Agosto

El último día de playa se me metió agua en un oído. De vuelta en Madrid seguí notándola durante un par de días. Una gota de mar, con sus sales, sus bacterias marinas, algún plancton microscópico, cruzando dentro de una nave este mundo seco.

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Este verano he recolectado agua de dos mares y recuerdos. Y nombres: Fombellida, Montabliz, el río Aguanaz, Gumiel de Izán, Madrigal del Monte, Pozoamargo. Nombres que pasaron fugaces a los lados de la carretera, bellos, borrosos como pájaros.

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El edificio más pobre del barrio tenía una fachada ciega decorada con una gran rosa de los vientos, allá en aquel puerto. Saturno brillaba de madrugada junto a la luna de agosto. En el monte, el viento de la noche estremecía al dios del bosque. Los peces plateados pastaban en la pradera bajo el agua.

Estas cosas simples que traigo del verano, trasmutadas delante de mis ojos solo por ponerlas en el párrafo. El caldero mágico.

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Al irme una de las veces, dejé en la terraza un capullo de rosa; al volver, estaba casi marchita. Aquel viaje duró el tiempo de una rosa.

No sé si es mucho o poco. Una canción de Gainsbourg dice: «Tú y yo nos quisimos / el tiempo que dura una canción». Siempre me pone triste.

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No necesito un verano inacabable, me doy cuenta. Me vale con que sea eterna la promesa de otro verano por venir.

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Se acaba agosto. En casa, veo algunas nubecillas crepusculares, anaranjadas sobre el azul claro, como un cielo de Italia. Me duelen un poco. Esa vaga melancolía, cuando la belleza duele un poco.

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Desde la autovía vi pasar una ciudad mediterránea de casas como cubos fractales que trepaban por las colinas escarpadas, cerca del mar; un apilamiento geométrico de colores claros, gredosos, meridionales. Sin embargo, algún día reservaré allí cuatro o cinco días en un hostal, para hacer un cursillo, digamos, ya casi viejo, y encontraré que en realidad la pequeña ciudad es un laberinto silencioso de jardines, una paz sombría, algunas conversaciones sosegadas —la farmacéutica, el pescador de la tarde, el camarero que echa el cierre—, su iglesia barroca solitaria, el vivero de cactus, la cala fosforescente. Y recordaré esta primera impresión lejana y me asombraré de que la ciudad que yo creía de la imaginación sea la que pertenece a la vida, y viceversa.

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