Cartas

Cuando yo era niño, antes de que apareciese el mundo instantáneo, antes de internet, la mensajería o los teléfonos móviles, para escribir a una persona que estaba lejos había que poner las palabras sobre un papel, esto es, dibujar con tinta mediante las propias manos cuidadosas los trazos de las letras de ojales amplios, procurando que emanasen legibilidad, ardor, predisposición estética y educación. Después el papel se doblaba en cuatro, se metía en un sobre y se entregaba a un hombre vestido de gris con estas o parecidas razones: señor, le ruego a usted que traslade esta carta a esta persona en la que he puesto mis ojos y mis altas esperanzas, que vive en Madrid, en una casa de ladrillo antiguo cerca de un parque. Para asegurarse de que el hombre no las echase en olvido se anotaban esas mismas señas, aunque en un tono más formal, por la parte exterior del sobre.

El hombre de gris no estaba en disposición de ir a Madrid personalmente, pero ponía el sobre al cuidado de otro hombre, como él, de gris, encareciéndole que cumpliese la petición del remitente de la carta. Y este hombre le traspasaba la misión a otro, y este al siguiente, ya que todos juntos constituían una cofradía, los carteros, que se tomaba con profunda seriedad su cometido. Y de mano de mano y de tren en tren y de saca en saca, a caballo y bajo la nieve, el papel humedecido por el bochorno de la tarde que plasmó una voluntad trémula un día de verano al borde del mar cruzaba España camino de Madrid, salvando encerronas, ataques rabiosos de los lobos, derrumbes de túneles ferroviarios, ventiscas, guerras, montes, soledades y el encanto de una maga como un espejismo del ser que confunde dos años largos a un cartero perdido en las proximidades de Venta de Baños. Llegaba a Madrid dentro de su sobre arrugado, chamuscado, maltratado, asendereado, el papel donde el remitente por ejemplo decía: es mucho el amor que siento por usted; en las hojas temblonas de los tilos perduran los ecos de aquella última tarde y no se ha desvanecido la luz de las linternas de papel en la enramada; mi señora tía le manda todo su afecto; la silueta de los pájaros forma signos en el cielo del crepúsculo como si fuesen presagios; no veo el momento de poner mis ojos en los suyos, dulzura de mi corazón, sol de mi vida. El sobre se rasgaba, se desplegaba como un ave blanca de papel en las manos del destinatario y exhalaba una niebla de paseos junto al mar, un olor de salitre, un viento húmedo que agrandaba el corazón en el pecho y lo inflamaba con el deseo infinito del horizonte, la turbulenta distancia y el destino, digamos. Así era escribir entonces.

Luces

En las montañas del Hindukush hay cierta clase de piedras grises, vulgares, indistinguibles del cascajo de un terraplén. Alguien se lleva una de ellas a casa y durante treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo una piedra. Un día improbable, quién sabe cómo ni por qué, se transfigura en una gema aristada, un cristal de estrella deslumbrante en la penumbra de la habitación.

Muchos aldeanos del Hindukush viven en esta ilusión: guardan guijarros en los cajones de sus casas, en las estanterías, por los baúles; son personas ordenadas y se portan bien, y duermen abrazados a la imaginación de despertar un día con una riqueza maravillosa.

 

Una vieja canción empieza: «Yo no quiero prender fuego al mundo / solo quiero encender una llama en tu corazón». Son dos versos muy sabios, pero de esa sabiduría inaparente que se revela a la larga, a veces cuando ya no sirve de nada. Por eso me he acordado de la piedra del Hindukush.

El árbol al borde de la playa, cuyas hojas oscuras tienen el envés de plata, ahora está desnudo. Eso escribo. Como el que señala con la mano. Así que mi escritura es deficiente, ya que toda mostración lo es: falta el resto del mundo, fondo difuminado para el álamo blanco que he elegido mostrar.

Salvo que uno señale precisamente a lo que se vale por sí para representar el mundo. Pero eso, ¿cómo saberlo? Lo más normal es que llene mi casa de piedras.

