Otoño

Esta luz de octubre es ya del color del recuerdo.

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Me he convertido en un fantasma y me aparezco en lo que escribo.

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Una mañana, el revuelo de la brisa levanta una luz alegre en el verdor de unas hojas. Como una fruta de verano rezagada entre las frutas de otoño y que aún es firme, y sabe dulce.

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De una rama seca y negra, aquí, salieron rosas. Crecieron en verano; murieron en otoños descaecidos. El mirlo vino a cantar en tardes pensativas. Según parece, rosas y mirlos son tópicos poéticos; pero juro que yo he vivido mi vida una vez sola, por primera vez, y ha sido mía.

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Umberto Pasti ha plantado un gran jardín edénico. Quizá porque además de jardinero es escritor, las partes del jardín me recuerdan capítulos de un texto: el Jardín del Portugués, la Exedra bajo la Higuera,  la Sala del Trono, el Jardín de Sombra, la Puerta del Mar.

Escribe Pasti:  «Para nosotros, los jardineros, el paraíso no existe en otros lugares, está aquí. Se llama mundo, y el lugar donde se encuentra lleva por nombre realidad».

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Qué clase de persona considera una noticia la luz sobre unas hojas.

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«En las áreas en las que nos ocupamos, la comprensión sólo se produce en forma de relámpagos. El texto es el largo trueno que los sigue». (Walter Benjamin en el Libro de los pasajes).

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«Pasaba de la apatía a la melancolía sin motivo alguno y tuvo gran afición a la alquimia, disciplina que conoció a la edad de once años en la corte de Madrid, donde se educó junto a su tío el rey Felipe II. (...) También le interesaban la astrología, la magia, el coleccionismo de objetos raros y los juguetes mecánicos, especialmente autómatas, relojes y máquinas de “movimiento perpetuo”».

«Dedicado por completo a sus entretenimientos y raras excentricidades —como coleccionar monedas, piedras preciosas, manuscritos de magia y alquimia, péndulos, cráneos, gente deforme y enanos, con los cuales formó un regimiento de soldados—, se paseaba vestido de negro al estilo español por los pasillos del castillo». (El rey Rodolfo II, según la Wikipedia).

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Los habitantes de estos bloques de viviendas, al extremo del mundo, vuelven tarde de sus trabajos. Cae la noche en silencio sobre el barrio. Ninguna ventana está encendida. Parece el crepúsculo de un sueño.

Vamos a imaginar una variación de la vieja historia: que un hombre y la Muerte no se encuentran en un mercado de Bagdad y se miran uno a otro con sorpresa; que con quien se topa el hombre es con su vida. El hombre ve la figura de su destino, de pie entre la gente, y se dice: ¿es esto lo que mi vida iba a ser y nunca supe? ¿Es este su aspecto, estas son sus trazas y su rostro?

Esto que veo, este atardecer de otoño al final de la ciudad ¿es el rostro de mi vida?

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[«El gesto de la muerte»:
https://lapiedradesisifo.com/2009/11/25/el-gesto-de-la-muerte-de-jean-cocteau/
Un par de fragmentos de Perdido en el paraíso, libro de Umberto Pasti, sobre el jardín de Rohuna:
https://msur.es/2020/05/25/umberto-pasti-paraiso/
Algunas fotografías sacadas de Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, una colaboración entre Umberto Pasti y la fotógrafa Ngoc Minh Ngo: 
https://www.roseandivyjournal.com/stories/2019/11/4/garden-dreamer-eden-revisited
La cita de Benjamin en español la encontré aquí:
https://twitter.com/knbaraldi/status/1439880578912894977]

Las olas

Un día nublado, un hombre está en la orilla de la playa, solo. Escribe con el pie su nombre en la arena. Viene de agradecer a los dioses su fortuna en los viajes y en la guerra, la vida de su hijo, su limpia fama.

Una ola lenta llega y borra las letras en la arena. La siguiente le borra los pies. La siguiente ola lo borra entero; la siguiente barre la playa hasta el cantil. Las olas borran los árboles del bosque, las suaves colinas, las piedras de los templos con hachas bifrontes y copas de oro; borran la isla, los países, los alfabetos, la memoria de los días y la carne de las generaciones.

