Mayo

Granos, cáscaras, vilanos, pelusas pegajosas y leves, sámaras volanderas, estos días hay semillas de árboles por los rincones, en los charcos, bajo las suelas. Y sin embargo, de entre toda esa barredura se acabará alzando el tamaño de un árbol.

*

Todas las tardes levanto la vista y navego
en la luz de mayo
allá arriba, en el mar de los pájaros

*

Cada día, bajo la luz rojiza, veo que la tarde madura como un fruto. Y, como un fruto, no sé en qué momento llega a su color perfecto. Un poco más oscuro, un poco más rojo. Así hasta la noche.

 

El cerezo lleva ahí veinte años, más o menos. Este año ha dado seis cerezas. Perfectas, dulces, rojas y redondas, como el corazón frutal de un ángel pequeño.

 

Ahora que caigo, ese cerezo y este blog deben de tener los mismos años. ¡Si yo hiciese un día un post como una cereza!

 

Me entero de que hay algo llamado red de niebla. Quizá sirva para atrapar almas que se separan del cuerpo durante el sueño.

***

Una desconocida le pide que la arrope porque tiene frío.

Me encuentro esto en un periódico:

En vez de los desconocidos que antes veía a todas horas en su casa, en las últimas semanas lo que Carmen se encuentra a menudo son «chiquillos o una mujer que por las noches me dice que la arrope porque tiene frío. Pero ya no les tengo miedo, sé que son alucinaciones que tengo por la enfermedad».

Eso le ocurre a esta mujer por las noches, en su casa.

Es imposible imaginar la extensión de la experiencia humana. Debería haber un altarcillo en cada casa dedicado a la vida de los otros.

 

[Red de niebla:
https://es.wikipedia.org/wiki/Red_de_niebla]
[«La neuróloga que quiere sacar del olvido la demencia más desconocida». El Mundo, 15 de abril de 2024
https://www.elmundo.es/.../a454f8b45a7.html]

El libro

Llevaban dos semanas saliendo cuando compró el libro, escribió siete palabras con sangre en el margen de una página par, lo envolvió siete veces en papel de arroz y se lo regaló sin más, porque la felicidad no necesita motivos y entonces no había en la tierra una felicidad mayor. Antes de diez días habían roto y el libro se quedó sin abrir sobre una mesilla, como otra promesa incumplida. Vinieron otros libros, mudanzas, la vida esperada, la vida inesperada. Las siete palabras pasaron años en la oscuridad hasta que un día la página se abrió a la luz y el encantamiento atravesó como una lanza súbita el corazón al que se había destinado. Pero no lo destruyó de amor, porque ahora el aire estaba quieto, olía a ropa limpia y en el silencio no se oía a los pájaros ni se veían las crestas blancas de las olas a lo largo de la orilla, sino unos montes verdes de contornos suaves que se difuminaban a lo lejos. Y ahora el tiempo de la posibilidad quedaba atrás; ahora todo el tiempo era acto. Por eso el conjuro abrió una herida efímera, como una ventana batida por el viento, por la que entraron unos ojos alegres, audaces y dementes, la luz de aquellos días y un vértigo terrible que parecía provenir de otra vida.

Noticias de primavera en Madrid

El primer día de primavera abrí para airear la casa y lo que entró fue una mañana de sol en una playa del norte. Mañanas luminosas, preservadas como paisajes dentro de un cristal, que tiemblan cuando una ráfaga de aire revuelve las habitaciones de la memoria.

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El cerezo ha vuelto a dar flores. Ahí está su blancura, su olor leve. El mundo permanece.

—¿Y después, qué?

Pero no cabe preguntar después a la flor del cerezo. 

La flor del cerezo es todo lo que se necesita.

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De pronto, el rosal tenía hojas nuevas a la vez que hojas viejas. Al verlas juntas, pensé: «Mira, como yo».

Qué primavera verían las plantas si me mirasen a mí. Qué se dirían: «Mirad al hombre, que le ha llegado la primavera».