Soy capaz de escribir sin saber porque escribo como el que prende una cerilla en la oscuridad. Yo no puedo poner luz al mundo; solo enciendo una llama para ver por dónde voy. Por fin alcanzo a expresarlo.

 

Hay otra canción mucho más vieja. La más vieja que se conserva. Se llama El epitafio de Sícilo. La inscribió Sícilo junto a la tumba de Euterpe, su mujer, y dice así:

Mientras vivas, brilla

no sufras por nada en absoluto.

La vida dura poco

y el tiempo exige su tributo.

En primavera, las hojas del álamo destellan bajo el viento, al borde de la playa. El invierno lo ha despojado. La bruñida lividez que precede a la noche resplandece con calma sobre el mar de mi infancia, que se ondula mansamente, como un animal tranquilo. He vuelto; estos son los días en que el tiempo acaba y comienza, y es como si flotase en aire una pregunta primordial. Yo no sé formularla. Así pues, nadie contesta.

 

«Mientras vivas, brilla», dice la canción. Feliz año.

 

*

 

[I Don't Want To Set The World On Fire
https://www.youtube.com/watch?v=CL-j6Uzt1ww
El epitafio de Sícilo
https://es.wikipedia.org/wiki/Epitafio_de_S%C3%ADcilo
Llegué a él a través de este bello artículo de Daniel Capó:
https://theobjective.com/elsubjetivo/mientras-vivas-brilla/?_tcode=cm16cjAy]

Ejercicios de calentamiento

Con las manos y los brazos golpea a la vez todas las teclas del piano: saldrá un estruendo molesto. Otra vez: pero ahora no pulses todas las teclas —solo cinco o seis—, de manera que suene un acorde extraño y meditativo que recuerda a la música de un bosque.

En este ejemplo, la belleza aparece al callarse uno adecuadamente, por decirlo así.

*

Pon tu alma en lo que haces. Literalmente. En una piedra blanca pulida, por ejemplo. En un palo de madera. Con hilo y una caja de cerillas, construye un carruaje en miniatura tirado por hormigas.

Haz tus obras y dalas. Con su trozo de alma dentro, creerás sentir lo que les pasa aunque estén lejos.

Un día, avisas a sus dueños de que quieres acercarte a verlas. Las encuentras distintas, crecidas. Te vuelves a casa perturbado y melancólico.

*

Escribe poesía con mano de ángel, pero que las letras no se peguen al texto. Levísimas letras oscuras, suavemente posadas, como una semilla volandera. A cualquier temblor, un suspiro, un gesto, un soplo, se levantan, vuelan.

Se deshace y aún no se ha compuesto: el poema existe como el fulgor de un recuerdo.

*

No deja de llover; la noche es fría. Mira por la ventana a la calle desolada. Piensa en los que esta noche están solos sin haberlo merecido.

Hay un amor muy tierno, muy humano, que nace de la conciencia de la propia fragilidad.

*

El día es una casilla blanca; la noche que le sigue es una casilla negra.

Entre las reglas del ajedrez no hay ninguna que permita cambiar las reglas del ajedrez. Porque, o las reglas del juego son ajenas a la voluntad del jugador, o no es un juego.

*

En aquel patio debería alzarse la casa de una familia que no ha existido. Los niños no llegaron a nacer; sus padres no pudieron siquiera conocerse. Observa esa característica titilación del vacío allí donde falta algo que pudo haber sido.

Hay que entender este misterio: que, faltando tantas cosas, a la vez el mundo esté completo.

*

Despierta a las flores. Con cuidado.

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Imagina un gato enroscado sobre tu cama, a tus espaldas. Gruñe, mueve la cabeza, se agita en sueños: subido a un alféizar de una casa de piedra, mira hipnotizado hacia el interior de la habitación, en la que hay un acuario. Entre las plantas submarinas, los guijarros y las conchas del fondo arenoso se yergue un palacio; en él, una mujer de melena roja sostiene un libro en las manos. Trata sobre las sutilezas de traducción de la novela de un asesino a punto de entrar en una habitación donde un hombre sentado imagina que imagina un gato.