Agosto

El último día de playa se me metió agua en un oído. De vuelta en Madrid seguí notándola durante un par de días. Una gota de mar, con sus sales, sus bacterias marinas, algún plancton microscópico, cruzando dentro de una nave este mundo seco.

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Este verano he recolectado agua de dos mares y recuerdos. Y nombres: Fombellida, Montabliz, el río Aguanaz, Gumiel de Izán, Madrigal del Monte, Pozoamargo. Nombres que pasaron fugaces a los lados de la carretera, bellos, borrosos como pájaros.

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El edificio más pobre del barrio tenía una fachada ciega decorada con una gran rosa de los vientos, allá en aquel puerto. Saturno brillaba de madrugada junto a la luna de agosto. En el monte, el viento de la noche estremecía al dios del bosque. Los peces plateados pastaban en la pradera bajo el agua.

Estas cosas simples que traigo del verano, trasmutadas delante de mis ojos solo por ponerlas en el párrafo. El caldero mágico.

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Al irme una de las veces, dejé en la terraza un capullo de rosa; al volver, estaba casi marchita. Aquel viaje duró el tiempo de una rosa.

No sé si es mucho o poco. Una canción de Gainsbourg dice: «Tú y yo nos quisimos / el tiempo que dura una canción». Siempre me pone triste.

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No necesito un verano inacabable, me doy cuenta. Me vale con que sea eterna la promesa de otro verano por venir.

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Se acaba agosto. En casa, veo algunas nubecillas crepusculares, anaranjadas sobre el azul claro, como un cielo de Italia. Me duelen un poco. Esa vaga melancolía, cuando la belleza duele un poco.

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Desde la autovía vi pasar una ciudad mediterránea de casas como cubos fractales que trepaban por las colinas escarpadas, cerca del mar; un apilamiento geométrico de colores claros, gredosos, meridionales. Sin embargo, algún día reservaré allí cuatro o cinco días en un hostal, para hacer un cursillo, digamos, ya casi viejo, y encontraré que en realidad la pequeña ciudad es un laberinto silencioso de jardines, una paz sombría, algunas conversaciones sosegadas —la farmacéutica, el pescador de la tarde, el camarero que echa el cierre—, su iglesia barroca solitaria, el vivero de cactus, la cala fosforescente. Y recordaré esta primera impresión lejana y me asombraré de que la ciudad que yo creía de la imaginación sea la que pertenece a la vida, y viceversa.

La vida

Naces y vives en un sitio cualquiera —en un valle, en un pueblo, junto a un río— y eres de allí. Los prados segados, la lenta lluvia gris al despertar la mañana, el mar que se ve al otro lado del monte; esa es tu vida.

Un día te informan de que no eres de allí. Llevas allí desde que abriste los ojos hace cuarenta o cincuenta años, pero no eres de allí.

Miras, y parece como si alrededor de ti las cosas ya empezaran a despegarse un poco. Pero y de dónde soy, te dices, si no soy de aquí. Si yo no soy de ninguna otra parte.

Algo así ocurre con la vida, según mi experiencia. Un día te dicen que no eres de aquí y lo comprendes. Esta vez entiendes que es verdad; que lo que ves —la gente, el mundo, el futuro de los días— no es tu sitio. Que un día tendrás que irte.

Pero y si no soy de aquí, de dónde soy.

Una tarde de junio

Salió la luna llena y lo primero con lo que se cruzó fue conmigo, allí abajo, pequeño.

 

El incendio del ocaso en el cielo del oeste. La pálida luna, redonda y rosa. Las retamas. El olor silvestre al borde del camino. El aire templado. Las flores vespertinas.

Hoy, para mi vida, basta la tarde. Ahora creo que, sin mis pesares, yo volaría.

 

Una mañana remota del bachillerato mi profesor de griego nos contó el nombre homérico de la Aurora, rhododactylos Eos, la aurora de dedos de rosa, y no lo he ovidado nunca. Así que poned cuidado en lo que les contáis a los niños.

