
11.11.07
Dolores del cierre 

En los niños, el extremo de los huesos largos —la epífisis— está separado del resto del hueso por un cartílago, lo que les permite crecer; durante la adolescencia, ese cartílago desaparece hasta que el hueso se cierra, y entonces el crecimiento está completo. De manera análoga, yo diría que la osificación de la personalidad —el cierre del espíritu— ocurre cuando el adulto deja de vivirse como un proyecto y se acepta como un hecho.
Abandonar el paraíso de la posibilidad es necesario y triste. «No existe en lo que digo intención de ofenderlos: el carecer de ilusiones es algo respetable, y exento de peligro, y provechoso, y triste», escribía Conrad en Lord Jim. Es una costumbre engañosa medir a los demás por lo que son y a uno mismo por lo que podría ser. Un vendedor de coches de segunda mano no es un bajista de rock porque tuviera una banda durante sus últimos años de bachillerato.
A pesar de ello, se me ocurre que existe un lugar para la redención del deseo: en el país de la imposibilidad, donde no caben las ilusiones, pueden pervivir los sueños.
Decía Kant, más o menos, que el valor moral de una persona no puede cifrarse en el resultado de sus actos, que no está en sus manos sino en la mecánica del mundo; por otro lado, puede ocurrir que uno carezca de talento para lograr un buen fin, de lo que no es responsable. Y así, si hay algo que pueda tenerse por bueno en términos absolutos, eso es solo la buena voluntad.
Parafraseando a Kant, se me ocurre que algo semejante cabría decir de los sueños: fuera de toda contingencia, a salvo de las circunstancias del azar y de las capacidades que te haya dado la naturaleza, existe un reino en donde la sola medida de valor es la propia belleza de tu deseo. Eres su único responsable; y si tus hechos son la medida del valor de tu vida, también es lícito que te erijan estatuas de la estatura de tus sueños.

«Y el capitán respondió que venía de la hermosa Belzoond, y que había adorado a los dioses menores y más humildes que rara vez enviaban el hambre o el trueno y que fácilmente se aplacaban con pequeñas batallas. Y le dije cómo llegaba de Irlanda, que está en Europa; y el capitán y todos los marineros se rieron, pues decían: “No hay tales lugares en todo el país de los sueños”. Cuando acabaron de burlarse, expliqué que mi fantasía moraba por lo común en el desierto de Cuppar-Nombo, en una ciudad azul llamada Golthoth la Condenada, que guardaban en todo su contorno los lobos y sus sombras, y que había estado desolada años y años por una maldición que fulminaron una vez los dioses airados y que no habían podido revocar. Y que a veces mis sueños me habían llevado hasta Pungar Vees, la roja ciudad murada donde están las fuentes, que comercia con Thul y las Islas. Cuando hablé así me dieron albricias por la elección de mi fantasía, diciendo que, aunque ellos nunca habían visto esas ciudades, bien podían imaginarse lugares tales».

[Lord Dunsany, Días de ocio en el país del Yann. Traducción de
Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis.]
[La traducción de la frase de Lord Jim es de Ramón D. Perés.]
[La traducción de los conceptos de Kant a gruñidos es mía.]

Juan Avellana | 11:21 PM | URL# de este post | 
5.11.07
Aquí 
Desde los tres olivos hasta el barrio del puerto,
desde el lago hasta la estrella,
entre el mar de cristal
y la ciudad de los ángeles.

[Plano del metro de Madrid]

Juan Avellana | 12:22 AM | URL# de este post |