Las ciruelas

En una de las macetas de mi terraza apareció un arbolito, sobrevivió a las estaciones y a la destemplanza de los años y la primavera pasada, más alto que yo, floreció. Era un frutal, de flores blancas de nieve.

Este verano ha dado fruto. Unas ciruelas que he visto apretarse globosas en las ramas; ciruelas pequeñitas, verdirrojas.

Una tarde de julio de luz desorbitada se me ocurrió que igual era hora de cogerlas. Las fui echando en un balde con agua, para lavarlas. La primera que me comí era tersa, ácida y dulce, y la carne estaba aún tan caliente que me parecía en la boca el sol mismo de julio.

Una amiga que se iba a vivir al sur me pidió que le guardase por un tiempo una planta que no podía llevarse, una especie de cica de hojas muy verdes que ahí sigue, ya vieja. En esa maceta, años después, nació el ciruelo. Algún día, cuando volvamos a vernos, le contaré a aquella amiga esta historia, que para entonces ya habrá terminado. Porque tengo la sensación de que ahora la estoy contando in media res.

El agua del balde está tibia como el agua de bañar a un niño. Las ciruelas recién recogidas, estas brasas de sol, la han caldeado. No sé cómo han llegado aquí, por qué han nacido ciruelas en esta calle, en mi casa. No sé el final. No importa. En realidad, no me importa cómo acabe la vida; solo quiero que el juego dure.

Días de junio

La felicidad te ve a ti mucho antes de que tú la veas. Su luz te destruiría; si te tomara la mano ahora; si te tocase con el dedo en la frente o en la boca. La felicidad es un tigre compasivo. Da un rodeo y se te acerca sin ruido. Deja que te acostumbres, como los caballos a un olor que los inquieta. Susurra en las canciones y en los sueños. Deja pasar los días.

Por eso no te quema un relámpago. Aunque es gloriosa como una montaña coronada; flota en los cielos; refulge. Cuando te llega, parece de este mundo. Una brisa repentina que peina la hierba, la sombra de la tarde, una palabra que no se dice en voz alta, un roce, el silencio, la noche detenida. No está afuera espléndida y terrible, radiante en el aire: está en una persona, en un viaje, en una guitarra, en la madera de un mueble. En un bol de fruta, en un perro dormido.

La primavera

Me ocurren cosas muy pequeñas que yo luego escribo con aire de milagros.

Un gorrioncillo en el suelo lleva en el pico una pluma de otro pájaro, una pluma casi más grande que él. Hago un gesto y él se echa a volar con la pluma en el pico.

Una día, mientras las miraba, las hojas de los árboles se sacudieron con un golpe de viento la luz de media tarde, como si saliesen chorreando de un río de luz. Me di cuenta de que ya era primavera.

Antes vivía en las ideas, por así decirlo. Últimamente, sin embargo, en lo que tengo delante de mí. Me estoy convirtiendo en un creyente de lo obvio, parece.

Como si hubiese cumplido sin saberlo esa frase de María Zambrano: «La realidad nos cerca y, sin embargo, hay que buscarla».

*

Estamos a finales de mayo. Queda un mes de crecer hacia la luz.

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Siempre tengo la sensación de que cada primavera es la misma, que vuelve a presentarse. No hay primaveras antiguas en el tiempo de la primavera.

*

Lo que intento decir es que no se puede refutar el presente. La vida es verdad.

*

Vista desde el pensamiento, la realidad es magia: obra como quiere, sale de lo impensado, es desconocida, todo lo arrastra, no espera. Nuestros sabios se desmorecen por comprenderla. Nuestra vida transcurre mirando las estrellas, las corrientes y el vuelo de los pájaros.

*

Un día de abril —el que ardió Notre-Dame— Youtube me avisó de que en la página de El séptimo sello alguien había dejado un mensaje en memoria de Bibi Andersson, y fui a leerlo. Ya había llegado la primavera. Vi esa secuencia una vez más. Me da la impresión de que la blancura de la leche en el cuenco ilumina la cara del caballero cuando se la acerca para beber.