 

Un dios anciano, grande como tres universos, tira su dado de muchas caras, que llevan pictogramas en vez de números. En una, cuatro trazos representan tallos, hojas.

Algunos días el mundo es un jardín.

 

La Luna no se ve a sí misma. Tal como tiene los ojos puestos en la cara, ya sabéis, solo puede mirar hacia adelante. Y ni cuello ni brazos que estirar bajo la luz y contemplarse. Ve la hermosa palidez de los paisajes y no sabe que es ella misma quien la irradia.

 

UNA VARIACIÓN

Supongamos que el canto del mirlo es un mensaje. Supongamos que dice algo.

Ahora supongamos que no. ¿No está bien así? ¿No basta el canto del mirlo?

Qué más da lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

 

Te pones a hacer con letras la tarde de junio, metes las letras en un post, lo cierras. Hay una distracción al otro lado de la ventana, luego se oyen voces en el descansillo. Mañana el trabajo, después un viaje, otras tardes, los amigos. La corriente del tiempo te arrastra, allá, allá, quién sabe hasta qué costas lejanas. Las olas menudas que lamen la orilla te traerán un mensaje. Le quitas el tapón, lo lees. Ahí sigue la tarde, las letras amarillentas. Salió en el cielo la luna llena y lo primero con lo que se cruzó fue conmigo,

Cerezas

«Hoy he visto las primeras amapolas», anoté, a principios de mes. Lo anoté solo por gusto. Por verlo, negro, rojo, sobre el blanco. 

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Un día me compré este cerezo en un tiesto. Una mujer los vendía al borde de una carretera del valle del Jerte. Habíamos ido a ver la floración de los cerezos. En las fotos, mi sobrino es un niño pequeño. Yo salgo tumbado en un prado, él sentado sobre mi cabeza.

Mi sobrino es un hombre; el cerezo también ha crecido. Estrictamente, este es el mecanismo de la analogía: veo que mi vida se alarga a partir de aquel minuto al borde de la carretera, crece, se enrama en caminos laterales que se cortan o siguen; y el cerezo va haciendo lo mismo. Este año ha dado una cereza, por fin. Una sola cereza; pero es una cereza perfecta.

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En primavera, el sol de la mañana alumbra mi terraza hasta la hora de comer, pasa por detrás de unas casas y al final de la tarde vuelve a dar aquí, esta vez desde el oeste. Al caer la tarde mi cereza brilla bajo la luz como el ojo del mundo.

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Todavía quedan fresas, cuando ya hay cerezas. Existe una etapa de la vida así.

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Y si mayo fuese un pájaro y pudieras convencerlo. Ponerle un platillo de agua y unas semillas y que se quedase para siempre contigo. 

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Amapolas, fresas, cerezas. Gotas de rojo sobre los manteles, sobre el plato, sobre los campos, sobre la inagotable luz de mayo.

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¿Conocéis aquella canción francesa? Qué lástima que aquí no sea más famosa: «Cerezas de amor con sus trajes iguales / que caen sobre las hojas como gotas de sangre». 

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No hay una palabra para designar esa estación del año, cuando ya hay cerezas y aún quedan fresas. Y como no existe, no ha llegado a usarse metafóricamente, por ejemplo, para nombrar esa etapa de la vida en que uno ya la mira desde fuera, pero aún está metido en ella. 

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Y si la única sombra del mundo es la que arroja mi propia mortalidad.

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A finales de diciembre, siempre voy al mismo lugar en la playa, con el árbol a mi espalda y el mar delante, y espero, como si le preguntase al mundo

También este año pasado, solo que no lo conté aquí. Fui hasta la punta del espigón y me senté. Corría un viento atronador,  aunque no era frío. La noche solsticial cayó temprano, y mientras por el oeste aún quedaban rescoldos de la luz de aquel día, salió por el este la luna creciente. Miré; no hubo ninguna respuesta. Estuve un rato allí sentado y luego me retiré.

Hace unos días he vuelto, ahora, al mar de mayo, a mediodía. Las hojas del álamo blanco son verde oscuro, el envés blanco de plata. Ondean como gallardetes de fiesta. El mar tiene todos los verdes; el viento canta. Las tinieblas se han ido. Lo que era un paisaje metafísico es ahora un espacio de luz, grande, límpido, vacío. 

