Avellana: su cuaderno de viaje IX

En Cembra

 

La adivina lee en la espalda de una mujer como en un libro. Con su lápiz de albayalde tira líneas blancas entre las pecas, los lunares, los antojos. Si se puede leer una constelación, si en las estrellas está escrito el destino y el carácter de una persona, dice, cuánto más sencillo no será en la piel, marcada por los días.

Las persianas están bajadas. En la penumbra, las líneas de la espalda fosforecen como flores pálidas a la luz de la luna. Cuando acaba, la adivina las borra con alcohol de romero.

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Cembra es una cultura contemporánea, sin duda; pero conserva las señales de su antigua ansiedad por el futuro. Todavía se practican docenas de mancias. Adivinar por el plomo derretido, por los gallos, por las turbulencias del aire, por un anillo de oro que oscila colgado de un hilo, por el vuelo de las abejas, por las manchas de sol en el suelo, por las hormigas, por el tintineo de las piedras preciosas al caer en una jofaina, por los pelos de las patas de las hormigas. Es la afición nacional.

Ya nadie cree estrictamente en la adivinación, esto es, en su valor prospectivo. Pero ese obcecado examen de los detalles del mundo se ha convertido en una manera de estar junto a las cosas, por capilaridad.

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En el centro de la realidad hay un árbol de tiempo. Cada segundo le brota una flor y cae, y ya está muerta.

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No solo castigan con prisión. Han inventado la cárcel inversa: a cierto condenado le permiten recorrer todo el mundo salvo una casa, que le está radicalmente, terminantemente vedada hasta el fin de los tiempos. No puede tocar siquiera la cerca del jardín; no puede asomarse a sus ventanas.

A otros los condenan a no entrar en el agua, a perder el olfato, a desconocer el color azul. Condenado a quedarse sin atardeceres. A no oír el mar. A no recordar la voz de los padres.

Tailored punishments lo llaman, así, en inglés. Les encantan estas pequeñas pedanterías.

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La salamanquesa trae noticias y recados de otro mundo. Aparece en una pared de la terraza, nerviosa. Aguanta el miedo de tu presencia. Sobre el lomo lleva una especie de faltriquera atada con dos hilos que le pasan bajo la panza. Es un trozo de tela al que le han dado un par de puntadas y se cierra con un pedacito de velcro.

Con mucho cuidado, lo abres. Los mensajes están escritos en hojas de hierba seca. Si quieres escribir de vuelta, metes en la faltriquera tus propias hojas secas de tinta minúscula. Dejas un poco de agua en un platillo; te separas un par de metros. La salamanquesa baja al suelo, bebe un poco y enseguida se marcha.

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Allí, toda comedia incluye este personaje trágico: el que entra en los sitios justo cuando su amor destinado acaba de irse. Los espectadores saben que nunca van a encontrarse, pero aun así todas las veces se levanta en la platea un murmullo de lástima. Entonces el actor se gira hacia el público. Se queda suspendido un momento —como si no comprendiese—, vuelve la cara hacia la escena y sigue con su parte del diálogo.

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En el sótano de una remota biblioteca en ruinas hay un libro terrible que te lee. Está en blanco. El lector lo abre y las letras empiezan a formarse en la esquina derecha de la última página, abajo. Por ejemplo, al narrador le gusta decir en voz alta los nombres de las estrellas: Denébola, Rigel, Antares, Fomalhaut. Le gusta el sabor verde y amarillo del cilantro, el viento sur, las lámparas de papel, las glicinias. Recuerda una noche, a solas con su madre, mirando los fuegos en los montes, al otro lado de la bahía. Un verano con los abuelos a la orilla de un río. En el merendero, las avispas se ahogaban en vasitos de moscatel.

Es un libro poderoso porque te entrega tus placeres, tu felicidad y tus ensueños, incluso los desconocidos o los secretos, con la vivífica intensidad de los libros. Pero a la vuelta de la hoja te apuñala con una herida vieja, con tus pesares, con tus maldades y tus vicios.

El libro alterna pasajes sublimes y espantosos, que se suman y se restan. Nadie en su juicio quiere encontrarlo.

 

[Una lista de métodos adivinatorios]

[Avellana: su cuaderno de viaje VIII]

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Comentarios

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Ayer, uno de los gatos, el almendrado, me trajo una salamanquesa y la puso a mis pies, lleno de orgullo... Supongo que ya no sabré quién quería escribirme...

Ese libro del final lo he leído muy a menudo, siempre me pasa, de la risa al llanto en un cruzar de página.

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Lo justo ahora sería ponerle una faltriquera el gato almendrado. Pero sospecho que no va a funcionar :D

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Podemos intentarlo, como bien dices sería lo justo, pero no auguro nada bueno :)

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