Un gorrión picotea entre los hierbajos secos del patio trasero de una iglesia. Un cura delgado lo mira, apoyado en el quicio de una puerta. El cura recuerda las manos de su madre aclarando la colada, lejos, en el pueblo y en la infancia.
Justo debajo de los saltitos del gorrión está soterrado un costurero de lata rojo con dibujos chinescos. Dentro hay varios mazos de cartas ajadas de novios antiguos; hay, además, una cinta azul de raso para el pelo, unas estampas coloreadas con escenas africanas, un anillo donde está escrito «para siempre».
El gorrión se detiene con la cabecita ladeada. Tiembla por un instante el aire de los muertos; se hace un suspiro.
El cura pensativo mira intensamente al pajarillo y amusga los ojos. Escucha los rumores del patio. Ha estado a punto, ha creído sentir, algo.

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