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Avellana: su cuaderno de viaje IX

En Cembra

 

La adivina lee en la espalda de una mujer como en un libro. Con su lápiz de albayalde tira líneas blancas entre las pecas, los lunares, los antojos. Si se puede leer una constelación, si en las estrellas está escrito el destino y el carácter de una persona, dice, cuánto más sencillo no será en la piel, marcada por los días.

Las persianas están bajadas. En la penumbra, las líneas de la espalda fosforecen como flores pálidas a la luz de la luna. Cuando acaba, la adivina las borra con alcohol de romero.

*

Cembra es una cultura contemporánea, sin duda; pero conserva las señales de su antigua ansiedad por el futuro. Todavía se practican docenas de mancias. Adivinar por el plomo derretido, por los gallos, por las turbulencias del aire, por un anillo de oro que oscila colgado de un hilo, por el vuelo de las abejas, por las manchas de sol en el suelo, por las hormigas, por el tintineo de las piedras preciosas al caer en una jofaina, por los pelos de las patas de las hormigas. Es la afición nacional.

Ya nadie cree estrictamente en la adivinación, esto es, en su valor prospectivo. Pero ese obcecado examen de los detalles del mundo se ha convertido en una manera de estar junto a las cosas, por capilaridad.

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En el centro de la realidad hay un árbol de tiempo. Cada segundo le brota una flor y cae, y ya está muerta.

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No solo castigan con prisión. Han inventado la cárcel inversa: a cierto condenado le permiten recorrer todo el mundo salvo una casa, que le está radicalmente, terminantemente vedada hasta el fin de los tiempos. No puede tocar siquiera la cerca del jardín; no puede asomarse a sus ventanas.

A otros los condenan a no entrar en el agua, a perder el olfato, a desconocer el color azul. Condenado a quedarse sin atardeceres. A no oír el mar. A no recordar la voz de los padres.

Tailored punishments lo llaman, así, en inglés. Les encantan estas pequeñas pedanterías.

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La salamanquesa trae noticias y recados de otro mundo. Aparece en una pared de la terraza, nerviosa. Aguanta el miedo de tu presencia. Sobre el lomo lleva una especie de faltriquera atada con dos hilos que le pasan bajo la panza. Es un trozo de tela al que le han dado un par de puntadas y se cierra con un pedacito de velcro.

Con mucho cuidado, lo abres. Los mensajes están escritos en hojas de hierba seca. Si quieres escribir de vuelta, metes en la faltriquera tus propias hojas secas de tinta minúscula. Dejas un poco de agua en un platillo; te separas un par de metros. La salamanquesa baja al suelo, bebe un poco y enseguida se marcha.

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Allí, toda comedia incluye este personaje trágico: el que entra en los sitios justo cuando su amor destinado acaba de irse. Los espectadores saben que nunca van a encontrarse, pero aun así todas las veces se levanta en la platea un murmullo de lástima. Entonces el actor se gira hacia el público. Se queda suspendido un momento —como si no comprendiese—, vuelve la cara hacia la escena y sigue con su parte del diálogo.

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En el sótano de una remota biblioteca en ruinas hay un libro terrible que te lee. Está en blanco. El lector lo abre y las letras empiezan a formarse en la esquina derecha de la última página, abajo. Por ejemplo, al narrador le gusta decir en voz alta los nombres de las estrellas: Denébola, Rigel, Antares, Fomalhaut. Le gusta el sabor verde y amarillo del cilantro, el viento sur, las lámparas de papel, las glicinias. Recuerda una noche, a solas con su madre, mirando los fuegos en los montes, al otro lado de la bahía. Un verano con los abuelos a la orilla de un río. En el merendero, las avispas se ahogaban en vasitos de moscatel.

Es un libro poderoso porque te entrega tus placeres, tu felicidad y tus ensueños, incluso los desconocidos o los secretos, con la vivífica intensidad de los libros. Pero a la vuelta de la hoja te apuñala con una herida vieja, con tus pesares, con tus maldades y tus vicios.

