Arena en los bolsillos II

(De vuelta de las vacaciones).

 

Los últimos días me doy cuenta de que ya me he ido antes de haberme ido. Las cosas que me rodeaban, las que se me han hecho familiares aquí, han cambiado. Parecen menos impresionantes y a la vez más queridas, como te pasa con las personas cuando llegas a apreciarlas.

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Se llega a la playa por una de esas pasarelas de madera y cuerda; solo que ésta salta el regato de agua dulce que separa la playa de la duna con un arco elegante como el de un puente de Calatrava. Se me ocurre que el encanto de la arquitectura popular nace de su falta de retórica. Es decir —pienso primero— por su apego estricto a la función. Pero no, no es eso exactamente, ya que la arquitectura popular también se adorna. Más bien, su modestia es la de alguien que actúa como si nadie estuviese mirando.

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Como es lógico, el turismo ha pervertido en primer lugar los mejores sitios. Puedo imaginar que si una mano divina borrase de pronto todo rastro del hombre, esos sitios volverían a ser un paraíso. ¿Pero adónde iríamos entonces? ¿Qué haríamos allí sin casas, sin camas, sin libros, sin llamarnos por teléfono? Para volver al Paraíso, no solo el Paraíso debería revertir; también nosotros.

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Varios asientos por delante, en el autobús, una mujer se peina. Se pasa lentamente un cepillo por el pelo castaño y espeso, de principio a fin, una y otra vez. No le veo la cara. Tiene una piel espléndida de moreno dorado y una cualidad infantil en las manos. Cuando ha terminado de peinarse, se hace una coleta tirante, la sujeta con una goma y después la recoge con un pasador de cuero. Lo repite todo varias veces y lo deshace, y así lo hará hasta que se apee, como si no hubiese sido perfecto, a pesar de que ha movido los dedos con la atención y la calma de un doctor o un artesano. Yo también viajo absorto, como si estuviese contemplando la ceremonia del té.

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En el asiento delante de mí, en cambio, van dos hombres monstruosos. Un hombre algo mayor que yo y otro más joven, que quizá sea su hijo. Son colosales y gordos, rubicundos, cuellos cónicos y pelo rapado como púas. Descuellan. El joven lleva una camiseta negra sin mangas, y veo que le crecen pelos rojizos hasta por el mollete del brazo. El mayor tiene unas espaldas como un horizonte. En la parte de atrás de su camiseta pone, en mayúsculas: «They might be giants», sobre un dibujo de colores que el respaldo no me deja ver. Sí, digo yo. Definitely.

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Dice José María Mellado que 8 bits por píxel son suficientes para visualizar con todo detalle una imagen digital. Y sin embargo, recomienda trabajar con 16 bits. Es una gran cantidad de información que finalmente no va a verse en la foto, pero necesaria antes, si es que uno quiere editarla con calidad. Anda, como en la escritura, digo yo.

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Se me ocurre que mi problema, de niño, es que era un niño escasamente infantil. (Pero ¿y si les sucede a todos los niños? Pienso que debería buscarme un niño y preguntárselo).

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En la playa, los árboles a mi espalda y el mar enfrente, a las tres y media de la tarde, he entendido una cosa. El paraíso, mejor que una eterna primavera, es un lugar donde el verano se apaga por siempre, y no se acaba nunca.

 

[Arena en los bolsillos]

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