En este ejercicio hay que poner una atención exquisita. Si el asesino entra en tu habitación, si el gato despierta, si una dama pelirroja roba un caballo y huye, si un traductor pierde el interés por su oficio, desaparecerás, atrapado sin retorno en un círculo de inexistencia.

Una isla en otoño

Las farolas del barrio siguen apagadas. Las casas, blancas y rosas, entran en la noche tenue como se entra tibiamente en el agua. Parecería que también cae el silencio.

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Estuvimos en una isla algunos días de octubre. Así que visto desde aquí, desde este relato, el mes es un objeto extraño, hecho de bandas de realidad y de sueño. La tarde en mi barrio, peces, volcanes, un rescoldo de luz.

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Al sur de lo que existe, detrás de unas colinas bajas, empieza lo que no existe. En primer lugar, lo inexistente posible: aquí lo que fue; allá lo que está por ser; más allá lo que hubiera podido ser. Al norte —seco, pedregoso—, lo imposible: lo concebible y lo vastamente inconcebible. Con sus ríos, sus montañas, sus lindes indefinidas, sus regiones en disputa. Alrededor de la existencia, la inexistencia se extiende en todas las direcciones, hasta los confines del mapa, fantásticamente miniados, como un portulano medieval.

*

Me gusta que atardezca con la casa a oscuras. Me quedo sentado mirando las sombras y oyendo a los niños en la calle, mientras el tiempo pasa. Hasta que yo mismo me siento demasiado raro.

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Había peces en la isla. Peces celestes y amarillos, peces negros con el vientre azul eléctrico y una mancha ultravioleta, peces de color piña. Mientras nadaba sobre ellos, en la absoluta perfección del presente, me di cuenta de que me esforzaba en memorizar los colores.

Como si temiese no tenerlos ahora por haberlos perdido mañana.

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Abajo, al lado de mi casa, hay una plaza donde juegan los niños. Por eso en este blog suelen aparecer voces de niños en la tarde. El texto no está bien aislado y se filtran.

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El ventilador del techo, inmóvil desde el final del verano. La jarra llena de agua fría en la nevera. Las alpargatas detrás de la puerta. Las sillas de la terraza, cubiertas de hojas. Esas cosas, quietas hasta el fin de los tiempos.

Si no viviese yo para moverlas; si no volviera la luz para moverme a mí.

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Recuerdo un artículo de Álvaro Pombo, de esta primavera. Decía de alguien que hablaba de sí mismo «poniéndose ante sus lectores, no con un yo soy sino con un esto es».

Y una cita de Handke: «Octubre: la luz de las casas vecinas vuelve a abrirse paso entre los árboles del jardín». Parece difícil escribir más con menos.

*

Un mapa de la inexistencia, ¿adónde te guiará a no perderte? ¿Por qué dibujarlo?

Por amor. Porque no sé dónde está lo que no existe y he querido. 

*

Una noche en la isla nos paramos en el arcén, al borde de una rotonda. A. miraba hacia la negrura de afuera. Me señaló algo, pero la luz interior del coche no me dejaba ver. Quitó el contacto y nos quedamos a oscuras. Entonces lo distinguí, como el que uniendo los puntos sobre el papel revela una forma: el cono del volcán inmenso irguiéndose en la oscuridad, justo a nuestro lado. Sus hombros cubrían el cielo nocturno; su cabeza rozaba las estrellas.

La gran montaña tranquila. La había visto formarse de la oscuridad delante de mí.

 

 

[Pombo y Handke]

Migración anual de la luz

Un viajero se acerca al final del viaje que ha ocupado la mitad de su vida. He aquí que el penúltimo tramo de su camino cruza el paraíso.

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Antes de dormirme en casa de mi madre, noto que algo en mí ya descansa. A pesar de tantos años. Algo que abandona el cuidado, como si terminase una guardia.

Es otoño. La casa de mi madre todavía está en pie.

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Miro la playa, miro la luz de septiembre a mi alrededor. Y esta pequeña tristeza —esta mitigación, estos tonos amarillos— no sé si está en la luz o está en mí.

