Víspera de difuntos

Pasado cierto punto de mi vida, los proyectos son indistinguibles de los vestigios.

En un llano, unos pilares de hormigón se levantan a varias alturas, desparejos, en medio de un solar delimitado por unos muretes de ladrillo desnudo. A cierta distancia, no se distingue si el edificio que se esboza es una obra o una ruina.

Algo así.

*

El día del cambio de hora amaneció oscuro. Llovió. Se acabó de apagar, tan breve. Delante de mis ojos entró la noche. «Dónde se ha ido la luz de otros días», apunté.

*

Lo apunté, como dice este verso prodigioso, «no con tristeza, sino con asombro»:

Oh, amor mío, ¿dónde están ellos, adónde han ido?

El destello de una mano, la línea de un movimiento,

el susurro de los guijarros.

Pregunto no con tristeza, sino con asombro.

De Czesław Miłosz, de Encuentro.

*

Dentro de unos meses volverá la luz, aunque es extraño imaginarlo. Y yo vendré y lo contaré con palabras asombradas que serán como nuevas.

*

Parecería que un mundo se acaba. Sin embargo, el mundo se ha acabado tantas veces. Imaginad un bizantino en la caída de Constantinopla, el último día de una ciudad de mil años. Un refugiado en París cuando por los arrabales entraba el ejército nazi.

*

Siempre se llega,

pero a otra parte.

(Roberto Juarroz).

*

Cada vez que una persona muere, el mundo se acaba. Pero el mundo resucita después; un mundo nuevo como no podían imaginar los muertos.

*

Me toca deshacer una bufanda para aprovechar la lana, que A. va volviendo suavemente al ovillo. Hasta que un punto se atasca. «Ten cuidado, que ahí hay una mentira». Se llama mentira un punto mal dado que el tejido disimula. Qué metáfora de la vida.

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He empezado un libro de Marcel Schwob, La cruzada de los niños. Escribe, por ejemplo: «Unas voces blancas nos llamaron en mitad de la noche. Llamaban a todos los niños. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno».

Por qué he pospuesto tantos años leerme cada letra que escribió Schwob. No me entiendo.

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Sostienen ciertos eruditos bíblicos que Dios puso sobre el mundo varios animales innecesarios, e incluso desaconsejables, desmañados, incompletos, solo por simetría. Por impulsivo amor al equilibrio.

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Se solía esparcir millo o alpiste sobre las tumbas

Para alimentar a los muertos que volvían disfrazados de pájaros.

Miłosz, otra vez. Dedicatoria.

*

Ciertamente, muchas veces hablamos por hablar. Aunque cabe decir en nuestro descargo que es difícil soportar tanta polisemia del silencio.

*

A veces me parece

que estamos en el centro de la fiesta.

Sin embargo

en el centro de la fiesta no hay nadie.

En el centro de la fiesta está el vacío.

 

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.

(Roberto Juarroz)

[«A veces me parece» es de Poesía vertical XII (n.º 21):
http://www.paginadepoesia.com.ar/escritos_pdf/juarroz_poesiavertical.pdf
La otra cita de Juarroz es de «Buscar una cosa… », en el mismo libro (n.º 15).
Encuentro y Dedicatoria, de Czesław Miłosz, están aquí:
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-czeslaw-milosz/
Las versiones son de Rafael Díaz Borbón.
El encuentro vía https://tinyurl.com/yxcf7v34.
Marcel Schwob, La cruzada de los niños, ed. Reino de Cordelia. La traducción es de Luis Alberto de Cuenca.]

Noche y día

De reojo, veo la luz en los árboles. Se va la tarde mientras escribo. Cada letra que pongo en el texto es una letra que le quito el día.

*

En el texto imagino ajedreces. Un ajedrez con casillas de agua y arena cuando se retira la marea. Un ajedrez romántico: ocho poetas, dos caballos salvajes, dos torres solitarias, una reina melancólica, dos alfiles místicos, un rey loco. Un ajedrez de olas blancas y de olas negras.

