Volver

En el jardín de Ko está la flor del recuerdo. Es una flor sencilla, de pétalos blancos parecidos a los del crisantemo, aunque más grandes. Si se inspira hondo, su olor leve hace brotar de la oscuridad del olvido un recuerdo que inunda todo el presente con la reviviscencia perfecta de algún momento bueno, traído al azar. Vuelven, por supuesto, besos, caricias y hechos sublimes bajo la luz de las estrellas; pero lo más corriente es que vuelva el frescor de una copa, el olor de la tinta de un libro nuevo, el ruido de unos pies descalzos sobre el suelo de casa, el crujido de un pan, un pájaro pintado en una enciplopedia, las olas golpeando mansamente un espigón, la solución de un acertijo, una voz amable que dice «lo hemos traído», un cascabel de plata que da la nota la, el sol en la cara, un desayuno en una terraza en un puerto del sur, un cielo sin nubes poblado de vencejos, una vela blanca que gualdrapea, una gran ciudad vista desde el aire, el tacto de una piedra pulida por el agua; buenos momentos que uno tuvo y ya no.

El jardinero de Ko, si pasa por al lado, de cuando en cuando la huele un instante y sigue con lo suyo, como el que agita con la mano una mata de menta o el que abre y cierra una caja de música.

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