El caballero me sigue rondando hoy la cabeza. Y, con él, el Cementerio del Bosque, la extraña luz del sol de medianoche, la vela que brilla en la oscuridad.

*

«Aun así, antes de irse, le dejó a Asplund un hermoso regalo: el regalo del tránsito alrededor de sus edificios. Porque si como dice Bruno Zevi, el espacio solo puede comprenderse recorriéndolo, el Cementerio del Bosque es uno de los espacios más delicadamente comprensibles que existen».

La cursiva es mía.

*

Un hombre santo enseña a sus novicios el idioma de los dioses, que recorre el mundo. Pero la voz de los dioses se confunde con susurros, con ríos, con ruidos, con ramas. Hay que tener una fe de piedra para perseverar en el bosque hora tras hora, día tras día. La palabra de los dioses ni siquiera se oye.

 

 

 

[La confesión: género literario. María Zambrano. Siruela, 1995.
«El cementerio del bosque en Estocolmo: un paseo al borde de la vida». Pedro Torrijos en Jot Down
https://www.jotdown.es/2013/04/el-cementerio-del-bosque-en-estocolmo-un-paseo-al-borde-de-la-vida/
El séptimo sello. Tarde de verano
https://www.youtube.com/watch?v=keKMI4FZzyg
No quiero que este día acabe
https://avellana.neunoi.com/2014/07/no-quiero-que-este-dia-acabe.html]

La ciudad escrita

En esta pequeña ciudad junto al mar, cuando es temporada, los políticos locales salen en procesión con una nueva mentira que no piensan cumplir. Suelen ser proyectos fantasiosos que implican algún progreso técnico, que aquí se identifica con progreso moral. Basta con plantar una primera muestra del proyecto ante público y fotógrafos; después, el asunto se echará sencillamente al olvido. La vida sigue. La muestra inaugurada se va deshaciendo, perdida, bajo las lluvias férreas del norte.

Por toda la ciudad se pueden ver esos restos: una baldosa con símbolos amarillos en un paseo, un cartel desteñido, unas rodadas de pintura blanca en el camino, un bidón roñoso atornillado al suelo, una plancha de madera podrida delante de un paisaje, códigos QR que no llevan a ninguna parte, un poste metálico descabezado al borde de la playa, iban a ser un Camino de Santiago que bordearía la costa, la ecología de una zona dunar y su didáctica, un ambicioso método de reciclado móvil, la ciudad-en-red inteligente con realidad aumentada, el carril bici más grande de Europa, la Ruta de los Museos, y así.

La pequeña ciudad es un palimpsesto; aunque no de un texto perdido, sino de uno que jamás fue escrito. Si ese cuento yo me lo inventase ahora, si yo hablase de los sillares del foro de los filósofos, de la red de transmisión de rayos cósmicos, el estanque de las sirenas, el Teatro de Androides, la fuente de mermelada, la plaza de la Ascensión del alcalde a los cielos, no sería menos cierto.

Junto a esta ciudad mentida pervive otra fantasmagoría cuyos jirones también se enganchan en detritos desperdigados por el paisaje. Es la ciudad del pasado, quizá no menos falsa que la otra. Los mismos políticos están encantados de enseñarte orgullosamente una piedra tapizada de verdín de lo que fue el gran puerto de comercio con ultramar; estos muñones de ahí, los peldaños del embarcadero del Rey; ese asta vieja, una bandera de gloria. Y los neandertales, los mantecados, los Duques, la vaca ubérrima, los baños de ola: ahí sus rayajos, sus señales, sus restos.

Entre el límite de la ciudad que ya no es y la que nunca ha sido queda una franja de tierra desabrida donde ha de acomodarse la realidad presente. Pero da igual; hay sitio de sobra cuando casi todos prefieren instalarse en la esperanza o en la memoria. 

Cómo escribir

Últimamente se lleva mucho escribir en las cosas. Qué sé yo: en las aceras, en las fachadas, sobre las personas, en los paisajes notables (para escribir en un paisaje se usan estatuas).

