El silencio

La primavera está en la calle. Sola.

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Un día después de escribirlo, el ciruelo floreció. Alumbró de blanco mis días, consumió su luz breve, brotaron las hojas. Las flores cayeron; el suelo de la terraza se cubrió de pétalos. La brisa los conducía de acá para allá, los amontonaba, los revolvía. Cómo se van a detener la primavera o la muerte, si son el ser del mundo.

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El espíritu ha abandonado a su ciudad. Una bóveda azul de silencio. El cielo es entero para el canto del mirlo.

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Una anotación del diez de marzo: «No sé qué será de mi vida. Pero en mi casa hay un ciruelo florecido y arriba la luna llena».

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La naturaleza no nos quiere. Todo el amor que le demos, no lo devolverá. El mundo no nos quiere. Queda amarlos porque sí, sin retorno. Como se quiere a un paisaje, a una pieza musical, a un gato pequeño, a un hijo.

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Se me ocurre que una prueba de amor es la curiosidad. La gente mira lo que ama con una curiosidad que no termina nunca.

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«No sé qué va ser de mi vida» he escrito más arriba. Bien mirada, es una afirmación extraordinariamente juvenil.

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Algunas raras veces, en una noche oscura, del agua de mar nace un resplandor verde. Al salpicar saltan gotas de luz. Si un cuerpo se zambulle, una estela sobrenatural de fuego pálido corre bajo el agua. La luz es líquida. Muslos, manos, torsos fosforescentes se dibujan en la oscuridad. Yo lo he visto una noche de verano. Lo había olvidado.

Al cabo de unos días de confinamiento, se me ocurrió ponerme a ordenar asuntos antiguos, como el que airea una biblioteca vieja o —sin quererlo— sopla una hoguera. Aventé mi vida; saltaron las pavesas. Ahora por la casa andan personas de otro tiempo, traslúcidas. En mis sueños intranquilos se cuelan escenas insólitas, recuerdos distantes pero claros.

Hay una ventana abierta hacia adentro. Se ven bares de madrugada, andenes, paseos junto al mar, lámparas de colores en la ribera de un río, mejillas botticcellianas, la cara de mi padre, las vidrieras luminosas de la Sainte-Chapelle.

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Mi pasado y mi futuro están aquí conmigo, circunscritos a esta distancia. Extrañamente, el encierro me trae ese presente absoluto que he buscado tantas veces. Afuera, quién iba a decirlo, ha vuelto la nieve.

« Las flores | La torre »

Comentarios

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Esta vez esperaba con más impaciencia tus palabras.
Gracias.

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Ojalá te hayan servido un poco. Gracias a ti, shichimi.

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Me ha gustado mucho, creo que como me ocurre siempre.
He descubierto la vejez. La de los demás y también la mía, todavía incipiente. Y todo lo que se deriva de ella y que los jóvenes no saben. En fin, aquí estamos.

Un abrazo

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No sé con qué frase quedarme, hay muchas muy bellas. Me quedaré con esta "la naturaleza no nos quiere", no por su belleza sino por su verdad. Pero nos regala el canto del mirlo, pese a lo malos que somos. No todos, claro, si no, no quedaría ni la esperanza en el fondo de la caja de Pandora.

"Un ciruelo florecido y arriba la luna llena", me gusta mucho, y otras tantas... veo el resplandor verde y tu casa tan habitada.

Un abrazo grande.

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Me alegro, José Luis. ¡Gracias!
Yo llevo unos cuantos años muy pendiente del paso del tiempo. Tanto, que cuando llegue la vejez espero que me coja preparado (lo que probablemente es una vana ilusión, no sé). No es una actitud voluntaria, ¿eh? Es... un poco como cuando en la adolescencia te pasas el día contemplándote porque te sorprenden tus propios cambios. Pues así, pero con la madurez.
Un abrazo

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Hola, Marisa. ¡Muchas gracias! Estos días el barrio (que normalmente es un estruendo) está callado. Así que el mirlo tiene todo el silencio para él. Por la mañana y por la tarde. De pronto, me doy cuenta de que llevo un rato muy calmado, muy tranquilo: y resulta que es el canto del mirlo, que estoy oyendo sin darme cuenta. La verdad es que se gana el sueldo. Y mi terraza también. Es una bendición :)
¡Un abrazo grande!

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Son tiempos que se prestan, y mucho, a la introspección, a buscar al pequeño notario que todos llevamos dentro para que levanté acata de nuestras vidas... pero no sé si es buena idea, de momento he levantado barricadas de presente para no dejar pasar el pasado, prefiero no verlo, es todo mentira...

Y sí, es una expresión muy juvenil, pero no deja de ser cierta, quizás sólo envejezcan nuestros cuerpos.

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Hola, Beauséant. Seguramente no, no es una buena idea encerrarse en casa con lo que quiera que salga de ese escrutinio. Sin poder huir si a uno no le gusta. Pero en mi caso, pasó; fue sin querer. Me dio por ponerme a ordenar papeles antiguos (papeles electrónicos, aclaro: las cosas que andan por el disco duro del ordenador) y, a partir de ahí, ya todo.
Sí, tienes razón: en circunstancias como estas, nada de experimentos

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