El libro alterna pasajes sublimes y espantosos, que se suman y se restan. Nadie en su juicio quiere encontrarlo.

 

[Una lista de métodos adivinatorios]

[Avellana: su cuaderno de viaje VIII]

La primavera

Una vez más he cruzado a la otra orilla del invierno. Aquí. Las flores del cerezo, tardías, las voces de los niños en la plaza, la cercana conversación de los pájaros. Mi pensamiento flota en la tarde, como el que consigue flotar bocarriba en el agua, muy quieto, oyendo su propia respiración, mirando al cielo.

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He sabido que el carro de Afrodita iba tirado por gorriones. Qué imaginación conmovedora puede concebir eso, impráctica y poética hasta lo sublime.

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En vez de no haber nada, el mundo existe. Mirad el árbol florecido, esa catedral radiante al sol de la mañana. El mundo existe; pero las cosas existen por ser como son. Ahí está el árbol. Su forma de ser provoca asombro, como un milagro.

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No se entiende lo que dice el mirlo, pero no importa.

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Cada imaginación es una oportunidad perdida. Hay vivir con ello, o renunciar a imaginar.

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A principios del otoño, la mitad más ligera del alma se rarifica aún más, se sublima, se desprende y se eleva en el éter, junto a millones de semialmas sin peso que el viento arracima y empuja en nubes hacia el sur, que es donde la mitad del alma pasa el invierno.

Los cuerpos, demediados, caen en una melancolía espesa, se acorchan, pierden el oído para los pájaros y la visión de la luz y de las hojas, sienten frío. Todo es apagamiento y tiniebla.

Al final del invierno, la mitad más ligera del alma se ilumina y toma el camino de vuelta, empujada por el viento contrario. Cuando llega, el cuerpo nota una especie de marea en la sangre, una súbita comprensión del horizonte y el recuerdo de navegar bajo las estrellas. El ojo se abre a la luz y el oído a la canción de los mirlos. Se empieza a entender la verdadera duración de los días, el azul del cielo, el impulso de buscar compañía, la forma de las flores; cosas eternas que han estado ahí todo el tiempo.

Esta es la explicación científica de los fenómenos que suceden en primavera.

Letras, o flores

Pensé que mi ciruelo se moría bajo el hielo y la nieve, pero él preparaba sus flores en medio de la gran tormenta. Ahora florece. Nada era como yo creía.

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La naturaleza renace y se repite. Aquí está de nuevo la luz en todas las ramas.

Yo no voy a volver; yo no me repetiré. Con la primavera alrededor, me siento un mendigo entre príncipes.

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Una flor de esa planta que llaman alegría ha caído sobre la encimera blanca, en la cocina. Desde donde yo la veo recuerda un ideograma o una letra asiática, con sus rabitos curvos. Fantaseo con mensajes de las flores, pero también en esto me equivoco, en la vanidad de tomar el mundo como un texto. Qué puede decir el mundo mejor que ser mundo. Qué trabajo mejor, qué canción puede cantar una estrella mejor que la canción de la luz de las estrellas.

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Antes pedía que mis problemas se solucionasen; ahora me basta con que se pospongan. También he aceptado que un día moriré. Por lo visto, el trascurso de la vida te convierte en un negociador.

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Ahora bien. La flor es un hecho, y una palabra sucede; en eso son iguales. Iguales por la elevación de la palabra a la altura de la vida, no porque una flor sea un texto.

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El que busca que el mundo le hable no quiere saber del mundo; quiere saber de sí. ¡Si el mundo ya se dice entero! «Tu vida tiene sentido, bajo esa roca hay un cofre de monedas de oro, no vas a morir nunca». Eso quiere que le diga.

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Nuestros caminos cruzan las librerías, las bibliotecas. Entramos, damos vueltas, nos rozamos con los anaqueles y tocamos los libros y nos llevamos en las patas letras pegadas y en las manos, y luego vamos a otra biblioteca, la polinizamos y de ahí nacen libros nuevos.

