Un día de este septiembre, siguiendo un camino nuevo, nos metimos en un bosque, subimos por los montes y con mucha fatiga llegamos a un alto con un mirador. Desde allí vimos el techo del bosque hasta el horizonte, como lo ven los pájaros.
Llegar, ver; eso fue todo. No había más recompensa.
Pedaleando de vuelta, pensé que al fin y al cabo esa rareza de la experiencia se parece a la vida. Para entenderlo, ahora que me da por hacer alegorías, he imaginado que en medio de un bosque de ramas espesas hubiese un libro luminoso, abierto por en medio, encima de un ambón. La página izquierda y todas las anteriores están escritas. La página derecha en blanco, y todas las que siguen.
Después de largas aventuras, el héroe acaba de dar con el libro. Lee. Son textos breves que han escrito viajeros que cruzaron el bosque en su día, como ahora él. El tiempo desvanece la escritura más antigua. Algunas páginas ya no pueden leerse. El héroe hojea el libro y después se va. Ese es el cuento.
Hay otra cosa: uno de cada cien encuentra además, al lado del libro, recado de escribir. La pluma se deja tomar para escribir con ella algunas líneas, esas que irradian una extraña luz. Lo que al viajero se le ocurra; lo que acierte a discurrir en ese instante.
Nuestro héroe, al menos, ¿añadió algo al libro, fue uno de los que recibió ese don? No sabemos; no sabremos. Solo cuando haya vuelto a su casa, haya narrado su historia, haya vivido su tiempo y haya muerto. Entonces sabremos. No os quiero engañar; así es la vida.