No me parece bien que se escriba en el mundo. Es como inscribirse una palabra en la lengua. Qué ocurrencia. Aceptaría que se escribiese sin tocar el mundo. Con una tinta invisible, con la voz, algo así: que la escritura no pringue la piel de las cosas y les haga decir todo el tiempo lo mismo. Una tinta invisible que escribiese frases largas que subieran por los tallos y se apretasen en el envés de las hojas traslúcidas con una caligrafía pequeña. O escribir con la voz, es tolerable. Con la voz se puede escribir en el aire, se puede escribir en el agua. Se puede escribir con la voz una frase en la ola, no hay problema. Y la ola sirve para escribir en la orilla.

Se puede escribir la mañana con sirenas de barcos.

Escribir con hormigas en un tronco de saúco. Escribir con la luna en el canto de un hueso. Escribir con el sol en una tapia.

Es dable soñar que se escribe con tinta roja en la tierra y en los atardeceres, en los atardeceres con cúpulas, en las cúpulas con una bruma de campanas.

Escribir plegarias en el corazón de los pájaros. Querer hijos.

Escribir con miel sobre los dientes, escribir el viento con banderas marinas. Imaginarles nombres a los veleros y a los perros.

Escribir la historia con remordimientos; escribir con melancolía las alamedas.

Escribir con el amor por debajo de la carne. Escribir con leche en el porvenir, con estrellas; escribir el pan con intenciones. Escribir con fuego, escribirles recados a los muertos.

Escribir con la mirada en el destino de los que se alejan.

Escribir en un papel. Todas estas cosas son correctas. Y, de hecho, me parecen muy bien. Tienen la capacidad de ponerle cosas al mundo y no le quitan nada.

Luz al final del invierno

Veo volver a los mirlos, la savia en las ramas, el nuevo resplandor de la estación, esas cosas sobre las que he escrito estos mismos días otros años. Y me da la sensación de que un viento claro agitase las letras y una luz matinal alumbrara los párrafos; como si esta página tuviese techo y ventanas y se hubiera hecho en ella el final del invierno.

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Durante unos meses, en el salón no entra directamente el sol porque no alcanza a sobrepasar el tejado de enfrente. Una mañana cae sobre el suelo un rayo de luz; amarilla, pálida, tímida, límpida luz que precede a la primera luz, como un calostro.

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Una vez, en el tren, vi una mujer que con su mano derecha cosía el guante de su mano izquierda. Tendría unos cuarenta y tantos años. Llevaba puesto un guante de lana beis y lo iba cosiendo con concentración para evitar el traqueteo del tren.

Toda escritura tiene algo de eso, me parece a mí: una mano cosiendo a la otra.

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Miro mi vida —me miro a mí— y no puedo decir que vea unidad, sino continuidad. Semejante al que viaja por una carretera, los paisajes y los incidentes se suceden sin ilación alguna; solo la carretera que sigue y sigue y, quizá, un mismo punto de vista.

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Si se hace adecuadamente, toda repetición es una consagración. Por eso mis pequeños ritos.

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La divulgación científica consiste en expresar en términos simples cierto discurso que en su formulación original resulta inaprensible. Así que algo como una divulgación poética no se concibe, ya que expresar un poema en términos simples equivale a deshacerlo.

Deducción: la literatura es aquello que se pierde en la paráfrasis.

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El este y la primavera; el sur y el verano; el oeste y el otoño; el norte y el invierno.

(Esa enumeración maravillosa la he sacado de aquí: «Hay varias lámparas tradicionales de piedra por todo el jardín. La más grande de todas contiene los doce animales del zodiaco y representa el calendario antiguo japonés. Si nos fijamos, veremos que el conejito representa el este y la primavera; el caballo representa el sur y el verano; el gallo representa el oeste y el otoño; y el ratón representa el norte y el invierno»).

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No es una condición de la belleza pertenecer a lo real.

