octubre 2014   (1 post)

Zenón y las hojas muertas

Esta hoja de cerezo, caída en el suelo, es el mundo.

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¡El domingo hizo tan bueno! Tan parecido a un día de primavera. Hubiera sido un día de primavera solo con haberlo entendido como una isla y no como un punto de una trayectoria, esa que baja escalón a escalón hacia la oscuridad y por la que el otoño se gana su melancolía.

Habría bastado con prescindir del sentido en el que van las cosas y hubiera sido primavera.

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Evitar el dolor sacrificando el sentido.

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Podría escribirse una teoría de la narración literaria como relación entre un punto y un plano, siendo el punto una acción y el plano un proceso que transcurre de fondo. Pongamos que dos personas se conocen acodadas en un puente o que se descubre una vacuna: mientras tanto, un hombre envejece, o un matrimonio se está deshaciendo, o una mujer busca trabajo, o van a perderse las cosechas, o el país se encamina hacia la guerra.

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El mundo no es una opinión.

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Este poema: «Al señor González / le han ingresado la nómina» es un disparate.

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Una patata, un gorro, la estrella Antares, una entrada de cine, un grano de sal. Una azada, un arado, una podadera. La semilla, el árbol, el fruto. Una verde verá la siendo. Un árbol deshojado. Frases con sentido y sin él.

Pero qué sentido. Bueno, parece que por sentido entendemos cualquier orden: causal, taxonómico, gramatical. El sentido de una frase es que se diga ordenadamente a sí misma: «Un árbol deshojado». Con eso basta.

Y en cambio, una persona nace, vive peripecias corrientes, mira a su alrededor y muere, y no basta. Hay que preguntarse por el sentido de esa vida. A pesar de que suceda en sus términos, de que se diga ordenadamente a sí misma. Queremos que la vida —como un poema— tenga un segundo sentido, que señale a otra cosa aparte de sí.

¿Qué otra cosa? ¿Algo que hay ahí afuera, en la oscuridad?

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