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El día de san Patricio estuve afuera; presté atención a la caída de la luz hasta que se acabó. Lo anoté. La primera consciencia del día. Como si despertase del invierno.

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Esta conmovedora cita de Michaux:

No me den por muerto porque los diarios hayan anunciado que ya no estoy. Me haré más humilde de lo que soy ahora. Será preciso hacerlo. Cuento contigo, lector, contigo que me leerás algún día, contigo lectora. No me dejes solo con los muertos como un soldado en el frente que no recibe cartas.

(Las cursivas son mías).

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Empiezas a escribir «oh día de primavera» y después ya te da un poco igual lo que siga. Porque no puedes saltar por encima de ese artefacto extraordinario que te permite hablarle de tú a tú a un día de primavera.

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Para no decir frases vacías, el último recurso es apuntar con el dedo. Imaginemos un caso de duda muy grave, una duda como una inundación. Flotando contigo, como trozos de madera en un río desbordado, bajan algunas cosas que uno ve, y sobre cada cosa viene a posarse su palabra. Son cosas que indudablemente están ahí, que tú ves. Basta señalarlas con el dedo. Digamos sol, pájaro, cerezo. Recuerdo, primavera.

La palabra que nombra estas cosas nunca está vacía. La puedes decir. A partir de ahí ya se puede reconstruir un universo.

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Al borde de la noche, las pétalos del cerezo fosforecen con un palor sobrenatural.

Solo se ven las flores del cerezo, en medio de la oscuridad, como una constelación de primavera.

Si las unes con líneas, la figura que resulta es el croquis del mundo.

 

 

[Henri Michaux. Antología poética 1927-1986. Adriana Hidalgo editora, 2002. La traducción es de Silvio Mattoni.]

Notas de febrero

De cerca, el estornino es una joya. Y la bandada es infinita. Estorninos o estrellas, qué asombro del mundo esa multiplicación incontable de la belleza.

 

Gotas de agua, viento, pétalos, granos de arena. Hojas de hierba, amaneceres. La belleza se nos da con derroche de números.

 

Tras cada noche de luna llena, al despertar vamos a ver qué nos ha dejado la marea.

 

La ciencia descubre una mañana de hace un millón de años atrapada en una gota de ámbar.

 

Los dinosaurios perdieron la guerra y ahora son pájaros.

 

La reina de las hormigas tiene un espejo de mano donde las cosas grandes se ven en un tamaño adecuado.

La reina de las hormigas recuerda el nombre de todos sus hijos.

 

He rescatado un disco duro que llevaba tiempo averiado. He leído anotaciones viejas; me han visitado sueños antiguos. Por ejemplo, soñé con una plaza y unas calles que eran mitad Castilla, mitad Venecia. Soplaba una cellisca cada vez más fuerte que blanqueaba la piedra. Todas las ventanas cerradas, ni un alma. Una ciudad limpia, vacía, geométrica.

 

Un día apunté que me había encontrado en el trastero un libro del bachillerato, con dibujos, fechas, versos, otro nombre junto al mío. Este febrero he recuperado la anotación. Algún día perderé y recobraré este párrafo y del hecho verdadero irá quedando, con cada recuerdo y cada copia, una voluta de humo que sube hacia cielo y se disipa, más tenue y pura, la sola sensación de la vida.

Segundo viaje a Isia

La mañana del viaje hay un sol blanco y fresco. Sin ninguna razón, a pesar de los pesares, el día parece nuevo y el pecho se agita sin motivo. Es como la esperanza, que viene de ninguna parte, cae de la nada, luce, llueve, nace del vacío.

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Al llegar, fuimos a ver los famosos caballos marinos, que entran y salen de debajo del agua para pastar en los prados junto a la orilla. El mar verdoso estaba blanco de espuma. A ratos caía una lluvia levemente salobre, mansa. No conviene aguantarla demasiado, porque esa lluvia ha cruzado el océano y se ha empapado de la soledad del mar.

