La primavera

Una vez más he cruzado a la otra orilla del invierno. Aquí. Las flores del cerezo, tardías, las voces de los niños en la plaza, la cercana conversación de los pájaros. Mi pensamiento flota en la tarde, como el que consigue flotar bocarriba en el agua, muy quieto, oyendo su propia respiración, mirando al cielo.

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He sabido que el carro de Afrodita iba tirado por gorriones. Qué imaginación conmovedora puede concebir eso, impráctica y poética hasta lo sublime.

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En vez de no haber nada, el mundo existe. Mirad el árbol florecido, esa catedral radiante al sol de la mañana. El mundo existe; pero las cosas existen por ser como son. Ahí está el árbol. Su forma de ser provoca asombro, como un milagro.

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No se entiende lo que dice el mirlo, pero no importa.

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Cada imaginación es una oportunidad perdida. Hay vivir con ello, o renunciar a imaginar.

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A principios del otoño, la mitad más ligera del alma se rarifica aún más, se sublima, se desprende y se eleva en el éter, junto a millones de semialmas sin peso que el viento arracima y empuja en nubes hacia el sur, que es donde la mitad del alma pasa el invierno.

Los cuerpos, demediados, caen en una melancolía espesa, se acorchan, pierden el oído para los pájaros y la visión de la luz y de las hojas, sienten frío. Todo es apagamiento y tiniebla.

Al final del invierno, la mitad más ligera del alma se ilumina y toma el camino de vuelta, empujada por el viento contrario. Cuando llega, el cuerpo nota una especie de marea en la sangre, una súbita comprensión del horizonte y el recuerdo de navegar bajo las estrellas. El ojo se abre a la luz y el oído a la canción de los mirlos. Se empieza a entender la verdadera duración de los días, el azul del cielo, el impulso de buscar compañía, la forma de las flores; cosas eternas que han estado ahí todo el tiempo.

Esta es la explicación científica de los fenómenos que suceden en primavera.

« Sicilia, 1961 |

Comentarios

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A mi siempre me asombra como la naturaleza tiene grabado en algún lugar de sus genes, como un plan a largo plazo, el momento exacto en que deben aparecer las flores, en el que deben buscar parejas... Ahora que lo pienso, son todo obligaciones, la vida siempre parece una obligación, ¿verdad?

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Hola, Beauséant! Qué buena idea tan extraña, qué interesante :)
Sí, es cierto lo que dices. La vida es una obligación. La vida de la naturaleza en como la vida en el convento: cada acto sucede de un modo determinado y en un momento preciso. Me encanta.
(Ahora me estoy acordando de aquella conversacicón que tuvimos sobre los ritos, ¿recuerdas?).

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Qué bien pintas las imágenes, la vida en la naturaleza es como la vida en un convento, es cierto....

Me gusta que llames conversación a este intercambio..

Creo que era esta, ¿verdad?:
https://avellana.neunoi.com/2019/02/luz-al-final-del-invierno.html

La tuvimos en invierno y ahora llega la primavera... en el momento preciso ;)

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Sí, esa era. Y como esta es una conversación sin prisas, no descarto que dentro de dos inviernos y otra primavera sigamos con el tema :)

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Eso seguro, mis temas de conversación y pensamiento son muy recurrentes. Soy como esos perretes que andan siempre dando vueltas a las mismas farolas.

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