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En el arte chino, los Cuatro Caballeros son las cuatro plantas que representan las estaciones del año y su comienzo. El ciruelo chino, la orquídea, el bambú y el crisantemo: el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

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La luz se va. En bandadas, hacia el horizonte. Tengo el pensamiento tan puesto en el porvenir, que estoy viviendo retrospectivamente, puede decirse.

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Hay cosas que tienen fin
y cosas que no tienen fin.

Y yo aquí.

 

(Mi situación en el mundo)

*

El recuerdo del verano no es nada al lado del olor del mar en una toalla, cuando deshago la maleta. Si tuviese un hijo, le diría: hijo, qué poco auxilian las ideas.

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«El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Oscar Wilde, en una carta.

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Habrá otros veranos. Volverá el cielo luminoso. Volverán las voces de los niños en la luz de la tarde.

Se encontrarán de nuevo los amigos. El embarcadero de tablas se llenará de bañistas. Habrá guirnaldas de bombillas, fuegos artificiales al acabar las fiestas. Volverá la lluvia otro martes de agosto. Habrá humedad de salitre en la penumbra de una habitación.

Todo final es un punto cualquiera en medio del camino.

Historia natural

A principios de mes pasé unos días en una casa al borde del bosque, en la montaña. En medio de la noche, soplaba una racha de viento y la fronda resonaba con un fragor terrible.

 

El dueño de la casa les pone agua a los pájaros en un plato de barro. Ellos bajan a beber y a salpicarse, pero hoy, a la hora de costumbre, no hay agua porque el hombre se ha ido temprano al pueblo.

El dueño de la casa está dibujado en los mapas de los pájaros.

 

Tengo la intuición de que un orden racional no es posible en presencia de la naturaleza cruda. Dicho de otro modo: que los animales y las plantas son naturalmente fantásticos.

 

Los árboles ven las montañas frente a las que crecen, ven las orillas del agua, ven otros árboles. No ven las nubes, las abejas; no nos ven a nosotros.

Los árboles ven; pero ven muy despacio.

 

Me imagino un escenario teatral con dos puertas: por una solamente se entra; por otra solamente se sale. Cada personaje entra una sola vez en escena, y cuando sale desaparece para siempre.

Convendría no subrayar la alegoría; dejar que el público la barrunte o la comprenda.

 

Las estrellas no saben dónde estarán mañana. Nosotros podemos calcular una trayectoria, pero ellas no.

Las estrellas resplandecen, grandiosas, espléndidas, inocentes.

 

El mundo todavía guarda, de recuerdo, la primera ola.

 

Las melantemias son una familia de flores que emiten música para atraer a los insectos, como otras se sirven del olor, el color o la forma. En condiciones naturales el sonido no se percibe; es necesario instalar una campana acústica. Entonces los botánicos se detienen, fascinados por una música inhumana que mece el corazón.

El murmullo es tan menudo, tan sosegado, que se diría que las flores canturrean para sí mismas.

 

Los pescadores de la aldea pierden la memoria cada mañana. Por la noche se la limpian las mareas.

 

Después de una eternidad de sol, silencio y polvo, han llegado las tormentas. Desde entonces hay una herida dulce en la médula de los días y, de madrugada, una frescura compasiva. Se acaba. Otro verano para la biblioteca de veranos antiguos.

 

Madera de luna y velas fosforescentes, la reina de la montaña se desliza por el río. En la noche negra, preñada de estrellas.

 

(Cuento) Una mujer espera que un beso la duerma.

Las ciruelas

En una de las macetas de mi terraza apareció un arbolito, sobrevivió a las estaciones y a la destemplanza de los años y la primavera pasada, más alto que yo, floreció. Era un frutal, de flores blancas de nieve.

Este verano ha dado fruto. Unas ciruelas que he visto apretarse globosas en las ramas; ciruelas pequeñitas, verdirrojas.