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El célebre templo de Izhar puede visitarse sin problemas incluso a las horas de culto. En la explanada vendían globos hinchables con el aspecto de huevos de pájaro. Unos blancos, otros crema, azules, oliva, verde jade, con pintas, con manchas, jaspeados, elongados, pequeños, gigantes; reproducciones fieles, a escala, de huevos de alguna especie de ave. A algunas personas y a todos los niños les encantan. Aunque a los niños les gusta casi cualquier cosa extraña.

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A veces, al verlos en los oficios, uno dudaría de su devoción. Los fieles rezan, pero su oración se disuelve en un confuso bisbiseo embarazoso. El dios tiene que completar las frases con un susurro, como el apuntador de un teatro. Salen de las misas con la cabeza gacha, algo avergonzados. El dios, en ocasiones, pierde la paciencia y les envía desgracias.

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Tienen siete mares, uno para cada nota musical, una nota musical para cada color del arcoíris, un color para cada día de la semana y doce horas al día para cada acto fundamental: esperar, creer, crecer, engendrar, imaginar, juzgar, echar en el olvido. El desajuste entre 7 y 12 se soluciona con cinco semitonos (o semihoras, quizá con más propiedad), lo cual complica un poco las cosas. En algunas regiones, para llegar a 12, se añaden cinco actos: resistir, acompañar, entender, prometer y cantar a solas.

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Una madre le pasa a su hijo una maldición en la letra de una nana. En la misma familia, desde hace generaciones, sin saberlo.

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Se dice que el tarot isio es un antecedente de esos naipes que llaman cristal. Algunas cartas del tarot isio se le hacen muy curiosas al forastero: la visita del niño triste, la fiesta de los resucitados, los cangrejos luminosos.

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La ciencia aún no sabe que los árboles son seres sociales, que alejados de otros lo pasan mal. ¡Ay esos arboles erguidos en medio de la llanura! Su orgullo es pura apariencia.

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En el tren de vuelta a casa viajaba una pareja de viejecitos de pueblo, como sacados de una España más antigua. Una vieja y un viejo chiquitos, tapones, liantes, ruidosos. Llevaban consigo a una muchacha. No llegué a saber qué le pasaba; tenía alguna minusvalía grave. Ellos la trataban como a una niña, a una muñeca. Desde mi asiento le veía las manos. Blancas, delicadas, de dedos elegantes, tiernas.

Hace años, si alguien hubiese contemplado mi destino con piedad y ternura, me habría irritado mucho. Pero creo que ya soy lo bastante mayor; creo que ahora me sentiría agradecido.

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Ya en casa, ayer, oí cantar a un mirlo. El primero de la nueva estación. Así es la esperanza, como digo: lo que viene de ninguna parte.

 

[Vino un pájaro y dijo
https://avellana.neunoi.com/2023/10/vino-un-pajaro-y-dijo.html
La Noche de Verano
https://avellana.neunoi.com/2005/08/la-noche-de-verano.html]

Diciembre

Todavía quedan hojas de otoño. El sol de invierno las enciende al trasluz con un resplandor amarillo, como ascuas. Cuando vi nacer esas hojas, en primavera, cuando apuntaban, cuando se desplegaban, verdes tiernas, arrugadas como gasas, yo no comprendía que aquello tan pequeño sería algo tan grande que duraría tanto, que me alimentaría hasta en su destrucción, en su final, incluso en su ausencia.

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En diciembre están derruidos los palacios de los pájaros.

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De mi primera a mi última casa —entre donde nací y donde vivo ahora— hay una vía de tren, larga como media España, digamos. La he recorrido muchos años. A veces me imagino que me hubiese salido de la vía, llegado hasta cualquier punto del horizonte y quedado allí, sentado en una piedra, debajo de un árbol, o en alguna casa. Y si la vida hubiese estado ahí a lo lejos, al otro lado de las ventanillas, a la vista, mientras yo iba y venía, sumido en otras cosas que no eran la vida.