 

 

[Le temps des cerises, con subtítulos en frances y en inglés. Una versión curiosa, hecha pegando trocitos de versiones: https://www.youtube.com/watch?v=jtzQbY3-aFY ]

Avellana: su cuaderno de viaje IX

En Cembra

 

La adivina lee en la espalda de una mujer como en un libro. Con su lápiz de albayalde tira líneas blancas entre las pecas, los lunares, los antojos. Si se puede leer una constelación, si en las estrellas está escrito el destino y el carácter de una persona, dice, cuánto más sencillo no será en la piel, marcada por los días.

Las persianas están bajadas. En la penumbra, las líneas de la espalda fosforecen como flores pálidas a la luz de la luna. Cuando acaba, la adivina las borra con alcohol de romero.

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Cembra es una cultura contemporánea, sin duda; pero conserva las señales de su antigua ansiedad por el tiempo. Todavía se practican docenas de mancias. Adivinar por el plomo derretido, por los gallos, por las turbulencias del aire, por un anillo de oro que oscila colgado de un hilo, por el vuelo de las abejas, por las manchas de sol en el suelo, por las hormigas, por el tintineo de las piedras preciosas al caer en una jofaina, por los pelos de las patas de las hormigas. Es la afición nacional.

Ya nadie cree estrictamente en la adivinación, esto es, en su valor prospectivo. Pero ese obcecado examen de los detalles del mundo se ha convertido en una manera de estar junto a las cosas, por capilaridad.

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En el centro de la realidad hay un árbol de tiempo. Cada segundo le brota una flor y cae, y ya está muerta.

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No solo castigan con prisión. Han inventado la cárcel inversa: a cierto condenado le permiten recorrer todo el mundo salvo una casa, que le está radicalmente, terminantemente vedada hasta el fin de los tiempos. No puede tocar siquiera la cerca del jardín; no puede asomarse a sus ventanas.

A otros los condenan a no entrar en el agua, a perder el olfato, a desconocer el color azul. Condenado a quedarse sin atardeceres. A no oír el mar. A no recordar la voz de los padres.

Tailored punishments lo llaman, así, en inglés. Les encantan estas pequeñas pedanterías.

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La salamanquesa trae noticias y recados de otro mundo. Aparece en una pared de la terraza, nerviosa. Aguanta el miedo de tu presencia. Sobre el lomo lleva una especie de faltriquera atada con dos hilos que le pasan bajo la panza. Es un trozo de tela al que le han dado un par de puntadas y se cierra con un pedacito de velcro.

Con mucho cuidado, lo abres. Los mensajes están escritos en hojas de hierba seca. Si quieres escribir de vuelta, metes en la faltriquera tus propias hojas secas de tinta minúscula. Dejas un poco de agua en un platillo; te separas un par de metros. La salamanquesa baja al suelo, bebe un poco y enseguida se marcha.

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Allí, toda comedia incluye este personaje trágico: el que entra en los sitios justo cuando su amor destinado acaba de irse. Los espectadores saben que nunca van a encontrarse, pero aun así todas las veces se levanta en la platea un murmullo de lástima. Entonces el actor se gira hacia el público. Se queda suspendido un momento —como si no comprendiese—, vuelve la cara hacia la escena y sigue con su parte del diálogo.

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En el sótano de una remota biblioteca en ruinas hay un libro terrible que te lee. Está en blanco. El lector lo abre y las letras empiezan a formarse en la esquina derecha de la última página, abajo. Por ejemplo, al narrador le gusta decir en voz alta los nombres de las estrellas: Denébola, Rigel, Antares, Fomalhaut. Le gusta el sabor verde y amarillo del cilantro, el viento sur, las lámparas de papel, las glicinias. Recuerda una noche, a solas con su madre, mirando los fuegos en los montes, al otro lado de la bahía. Un verano con los abuelos a la orilla de un río. En el merendero, las avispas se ahogaban en vasitos de moscatel.

