La ciudad escrita

En esta pequeña ciudad junto al mar, cuando es temporada, los políticos locales salen en procesión con una nueva mentira que no piensan cumplir. Suelen ser proyectos fantasiosos que implican algún progreso técnico, que aquí se identifica con progreso moral. Basta con plantar una primera muestra del proyecto ante público y fotógrafos; después, el asunto se echará sencillamente al olvido. La vida sigue. La muestra inaugurada se va deshaciendo, perdida, bajo las lluvias férreas del norte.

Por toda la ciudad se pueden ver esos restos: una baldosa con símbolos amarillos en un paseo, un cartel desteñido, unas rodadas de pintura blanca en el camino, un bidón roñoso atornillado al suelo, una plancha de madera podrida delante de un paisaje, códigos QR que no llevan a ninguna parte, un poste metálico descabezado al borde de la playa, iban a ser un Camino de Santiago que bordearía la costa, la ecología de una zona dunar y su didáctica, un ambicioso método de reciclado móvil, la ciudad-en-red inteligente con realidad aumentada, el carril bici más grande de Europa, la Ruta de los Museos, y así.

La pequeña ciudad es un palimpsesto; aunque no de un texto perdido, sino de uno que jamás fue escrito. Si ese cuento yo me lo inventase ahora, si yo hablase de los sillares del foro de los filósofos, de la red de transmisión de rayos cósmicos, el estanque de las sirenas, el Teatro de Androides, la fuente de mermelada, la plaza de la Ascensión del alcalde a los cielos, no sería menos cierto.

Junto a esta ciudad mentida pervive otra fantasmagoría cuyos jirones también se enganchan en detritos desperdigados por el paisaje. Es la ciudad del pasado, quizá no menos falsa que la otra. Los mismos políticos están encantados de enseñarte orgullosamente una piedra tapizada de verdín de lo que fue el gran puerto de comercio con ultramar; estos muñones de ahí, los peldaños del embarcadero del Rey; ese asta vieja, una bandera de gloria. Y los neandertales, los mantecados, los Duques, la vaca ubérrima, los baños de ola: ahí sus rayajos, sus señales, sus restos.

Entre el límite de la ciudad que ya no es y la que nunca ha sido queda una franja de tierra desabrida donde ha de acomodarse la realidad presente. Pero da igual; hay sitio de sobra cuando casi todos prefieren instalarse en la esperanza o en la memoria. 

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Comentarios

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me ha gustado mucho esa línea que has trazado entre la ciudad de la fantasía que vive en la mente de los políticos y la ciudad real que pisamos cada día...

Quizás no sea culpa suya, de los políticos, quizás simplemente queramos ser engañados, que nos digan cosas bonitas aún sabiendo que son mentira, que nunca las cumplirán....

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Hola, Beauseant. No me cabe ninguna duda de eso que dices, lo de la complicidad de los votantes. El político le da a su clientela lo que le pide; eso es todo. Ellos son la figura ridícula, visible, de una comedia colectiva

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Eso es, además, dolorsamente cierto en España donde vivimos la política como el fútbol...

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