Una joven vestida de blanco está de pie a la orilla del río, mirando cómo se acerca despacio un barco de madera. Se sube. La tripulación desamarra del embarcadero de tablas, lleva el barco hasta el centro de la corriente y lo deja ir, hacia el sur. Por esta zona el cauce es estrecho, las riberas verdes, la corriente rápida. Abajo, los bosques oscuros; arriba, el gran cielo del norte. Tras un recodo del río, en un claro donde se espesa la hierba, la chica ve a un joven en traje de campesino, la cabeza descubierta, el pelo castaño y un tahalí de cuero, que contempla el barco con fijeza y asombro. En la proa va una mujer menuda, vestida de blanco, luminosa como un fanal. El barco despliega entonces una vela para ganar el viento y enseguida desaparece de su vista.
Un poco más allá, según corre hacia el sur, el río crece y se ensancha. Se terminan los bosques y empiezan los sembrados y los pastos. Cruzan tierras pobladas. El clima se entibia, el viento es suave. Si es de noche, ven luces innumerables en la distancia, como campos de estrellas. Si es de día, tocan puertos populosos, conocen lenguas extrañas, costumbres insólitas, sabores coloridos y ropas alegres. A veces los adelantan hacia el sur grandes bandadas de pájaros que, mucho más abajo, volverán a cruzarse de vuelta. Escuchan las canciones de brega de los marineros del río. Durante un tiempo, los acompaña en el cielo el resplandor de un cometa. Ven ruinas magníficas. Pasan los años. Una mañana, cuando la corriente está quieta y el cauce se derrama hasta donde alcanza la vista, aparecen dos grandes pilares en la orilla que señalan el final del río, donde las aguas son de dos colores que se mezclan. Allí está el gran mar.
Mientras tanto, el joven del tahalí de cuero sigue en el prado junto al río. No ha envejecido ni un día; por él no ha pasado el tiempo. Sigue en la misma postura de hace tantos años, inmóvil, con un gesto fijo de atención y maravilla, hacia la dirección por la que se alejó el barco blanco.