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Se fueron las hormigas. Las puertas de sus casas están abiertas. Las camas deshechas, puestos los manteles. Las contraventanas baten al viento. Un vasito de plástico rueda por el suelo. En un tendal, olvidados, minúsculos calcetines de hormiga. Las macetas están secas. Más allá, sus campos mustios, vacíos, y el rojo sol de invierno. Se fueron las hormigas.

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La naturaleza última de la materia es muy difícil de estudiar porque a esa escala tan pequeña no existen los números.

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Quizá algún día celebremos el nacimiento de la inteligencia artificial como el día que dejamos de estar solos.

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Escribir directamente sobre la arena para ahorrarle trabajo al tiempo.

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El año se acaba bajo la luna menguante. La noche es fría y clara. La miro y querría volverme hacia adentro, a pedirles calor a las cosas pequeñas.

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El año se acaba y empieza otro. Quizá esta vez todo sea distinto; quizá todo se repita igual.

Feliz año.

La música

Oír mejor es una larga ascesis. Los practicantes de la escucha absoluta suben de noche a lo alto de la montaña, entre el mayor silencio posible, donde titilan las estrellas en el aire frío.

Las estrellas generan un ronroneo grave, el engranaje del universo. Por encima de ese bajo continuo pasan notas más ligeras, más claras. Un púlsar, quizá un cometa errante o el tintineo de una luna, quién sabe.

El que se adiestra en escuchar de noche a las estrellas acaba oyendo esa música. Algunos entenderán que la música es un mensaje. Se equivocan. Hay que aprender que en este mundo todo mensaje es en el fondo una música.

Vino un pájaro y dijo

Vino un pájaro y dijo: «Estos son los últimos días del verano». Y en efecto, llegaron, días de sol como sacados de un recuerdo. Los vi pasar despacio, con su luz en mis manos.

Hace solo tres semanas y parece muy lejos.

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El viaje a Isia comienza como tantos otros, en un tren a través de Castilla. Allá al fondo del paisaje, las tejas y los muros de adobe de un pueblo que he visto mil veces y que solo es un nombre. Si ahora pita el tren y los del pueblo levantan la mirada hacia acá, a mí me verán como un punto en su horizonte. Y seré yo lo que esté al fondo.

Ni siquiera esta inmensa llanura clara que se funde a lo lejos con el cielo es un lienzo en blanco para trazar las líneas de una biografía. Las vidas se apilan, las trayectorias de la gente van y vienen; el mundo está tramado, enteramente escrito.

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En Isia los textos se fabrican a partir de una veta que se excava del fondo de la noche. Se sacan frases cortas en bruto, terrones coloridos que hay que deshacer, cerner y lavar. Digamos siembran las esperanzas al comienzo de la estación; peces secos, azules; en la sombra de la luz de las estrellas; la anticipación de su propio nombre; al borde de la casa de las flores; hasta donde llega el naranja, frases así. Una vez procesada, separada y fundida, esta materia se hila en frases comprensibles y se teje en párrafos y en textos. Se espera que al final sobreviva algo de aquella inocencia cruda del material original.

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Esas piedrecitas traslúcidas de cristal pulido que devuelve la marea, en otro universo son semillas. Si aquí se plantan en un rincón del jardín y se riegan con agua salada, allí crecen unos árboles esbeltos que dan unas drupas casi trasparentes de sabor fuerte, pero muy agradables.

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Es tan complejo su calendario que los sacerdotes tienen que interpretarlo cada madrugada, escudriñando el cielo y los signos. Los isios se enteran por la radio de qué día es hoy mientras toman el café del desayuno o se lavan los dientes.

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Igualmente, la mensajería de nubes requiere un largo arte y es tediosa. El sacerdote escribe el mensaje en la corteza balsámica de un cedro y la quema; el humo asciende e impregna una nube que pasa. Quinientas leguas después, un sacerdote en Isia ve llegar la nube, saca su diccionario, interpreta los grises, los blancos algodonosos, y escribe.

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Todo el mundo conoce a alguien que se curó oyendo el canto de un verdecillo o de un jilguero.

