Una isla en otoño

Las farolas del barrio siguen apagadas. Las casas, blancas y rosas, entran en la noche tenue como se entra tibiamente en el agua. Parecería que también cae el silencio.

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Estuvimos en una isla algunos días de octubre. Así que visto desde aquí, desde este relato, el mes es un objeto extraño, hecho de bandas de realidad y de sueño. La tarde en mi barrio, peces, volcanes, un rescoldo de luz.

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Al sur de lo que existe, detrás de unas colinas bajas, empieza lo que no existe. En primer lugar, lo inexistente posible: aquí lo que fue; allá lo que está por ser; más allá lo que hubiera podido ser. Al norte —seco, pedregoso—, lo imposible: lo concebible y lo vastamente inconcebible. Con sus ríos, sus montañas, sus lindes indefinidas, sus regiones en disputa. Alrededor de la existencia, la inexistencia se extiende en todas las direcciones, hasta los confines del mapa, fantásticamente miniados, como un portulano medieval.

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Me gusta que atardezca con la casa a oscuras. Me quedo sentado mirando las sombras y oyendo a los niños en la calle, mientras el tiempo pasa. Hasta que yo mismo me siento demasiado raro.

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Había peces en la isla. Peces celestes y amarillos, peces negros con el vientre azul eléctrico y una mancha ultravioleta, peces de color piña. Mientras nadaba sobre ellos, en la absoluta perfección del presente, me di cuenta de que me esforzaba en memorizar los colores.

Como si temiese no tenerlos ahora por haberlos perdido mañana.

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Abajo, al lado de mi casa, hay una plaza donde juegan los niños. Por eso en este blog suelen aparecer voces de niños en la tarde. El texto no está bien aislado y se filtran.

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El ventilador del techo, inmóvil desde el final del verano. La jarra llena de agua fría en la nevera. Las alpargatas detrás de la puerta. Las sillas de la terraza, cubiertas de hojas. Esas cosas, quietas hasta el fin de los tiempos.

Si no viviese yo para moverlas; si no volviera la luz para moverme a mí.

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Recuerdo un artículo de Álvaro Pombo, de esta primavera. Decía de alguien que hablaba de sí mismo «poniéndose ante sus lectores, no con un yo soy sino con un esto es».

Y una cita de Handke: «Octubre: la luz de las casas vecinas vuelve a abrirse paso entre los árboles del jardín». Parece difícil escribir más con menos.

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Un mapa de la inexistencia, ¿adónde te guiará a no perderte? ¿Por qué dibujarlo?

Por amor. Porque no sé dónde está lo que no existe y he querido. 

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Una noche en la isla nos paramos en el arcén, al borde de una rotonda. A. miraba hacia la negrura de afuera. Me señaló algo, pero la luz interior del coche no me dejaba ver. Quitó el contacto y nos quedamos a oscuras. Entonces lo distinguí, como el que uniendo los puntos sobre el papel revela una forma: el cono del volcán inmenso irguiéndose en la oscuridad, justo a nuestro lado. Sus hombros cubrían el cielo nocturno; su cabeza rozaba las estrellas.

La gran montaña tranquila. La había visto formarse de la oscuridad delante de mí.

 

 

[Pombo y Handke]

Migración anual de la luz

Un viajero se acerca al final del viaje que ha ocupado la mitad de su vida. He aquí que el penúltimo tramo de su camino cruza el paraíso.

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Antes de dormirme en casa de mi madre, noto que algo en mí ya descansa. A pesar de tantos años. Algo que abandona el cuidado, como si terminase una guardia.

Es otoño. La casa de mi madre todavía está en pie.

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Miro la playa, miro la luz de septiembre a mi alrededor. Y esta pequeña tristeza —esta mitigación, estos tonos amarillos— no sé si está en la luz o está en mí.

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En el arte chino, los Cuatro Caballeros son las cuatro plantas que representan las estaciones del año y su comienzo. El ciruelo chino, la orquídea, el bambú y el crisantemo: el invierno, la primavera, el verano y el otoño.

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La luz se va. En bandadas, hacia el horizonte. Tengo el pensamiento tan puesto en el porvenir, que estoy viviendo retrospectivamente, puede decirse.

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Hay cosas que tienen fin
y cosas que no tienen fin.

Y yo aquí.