Bueno, eso último me lo he inventado. En realidad, una biblioteca es una flor que fecunda a las abejas.

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Me pasé por una librería del centro por si encontraba un regalo. Cuando salía, vi el cartel que decía ENCARGOS. Podría haber vuelto y haber pedido una novela entre las ruinas de un puerto antiguo que mira hacia poniente. Una historia triste pero que ayude a vivir. Y la mujer de los encargos se quedaría pensativa un momento, pero el final me dice que bien, en dos semanas, más o menos. Que ya me avisan ellos con un mensaje.

Al momento me arrepiento de mi imaginación. De mi poquedad. Debería haber pedido un mar interior de aguas tibias donde los personajes se bañan a la hora del crepúsculo. Animales que son personas, como en Norstrilia. O el libro de haikus de un viajero estelar. O un bestiario.

Los nefelibatas

En el convento no hay techo, para vivir siempre bajo las nubes.

 

Un hombre cruza el campo un día ventoso de blancas, vastas nubes; catedrales aéreas que desde el cielo azulísimo trasmutan las sombras del paisaje. Las nubes corren sobre el campo pardo y las lejanas colinas, ahora como un elefante, una isla, un pez, un perro, una hoja de laurel, el rostro de Dios, un cántaro.

Nada desazona más a los monjes nefelibatas que se interpreten las formas de las nubes. ¡Si no hay nube que no esté en el diccionario!

 

Los árboles pequeños y las plantas no tienen dónde guardar su memoria cuando se han cerrado en el sueño del invierno. Así que durante la estación más cruda uno les susurra, al fino tronco desnudo o a las pepitas soterradas, quiénes son, cuál es su linaje y su sitio entre las cosas, para que lo sepan cuando despierten a la novedad del mundo. Al menos, eso creen los monjes.

La recitación suena como un bordoneo sordo, como una conversación traída por el viento.

 

No les importan las estrellas.

 

La regla de la Orden gira alrededor del tiempo, cuya administración se desglosa con una prolijidad maníaca, extravagante, que a menudo es la risa de los legos: se estatuyen los días de oración o de trabajo en los campos, las horas de contemplación y sueño, los instantes de recordar a los antepasados, deletrear, espantar palomas, sacar agua del pozo, cantar, comer con la boca abierta. Ventosear: cinco segundos, una vez al día. Gritar, hacer ruido con un peine, fingir que no se ha oído: treinta segundos, una vez por año. Caerse del campanario: nunca.

La burla es fácil; pero se trata de la trasposición de un orden moral, como se entiende enseguida.

 

Los  mayores cumplen con excelencia tareas irrelevantes para hacer de la vejez un camino de santidad. Hay que ver a un monje anciano en la galería del claustro partiendo el pan duro para los pájaros. Primero en rebanadas, luego en tiras, luego en dados, y otra vez, y otra, mínimos, exactos hexaedros ideales, según van cayendo las sombras.

 

El hermano escritor cultiva un huerto de palabras.

 

Cuando uno envejece como Dios manda, la vejez solo le va despojando de lo que para entonces no importa. Si un hermano ha vivido sus muchos años con santidad, en su último día solo le queda una cosa; una cosa grande, resplandeciente, como el fuego de un sol glorioso. Y esa sola cosa la muerte se la quita.

La estrella

Un tallo de hierba, la sombra de una hoja, las ramas del árbol, un pájaro en vuelo, una nube, el cielo de invierno al mediodía, el sol amistoso, las estrellas, el abismo.

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Si le pregunto a la naturaleza, hay un silencio más seco y extraño que la sola ausencia de respuesta. Creo que la manera más abrupta de salirse de la naturaleza es darle conversación.

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El mundo brota sin cesar, como esas fuentes que manan en el fondo marino, agua en el agua, por eso no lo vemos.  Solo el poema lo ve; solo su oído lo oye. Un chapoteo, el salto de un pez en la orilla, el reflejo de la luna de diciembre, una rama quieta.

