marzo 2014   (1 post)

Mensajes al principio de la primavera

Si el mundo es un lenguaje; esto es, si los hechos que nos salen al paso se interpretan como mensajes que quieren decir algo; entonces, si el mundo es un lenguaje, ¿cuáles son los hechos?

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Me ha llevado toda la vida saber que el pájaro que oí cantar tantas madrugadas era el mirlo. Las vísperas de examen a través de la ventana abierta; por las aceras vacías, de vuelta a casa; al alba pensativa en las noches en vela.

Era el mirlo. Me pregunto si ahora que sé su nombre tengo algo que antes no tenía.

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«Cantar una mujer a la almohadilla: 1. loc. verb. coloq. desus. Cantar sin instrumentos y solo para su distracción». 

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En un museo de Italia, en una Anunciación, vi una vez el arcángel más bello que pueda imaginarse. Era rubio y blanco, la cara encandecida de pureza, la rama de lirio en la mano. He intentado volver a verlo, tiempo después, pero no estaba donde yo creía que iba a encontrarlo.

En cierta forma, podría decir que aquel cuadro se me apareció una vez. Quizá es lo más cerca que un hombre como yo vaya a estar nunca de una epifanía. 

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O quizá no. Porque un día, hace años, cuando vivía en una buhardilla de Malasaña, llamaron a la puerta y era una chica que venía haciendo proselitismo. Religioso. En aquel edificio el hueco de la escalera lo iluminaba la luz del día que entraba a chorros por una gran claraboya en el tejado. Y así la vi: hermosa como una imaginación, delicada y espléndida bajo la luz cenital, sonriendo. Ella traía el propósito de evangelizarme y yo el de descreer con terquedad, así que nos atascamos en un desacuerdo rocoso pero simpático. Estuvimos charlando un rato largo. Y en cuanto hube cerrado la puerta, pensé de mí, súbitamente: «Soy ese imbécil sobre la Tierra al que le enviaron un ángel y se puso a discutir con él de teología». 

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En el trabajo, alguien dijo la palabra paremia y vi a mi novia de los veinte años: ella estudiaba medicina y yo le explicaba las etimologías griegas. Hace un rato —al caer la tarde— he oído cantar a un mirlo que lleva unos días por la vecindad. Cualquier cosa que entra en uno tropieza con lo que hay dentro y lo hace sonar, y lo despierta.

Las furin son esas campanillas de viento que a los japoneses les gusta colgar al aire libre, a veces por miles: una caricia recorre el jardín y empiezan a tintinear, una tras otra, como si pasase una brisa de plata. Una canción que se oye desde el patio, un grifo que gotea, un nombre propio, el olor de un jabón, una coleta. 

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