162 post en la categoría "Central"

La rosa

Viene el viento, desbarata las ramas, sacude los cristales, arranca las hojas. Como si llegase con una determinación de pureza, con la obstinación de ejecutar lo que temblaba en el borde sin decidirse: sed desnudos, sed fríos, ya.

En el suelo, un pétalo granate de la última rosa del verano, entre hojas verdes, amarillas, ramas y charcos de agua que espejean a la luz blanquecina del mediodía. La rosa misma, de color de sangre oscura, sigue sola en lo alto, más o menos entera, por encima de donde alcanza mi mano.

La última rosa, o quizá no. El rosal es tenaz. Crece con fiereza, medra en cualquier tiempo, te desgarra malévolamente los dedos; comido por las plagas y las podas, se sobrepone y se eleva más que cualquier planta. Se parece mucho a la belleza, como se da en el mundo.

*

Cuando yo era niño, muchas canciones contaban historias. Un hombre pone pie en su tierra y busca con los ojos a su novia, pero no la ve. Una mujer ha tomado un camino aciago por un motivo que no sabe nadie. Eran historias tremendas, de comprensión y misterio.

Yo estoy solo, delante de un lavabo, jugando con el agua. Oigo cantar a mi madre en otra parte de la casa. En el umbral de la última estrofa, se calla. Y yo asombrado, inmóvil, sin saber el final.

*

Cosas que me gustaban de niño: los mapamundis, los tebeos, los dibujos de pájaros, las enciclopedias, el ketchup, las novelas de viajes, el Lejano Oeste, silbar, la playa.

*

A veces oigo hablar a un escritor y pienso que falta mundo y sobran opiniones sobre el mundo. El pensamiento crea una trama tan espesa, que, por decirlo así, en él no se oye cantar un pájaro.

*

De todos modos, con la literatura pasa como con el sexo: a partir de una edad, se sigue haciendo, pero ya no se charla sobre ello, porque la conversación no da más de sí.

*

Hay mentiras, pero no todo es mentira. Supongamos que la policía sobrenatural me detiene, no sé, por sospechoso de algún crimen metafísico. No me encuentran nada; me sueltan al cabo de dos días. El funcionario me devuelve mis efectos personales en una bandeja de plástico: grandes peces plateados nadando en el agua, un azul que no termina nunca, viajes por carretera, ramas de lavanda, un puerto encarado hacia la luz de poniente, unos ojos de amor que me miran.

Esto no es una tesis bondadosa sobre el mundo; es una lista somera de lo que yo llevaba encima al final del verano. Nada extraordinario; solo la verdad. Quien quiera declarar la naturaleza del mundo tiene que decir que existe el bien. Al menos el bien, entre otras cosas.

Los puentes

Por lo que respecta a mi conocimiento del mundo, intentaré expresarme con una alegoría. Un hombre se despierta una mañana, va a la cocina, se llena un vaso de zumo y sale al jardín. Sentado en una silla de madera, oyendo a los pájaros, comprende que aún no ha despertado: sigue de pie en la cocina, dando cabezadas, esperando a que hierva el agua en la cafetera, soñando un jardín. ¿La cafetera? Hace años que no usa la cafetera. Entonces sí, se despierta sentado al borde de su cama, la boca pastosa, con la habitación aún a oscuras. Busca a tientas su ropa en el suelo. O no; quizá no está sentado en su cama a oscuras.

Algo así. Cada día un paso más lejos del engaño pero no más cerca de la verdad.

*

Toda proposición lingüística intenta fijar para la inteligencia una forma del mundo. Al hablar se afirma que cierta parte del mundo es de cierta manera: un papel tirado en la calle, ese árbol del patio, el otoño, las personas, las despedidas. Se afirma, como si se supiese.

Yo escribo, es decir, implico que sé. Pero pronto veo que no sé. Y vuelvo a hablar y no sé. Y la verdad es que no sé. Sin saber, me quedo mirando cada mañana el mundo en mi ignorancia. Todos los días me entrega mi ignorancia un mundo nuevo.

