Letras, o flores

Pensé que mi ciruelo se moría bajo el hielo y la nieve, pero él preparaba sus flores en medio de la gran tormenta. Ahora florece. Nada era como yo creía.

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La naturaleza renace y se repite. Aquí está de nuevo la luz en todas las ramas.

Yo no voy a volver; yo no me repetiré. Con la primavera alrededor, me siento un mendigo entre príncipes.

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Una flor de esa planta que llaman alegría ha caído sobre la encimera blanca, en la cocina. Desde donde yo la veo recuerda un ideograma o una letra asiática, con sus rabitos curvos. Fantaseo con mensajes de las flores, pero también en esto me equivoco, en la vanidad de tomar el mundo como un texto. Qué puede decir el mundo mejor que ser mundo. Qué trabajo mejor, qué canción puede cantar una estrella mejor que la canción de la luz de las estrellas.

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Antes pedía que mis problemas se solucionasen; ahora me basta con que se pospongan. También he aceptado que un día moriré. Por lo visto, el trascurso de la vida te convierte en un negociador.

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Ahora bien. La flor es un hecho, y una palabra sucede; en eso son iguales. Iguales por la elevación de la palabra a la altura del ser, no porque la flor valga por un texto.

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El que busca que el mundo le hable no quiere saber del mundo; quiere saber de sí. ¡Si el mundo ya se dice entero! «Tu vida tiene sentido, bajo esa roca hay un cofre de monedas de oro, no vas a morir nunca». Eso quiere que le diga.

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Nuestros caminos cruzan las librerías, las bibliotecas. Entramos, damos vueltas, nos rozamos con los anaqueles y tocamos los libros y nos llevamos en las patas letras pegadas y en las manos, y luego vamos a otra biblioteca, la polinizamos y de ahí nacen libros nuevos.

Bueno, eso último me lo he inventado. En realidad, una biblioteca es una flor que fecunda a las abejas.

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Me pasé por una librería del centro por si encontraba un regalo. Cuando salía, vi el cartel que decía ENCARGOS. Podría haber vuelto y haber pedido una novela entre las ruinas de un puerto antiguo que mira hacia poniente. Una historia triste pero que ayude a vivir. Y la mujer de los encargos se quedaría pensativa un momento, pero el final me dice que bien, en dos semanas, más o menos. Que ya me avisan ellos con un mensaje.

Al momento me arrepiento de mi imaginación. De mi poquedad. Debería haber pedido un mar interior de aguas tibias donde los personajes se bañan a la hora del crepúsculo. Animales que son personas, como en Norstrilia. O el libro de haikus de un viajero estelar. O un bestiario.

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