febrero 2012   (1 post)

Tremenda y sencilla

Primero empezaron a gustarme los tangos; los boleros vinieron después; y al final, de todo, hasta coplas. Aunque tuvo que pasar un tiempo, porque yo deploraba aquellas canciones. Mi padre y mi madre las canturreaban por casa con pasión y perseverancia. De niño, formaban parte del conocimiento común de la gente de la época, como los dichos o los refranes. Pero yo había hecho un paquete con todo ello, que me parecía atraso y franquismo y ruidos de patio interior.

Despreciaba asimismo lo simple. Todo era mucho lío, era complejo, el abismo insondable. Me asomaba con asombro a lo inaudito y lo extraño. Durante bastante tiempo, que yo recuerde, predominó un género de antropólogos que creía haber visto la naturaleza humana no en los hábitos diarios de millones de personas, sino en las costumbres de unos cientos dispersas por los hielos lejanos o los bosques. Así yo, que veía la verdad de la vida sólo en lo que hallaba de insólito.

Pero fueron viniendo a mí los hechos y un día me encontré, pongamos, siendo un traidor. Quiero decir un traidor sin arrepentimiento, que es el traidor verdadero. En otra ocasión me enamoré de una muchacha que me hacía mal. Más adelante, pasé una noche piel con piel con una mujer que quería y al amanecer me fui muy lejos. Añoré las luces de un puerto. Me vi en la cocina de casa bajo la luz del fluorescente sonándome los mocos a solas y llorando. Eché de menos a mi vieja, atendí las penas de un amigo una noche de copas, volví después de mucho tiempo a casa, festejé con los vivos y dejé marchar a los muertos.

Así fue como me reconocí en un verso de un tango y luego, más adelante, canturreé boleros. Decían cosas desmesuradas y simples que eran verdad, y había que reconocerlo. Porque resultó que todo en la vida acabó siendo así: tremendamente sencillo. Y una voz que celebra o que se queja. Y eso es todo.

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