*

Escribo junto a la puerta de la terraza, abierta. Oigo un trino que no he oído nunca, alegre. ¡Pitchí-pitchí! Entre las hojas veo la sombra nerviosa de un pajarillo y me quedo muy quieto para no espantarlo. A lo lejos, le contesta un trino igual. ¡Pitchí-pitchí! Silencio. «Por favor, sigue cantando», pienso. ¡Pitchí-pitchí! Ya no está.

Se me ocurre que ha venido a escribirse él mismo en medio de este post.

*

Algo que tengo de niño —o de presocrático—: no acabo de comprender que el mundo cambie. Que se alarguen las sombras, que se vaya la luz de la mañana, que nazcan y mueran las personas, que suba la marea.

*

El mundo existe porque los dioses lo piensan, largamente. Un pensamiento cuyo encadenarse hace girar los efectos y las causas. Pero los dioses poderosos, saturados de la ebriedad del ser, propenden a la quietud. Especialmente en el cambio de las estaciones, su razón se calma y el mundo se enlentece. Si se parara, desaparecería.

Los mandolios son un pueblo escuálido y acuciado que cree en la magia imitativa. Al comienzo del otoño y morir del verano su trabajo es tender puentes. Trenzan cuerdas, embarrilan vino, se embarcan, cimientan, siembran, escriben los índices de los libros, engendran, injertan. Todo es plan, puente, viaje, porvenir. Alrededor de la cintura se visten una cadena de metal con un eslabón blanco. Creen que esa perseverante repetición ritual suturará el abismo en la continuidad del mundo.

Hasta los cielos ascienden las oraciones bisbiseadas de los mandolios, el rumor de sus tejemanejes y el humo de su incienso. Los dioses vuelven curiosamente su mirada hacia estos seres ínfimos y su extraño atareamiento y sus continuidades minúsculas, y el engranaje tremendo de la razón divina poco a poco hace retemblar el universo. De ese modo tan inocente, por los mandolios, el mundo sigue.

El bosque de Foz

En el pueblo de Foz, entre la costa y el gran bosque oscuro, a veces sucede que alguien se apena, se extravía. En un almanaque atrasado, un hombre lee la propaganda de un muestrario de colores: amarillo de Nápoles, púrpura real, carmesí de alizarina, tierra de Siena, azul de ultramar. Estos nombres, piensa, vienen de un mundo mejor, relumbran bajo cielos desconocidos. Hojea las ilustraciones del almanaque. Se va a acabar el verano. El hombre en mitad de su vida siente de pronto como si una cosa muy grande se hubiese perdido.

Duerme poco y sin reposo; calla; apenas come. Para él ya nada es igual, sin saber por qué. En el pueblo, sin embargo, han visto más veces el caso y saben cómo arreglarlo. «Mira, ve a ver a la antigua muerte del bosque. Ella te dirá».

La muerte va por la tierra llevándose el aliento de todo lo que vive, grande y pequeño, carne o planta. Pero en el curso de los años también ella se deja el vigor. A partir de los cien empieza a equivocarse, se demora, renquea. Con siglo y medio decide retirarse. Vendrá otra más joven, más afilada.

La muerte se retira a una cabaña en un claro del bosque de Foz. Allí pasa los años dedicada a sus cosas, igual que cualquier labriego de la zona. Cada vez más anciana, trae agua del regato, atiende a los cerdos, cose su ropa, se sube trabajosamente al tejado para recolocar las tejas, que hacen goteras. Una tarde está sentada a la puerta de casa tallando un zueco. Bajo los árboles del borde del claro ve a un hombre de pie, detenido, la cara pálida de espanto.

Empieza a caer el sol; es un día tranquilo del final del verano. Cantan los pájaros. Al cabo de un rato, el hombre se decide a cruzar el claro y presentarse a la muerte, con enorme respeto.

Después de un poco de charla cortés, ella le pregunta por el motivo de su visita y el hombre le abre su conciencia.