Una tarde de julio de luz desorbitada se me ocurrió que igual era hora de cogerlas. Las fui echando en un balde con agua, para lavarlas. La primera que me comí era tersa, ácida y dulce, y la carne estaba aún tan caliente que me parecía en la boca el sol mismo de julio.

Una amiga que se iba a vivir al sur me pidió que le guardase por un tiempo una planta que no podía llevarse, una especie de cica de hojas muy verdes que ahí sigue, ya vieja. En esa maceta, años después, nació el ciruelo. Algún día, cuando volvamos a vernos, le contaré a aquella amiga esta historia, que para entonces ya habrá terminado. Porque tengo la sensación de que ahora la estoy contando in media res.

El agua del balde está tibia como el agua de bañar a un niño. Las ciruelas recién recogidas, estas brasas de sol, la han caldeado. No sé cómo han llegado aquí, por qué han nacido ciruelas en esta calle, en mi casa. No sé el final. No importa. En realidad, no me importa cómo acabe la vida; solo quiero que el juego dure.

Días de junio

La felicidad te ve a ti mucho antes de que tú la veas. Su luz te destruiría; si te tomara la mano ahora; si te tocase con el dedo en la frente o en la boca. La felicidad es un tigre compasivo. Da un rodeo y se te acerca sin ruido. Deja que te acostumbres, como los caballos a un olor que los inquieta. Susurra en las canciones y en los sueños. Deja pasar los días.

Por eso no te quema un relámpago. Aunque es gloriosa como una montaña coronada; flota en los cielos; refulge. Cuando te llega, parece de este mundo. Una brisa repentina que peina la hierba, la sombra de la tarde, una palabra que no se dice en voz alta, un roce, el silencio, la noche detenida. No está afuera espléndida y terrible, radiante en el aire: está en una persona, en un viaje, en una guitarra, en la madera de un mueble. En un bol de fruta, en un perro dormido.

La primavera

Me ocurren cosas muy pequeñas que yo luego escribo con aire de milagros.

Un gorrioncillo en el suelo lleva en el pico una pluma de otro pájaro, una pluma casi más grande que él. Hago un gesto y él se echa a volar con la pluma en el pico.

Una día, mientras las miraba, las hojas de los árboles se sacudieron con un golpe de viento la luz de media tarde, como si saliesen chorreando de un río de luz. Me di cuenta de que ya era primavera.

Antes vivía en las ideas, por así decirlo. Últimamente, sin embargo, en lo que tengo delante de mí. Me estoy convirtiendo en un creyente de lo obvio, parece.

Como si hubiese cumplido sin saberlo esa frase de María Zambrano: «La realidad nos cerca y, sin embargo, hay que buscarla».

*

Estamos a finales de mayo. Queda un mes de crecer hacia la luz.

*

Siempre tengo la sensación de que cada primavera es la misma, que vuelve a presentarse. No hay primaveras antiguas en el tiempo de la primavera.

*

Lo que intento decir es que no se puede refutar el presente. La vida es verdad.

*

Vista desde el pensamiento, la realidad es magia: obra como quiere, sale de lo impensado, es desconocida, todo lo arrastra, no espera. Nuestros sabios se desmorecen por comprenderla. Nuestra vida transcurre mirando las estrellas, las corrientes y el vuelo de los pájaros.

*

Un día de abril —el que ardió Notre-Dame— Youtube me avisó de que en la página de El séptimo sello alguien había dejado un mensaje en memoria de Bibi Andersson, y fui a leerlo. Ya había llegado la primavera. Vi esa secuencia una vez más. Me da la impresión de que la blancura de la leche en el cuenco ilumina la cara del caballero cuando se la acerca para beber.

El caballero me sigue rondando hoy la cabeza. Y, con él, el Cementerio del Bosque, la extraña luz del sol de medianoche, la vela que brilla en la oscuridad.

*

«Aun así, antes de irse, le dejó a Asplund un hermoso regalo: el regalo del tránsito alrededor de sus edificios. Porque si como dice Bruno Zevi, el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo, el Cementerio del Bosque es uno de los espacios más delicadamente comprensibles que existen».

La cursiva es mía.