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Hace tiempo, cuando yo me lo tomaba todo a la tremenda, escogí entre la casa o el camino. O una vida o la otra. Ahora puedo decir que para llegar a la casa necesitaba el camino. Al menos, esa ha sido mi experiencia. 

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A. se ha despertado hace poco. Todavía conserva el calor de la cama pegado al cuerpo. Arrimo la cara al hueco de su cuello y siento esa tibieza, como la vida recién hecha.

Ese calor leve vale por todo el sentido del mundo.

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El sol de invierno sobre la esfera de la tierra, la terraza de una casa, la ventana, un hombre en una habitación, la respiración del hombre sobre un párrafo y a un poco de calor en su conciencia.

En el centro del universo está encendida la llama de una vela.

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¿Qué marcaba la estrella allá en lo alto? ¿La casa o el camino?

Los dos.

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Feliz año, de corazón.

Noviembre

Estos meses de enfermedad y encierro oigo a la gente añorar lo que ha perdido. La pérdida dibuja un mapa invertido del paraíso.

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He decidido que estos días oscuros son un barco que me lleva hacia la primavera, entre la noche y la lluvia. Ahora me siento más a gusto. Viajo, veo el paisaje. 

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Un hombre se asoma a la ventana para mirar el atardecer de esta tarde, la luz consabida contra los muros de enfrente, la misma entreluz otoñal de ayer, probablemente la misma de mañana; pero sale a mirarla, igual que ha ido a comprobar los comederos, ha recordado un verano, ha palpado con los dedos la humedad de la tierra de las macetas, ha imaginado un viaje de tres días a un lugar en el que nunca ha estado. El hombre repite los gestos con que la vida, indistintamente, se hace y se mantiene.

Víspera de difuntos

Pasado cierto punto de mi vida, los proyectos son indistinguibles de los vestigios.

En un llano, unos pilares de hormigón se levantan a varias alturas, desparejos, en medio de un solar delimitado por unos muretes de ladrillo desnudo. A cierta distancia, no se distingue si el edificio que se esboza es una obra o una ruina.

Algo así.

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El día del cambio de hora amaneció oscuro. Llovió. Se acabó de apagar, tan breve. Delante de mis ojos entró la noche. «Dónde se ha ido la luz de otros días», apunté.

*

Lo apunté, como dice este verso prodigioso, «no con tristeza, sino con asombro»:

Oh, amor mío, ¿dónde están ellos, adónde han ido?

El destello de una mano, la línea de un movimiento,

el susurro de los guijarros.

Pregunto no con tristeza, sino con asombro.

De Czesław Miłosz, de Encuentro.

*

Dentro de unos meses volverá la luz, aunque es extraño imaginarlo. Y yo vendré y lo contaré con palabras asombradas que serán como nuevas.

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Parecería que un mundo se acaba. Sin embargo, el mundo se ha acabado tantas veces. Imaginad un bizantino en la caída de Constantinopla, el último día de una ciudad de mil años. Un refugiado en París cuando por los arrabales entraba el ejército nazi.

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Siempre se llega,

pero a otra parte.

(Roberto Juarroz).

*

Cada vez que una persona muere, el mundo se acaba. Pero el mundo resucita después; un mundo nuevo como no podían imaginar los muertos.

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Me toca deshacer una bufanda para aprovechar la lana, que A. va volviendo suavemente al ovillo. Hasta que un punto se atasca. «Ten cuidado, que ahí hay una mentira». Se llama mentira un punto mal dado que el tejido disimula. Qué metáfora de la vida.

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He empezado un libro de Marcel Schwob, La cruzada de los niños. Escribe, por ejemplo: «Unas voces blancas nos llamaron en mitad de la noche. Llamaban a todos los niños. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno».

Por qué he pospuesto tantos años leerme cada letra que escribió Schwob. No me entiendo.