 

(Mi situación en el mundo)

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El recuerdo del verano no es nada al lado del olor del mar en una toalla, cuando deshago la maleta. Si tuviese un hijo, le diría: hijo, qué poco auxilian las ideas.

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«El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible». Oscar Wilde, en una carta.

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Habrá otros veranos. Volverá el cielo luminoso. Volverán las voces de los niños en la luz de la tarde.

Se encontrarán de nuevo los amigos. El embarcadero de tablas se llenará de bañistas. Habrá guirnaldas de bombillas, fuegos artificiales al acabar las fiestas. Volverá la lluvia otro martes de agosto. Habrá humedad de salitre en la penumbra de una habitación.

Todo final es un punto cualquiera en medio del camino.

Historia natural

A principios de mes pasé unos días en una casa al borde del bosque, en la montaña. En medio de la noche, soplaba una racha de viento y la fronda resonaba con un fragor terrible.

 

El dueño de la casa les pone agua a los pájaros en un plato de barro. Ellos bajan a beber y a salpicarse, pero hoy, a la hora de costumbre, no hay agua porque el hombre se ha ido temprano al pueblo.

El dueño de la casa está dibujado en los mapas de los pájaros.

 

Tengo la intuición de que un orden racional no es posible en presencia de la naturaleza cruda. Dicho de otro modo: que los animales y las plantas son naturalmente fantásticos.

 

Los árboles ven las montañas frente a las que crecen, ven las orillas del agua, ven otros árboles. No ven las nubes, las abejas; no nos ven a nosotros.

Los árboles ven; pero ven muy despacio.

 

Me imagino un escenario teatral con dos puertas: por una solamente se entra; por otra solamente se sale. Cada personaje entra una sola vez en escena, y cuando sale desaparece para siempre.

Convendría no subrayar la alegoría; dejar que el público la barrunte o la comprenda.

 

Las estrellas no saben dónde estarán mañana. Nosotros podemos calcular una trayectoria, pero ellas no.

Las estrellas resplandecen, grandiosas, espléndidas, inocentes.

 

El mundo todavía guarda, de recuerdo, la primera ola.

 

Las melantemias son una familia de flores que emiten música para atraer a los insectos, como otras se sirven del olor, el color o la forma. En condiciones naturales el sonido no se percibe; es necesario instalar una campana acústica. Entonces los botánicos se detienen, fascinados por una música inhumana que mece el corazón.

El murmullo es tan menudo, tan sosegado, que se diría que las flores canturrean para sí mismas.

 

Los pescadores de la aldea pierden la memoria cada mañana. Por la noche se la limpian las mareas.

 

Después de una eternidad de sol, silencio y polvo, han llegado las tormentas. Desde entonces hay una herida dulce en la médula de los días y, de madrugada, una frescura compasiva. Se acaba. Otro verano para la biblioteca de veranos antiguos.

 

Madera de luna y velas fosforescentes, la reina de la montaña se desliza por el río. En la noche negra, preñada de estrellas.

 

(Cuento) Una mujer espera que un beso la duerma.

Las ciruelas

En una de las macetas de mi terraza apareció un arbolito, sobrevivió a las estaciones y a la destemplanza de los años y la primavera pasada, más alto que yo, floreció. Era un frutal, de flores blancas de nieve.

Este verano ha dado fruto. Unas ciruelas que he visto apretarse globosas en las ramas; ciruelas pequeñitas, verdirrojas.

Una tarde de julio de luz desorbitada se me ocurrió que igual era hora de cogerlas. Las fui echando en un balde con agua, para lavarlas. La primera que me comí era tersa, ácida y dulce, y la carne estaba aún tan caliente que me parecía en la boca el sol mismo de julio.

Una amiga que se iba a vivir al sur me pidió que le guardase por un tiempo una planta que no podía llevarse, una especie de cica de hojas muy verdes que ahí sigue, ya vieja. En esa maceta, años después, nació el ciruelo. Algún día, cuando volvamos a vernos, le contaré a aquella amiga esta historia, que para entonces ya habrá terminado. Porque tengo la sensación de que ahora la estoy contando in media res.

El agua del balde está tibia como el agua de bañar a un niño. Las ciruelas recién recogidas, estas brasas de sol, la han caldeado. No sé cómo han llegado aquí, por qué han nacido ciruelas en esta calle, en mi casa. No sé el final. No importa. En realidad, no me importa cómo acabe la vida; solo quiero que el juego dure.