Consecuencias y causas

Irene está en la azotea de su casa, acodada en el antepecho, este día de invierno, a la hora del crepúsculo. El cielo ha virado a rojo y negro, tan temprano. Una paloma torcaz se balancea en la copa de un olmo a un par de metros de ella. En cuanto Irene dé una voz, la paloma va a asustarse y a levantar el vuelo, y el revoloteo alborotará un nido de cotorras argentinas. La barahúnda de las cotorras espabilará abajo en la calle al chico absorto de la pastelería, que se acordará por fin de una llamada que tenía pendiente. El señor que entra a recoger una tarta de cumpleaños para su sobrina debe esperar dos minutos a que el muchacho cuelgue, con lo que el bus se le escapa por muy poco y tiene que parar un taxi, que sube doscientos metros, gira a la izquierda por la calle Nombrelas y casi atropella a un gato negro, que se escurre en el último instante. Ahí en medio de la acera lo ve Raúl, que para no cruzarse con un gato negro decide meterse en el mismo bar que tiene al lado. Irene lo conoce, a este Raúl: coincidieron en una oficina siendo becarios y se cayeron bien. Si se encuentran en ese bar, se acabarán liando y con el tiempo tendrán una hija que se llamará Marina y un niño que se llamará Daniel. Harán viajes en vacaciones y discutirán y se traerán recuerdos que cuando ellos no estén ya no tendrán sentido.

Pero para que todo esto ocurra, Irene tiene que gritarle a la paloma ahora mismo, ya. La paloma cimbrea su rama, cachazudamente.

«¡Eh!», grita Irene. Se da media vuelta, cierra la puerta de la azotea y baja las escaleras sin prisa, cada paso una consecuencia y una causa.

Vuelta a casa

El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

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Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

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Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

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«Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

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A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

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No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

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Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

Feliz año.

Como una taza de té

Nomeolvides, sinsabores, madreselva, duermevela, claroscuro, contradanza, tragaluz, medialuna, hierbabuena. En el diccionario, las palabras compuestas son una cosa, pero conservan el olor de animal fantástico, hecho de dos mitades.

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A oscuras, en la televisión, la voz de un documental sobre criaturas abisales dice: «La mayoría de estas extrañas formas carecen de vista pero emiten luz». Medio dormido como estoy, comprendo que se me está ofreciendo una metáfora prodigiosa y la anoto, a tientas. «Carecen de vista pero emiten luz». Qué esperanza.

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Me imagino un personaje: «Desde este lugar se ve otro mundo mejor», dice. Ahora imaginemos que eso mismo se dice en sentido literal: desde un punto dado se distingue la luz de otro mundo; quizá unas cúpulas extrañas, unos prados verdes, otras estrellas.

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Ahora imaginemos que unas palabras compuestas se dicen literalmente. Como si no estuviesen en los diccionarios, como si se oyesen por primera vez: que rompe olas, que trota el mundo, que quita el miedo. Rosmarino: el rocío del mar. Matafuego, tornavoz, parteluz, boquiloco, pararrayos, gatomuso, quitasueño.

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Las mentalidades formalmente racionalistas tienden a olvidar que el fracaso en explicar un hecho invalida la explicación, no el hecho. El hecho es terco.

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Hay expresiones que, entendidas literalmente —con la inocencia del paraíso—, tendrían un sentido hondísimo. Vivo solo, por ejemplo. En el momento de la verdad. Llamar a las cosas por su nombre. La razón de ser; las inclemencias del tiempo. Da gloria verlo.

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Al anochecer, escribe Luis Rosales,

«cuando la luz termina de decir su palabra sobre el mundo»

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Sobre sus Kindertotenlieder («canciones de la muerte de los niños»), Mahler escribió en una carta: «Me puse a mí mismo en la situación de que un hijo mío hubiese muerto; cuando [más adelante] de verdad perdí a mi hija, no hubiera podido escribir esas canciones». Esta sencilla frase circunscribe con parquedad los límites factuales del arte.

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Tengo por aquí una libreta de notas que he llamado «Como una taza de té», bien sé por qué: por esa frase de la Conferencia sobre ética de Wittgenstein que dice: «La ética, de ser algo, es sobrenatural y nuestras palabras sólo expresan hechos, del mismo modo que una taza de té sólo podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más que se vierta un litro en ella». La potencia de las metáforas de Wittgenstein es deslumbrante, y funcionan exactamente como la poesía: aún no se sabe qué está diciendo cuando ya se comprende que es verdad.

