mayo 2020   (1 post)

Lluvias de primavera

Alguien que ahora es un niño, dentro de mucho, quizá recuerde estos días por su silencio. Aquellos días, cuando se oían los pájaros.

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Una tarde hacia finales de marzo una lluvia fina me habría encontrado cerca del río, a la vuelta de la compra. Pero nunca sucedió. Llegó la enfermedad; las autoridades cerraron el paseo del río. Durante los meses siguientes vi llover desde la ventana.

Ahora uno tiene que preguntarse si esas lluvias se han perdido.

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Se dice —al parecer falsamente— que las estrellas reales de los persas son cuatro: Aldebarán, Régulo, Antares y Fomalhaut, las guardianas de los cielos.

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Al comienzo de un gran amor los amantes se entregan a la cosmogonía y a la mitopoética. Sentados en la playa frente al mar inmenso, tumbados en la cama dejando pasar las horas, repasan cada instante que los condujo hasta ese lecho desordenado, hasta esa precisa orilla. Si no hubiesen coincidido en tal sitio, si al sonar el teléfono, si no hubiera llovido, yo llevaba la camiseta de rayas, sonaba una canción. Para el amor, el mundo es un milagro. El amor justifica el mundo hasta el último átomo.

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Es un atardecer de mayo. Se va la tarde, despacio como la marea. Pienso en esta luz que me recuerda otros atardeceres en los que he sido feliz. En la terraza hay flores; nada me duele. Podría quedarme quieto en este minuto para siempre.

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Una imaginación del Cielo: que haya otra vida y allí recordar con amor cada segundo de esta.

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