Es un libro poderoso porque te entrega tus placeres, tu felicidad y tus ensueños, incluso los desconocidos o los secretos, con la vivífica intensidad de los libros. Pero a la vuelta de la hoja te apuñala con una herida vieja, con tus pesares, con tus maldades y tus vicios.

El libro alterna pasajes sublimes y espantosos, que se suman y se restan. Nadie en su juicio quiere encontrarlo.

 

[Una lista de métodos adivinatorios]

[Avellana: su cuaderno de viaje VIII]

La primavera

Una vez más he cruzado a la otra orilla del invierno. Aquí. Las flores del cerezo, tardías, las voces de los niños en la plaza, la cercana conversación de los pájaros. Mi pensamiento flota en la tarde, como el que consigue flotar bocarriba en el agua, muy quieto, oyendo su propia respiración, mirando al cielo.

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He sabido que el carro de Afrodita iba tirado por gorriones. Qué imaginación conmovedora puede concebir eso, impráctica y poética hasta lo sublime.

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En vez de no haber nada, el mundo existe. Mirad el árbol florecido, esa catedral radiante al sol de la mañana. El mundo existe; pero las cosas existen por ser como son. Ahí está el árbol. Su forma de ser provoca asombro, como un milagro.

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No se entiende lo que dice el mirlo, pero no importa.

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Cada imaginación es una oportunidad perdida. Hay vivir con ello, o renunciar a imaginar.

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A principios del otoño, la mitad más ligera del alma se rarifica aún más, se sublima, se desprende y se eleva en el éter, junto a millones de semialmas sin peso que el viento arracima y empuja en nubes hacia el sur, que es donde la mitad del alma pasa el invierno.

Los cuerpos, demediados, caen en una melancolía espesa, se acorchan, pierden el oído para los pájaros y la visión de la luz y de las hojas, sienten frío. Todo es apagamiento y tiniebla.

Al final del invierno, la mitad más ligera del alma se ilumina y toma el camino de vuelta, empujada por el viento contrario. Cuando llega, el cuerpo nota una especie de marea en la sangre, una súbita comprensión del horizonte y el recuerdo de navegar bajo las estrellas. El ojo se abre a la luz y el oído a la canción de los mirlos. Se empieza a entender la verdadera duración de los días, el azul del cielo, el impulso de buscar compañía, la forma de las flores; cosas eternas que han estado ahí todo el tiempo.

Esta es la explicación científica de los fenómenos que suceden en primavera.

Letras, o flores

Pensé que mi ciruelo se moría bajo el hielo y la nieve, pero él preparaba sus flores en medio de la gran tormenta. Ahora florece. Nada era como yo creía.

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La naturaleza renace y se repite. Aquí está de nuevo la luz en todas las ramas.

Yo no voy a volver; yo no me repetiré. Con la primavera alrededor, me siento un mendigo entre príncipes.

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Una flor de esa planta que llaman alegría ha caído sobre la encimera blanca, en la cocina. Desde donde yo la veo recuerda un ideograma o una letra asiática, con sus rabitos curvos. Fantaseo con mensajes de las flores, pero también en esto me equivoco, en la vanidad de tomar el mundo como un texto. Qué puede decir el mundo mejor que ser mundo. Qué trabajo mejor, qué canción puede cantar una estrella mejor que la canción de la luz de las estrellas.

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Antes pedía que mis problemas se solucionasen; ahora me basta con que se pospongan. También he aceptado que un día moriré. Por lo visto, el trascurso de la vida te convierte en un negociador.

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Ahora bien. La flor es un hecho, y una palabra sucede; en eso son iguales. Iguales por la elevación de la palabra a la altura del ser, no porque la flor valga por un texto.

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El que busca que el mundo le hable no quiere saber del mundo; quiere saber de sí. ¡Si el mundo ya se dice entero! «Tu vida tiene sentido, bajo esa roca hay un cofre de monedas de oro, no vas a morir nunca». Eso quiere que le diga.

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Nuestros caminos cruzan las librerías, las bibliotecas. Entramos, damos vueltas, nos rozamos con los anaqueles y tocamos los libros y nos llevamos en las patas letras pegadas y en las manos, y luego vamos a otra biblioteca, la polinizamos y de ahí nacen libros nuevos.