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Cuando se espesan las sombras, algunos pétalos se encienden. Refulgen en la oscuridad, rojo y rosa. Como si a cierta hora tranquila sacasen el color que llevan dentro.

*

Aprendo que en latín luciérnaga se dice cicindela. La palabra misma es una luz pequeña que titila en la noche.

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Esta página sigue el rastro de los barcos que están en la mar. Ayer eran 227.000. A diez tripulantes por barco —pongamos— salen dos millones de marinos embarcados. Si en medio mundo ahora es de noche, hay un millón de almas acodadas en la oscuridad sobre la borda; durmiendo bajo el sonido del diésel; leyendo a la luz de una bombilla, a solas, lejos de tierra.

*

El ajedrez de los pájaros: ocho gorriones, dos mirlos, dos lechuzas, abubillas, un halcón, un águila.

El ajedrez en cada una de cuyas casillas se juega una partida de ajedrez.

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Quiénes lloran, cuántos perros de cada cien se han perdido, en cuántas oficinas sin ventanas fracasan los planes de una vida. Quién podría hallar utilidad en una estadística de tristezas, y para qué.

*

Cuando sueñan, las piezas del ajedrez están sobre un tablero que permite moverse a cualquier casilla. En él, además, todas las elecciones son buenas.

*

Tantos otoños y me sorprende el otoño. Este bellísimo ensayo de la muerte. Mirad la viveza arrogante de ayer mismo, cómo se vence; cómo se apaga, dulce y ámbar; y este frío ahora, cómo es posible.

La muerte, la que abre camino a las promesas.

*

La luz de la tarde se ha disuelto en la noche como tinta en el agua. Detrás de un tejado sale la luna.

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Dos faros, ocho velas blancas, el sol, la estrella del norte, los cuatro vientos.

[Ajedrez (variaciones)]

Todavía

Soñé que me despertaba demasiado tarde de la siesta. En el sueño me había perdido algo muy importante. Iba a la ventana y quedaban apenas unas extrañas luces violetas en el cielo oscuro. Me entristecí, con la pesada tristeza de los sueños.

Me desperté a la realidad y eran las cinco y pico de la tarde y la luz amarilla de agosto alegraba la casa. Al rato, mientras trasteaba en la cocina, se me ocurrió que solo había ganado un aplazamiento. Que llegaría y pasaría el ocaso igualmente. «Sí, pero ahora es todavía», pensé.

Eso que estoy escribiendo, el todavía, no se puede escribir. Solo vivirse. 

*

Este hombre se toma una ola como algo personal

Y sí, así es. Últimamente me sucede a diario. La luz que se retira, estas hojas que brotaron y ahora decaen, las personas que hacen cosas sencillas a mi alrededor. No sé cómo, lo pequeño me concierne. Todo eso es mío. Lo miro con cariño y cuidado, como si esa duración viva, lo que veo vivir, fuese una vela encendida.

A ver si lo digo mejor: lo que veo vivir también es mi vida.

*

He vuelto a la montaña y en la oscuridad he vuelto a oír el viento entre los árboles. Me sigue sobrecogiendo. Es la mísmísima voz del mundo. Y qué dice. Eso es fácil: se dice.  

*

El verde soleado de los pinos cubre el paisaje a mi alrededor, por el valle, sobre los montes. La tarde está quieta. Ese preciso color mediterráneo bajo una luz antigua, como pudo verlo Homero. 

No, antigua no. Perpetua. 

*

Allá en el mar, en la ciudad en que nací, la terca destrucción acaba trayendo la belleza. Las tempestades invernales y el viento salitroso corroen las labores de las autoridades. El abandono y las mareas abaten las fatuidades de los hombres entre la arena. La herrumbre iguala los metales. Los niños pintan sobre los carteles. Toda vanidad termina hermosamente derruida. 

La ciudad al final se cura.

*

De lejos, casi todo es mejor. Menos el bien. El bien es lo que no mejora con la distancia.

