Por lo que respecta a la vida, la parábola de Kafka es esencialmente verdadera: uno se despierta un buen día convertido en un insecto. O en lo que le toque. En una bolsa de plástico, un tronco gris de madera abandonado bajo la lluvia, un pelícano, etcétera. Pero Kafka, por pesimista, calla una cosa importante: también es verdad que un buen día uno se despierta con el placer de sumergirse en el agua y de echarse peces al buche, de secarse al sol y cuartearse, de dar vueltas hacia aquí y hacia allá arrastrado por el aire, etcétera.
Del cerezo florecido, a pleno sol, mana un bien del que no puedo apartar la vista. Como si se hubiese abierto un surtidor sobrenatural delante de mi casa.
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