La muerte ha visto mucho en sus años de tarea. Ha cruzado mares, ha tomado vidas sin número, ha oído lenguas. La muerte sabe mirar en el interior de las personas y de las cosas. Se queda callada y pensativa durante un rato, sacando virutas de la madera, hasta que empieza a hablar. Le dice al hombre lo que necesita oír. Él abre mucho los ojos, inclina la barbilla sobre el pecho, levanta la vista a los árboles, le da las gracias profusamente a la muerte, agradecido de corazón y, con la mirada puesta en el suelo y el pensamiento en su propia vida, se vuelve hacia el pueblo.

A partir de ahí seguirá con su vida, cuyo hilo ha recobrado. Si se encuentra a otro en una situación parecida, no podrá ayudarlo, porque el consejo de la muerte lo atañía estrictamente a él. Solo puede indicarle el camino y encarecerle que recurra a ella.

Ella, vieja y frágil en su casa del bosque, apenas un murmullo entre los árboles. Lejos de allí, un día, a la muerte sucesora le llega a su vez la hora del retiro. Al final de un largo viaje, encuentra el sendero que sube al claro de la cabaña. Su último trabajo será llevarse el aliento de su antecesora, que la ha visto salir de entre los árboles y la está contemplando con resignada tranquilidad, como siempre lo ha hecho todo.

La garza

La auténtica felicidad es la inminencia de la felicidad.

*

Un hombre que va leyendo un libro ve una garza en la orilla del río. Se acerca sin hacer ruido y, cuando está bastante cerca, grita: «¡Luna!», y la garza levanta el vuelo.

*

Por aquellos años vivíamos en medio del arte. Diálogos de cine, todo amor con su canción de fondo, ninguna mascota sin nombre de novela. En los bares fumábamos y hacíamos críticas. Yo creía que las obras eran herramientas, reflejo y análisis de la vida. Pero eran un lugar de la vida: allí donde nos reuníamos, la habitación donde nos gustaba meternos a vivir.

*

Otro hombre ve una garza en el río. Grita «¡interjección!» y la garza levanta el vuelo.

*

Conozco gente de talante intelectual, gente bienintencionada, que actúa como si hiciese falta conocer el código de la circulación para que a uno le atropelle un coche.

*

He apuntado: «Me reencuentro con una vieja metáfora». Pero no he anotado la metáfora; seguramente porque era lo de menos, y lo importante, la sonoridad de la frase. Siempre he tenido debilidad por la pura fantasía lingüística. Una vez, de niño, me enteré de que en las noches australes brillaba una constelación que se llamaba la Cruz del Sur. ¡La Cruz del Sur! Repetí cien mil veces ese nombre, y todavía se me ensancha el corazón.

*

Nunca la he visto, la Cruz del Sur. Nunca he llegado tan al sur; y me doy cuenta de que no me urge.

No es que la realidad no alcance el poder del ensueño. Ni tampoco al revés. Es que son dos cosas distintas, como un mismo nombre que llevan dos personas.

*

Un personaje emplea su vida en aprender cómo hay que vivir. Cuando lo averigua, querría que todo comenzase otra vez desde el principio.

*

En Milagán, cada vez que muere un sabio se enciende una estrella en el cielo. Sus noches están alumbradas por los muertos.

*

Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto. Un destello de verde umbrío por el rabillo del ojo y una ráfaga de aire reviven repentinamente un jardín de otra parte de Europa, de otro tiempo, delante de mí. Un sol vertical sobre un panorama de azoteas rojas, un callejón con ropa tendida y olor a mediodía, una tarde mitigada que arrastra de lejos las voces de los niños, una valla de madera agrisada por los días, una luna que blanquea los tejados; y es, de pronto, como si estuviese en aquellos sitios.

Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto y muchas veces camino por ella.

*

Un verano no termina porque se gaste, sino porque se cumple.

Antes los días eran más largos

Cuando yo nací los días eran más largos; podrían durar el doble o el triple que ahora, no sabría decir con exactitud.

Por aquellos años, el agua del mar era verde clara y no estaba tan fría. Los animales te hablaban con una voz razonable, como el que ha vivido mucho en esta vida. Los extraños eran amistosos; los automóviles se conducían solos. Por toda la ciudad crecían jardines: el rincón donde una mujer había plantado una mata de fresas, el alcorque con un solo girasol, el cementerio bajo los tilos, enormes quintas de indianos pobladas de melancolía. Se cultivaba una rosa cuyo olor inspiraba recuerdos ficticios, pero vivaces como una herida.