*

Se puede hacer poesía hoy con el mismo barro que usó Homero: agua, carne, aurora, sangre, barcos, resplandor, metal, el mar oscuro. O se puede hacer con materiales nuevos: cristal, estrella, pájaro, grillo, rumor, papel, metralla, la minuciosa lluvia, la ballena. Porque el poema no son sus cosas; es un espacio donde se ponen las cosas.

*

Si un día de abril, a las ocho de la tarde, yo viese el cielo iluminado como ahora, sería feliz; pero estamos a finales de agosto y yo sé adónde va.

Algunos ratos salgo a tomar el sol por la mañana, sin embargo. El viento agita las sombras de las hojas y remece la luz dorada y verde través de mis párpados cerrados.

*

Siempre he pensado que Dios escribía con pájaros, pero puede que tambien escriba con salamanquesas, con lagartijas. En el suelo, en un lienzo de pared. Una mañana vi una en la playa, dejando un rastro en la arena.

*

Durante mucho tiempo, en los años malos, mi fantasía escapista fue volver a mi ciudad y sencillamente tener un barco. Un barco pequeño, para ir a la playa, nadar un rato, dar vueltas por la bahía (mantener un barco pequeño es más barato de lo que parece). 

Ya no será así; ya no va a haber un barco. Pero de aquello me ha quedado el juego de buscarle un nombre, que, en mi pensamiento, complendiaba todo lo que en el mundo hay de mejor.

Todavía. Ese va a ser el nombre de mi barco, mi lema, mi testarudez, mi plan de vida, mi esperanza.

Como si nada hubiera sido

El mar de color verde. El cacharreo de las cocinas del barrio preparando la cena. Las tablas despintadas del embarcadero. Los motores monótonos de los barcos. Unos niños pescando con redeño. El olor de casa al abrir la puerta. La luz que se queda cuando el día termina.

En la playa, el viento hace flamear las cuerdas y la ropa. El rumor del mar paciente se oye cada vez más lejos, hasta que una voz querida me saca del ensueño, a la sombra. Me levanto y me voy al agua. En medio de una ola, en medio de la luz, siento hacia este instante del mundo un cuidado tierno semejante al amor. Nada se ha movido nunca desde que nací. Es mi vida entera la que parece un sueño.

Junio

En los descampados, los tallos se curvan bajo el peso de la espiga, exactos como arcos matemáticos. E incluso un pajarillo de huesos de espuma podría venir a posarse encima: así de delicado es el cálculo del mundo.

Detrás de ese hecho hay otro hecho casi invisible —una especie de sombra metafísica sobre el suelo—: la extraña felicidad con que yo lo veo.

*

Lo que en un universo es una manzana, en otro universo es un siete, en otro universo una espiral. O no, claro. Pero me basta con saber que la ciencia no lo prohíbe.

*

El primer día de verano una mujer vuelve a la playa. Se mete en el mar dormido y el mar se despierta porque recuerda su olor.

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Hace unos días anoté, con cierta escueta ingenuidad: «Lo que ahora he entendido es que el ser es una experiencia, no un conocimiento».

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Y esta frase de un ensayo de Steiner sobre Borges: «los grandes vientos cuyo soplo viene del corazón de las cosas».

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Y este verso de Ernesto Cardenal: «cuando las gasolineras sean ruinas románticas».

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El entendimiento de que uno existe le es a uno tan útil como a un hambriento el recuerdo de haber comido. Ser a solas no es ser. Por eso cada contacto verdadero con lo otro es una celebración.

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Es el mes de junio. La luz de la tarde templada permanece en cielo; sin embargo, en el gabinete de la bruja hay un fuego encendido de leña de brezo.

Tiempo atrás descubrió un libro olvidado y en él la receta de una poción taumatúrgica definitiva. Tanteó con paciencia el orden de los ingredientes, las medidas, la fecha y la hora, el temperamento de los espíritus, la disposición de las estrellas, sin resultado. Así gastó el soberbio talento de sus últimos años.