*

Un hombre santo enseña a sus novicios el idioma de los dioses, que recorre el mundo. Pero la voz de los dioses se confunde con susurros, con ríos, con ruidos, con ramas. Hay que tener una fe de piedra para perseverar en el bosque hora tras hora, día tras día. La palabra de los dioses ni siquiera se oye.

 

 

 

[La confesión: género literario. María Zambrano. Siruela, 1995.
«El cementerio del bosque en Estocolmo: un paseo al borde de la vida». Pedro Torrijos en Jot Down
https://www.jotdown.es/2013/04/el-cementerio-del-bosque-en-estocolmo-un-paseo-al-borde-de-la-vida/
El séptimo sello. Tarde de verano
https://www.youtube.com/watch?v=keKMI4FZzyg
No quiero que este día acabe
https://avellana.neunoi.com/2014/07/no-quiero-que-este-dia-acabe.html]

La ciudad escrita

En esta pequeña ciudad junto al mar, cuando es temporada, los políticos locales salen en procesión con una nueva mentira que no piensan cumplir. Suelen ser proyectos fantasiosos que implican algún progreso técnico, que aquí se identifica con progreso moral. Basta con plantar una primera muestra del proyecto ante público y fotógrafos; después, el asunto se echará sencillamente al olvido. La vida sigue. La muestra inaugurada se va deshaciendo, perdida, bajo las lluvias férreas del norte.

Por toda la ciudad se pueden ver esos restos: una baldosa con símbolos amarillos en un paseo, un cartel desteñido, unas rodadas de pintura blanca en el camino, un bidón roñoso atornillado al suelo, una plancha de madera podrida delante de un paisaje, códigos QR que no llevan a ninguna parte, un poste metálico descabezado al borde de la playa, iban a ser un Camino de Santiago que bordearía la costa, la ecología de una zona dunar y su didáctica, un ambicioso método de reciclado móvil, la ciudad-en-red inteligente con realidad aumentada, el carril bici más grande de Europa, la Ruta de los Museos, y así.

La pequeña ciudad es un palimpsesto; aunque no de un texto perdido, sino de uno que jamás fue escrito. Si ese cuento yo me lo inventase ahora, si yo hablase de los sillares del foro de los filósofos, de la red de transmisión de rayos cósmicos, el estanque de las sirenas, el Teatro de Androides, la fuente de mermelada, la plaza de la Ascensión del alcalde a los cielos, no sería menos cierto.

Junto a esta ciudad mentida pervive otra fantasmagoría cuyos jirones también se enganchan en detritos desperdigados por el paisaje. Es la ciudad del pasado, quizá no menos falsa que la otra. Los mismos políticos están encantados de enseñarte orgullosamente una piedra tapizada de verdín de lo que fue el gran puerto de comercio con ultramar; estos muñones de ahí, los peldaños del embarcadero del Rey; ese asta vieja, una bandera de gloria. Y los neandertales, los mantecados, los Duques, la vaca ubérrima, los baños de ola: ahí sus rayajos, sus señales, sus restos.

Entre el límite de la ciudad que ya no es y la que nunca ha sido queda una franja de tierra desabrida donde ha de acomodarse la realidad presente. Pero da igual; hay sitio de sobra cuando casi todos prefieren instalarse en la esperanza o en la memoria. 

almargen

Opiniones

Vivíamos en una época que no distinguía los hechos de las opiniones. Pero ahora hemos pasado a considerar que esa distinción es un crimen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Matemática

Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

John von Neumann
(en but does it float)

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).

Grulla

Una grulla de papel.

Grulla de origami, de Emre Ayaroglu. Y tiene más animales estupendos de papel.

I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You

Wendell Pierce canta en la calle, de noche

«I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You»... y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.

Manual de despiece

Máquina de escribir desmontada en todas sus piececitas

En Amazon venden este libro, Things Come Apart: A Teardown Manual for Modern Living, hecho a partir de imágenes de tecnología minuciosamente desmenuzada. (Amazon deja ver una muestra, pinchando en la foto de la portada).