Días de junio

La felicidad te ve a ti mucho antes de que tú la veas. Su luz te destruiría; si te tomara la mano ahora; si te tocase con el dedo en la frente o en la boca. La felicidad es un tigre compasivo. Da un rodeo y se te acerca sin ruido. Deja que te acostumbres, como los caballos a un olor que los inquieta. Susurra en las canciones y en los sueños. Deja pasar los días.

Por eso no te quema un relámpago. Aunque es gloriosa como una montaña coronada; flota en los cielos; refulge. Cuando te llega, parece de este mundo. Una brisa repentina que peina la hierba, la sombra de la tarde, una palabra que no se dice en voz alta, un roce, el silencio, la noche detenida. No está afuera espléndida y terrible, radiante en el aire: está en una persona, en un viaje, en una guitarra, en la madera de un mueble. En un bol de fruta, en un perro dormido.

La primavera

Me ocurren cosas muy pequeñas que yo luego escribo con aire de milagros.

Un gorrioncillo en el suelo lleva en el pico una pluma de otro pájaro, una pluma casi más grande que él. Hago un gesto y él se echa a volar con la pluma en el pico.

Una día, mientras las miraba, las hojas de los árboles se sacudieron con un golpe de viento la luz de media tarde, como si saliesen chorreando de un río de luz. Me di cuenta de que ya era primavera.

Antes vivía en las ideas, por así decirlo. Últimamente, sin embargo, en lo que tengo delante de mí. Me estoy convirtiendo en un creyente de lo obvio, parece.

Como si hubiese cumplido sin saberlo esa frase de María Zambrano: «La realidad nos cerca y, sin embargo, hay que buscarla».

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Estamos a finales de mayo. Queda un mes de crecer hacia la luz.

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Siempre tengo la sensación de que cada primavera es la misma, que vuelve a presentarse. No hay primaveras antiguas en el tiempo de la primavera.

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Lo que intento decir es que no se puede refutar el presente. La vida es verdad.

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Vista desde el pensamiento, la realidad es magia: obra como quiere, sale de lo impensado, es desconocida, todo lo arrastra, no espera. Nuestros sabios se desmorecen por comprenderla. Nuestra vida transcurre mirando las estrellas, las corrientes y el vuelo de los pájaros.

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Un día de abril —el que ardió Notre-Dame— Youtube me avisó de que en la página de El séptimo sello alguien había dejado un mensaje en memoria de Bibi Andersson, y fui a leerlo. Ya había llegado la primavera. Vi esa secuencia una vez más. Me da la impresión de que la blancura de la leche en el cuenco ilumina la cara del caballero cuando se la acerca para beber.

El caballero me sigue rondando hoy la cabeza. Y, con él, el Cementerio del Bosque, la extraña luz del sol de medianoche, la vela que brilla en la oscuridad.

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«Aun así, antes de irse, le dejó a Asplund un hermoso regalo: el regalo del tránsito alrededor de sus edificios. Porque si como dice Bruno Zevi, el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo, el Cementerio del Bosque es uno de los espacios más delicadamente comprensibles que existen».

La cursiva es mía.

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Un hombre santo enseña a sus novicios el idioma de los dioses, que recorre el mundo. Pero la voz de los dioses se confunde con susurros, con ríos, con ruidos, con ramas. Hay que tener una fe de piedra para perseverar en el bosque hora tras hora, día tras día. La palabra de los dioses ni siquiera se oye.

 

 

 

[La confesión: género literario. María Zambrano. Siruela, 1995.
«El cementerio del bosque en Estocolmo: un paseo al borde de la vida». Pedro Torrijos en Jot Down
https://www.jotdown.es/2013/04/el-cementerio-del-bosque-en-estocolmo-un-paseo-al-borde-de-la-vida/
El séptimo sello. Tarde de verano
https://www.youtube.com/watch?v=keKMI4FZzyg
No quiero que este día acabe
https://avellana.neunoi.com/2014/07/no-quiero-que-este-dia-acabe.html]

La ciudad escrita

En esta pequeña ciudad junto al mar, cuando es temporada, los políticos locales salen en procesión con una nueva mentira que no piensan cumplir. Suelen ser proyectos fantasiosos que implican algún progreso técnico, que aquí se identifica con progreso moral. Basta con plantar una primera muestra del proyecto ante público y fotógrafos; después, el asunto se echará sencillamente al olvido. La vida sigue. La muestra inaugurada se va deshaciendo, perdida, bajo las lluvias férreas del norte.