Bueno, eso último me lo he inventado. En realidad, una biblioteca es una flor que fecunda a las abejas.

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Me pasé por una librería del centro por si encontraba un regalo. Cuando salía, vi el cartel que decía ENCARGOS. Podría haber vuelto y haber pedido una novela entre las ruinas de un puerto antiguo que mira hacia poniente. Una historia triste pero que ayude a vivir. Y la mujer de los encargos se quedaría pensativa un momento, pero el final me dice que bien, en dos semanas, más o menos. Que ya me avisan ellos con un mensaje.

Al momento me arrepiento de mi imaginación. De mi poquedad. Debería haber pedido un mar interior de aguas tibias donde los personajes se bañan a la hora del crepúsculo. Animales que son personas, como en Norstrilia. O el libro de haikus de un viajero estelar. O un bestiario.

Los nefelibatas

En el convento no hay techo, para vivir siempre bajo las nubes.

 

Un hombre cruza el campo un día ventoso de blancas, vastas nubes; catedrales aéreas que desde el cielo azulísimo trasmutan las sombras del paisaje. Las nubes corren sobre el campo pardo y las lejanas colinas, ahora como un elefante, una isla, un pez, un perro, una hoja de laurel, el rostro de Dios, un cántaro.

Nada desazona más a los monjes nefelibatas que se interpreten las formas de las nubes. ¡Si no hay nube que no esté en el diccionario!

 

Los árboles pequeños y las plantas no tienen dónde guardar su memoria cuando se han cerrado en el sueño del invierno. Así que durante la estación más cruda uno les susurra, al fino tronco desnudo o a las pepitas soterradas, quiénes son, cuál es su linaje y su sitio entre las cosas, para que lo sepan cuando despierten a la novedad del mundo. Al menos, eso creen los monjes.

La recitación suena como un bordoneo sordo, como una conversación traída por el viento.

 

No les importan las estrellas.

 

La regla de la Orden gira alrededor del tiempo, cuya administración se desglosa con una prolijidad maníaca, extravagante, que a menudo es la risa de los legos: se estatuyen los días de oración o de trabajo en los campos, las horas de contemplación y sueño, los instantes de recordar a los antepasados, deletrear, espantar palomas, sacar agua del pozo, cantar, comer con la boca abierta. Ventosear: cinco segundos, una vez al día. Gritar, hacer ruido con un peine, fingir que no se ha oído: treinta segundos, una vez por año. Caerse del campanario: nunca.

La burla es fácil; pero se trata de la trasposición de un orden moral, como se entiende enseguida.

 

Los  mayores cumplen con excelencia tareas irrelevantes para hacer de la vejez un camino de santidad. Hay que ver a un monje anciano en la galería del claustro partiendo el pan duro para los pájaros. Primero en rebanadas, luego en tiras, luego en dados, y otra vez, y otra, mínimos, exactos hexaedros ideales, según van cayendo las sombras.

 

El hermano escritor cultiva un huerto de palabras.

 

Cuando uno envejece como Dios manda, la vejez solo le va despojando de lo que para entonces no importa. Si un hermano ha vivido sus muchos años con santidad, en su último día solo le queda una cosa; una cosa grande, resplandeciente, como el fuego de un sol glorioso. Y esa sola cosa la muerte se la quita.

Rohuna

Fotografía de un árbol en un jardín

Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, de Umberto Pasti, con fotografías de Ngoc Minh Ngo

Sicilia, 1961

Un árbol en un jardín

Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, de Umberto Pasti, con fotografías de Ngoc Minh Ngo

Escribir en el paisaje

Joven de pie una pasarela de hormigón al borde del mar

La escalera de San Juan

Quedan dos semanas de ascenso hacia la luz. Cada día, un cucharón de luz en nuestro plato, como el que se acerca a una beneficencia. Que ni una gota se pierda.

Opiniones

Vivíamos en una época que no distinguía los hechos de las opiniones. Pero ahora hemos pasado a considerar que esa distinción es un crimen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.