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Miran al extranjero con curiosidad, cómo tiene piernas, brazos, codos, la cabeza encima de los hombros. Les maravilla que se dé tan buena maña en hacer de persona normal con todas las partes en su sitio, cuando él es un forastero. Como un gato dirigiendo una orquesta o un niño disfrazado de adulto.

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La vuelta del viaje a Isia, como de tantos otros, es una vuelta a pensar sobre la vida.

Lo que quiera que sea el sentido debe estar al alcance de los pájaros.

Septiembre

Se acaba el día. Por el cielo pasa un avión tan alto que se ilumina de rojo con la luz de un sol que aquí en el suelo ya se ha ido. En la calleja junto al parque, de entre las sombras, viene una ráfaga de olor silvestre. La calle está sola.

Quizá si volase muy alto, muy alto, podría ver el sol de otros días.

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La primera noche del otoño. La guirnalda de luces tiembla bajo el viento.

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Cada verano enciendo una cerilla que se prende alegre, arde un rato y se apaga. Antes la caja estaba llena; había muchísimas.

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El primer aguacero de septiembre tiene algo de bautizo melancólico.

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Propongo venerar los antiguos cauces de los ríos.

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Otros años, por septiembre, había toallas tiradas en el suelo, barcos lentos entrando en una cala, mañanas frías, arena limpia, luz ambarina que alargaba las sombras.

Y los habrá también ahora, en alguna parte. El mundo existe aunque no sea para uno. Tal es el valor del relato. Tomad a la abuela que cuenta su historia, a un marino borrachín en un bar del puerto. Cuentan «aquello me pasó»; pero significa «aquello existe». No predican de sí mismos. Repiten como faros, como va y vuelve girando la luz del faro, repiten y señalan el ser del mundo.

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Leí el otro día que el amarillo de las hojas, todos estos castaños, anaranjados y ocres, está siempre en ellas, y es el otoño el que lo deja ver, al perderse el verde que lo encubre. Me pareció hermoso y lógico.

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Al final, todos mis recuerdos no doblarán con su peso una hoja de hierba.

El mundo

El señor Nakamura ha dedicado su vida al arte del origami. Vive solo; es un hombre sin familia. La sala de su casa la ocupa una ciudad blanca rodeada de campos ondulados y nubes en lo alto. En ese mundo de papel no hay detalle que no asombre por su perfección minuciosa. Y cada pieza está animada con un pequeño movimiento que recuerda a la vida.

Una noche desapacible, el ferry en el que vuelve de su oficina se hunde en la boca de la ría, y con él Nakamura, que siempre viajaba leyendo en la bodega. En el piso deshabitado, la ciudad de origami repite a solas sus gestos perfectos. Los coches están detenidos en los semáforos intermitentes; las figuritas de personas parecen ir y volver a sus tareas; dos trenes se cruzan bajo un puente; las nubes surcan de un lado a otro el techo de la habitación; revolotea una bandada de palomas.

En el cielo del mundo verdadero pasan los días y a través de las ventanas de la sala los crepúsculos colorean de rosa las alas de las grullas y las hojas blancas de los árboles. En la ría, los juncos tiemblan con la brisa. Una carpa dibuja un redondel en el agua.

 

[Grulla]

Rohuna

Fotografía de un árbol en un jardín

Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, de Umberto Pasti, con fotografías de Ngoc Minh Ngo

Sicilia, 1961

Un árbol en un jardín

Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, de Umberto Pasti, con fotografías de Ngoc Minh Ngo

Escribir en el paisaje

Joven de pie una pasarela de hormigón al borde del mar

La escalera de San Juan

Quedan dos semanas de ascenso hacia la luz. Cada día, un cucharón de luz en nuestro plato, como el que se acerca a una beneficencia. Que ni una gota se pierda.

Opiniones

Vivíamos en una época que no distinguía los hechos de las opiniones. Pero ahora hemos pasado a considerar que esa distinción es un crimen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.