Por toda la ciudad se pueden ver esos restos: una baldosa con símbolos amarillos en un paseo, un cartel desteñido, unas rodadas de pintura blanca en el camino, un bidón roñoso atornillado al suelo, una plancha de madera podrida delante de un paisaje, códigos QR que no llevan a ninguna parte, un poste metálico descabezado al borde de la playa, iban a ser un Camino de Santiago que bordearía la costa, la ecología de una zona dunar y su didáctica, un ambicioso método de reciclado móvil, la ciudad-en-red inteligente con realidad aumentada, el carril bici más grande de Europa, la Ruta de los Museos, y así.

La pequeña ciudad es un palimpsesto; aunque no de un texto perdido, sino de uno que jamás fue escrito. Si ese cuento yo me lo inventase ahora, si yo hablase de los sillares del foro de los filósofos, de la red de transmisión de rayos cósmicos, el estanque de las sirenas, el Teatro de Androides, la fuente de mermelada, la plaza de la Ascensión del alcalde a los cielos, no sería menos cierto.

Junto a esta ciudad mentida pervive otra fantasmagoría cuyos jirones también se enganchan en detritos desperdigados por el paisaje. Es la ciudad del pasado, quizá no menos falsa que la otra. Los mismos políticos están encantados de enseñarte orgullosamente una piedra tapizada de verdín de lo que fue el gran puerto de comercio con ultramar; estos muñones de ahí, los peldaños del embarcadero del Rey; ese asta vieja, una bandera de gloria. Y los neandertales, los mantecados, los Duques, la vaca ubérrima, los baños de ola: ahí sus rayajos, sus señales, sus restos.

Entre el límite de la ciudad que ya no es y la que nunca ha sido queda una franja de tierra desabrida donde ha de acomodarse la realidad presente. Pero da igual; hay sitio de sobra cuando casi todos prefieren instalarse en la esperanza o en la memoria. 

Cómo escribir

Últimamente se lleva mucho escribir en las cosas. Qué sé yo: en las aceras, en las fachadas, sobre las personas, en los paisajes notables (para escribir en un paisaje se usan estatuas).

No me parece bien que se escriba en el mundo. Es como inscribirse una palabra en la lengua. Qué ocurrencia. Aceptaría que se escribiese sin tocar el mundo. Con una tinta invisible, con la voz, algo así: que la escritura no pringue la piel de las cosas y les haga decir todo el tiempo lo mismo. Una tinta invisible que escribiese frases largas que subieran por los tallos y se apretasen en el envés de las hojas traslúcidas con una caligrafía pequeña. O escribir con la voz, es tolerable. Con la voz se puede escribir en el aire, se puede escribir en el agua. Se puede escribir con la voz una frase en la ola, no hay problema. Y la ola sirve para escribir en la orilla.

Se puede escribir la mañana con sirenas de barcos.

Escribir con hormigas en un tronco de saúco. Escribir con la luna en el canto de un hueso. Escribir con el sol en una tapia.

Es dable soñar que se escribe con tinta roja en la tierra y en los atardeceres, en los atardeceres con cúpulas, en las cúpulas con una bruma de campanas.

Escribir plegarias en el corazón de los pájaros. Querer hijos.

Escribir con miel sobre los dientes, escribir el viento con banderas marinas. Imaginarles nombres a los veleros y a los perros.

Escribir la historia con remordimientos; escribir con melancolía las alamedas.

Escribir con el amor por debajo de la carne. Escribir con leche en el porvenir, con estrellas; escribir el pan con intenciones. Escribir con fuego, escribirles recados a los muertos.

Escribir con la mirada en el destino de los que se alejan.

Escribir en un papel. Todas estas cosas son correctas. Y, de hecho, me parecen muy bien. Tienen la capacidad de ponerle cosas al mundo y no le quitan nada.

Luz al final del invierno

Veo volver a los mirlos, la savia en las ramas, el nuevo resplandor de la estación, esas cosas sobre las que he escrito estos mismos días otros años. Y me da la sensación de que un viento claro agitase las letras y una luz matinal alumbrara los párrafos; como si esta página tuviese techo y ventanas y se hubiera hecho en ella el final del invierno.