La bruja ya ve a la muerte —dice ella— como unos acantilados oscuros a los que se acerca desde el mar. Dentro de la cama, arropada, oye a su sobrina en el umbral de la casa. Le da una voz para que entre. La niña, de doce años, se sienta en una silla de enea con las manos juntas sobre el regazo. La bruja le explica que, a partir de ahora, bruja será su oficio; estos calderos, aquellas redomas, esos frascos de colores espléndidos serán suyos.

La niña se levanta, abrumada pero curiosa. Pone los ojos en el libro, que está abierto por la primera página de la receta, y lee en alto:

cenizas frescas de madera,
hojas de laurel mezcladas con limón y nieve sucia,
el corazón de un pájaro.

Según la voz de plata de la niña va siguiendo la lista, una luz sobrehumana enciende la habitación:

… semillas de espino albar,
el primer nombre tallado en el barro,
corteza de olivo,
fuego de libros antiguos,
tres gotas de sangre bajo la luna.

«Un conjuro». La bruja sonríe en su cama. La luz espléndida le atraviesa los párpados cerrados. «Así que eso era. No había nada que hacer; solo decirlo».

 

[Steiner, Cardenal]

Lluvias de primavera

Alguien que ahora es un niño, dentro de mucho, quizá recuerde estos días por su silencio. Aquellos días, cuando se oían los pájaros.

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Una tarde hacia finales de marzo una lluvia fina me habría encontrado cerca del río, a la vuelta de la compra. Pero nunca sucedió. Llegó la enfermedad; las autoridades cerraron el paseo del río. Durante los meses siguientes vi llover desde la ventana.

Ahora uno tiene que preguntarse si esas lluvias se han perdido.

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Se dice —al parecer falsamente— que las estrellas reales de los persas son cuatro: Aldebarán, Régulo, Antares y Fomalhaut, las guardianas de los cielos.

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Al comienzo de un gran amor los amantes se entregan a la cosmogonía y a la mitopoética. Sentados en la playa frente al mar inmenso, tumbados en la cama dejando pasar las horas, repasan cada instante que los condujo hasta ese lecho desordenado, hasta esa precisa orilla. Si no hubiesen coincidido en tal sitio, si al sonar el teléfono, si no hubiera llovido, yo llevaba la camiseta de rayas, sonaba una canción. Para el amor, el mundo es un milagro. El amor justifica el mundo hasta el último átomo.

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Es un atardecer de mayo. Se va la tarde, despacio como la marea. Pienso en esta luz que me recuerda otros atardeceres en los que he sido feliz. En la terraza hay flores; nada me duele. Podría quedarme quieto en este minuto para siempre.

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Una imaginación del Cielo: que haya otra vida y allí recordar con amor cada segundo de esta.

La torre

Por miedo a un antiguo oráculo, el hijo del rey ha crecido confinado a la penumbra de la torre, que se levanta junto a la inmensa explanada de la plaza de armas. Alrededor del palacio se extiende el laberinto y alrededor del laberinto los célebres jardines. La voz de un preceptor que le habla desde detrás de un muro ha sido la única presencia humana en toda su vida.

La plaza siempre está poblada, bajo el sol tumultuoso y en la quietud de la noche. Pero el príncipe apenas puede verla: el único ventanal de la torre lo ciega un sistema de celosías superpuestas que se entrecruzan para ocultar la mayor parte de la vista. A través de los huecos ajedrezados, el príncipe distingue aquí a un alabardero de la guardia, allí a los malabaristas, al vendedor de naranjas, súbditos que vienen y van a los asuntos de palacio, el aguador, el puesto de los adivinos, el pico de una montaña difuminada en la bruma azul, muy a lo lejos; cada cosa enmarcada en su rombo de luz, separada de las otras por el negro.

No sabe cómo es la plaza, que para él equivale al mundo. La concibe majestuosa, ornada con el rico orden de la vida. Sabe que cada veintiocho días las celosías cambian de disposición, revelando unas partes de la plaza y ocultando otras. Sabe también —cree saber— que ese juego tiene un sentido. Al cabo de los años, ha postulado que las figuras que ve componen un mensaje en un idioma de símbolos. Día tras día intenta conjugarlas en su orden correcto: los amigos que se encuentran, el doctor sobre un mulo, la riña de gatos, la mujer encapuchada, el letrero, la lluvia, el contador de cuentos.