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Sostienen ciertos eruditos bíblicos que Dios puso sobre el mundo varios animales innecesarios, e incluso desaconsejables, desmañados, incompletos, solo por simetría. Por impulsivo amor al equilibrio.

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Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas

Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.

Miłosz, otra vez. Dedicatoria.

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Ciertamente, muchas veces hablamos por hablar. Aunque cabe decir en nuestro descargo que es difícil soportar tanta polisemia del silencio.

*

A veces me parece

que estamos en el centro de la fiesta.

Sin embargo

en el centro de la fiesta no hay nadie.

En el centro de la fiesta está el vacío.

 

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

(Roberto Juarroz)

[«A veces me parece» es de Poesía vertical XII (n.º 21):
http://www.paginadepoesia.com.ar/escritos_pdf/juarroz_poesiavertical.pdf
La otra cita de Juarroz es de «Buscar una cosa… », en el mismo libro (n.º 15).
Encuentro y Dedicatoria, de Czesław Miłosz, están aquí:
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-czeslaw-milosz/
Las versiones son de Rafael Díaz Borbón.
El encuentro vía https://tinyurl.com/yxcf7v34.
Marcel Schwob, La cruzada de los niños, ed. Reino de Cordelia. La traducción es de Luis Alberto de Cuenca.]

Noche y día

De reojo, veo la luz en los árboles. Se va la tarde mientras escribo. Cada letra que pongo en el texto es una letra que le quito el día.

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En el texto imagino ajedreces. Un ajedrez con casillas de agua y arena cuando se retira la marea. Un ajedrez romántico: ocho poetas, dos caballos salvajes, dos torres solitarias, una reina melancólica, dos alfiles místicos, un rey loco. Un ajedrez de olas blancas y de olas negras.

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Cuando se espesan las sombras, algunos pétalos se encienden. Refulgen en la oscuridad, rojo y rosa. Como si a cierta hora tranquila sacasen el color que llevan dentro.

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Aprendo que en latín luciérnaga se dice cicindela. La palabra misma es una luz pequeña que titila en la noche.

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Esta página sigue el rastro de los barcos que están en la mar. Ayer eran 227.000. A diez tripulantes por barco —pongamos— salen dos millones de marinos embarcados. Si en medio mundo ahora es de noche, hay un millón de almas acodadas en la oscuridad sobre la borda; durmiendo bajo el sonido del diésel; leyendo a la luz de una bombilla, a solas, lejos de tierra.

*

El ajedrez de los pájaros: ocho gorriones, dos mirlos, dos lechuzas, abubillas, un halcón, un águila.

El ajedrez en cada una de cuyas casillas se juega una partida de ajedrez.

*

Quiénes lloran, cuántos perros de cada cien se han perdido, en cuántas oficinas sin ventanas fracasan los planes de una vida. Quién podría hallar utilidad en una estadística de tristezas, y para qué.

*

Cuando sueñan, las piezas del ajedrez están sobre un tablero que permite moverse a cualquier casilla. En él, además, todas las elecciones son buenas.

*

Tantos otoños y me sorprende el otoño. Este bellísimo ensayo de la muerte. Mirad la viveza arrogante de ayer mismo, cómo se vence; cómo se apaga, dulce y ámbar; y este frío ahora, cómo es posible.

La muerte, la que abre camino a las promesas.

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La luz de la tarde se ha disuelto en la noche como tinta en el agua. Detrás de un tejado sale la luna.

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Dos faros, ocho velas blancas, el sol, la estrella del norte, los cuatro vientos.

[Ajedrez (variaciones)]

Todavía

Soñé que me despertaba demasiado tarde de la siesta. En el sueño me había perdido algo muy importante. Iba a la ventana y quedaban apenas unas extrañas luces violetas en el cielo oscuro. Me entristecí, con la pesada tristeza de los sueños.

Me desperté a la realidad y eran las cinco y pico de la tarde y la luz amarilla de agosto alegraba la casa. Al rato, mientras trasteaba en la cocina, se me ocurrió que solo había ganado un aplazamiento. Que llegaría y pasaría el ocaso igualmente. «Sí, pero ahora es todavía», pensé.

