marzo 2020   (1 post)

El silencio

La primavera está en la calle. Sola.

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Un día después de escribirlo, el ciruelo floreció. Alumbró de blanco mis días, consumió su luz breve, brotaron las hojas. Las flores cayeron; el suelo de la terraza se cubrió de pétalos. La brisa los conducía de acá para allá, los amontonaba, los revolvía. Cómo se van a detener la primavera o la muerte, si son el ser del mundo.

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El espíritu ha abandonado a su ciudad. Una bóveda azul de silencio. El cielo es entero para el canto del mirlo.

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Una anotación del diez de marzo: «No sé qué será de mi vida. Pero en mi casa hay un ciruelo florecido y arriba la luna llena».

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La naturaleza no nos quiere. Todo el amor que le demos, no lo devolverá. El mundo no nos quiere. Queda amarlos porque sí, sin retorno. Como se quiere a un paisaje, a una pieza musical, a un gato pequeño, a un hijo.

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Se me ocurre que una prueba de amor es la curiosidad. La gente mira lo que ama con una curiosidad que no termina nunca.

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«No sé qué va ser de mi vida» he escrito más arriba. Bien mirada, es una afirmación extraordinariamente juvenil.

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Algunas raras veces, en una noche oscura, del agua de mar nace un resplandor verde. Al salpicar saltan gotas de luz. Si un cuerpo se zambulle, una estela sobrenatural de fuego pálido corre bajo el agua. La luz es líquida. Muslos, manos, torsos fosforescentes se dibujan en la oscuridad. Yo lo he visto una noche de verano. Lo había olvidado.

Al cabo de unos días de confinamiento, se me ocurrió ponerme a ordenar asuntos antiguos, como el que airea una biblioteca vieja o —sin quererlo— sopla una hoguera. Aventé mi vida; saltaron las pavesas. Ahora por la casa andan personas de otro tiempo, traslúcidas. En mis sueños intranquilos se cuelan escenas insólitas, recuerdos distantes pero claros.

Hay una ventana abierta hacia adentro. Se ven bares de madrugada, andenes, paseos junto al mar, lámparas de colores en la ribera de un río, mejillas botticcellianas, la cara de mi padre, las vidrieras luminosas de la Sainte-Chapelle.

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Mi pasado y mi futuro están aquí conmigo, circunscritos a esta distancia. Extrañamente, el encierro me trae ese presente absoluto que he buscado tantas veces. Afuera, quién iba a decirlo, ha vuelto la nieve.

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