El preceptor invisible siempre responde generosamente a la perpetua curiosidad del príncipe. Excepto si se le pregunta por las celosías o la plaza, en cuyo caso solo hay silencio. Hasta que al cabo de los años, al final de un día como cualquier otro, el preceptor anuncia antes de retirarse como cada noche que las celosías desaparecerán con la primera luz de la mañana. Nada estorbará la vista.

Cuando consigue dormir, el principe se hunde en una pesadilla monstruosa. En su sueño el ventanal se abre a un espacio infinito; pero esa vertiginosa indefinición resulta aborrecible. En la plaza ciclópea, una muchedumbre incontable de humanos, endriagos, animales y aparejos se entremezcla en un caos goliardesco, enloquecido.

El alba delicada empieza a traspasar el ventanal desnudo. En el último soplo del sueño, el príncipe oye una voz de mujer que le dice: «Las celosías eran una gramática del mundo, como sospechabas. Ahora el lenguaje ha desaparecido. Pero el sentido sigue».

Jamás ha oído una voz de mujer; he aquí el milagro. Cuando la luz le entreabre los párpados, a punto de despertar a su nueva vida, el príncipe piensa que suena como agua cayendo de un cántaro.

El silencio

La primavera está en la calle. Sola.

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Un día después de escribirlo, el ciruelo floreció. Alumbró de blanco mis días, consumió su luz breve, brotaron las hojas. Las flores cayeron; el suelo de la terraza se cubrió de pétalos. La brisa los conducía de acá para allá, los amontonaba, los revolvía. Cómo se van a detener la primavera o la muerte, si son el ser del mundo.

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El espíritu ha abandonado a su ciudad. Una bóveda azul de silencio. El cielo es entero para el canto del mirlo.

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Una anotación del diez de marzo: «No sé qué será de mi vida. Pero en mi casa hay un ciruelo florecido y arriba la luna llena».

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La naturaleza no nos quiere. Todo el amor que le demos, no lo devolverá. El mundo no nos quiere. Queda amarlos porque sí, sin retorno. Como se quiere a un paisaje, a una pieza musical, a un gato pequeño, a un hijo.

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Se me ocurre que una prueba de amor es la curiosidad. La gente mira lo que ama con una curiosidad que no termina nunca.

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«No sé qué va ser de mi vida» he escrito más arriba. Bien mirada, es una afirmación extraordinariamente juvenil.

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Algunas raras veces, en una noche oscura, del agua de mar nace un resplandor verde. Al salpicar saltan gotas de luz. Si un cuerpo se zambulle, una estela sobrenatural de fuego pálido corre bajo el agua. La luz es líquida. Muslos, manos, torsos fosforescentes se dibujan en la oscuridad. Yo lo he visto una noche de verano. Lo había olvidado.

Al cabo de unos días de confinamiento, se me ocurrió ponerme a ordenar asuntos antiguos, como el que airea una biblioteca vieja o —sin quererlo— sopla una hoguera. Aventé mi vida; saltaron las pavesas. Ahora por la casa andan personas de otro tiempo, traslúcidas. En mis sueños intranquilos se cuelan escenas insólitas, recuerdos distantes pero claros.

Hay una ventana abierta hacia adentro. Se ven bares de madrugada, andenes, paseos junto al mar, lámparas de colores en la ribera de un río, mejillas botticcellianas, la cara de mi padre, las vidrieras luminosas de la Sainte-Chapelle.

*

Mi pasado y mi futuro están aquí conmigo, circunscritos a esta distancia. Extrañamente, el encierro me trae ese presente absoluto que he buscado tantas veces. Afuera, quién iba a decirlo, ha vuelto la nieve.

