Es conocido como laberinto del Castillo debido a que por esa zona hubo, se dice, un castro prerromano del que no quedan restos. Al laberinto se entra como en un juego: persiguiendo a una cierva blanca, por ejemplo, o porque desde dentro llamaba una voz. Está formado por setos de ciprés o boj que se alternan con estructuras de sillería y muros de piedra seca. Junto a las consabidas rosaledas y los parterres floridos hay árboles que justificarían la visita por sí solos, exotismos botánicos, maceteros de plantas desconocidas capaces de matar a un visitante o hundirlo en un ensueño. Las estatuas, por lo general de un arte exquisito, van del tópico decorativo a la abstracción intelectual, lo grotesco, lo horrísono, lo numinoso.
Hay canales, fuentes, explanadas, glorietas espaciosas que alivian la inacabable repetición de sus calles en sombra. Los visitantes, con camaradería, se llaman unos a otros viajeros. El viajero duerme las noches de verano boca arriba bajo las estrellas, se sumerge en albercas de agua oscura, confunde el recuerdo de la distancia y el tiempo. Hay una zona reservada para las geometrías; otra con un bosque de cristal; otra con fosforescencias nocturnas y olores que atraen hacia sí como sirenas.
El laberinto solo tiene una regla: el viajero no puede establecerse. Puede detenerse, puede tenderse a dormir, por supuesto; pero no puede instalarse a ver pasar el tiempo. Debe circular siempre. El viajero puede circunvenir la norma mediante el recurso de seguir andando y volver a pasar por un sitio, sencillamente, pero el hecho es que una vez que se ha cruzado el arco vegetal de la entrada, lo que sigue está en manos del azar y del propio laberinto. Quizá querría el viajero volver a la explanada de los urogallos, a la risa cantarina de una mujer con la que habló junto a una fuente, volver al lugar donde se enamoró un día. Quizá quisiera entretenerse alrededor de los puestos de comida, en una encrucijada donde se juntan muchos viajeros, porque se siente solo. Quizá quisiese volver allí donde no aprendió, y esta vez hacerlo.
Al final del laberinto el viajero ve de nuevo a la cierva, que ahora es negra. Aquel dintel de hojas parece el reverso del arco de la entrada, si no le engaña el recuerdo. La luz en el cielo ha cambiado. Es más cálida, más madura. Aún no es el momento, se dice. Podría volver al pabellón de papel blanco, a la caseta de los músicos ciegos o al jardín de las campanillas, qué sé yo. Seguir un tiempo.
Muchos viajeros no quieren salir. Algunos creen haber entendido que resolver el laberinto no consiste en cruzarlo. Que en el centro del laberinto hay algo que no es una geometría, y no quieren irse sin saberlo.
