Consecuencias y causas

Irene está en la azotea de su casa, acodada en el antepecho, este día de invierno, a la hora del crepúsculo. El cielo ha virado a rojo y negro, tan temprano. Una paloma torcaz se balancea en la copa de un olmo a un par de metros de ella. En cuanto Irene dé una voz, la paloma va a asustarse y a levantar el vuelo, y el revoloteo alborotará un nido de cotorras argentinas. La barahúnda de las cotorras espabilará abajo en la calle al chico absorto de la pastelería, que se acordará por fin de una llamada que tenía pendiente. El señor que entra a recoger una tarta de cumpleaños para su sobrina debe esperar dos minutos a que el muchacho cuelgue, con lo que el bus se le escapa por muy poco y tiene que parar un taxi, que sube doscientos metros, gira a la izquierda por la calle Nombrelas y casi atropella a un gato negro, que se escurre en el último instante. Ahí en medio de la acera lo ve Raúl, que para no cruzarse con un gato negro decide meterse en el mismo bar que tiene al lado. Irene lo conoce, a este Raúl: coincidieron en una oficina siendo becarios y se cayeron bien. Si se encuentran en ese bar, se acabarán liando y con el tiempo tendrán una hija que se llamará Marina y un niño que se llamará Daniel. Harán viajes en vacaciones y discutirán y se traerán recuerdos que cuando ellos no estén ya no tendrán sentido.

Pero para que todo esto ocurra, Irene tiene que gritarle a la paloma ahora mismo, ya. La paloma cimbrea su rama, cachazudamente.

«¡Eh!», grita Irene. Se da media vuelta, cierra la puerta de la azotea y baja las escaleras sin prisa, cada paso una consecuencia y una causa.

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Comentarios

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Me aterra pensar el poco control que tenemos sobre nuestras vidas. Si paro a pensar en las grandes decisiones que he tomado creo que la mayoría fueron fruto del azar, que podrían haber sido justo lo contrario sin mucho problema...

Quizás no sea cierto, y ese azar sea la forma que tengamos de no querer hacernos responsables del pequeño desastre de nuestras vidas.

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Hola, Beauséant. Sí, ningún control. Tienes toda la razón.
Pero, ¿sabes?, ahora al responderte se me acaba de ocurrir que igual mejor así, porque como guionista de mi vida no he sido lo que se dice una maravilla.
Alguna vez las cosas me han salido como quería y no, tampoco era eso. Descubría que me había había equivocado al pedirle el deseo al genio. Así que, al final, no sé si fiarme de mí. Igual el azar hace mejor trabajo :)

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Me dejáis pensando... azar o control... O las dos opciones. No sé si habéis tenido alguna vez la sensación de que las cosas las hace "el otro" o "la otra". Y lo hace de una forma natural, sencilla, bien. Y descontrolada. Quiero decir, es un momento "de gracia" en que, de forma espontánea, suelto los mandos de la nave y todo fluye.

Por desgracia, no me pasa mucho, pero lo descubrí, o mejor dicho, me lo descubrió una profesora de canto con la que estuve un tiempo. Un día, aquella canción salió suave, bonita, redonda... y ella me dijo: ¿te has dado cuenta de que parece que canta "la otra"?

Bueno, no sé si esto tiene que ver con el control y el azar o está traído por los pelos. En todo caso, me parece muy muy interesante para reflexionar.

Beauséant, acabo de descubrir tu blog y me gusta mucho. Me lo apunto.

Besos Avellana.

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Hola, Marisa. Pues no, lo había oído nunca ese concepto de “el otro“, al menos, usado de esa forma. Pero me parece fascinante. Me pondré a darle vueltas porque da mucho de sí. No sé en la vida real, ¡pero para la ficción...!
¡Besos!

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Yo tampoco conocía ese concepto y me gusta...

Dicen que cuando el avión entra en barrena y cae en picado lo que tiene que hacer es soltar los mandos y dejar que se coloque en vez de luchar por controlarlo que es lo que te pide el instinto...

Quizás la vida tenga algo de eso.

(y muchas gracias Marisa)

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