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Durante unos meses, en el salón no entra directamente el sol porque no alcanza a sobrepasar el tejado de enfrente. Una mañana cae sobre el suelo un rayo de luz; amarilla, pálida, tímida, límpida luz que precede a la primera luz, como un calostro.

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Una vez, en el tren, vi una mujer que con su mano derecha cosía el guante de su mano izquierda. Tendría unos cuarenta y tantos años. Llevaba puesto un guante de lana beis y lo iba cosiendo con concentración para evitar el traqueteo del tren.

Toda escritura tiene algo de eso, me parece a mí: una mano cosiendo a la otra.

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Miro mi vida —me miro a mí— y no puedo decir que vea unidad, sino continuidad. Semejante al que viaja por una carretera, los paisajes y los incidentes se suceden sin ilación alguna; solo la carretera que sigue y sigue y, quizá, un mismo punto de vista.

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Si se hace adecuadamente, toda repetición es una consagración. Por eso mis pequeños ritos.

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La divulgación científica consiste en expresar en términos simples cierto discurso que en su formulación original resulta inaprensible. Así que algo como una divulgación poética no se concibe, ya que expresar un poema en términos simples equivale a deshacerlo.

Deducción: la literatura es aquello que se pierde en la paráfrasis.

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El este y la primavera; el sur y el verano; el oeste y el otoño; el norte y el invierno.

(Esa enumeración maravillosa la he sacado de aquí: «Hay varias lámparas tradicionales de piedra por todo el jardín. La más grande de todas contiene los doce animales del zodiaco y representa el calendario antiguo japonés. Si nos fijamos, veremos que el conejito representa el este y la primavera; el caballo representa el sur y el verano; el gallo representa el oeste y el otoño; y el ratón representa el norte y el invierno»).

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No es una condición de la belleza pertenecer a lo real.

Consecuencias y causas

Irene está en la azotea de su casa, acodada en el antepecho, este día de invierno, a la hora del crepúsculo. El cielo ha virado a rojo y negro, tan temprano. Una paloma torcaz se balancea en la copa de un olmo a un par de metros de ella. En cuanto Irene dé una voz, la paloma va a asustarse y a levantar el vuelo, y el revoloteo alborotará un nido de cotorras argentinas. La barahúnda de las cotorras espabilará abajo en la calle al chico absorto de la pastelería, que se acordará por fin de una llamada que tenía pendiente. El señor que entra a recoger una tarta de cumpleaños para su sobrina debe esperar dos minutos a que el muchacho cuelgue, con lo que el bus se le escapa por muy poco y tiene que parar un taxi, que sube doscientos metros, gira a la izquierda por la calle Nombrelas y casi atropella a un gato negro, que se escurre en el último instante. Ahí en medio de la acera lo ve Raúl, que para no cruzarse con un gato negro decide meterse en el mismo bar que tiene al lado. Irene lo conoce, a este Raúl: coincidieron en una oficina siendo becarios y se cayeron bien. Si se encuentran en ese bar, se acabarán liando y con el tiempo tendrán una hija que se llamará Marina y un niño que se llamará Daniel. Harán viajes en vacaciones y discutirán y se traerán recuerdos que cuando ellos no estén ya no tendrán sentido.

Pero para que todo esto ocurra, Irene tiene que gritarle a la paloma ahora mismo, ya. La paloma cimbrea su rama, cachazudamente.

«¡Eh!», grita Irene. Se da media vuelta, cierra la puerta de la azotea y baja las escaleras sin prisa, cada paso una consecuencia y una causa.

almargen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Matemática

Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

John von Neumann
(en but does it float)

La gran literatura

«Yo fui niño en una época de esperanza». Así empieza Carl Sagan el segundo capítulo de El mundo y sus demonios.

«I was a child in a time of hope»: ahí me la encontré. Una frase que vale más que enteros libros.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).

Grulla

Una grulla de papel.

Grulla de origami, de Emre Ayaroglu. Y tiene más animales estupendos de papel.

I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You

Wendell Pierce canta en la calle, de noche

«I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You»... y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.

Manual de despiece

Máquina de escribir desmontada en todas sus piececitas

En Amazon venden este libro, Things Come Apart: A Teardown Manual for Modern Living, hecho a partir de imágenes de tecnología minuciosamente desmenuzada. (Amazon deja ver una muestra, pinchando en la foto de la portada).