Eso que estoy escribiendo, el todavía, no se puede escribir. Solo vivirse. 

*

Este hombre se toma una ola como algo personal

Y sí, así es. Últimamente me sucede a diario. La luz que se retira, estas hojas que brotaron y ahora decaen, las personas que hacen cosas sencillas a mi alrededor. No sé cómo, lo pequeño me concierne. Todo eso es mío. Lo miro con cariño y cuidado, como si esa duración viva, lo que veo vivir, fuese una vela encendida.

A ver si lo digo mejor: lo que veo vivir también es mi vida.

*

He vuelto a la montaña y en la oscuridad he vuelto a oír el viento entre los árboles. Me sigue sobrecogiendo. Es la mísmísima voz del mundo. Y qué dice. Eso es fácil: se dice.  

*

El verde soleado de los pinos cubre el paisaje a mi alrededor, por el valle, sobre los montes. La tarde está quieta. Ese preciso color mediterráneo bajo una luz antigua, como pudo verlo Homero. 

No, antigua no. Perpetua. 

*

Allá en el mar, en la ciudad en que nací, la terca destrucción acaba trayendo la belleza. Las tempestades invernales y el viento salitroso corroen las labores de las autoridades. El abandono y las mareas abaten las fatuidades de los hombres entre la arena. La herrumbre iguala los metales. Los niños pintan sobre los carteles. Toda vanidad termina hermosamente derruida. 

La ciudad al final se cura.

*

De lejos, casi todo es mejor. Menos el bien. El bien es lo que no mejora con la distancia.

*

Se puede hacer poesía hoy con el mismo barro que usó Homero: agua, carne, aurora, sangre, barcos, resplandor, metal, el mar oscuro. O se puede hacer con materiales nuevos: cristal, estrella, pájaro, grillo, rumor, papel, metralla, la minuciosa lluvia, la ballena. Porque el poema no son sus cosas; es un espacio donde se ponen las cosas.

*

Si un día de abril, a las ocho de la tarde, yo viese el cielo iluminado como ahora, sería feliz; pero estamos a finales de agosto y yo sé adónde va.

Algunos ratos salgo a tomar el sol por la mañana, sin embargo. El viento agita las sombras de las hojas y remece la luz dorada y verde través de mis párpados cerrados.

*

Siempre he pensado que Dios escribía con pájaros, pero puede que tambien escriba con salamanquesas, con lagartijas. En el suelo, en un lienzo de pared. Una mañana vi una en la playa, dejando un rastro en la arena.

*

Durante mucho tiempo, en los años malos, mi fantasía escapista fue volver a mi ciudad y sencillamente tener un barco. Un barco pequeño, para ir a la playa, nadar un rato, dar vueltas por la bahía (mantener un barco pequeño es más barato de lo que parece). 

Ya no será así; ya no va a haber un barco. Pero de aquello me ha quedado el juego de buscarle un nombre, que, en mi pensamiento, complendiaba todo lo que en el mundo hay de mejor.

Todavía. Ese va a ser el nombre de mi barco, mi lema, mi testarudez, mi plan de vida, mi esperanza.

Como si nada hubiera sido

El mar de color verde. El cacharreo de las cocinas del barrio preparando la cena. Las tablas despintadas del embarcadero. Los motores monótonos de los barcos. Unos niños pescando con redeño. El olor de casa al abrir la puerta. La luz que se queda cuando el día termina.

En la playa, el viento hace flamear las cuerdas y la ropa. El rumor del mar paciente se oye cada vez más lejos, hasta que una voz querida me saca del ensueño, a la sombra. Me levanto y me voy al agua. En medio de una ola, en medio de la luz, siento hacia este instante del mundo un cuidado tierno semejante al amor. Nada se ha movido nunca desde que nací. Es mi vida entera la que parece un sueño.