La música acompañaba al engranaje del mundo. Al girar las estaciones, sonaba una música; al soplar el viento, sonaba una música; había música en los viajes de los barcos, en las estrellas, en los pájaros, en el sucederse de la noche y el día; música en los ríos y música en la lluvia que los hacía correr y en las mareas, y tú podías atender a una u otra o escucharlas todas a la vez, como una armonía.

Por aquella época construyeron el arco de piedra que cruza el fiordo. A la lancha tranvía le llevaba una mañana recorrer los canales desde el muelle del arco al Colegio de Astrónomos y volver. La gente le tiraba monedas y flores por divertirse.

Nunca llovía por la mañana, lo que suponía una gran conveniencia.

Hay que decir que los peligros eran inmensos, aunque se avisaban con anticipación y redundancia. Los doctores fumaban como antorchas. La corriente eléctrica fallaba a menudo, la moneda era débil y las máquinas no tenían pensamientos.

Era un mundo romántico. Lo que nunca había llegado a ser se confundía en la bruma con lo que había sido.

Detrás de la ciudad se abría el campo. Saliendo por la puerta del Este, la carretera se alejaba entre cereales rubios y colinas azules en la distancia, y más allá, bajo una nueva música jamás oída, desaparecía en el desierto ilimitado, principio de un universo ignoto que aún no había llegado a las páginas de los libros, en aquellos días por escribir, tan largos, mucho más largos de lo que son ahora.

 

[Antiguamente las cosas no eran como ahora:
https://avellana.neunoi.com/2016/08/antiguamente-las-cosas-no-eran-como-ahora.html
El camino:
https://avellana.neunoi.com/2005/03/el-camino.html]

Días de primavera en la isla

En primavera, las carreteras de la isla se cubren de flores blancas, amarillas, granate purpúreo, entre la avena silvestre, la hierba y las espigas. Los árboles se espesan. El agua fría es tan clara —aguamarina— que el buceador siente la transparencia como una altura, el fondo allá muy lejos.

*

En un momento de especial felicidad, al sol de mayo, creí notar que me movía hacia adelante junto con el mundo, como el que camina dentro de un barco.

*

Callan los ruidos y el silencio es Schubert.

*

Antes de ir a la isla, una mañana luminosa, me dormí en el sofá. Soñé que llevaba unos días en una casa desconocida. De pronto caí en la cuenta de que en esos días aún no había visto ni a mi abuela ni a mi padre. No sabía dónde estaban. Pensé que quizá mi padre podría no haber venido a dormir a casa varias noches, pero ¿y mi abuela?

Me desperté —era casi mediodía— y por supuesto que supe dónde estaban.

O no. En verdad, no puedo escribir que sepa dónde están. Diré mejor que uno se habitúa con naturalidad a no saberlo.

*

Esta cita, de un libro que no he leído:

Hay algo llamado la vida verdadera que no puedo describir y que quizá varíe según uno lo vea desde diferentes ángulos y en diferentes momentos. En un momento dado es un viaje; en otro, cierta mujer; en otro, una casa en alguna parte con unas vistas que venerarás hasta que mueras. Es una vida apartada del dinero y al margen de la ambición; una vida vivida de una manera u otra para la belleza. No dura indefinidamente; pero no por ello los que sobreviven son más pobres.

*

En la isla hay un lugar terroso y ocre que parece de otro mundo. Allí cogí como símbolo una piedra minúscula del camino, negra y pulida. Ahora está en mi mesa, irradiando días en la isla y primavera, semejante a un isótopo que decaerá según viva: y un día será solo una piedra. Pero todavía no, aún, mientras escribo.