Las flores

Los días son tibios; hay largos atardeceres. Las yemas del ciruelo están a punto de abrirse. Yo salgo de cuando en cuando a mirarlas, pero me doy cuenta de que no las miro bien. Tengo la cabeza en otro lado. No estoy viendo venir las flores, por decirlo así.

Al escribir, la palabra gato se usa para llegar hasta el gato, no para reemplazarlo. Al mirar es lo mismo. A eso me refiero: a mirar las cosas por lo que son.

(Cuando se mira así, parece que el mundo devolviese la mirada).

En la imaginería barroca era frecuente que a la escultura de madera, ya acabada, se le diese una finísima capa de pan de oro. Esta capa se cubría con otra de pintura lisa. Después el artista iba arañándola, raspando, punzando, para que asomase el oro que se ocultaba debajo.

Sería una bella metáfora de un modo de estar en el mundo. Pero no; no hay, creo, una realidad mejor debajo de la realidad. Hay un mirar mate, ajeno, que tapa el ser con una pátina opaca. Solo hay un mundo y es de oro. Lo que se descubre es la mirada.

Cartas

Cuando yo era niño, antes de que apareciese el mundo instantáneo, antes de internet, la mensajería o los teléfonos móviles, para escribir a una persona que estaba lejos había que poner las palabras sobre un papel, esto es, dibujar con tinta mediante las propias manos cuidadosas los trazos de las letras de ojales amplios, procurando que emanasen legibilidad, ardor, predisposición estética y educación. Después el papel se doblaba en cuatro, se metía en un sobre y se entregaba a un hombre vestido de gris con estas o parecidas razones: señor, le ruego a usted que traslade esta carta a esta persona en la que he puesto mis ojos y mis altas esperanzas, que vive en Madrid, en una casa de ladrillo antiguo cerca de un parque. Para asegurarse de que el hombre no las echase en olvido se anotaban esas mismas señas, aunque en un tono más formal, por la parte exterior del sobre.

El hombre de gris no estaba en disposición de ir a Madrid personalmente, pero ponía el sobre al cuidado de otro hombre, como él, de gris, encareciéndole que cumpliese la petición del remitente de la carta. Y este hombre le traspasaba la misión a otro, y este al siguiente, ya que todos juntos constituían una cofradía, los carteros, que se tomaba con profunda seriedad su cometido. Y de mano de mano y de tren en tren y de saca en saca, a caballo y bajo la nieve, el papel humedecido por el bochorno de la tarde que plasmó una voluntad trémula un día de verano al borde del mar cruzaba España camino de Madrid, salvando encerronas, ataques rabiosos de los lobos, derrumbes de túneles ferroviarios, ventiscas, guerras, montes, soledades y el encanto de una maga como un espejismo del ser que confunde dos años largos a un cartero perdido en las proximidades de Venta de Baños. Llegaba a Madrid dentro de su sobre arrugado, chamuscado, maltratado, asendereado, el papel donde el remitente por ejemplo decía: es mucho el amor que siento por usted; en las hojas temblonas de los tilos perduran los ecos de aquella última tarde y no se ha desvanecido la luz de las linternas de papel en la enramada; mi señora tía le manda todo su afecto; la silueta de los pájaros forma signos en el cielo del crepúsculo como si fuesen presagios; no veo el momento de poner mis ojos en los suyos, dulzura de mi corazón, sol de mi vida. El sobre se rasgaba, se desplegaba como un ave blanca de papel en las manos del destinatario y exhalaba una niebla de paseos junto al mar, un olor de salitre, un viento húmedo que agrandaba el corazón en el pecho y lo inflamaba con el deseo infinito del horizonte, la turbulenta distancia y el destino, digamos. Así era escribir entonces.

Escribir en el paisaje

Joven de pie una pasarela de hormigón al borde del mar

La escalera de San Juan

Quedan dos semanas de ascenso hacia la luz. Cada día, un cucharón de luz en nuestro plato, como el que se acerca a una beneficencia. Que ni una gota se pierda.

Opiniones

Vivíamos en una época que no distinguía los hechos de las opiniones. Pero ahora hemos pasado a considerar que esa distinción es un crimen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».