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De ese modo, a lo Wittgenstein, puedo decir que la poesía es sobrenatural:

«en toda luz se siente una llamada»

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Limpiar cómo se dicen las palabras a fin de limpiar el mundo. Como si el mundo no estuviese en el diccionario; como si se viese por primera vez.

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La poesía no es lo que se puede decir, sino lo que se dice.

Por eso va más allá de los límites; la luz que vemos los que no podemos ver.

 

 

[Todos los versos entrecomillados son de La casa encendida («II. Desde el umbral de un sueño me llamaron»), de Luis Rosales. Las cursivas de la cita de Wittgenstein son mías. La cita de Mahler la he sacado de la Wikipedia.]

La rosa

Viene el viento, desbarata las ramas, sacude los cristales, arranca las hojas. Como si llegase con una determinación de pureza, con la obstinación de ejecutar lo que temblaba en el borde sin decidirse: sed desnudos, sed fríos, ya.

En el suelo, un pétalo granate de la última rosa del verano, entre hojas verdes, amarillas, ramas y charcos de agua que espejean a la luz blanquecina del mediodía. La rosa misma, de color de sangre oscura, sigue sola en lo alto, más o menos entera, por encima de donde alcanza mi mano.

La última rosa, o quizá no. El rosal es tenaz. Crece con fiereza, medra en cualquier tiempo, te desgarra malévolamente los dedos; comido por las plagas y las podas, se sobrepone y se eleva más que cualquier planta. Se parece mucho a la belleza, como se da en el mundo.

*

Cuando yo era niño, muchas canciones contaban historias. Un hombre pone pie en su tierra y busca con los ojos a su novia, pero no la ve. Una mujer ha tomado un camino aciago por un motivo que no sabe nadie. Eran historias tremendas, de comprensión y misterio.

Yo estoy solo, delante de un lavabo, jugando con el agua. Oigo cantar a mi madre en otra parte de la casa. En el umbral de la última estrofa, se calla. Y yo asombrado, inmóvil, sin saber el final.

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Cosas que me gustaban de niño: los mapamundis, los tebeos, los dibujos de pájaros, las enciclopedias, el ketchup, las novelas de viajes, el Lejano Oeste, silbar, la playa.

*

A veces oigo hablar a un escritor y pienso que falta mundo y sobran opiniones sobre el mundo. El pensamiento crea una trama tan espesa, que, por decirlo así, en él no se oye cantar un pájaro.

*

De todos modos, con la literatura pasa como con el sexo: a partir de una edad, se sigue haciendo, pero ya no se charla sobre ello, porque la conversación no da más de sí.

*

Hay mentiras, pero no todo es mentira. Supongamos que la policía sobrenatural me detiene, no sé, por sospechoso de algún crimen metafísico. No me encuentran nada; me sueltan al cabo de dos días. El funcionario me devuelve mis efectos personales en una bandeja de plástico: grandes peces plateados nadando en el agua, un azul que no termina nunca, viajes por carretera, ramas de lavanda, un puerto encarado hacia la luz de poniente, unos ojos de amor que me miran.

Esto no es una tesis bondadosa sobre el mundo; es una lista somera de lo que yo llevaba encima al final del verano. Nada extraordinario; solo la verdad. Quien quiera declarar la naturaleza del mundo tiene que decir que existe el bien. Al menos el bien, entre otras cosas.

almargen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Matemática

Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

John von Neumann
(en but does it float)

La gran literatura

«Yo fui niño en una época de esperanza». Así empieza Carl Sagan el segundo capítulo de El mundo y sus demonios.

«I was a child in a time of hope»: ahí me la encontré. Una frase que vale más que enteros libros.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).

Grulla

Una grulla de papel.

Grulla de origami, de Emre Ayaroglu. Y tiene más animales estupendos de papel.

I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You

Wendell Pierce canta en la calle, de noche

«I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You»... y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.

Manual de despiece

Máquina de escribir desmontada en todas sus piececitas

En Amazon venden este libro, Things Come Apart: A Teardown Manual for Modern Living, hecho a partir de imágenes de tecnología minuciosamente desmenuzada. (Amazon deja ver una muestra, pinchando en la foto de la portada).