 

 

[La cita original es esta:
https://twitter.com/mtscano/status/944964009048109057
Es de James Salter, de ‘Once and Future Queen’, en Don't Save Anything, p. 251:
https://www.amazon.es/Dont-Save-Anything-Uncollected-
Articles/dp/1640091114/ref=asap_bc?ie=UTF8
]

Abril

Mis ventanas están abiertas a la noche sin luna.
Abril derrama su canción de comienzos
sobre las almas de la ciudad dormida.
Árbol, brote, sangre, estrella,
todo está aquí,
ahora,
la primavera antigua y la rama nueva.
El tiempo en mis manos como una fruta de oro.
Podría decir que he vivido toda mi vida para este momento.

 

Pensamientos

Las veo desde donde escribo. Blanca la flor y blanca la nube. Contra el cielo azul de marzo, lavado con la nieve de ayer mismo y puesto al sol.

*

Me ha llevado muchos años comprender que es correcto querer a alguien que está equivocado.

*

Un milagro es el reflejo en este mundo de algo que solo puede ocurrir en otro. A la manera del teseracto.

*

Los resultados de la literatura, en efecto, son modestos; pero a su favor se puede decir que la literatura es la más grande obra de creación que pueda completar una persona sola.

*

Lo que construye una representación del mundo —el lenguaje— no son las palabras, sino la gramática. Todo el mundo lo olvida.

*

No es menos falsa una mentira porque se diga en el idioma de la verdad. Un error es un error; el material con que esté fabricado no lo hace más cierto.

*

El modo correcto del escepticismo es sustituir ilusiones por conocimientos. Disipar una ilusion no es conocer. Sustituir una ilusión por una desilusión —necesario como es— solo deja satisfecha a una personalidad estúpida.

*

Un pensamiento debe merecerse su lugar en un ensayo. Pero no en la vida. Yo pienso como un hombre, no como un ensayista. Un pensamiento es una experiencia: un pensamiento me deja intrigado, absorto, despierto; es algo que me ha pasado hoy. Por eso es importante, aunque si lo llevo al comercio de las ideas no valga nada.

 

Esta noción podría ampliarse. Cantar como un hombre, bailar como un hombre, contemplar como un hombre los atardeceres, escribir, visitar templos, pintar, navegar, mirar el cielo, hacer poemas, prender un fuego, despedirse: como un hombre, y no como un cantante, un campeón, un pintor, un premio Nóbel, un rey, un escritor, una estatua en un parque.

 

Como si fuese poco ser un hombre y estar vivo. Como si se pudiese nacer bien, engendrar bien, ver bien la última luz. Como si por suspirar tan bien te dedicasen una página en el Babelia.

*

Un día de invierno me encontré estos versos por internet. Aún sirven, al principio de esta primavera:

Me asomé a la ventana y en lugar de jardín, hallé la noche enteramente constelada de nieve.

(José Emilio Pacheco, «Noche y nieve», en Islas a la deriva).

 

Fresas bajo la nieve

Trajimos las primeras fresas del año y aquellos días volvió a nevar. Comimos las fresas bajo la nieve.

Cierro los ojos y me imagino una miríada de estrellas girando como estorninos arracimadas en un cielo azul remoto, y un hombre que las mira.

Los domingos a mediodía mi edificio está en silencio. Un domingo empecé a oír algo como un tañido levísimo de campana dentro de casa. No conseguía averiguar de dónde venía. Lo encontré por fin en la cocina. A. estaba desgranando despacio una granada en un bol de loza. Eso era, cada grano que caía en el bol blanco; ese tañido puro. En el silencio.

 

Esto es tirar líneas de un punto a otro; escoger dos hechos y unirlos con la mirada.

 

Toda la literatura consiste en tirar líneas. Consiste en ver y en no ver.

***

Una noche, llegando a casa, me llamaron para decirme que se había muerto una conocida. Al rato se cortó la electricidad en todo el barrio y me quedé a oscuras, a la luz de las velas. Pensé en naderías; sentí muchas ganas de estar vivo: lo anoté en este cuaderno.

Unos días después le hicieron un pequeño homenaje. Para ilustrarlo, usaron una foto suya de hace algunos años, sacada de la solapa de un libro. ¡Si se lo hubiesen dicho entonces, mientras se la tomaban!

Qué foto quedará de mí, pensé. Qué imagen cualquiera de mi vida se fijará para siempre, de qué día entre tantos.

Me gustaría escoger esa foto. O mejor: «¿Puedo hacer una etopeya? ¿Puedo retratarme por mis gustos? ¿No os parecen un retrato fiel de lo que fui?». «Sí, muy bien, adelante». Fantasear. Silbar canciones. La arena. Las etimologías. Tener esperanzas. Esa cancioncilla que se llama Sweet Lorraine. Las enumeraciones.

***

Los nusios no conocen la Muerte. Igual que nosotros, pongamos por caso, no conocemos un ser que se llame el Nacimiento, ellos desconocen la Muerte. Dirán su muerte, la muerte de aquel, esa muerte de ahí. Para ellos, la muerte no es una divinidad, sino un daimon: una muerte única, pegada a la persona, intransferible.

Se aparece como un bibliotecario barbudo, como una canción, como una vendedora de espejos, como un ajedrecista, como un presentimiento. Una mujer pelirroja con una aljaba llena de flechas; una barca de madera entre la niebla; una comadreja; una nube con una forma insólita; una pantera sangrienta. La muerte de un nusio no habla al corazón de todos, como nos pasa a nosotros; no los interpela; no los hermana. Esa gente extraña, los nusios, que muere tan sola como ha vivido sola.

***

Se sabe que el mejor lugar para esconder una manzana es un cesto de manzanas. ¿Y si el Paraíso estuviese a la vista de todos, disimulado entre los pliegues de este mismo mundo, y bastase con seguir un itinerario de puntos en el orden correcto (una progresión de acordes, un hecho de la infancia, el nombre de una estrella, la música de un pájaro, una laguna...), un punto tras otro tras otro, línea tras línea, para dibujar una figura que revelará el rostro de la infinitud?

Invierno

Este muro está tibio; le ha dado el sol durante todo el día. Una isla de tibieza en un mundo de invierno.

Las piedras entibiadas por el sol. El pan del sábado por la mañana. La sien de una persona, cuando la tocas con los labios. El hueco del gato sobre la manta. La madera de un embarcadero cuando la pisas descalzo.

*

Alunado: (adj.) Dicho de un animal: supuestamente enfermo por haber estado expuesto a la luz de la luna (DLE).

*

Una estrella: la roja Antares.

*

Es sábado, una vivísima mañana gris de invierno. Mi dormitorio se llena de luz lechosa, resplandeciente, de un blanco puro sin sombras. El agradecimiento brota semejante al agua, sin ninguna razón, sin dirigirse a nadie, como un canturreo. Agradezco lo que tengo.

*

Por medio de esta mujer se pueden soñar los sueños de otros. Una noche sueña un paisaje de lomas verdes salpicadas de bosquecillos; o su sueño es un barrio enrevesado con casas de muchas puertas; su sueño es una plaza bulliciosa de muros rojos; su sueño es una biblioteca de estancias altas y cristaleras aéreas; su sueño es un trasatlántico de rumbo despacioso, y así noche y noche. Cuando la soñadora se duerme, cualquiera que duerma puede ir a su sueño y cruzar a través de él hasta el sueño de otro. Ella los conecta.

La soñadora no lo sabe. Se despierta confusa, cansada pero satisfecha, con una borrosa sensación de larga vida y variadas maravillas.

*

El primer mes del año es muy importante. El mundo está cerrado en su cáscara seca. Fuera corre un viento amargo; hace frío. Pero un día se apartan las nubes —con un hueco basta— y se abre el azul. Un sol limpio y sin color cae sobre la nieve y sobre las gotas, las adulza, se derriten suavemente, se infiltran en la tierra con blandura hasta que la cáscara reseca se empapa y se conmueve y en el mundo nace el comienzo de una duda, una lejana luz, la posibilidad de una vida nueva o una esperanza; rizomas verdes que al principio son diminutos pero que debajo en la oscura tierra crecen y crecen y se fortalecen sin pausa hasta que un día los veamos emerger como una sorpresa, pues lo que va a ocurrir en mayo empieza ahora. Y las personas atentas y con una sensibilidad especial notan cierto día de enero ese levísimo cambio de gravedad, el giro en el corazón del mundo. El primer mes del año es tan importante por eso.