Diario

Este blog es un diario. En realidad, casi todo es un diario. Una agenda. Una hoja de excel. Un fotógrafo minucioso. Las rayas que hace un preso en su mazmorra para contar los días. Los anillos de los árboles, por supuesto. Los acantilados mordidos por las mareas. Los anales de bambú. Alguna canción de Jacques Brel. Las lápidas del cementerio de un pueblo pequeño. La máquina limpiadora que criba la arena de la playa. El calendario astral de una civilización perdida. El ornitólogo que graba la música del mirlo. La piel. La precesión de los equinoccios. Los que ven crecer a sus hijos. Los fósiles de conchas en la roca caliza. Los cráteres de la Luna. La memoria de un ser imaginable que mire las nubes y se acuerde de ellas, de sus transformaciones y sus formas. Una vida.

 

Este blog es un diario porque en él cuento lo que me ha pasado, por lo común de mes en mes. Antiguamente, inocentemente, yo creía que la caída de un libro desde una balda pertenecía a otro orden que una idea, puesto que una era la vida y la otra versaba sobre la vida. Hasta que un día comprendí que ambas suceden juntas aquí, en esta Tierra que circunda esta galaxia que navega; aquí y en ninguna otra parte; aquí donde se ha caído con un plof un libro o yo he imaginado el murio o yo he sentido.

 

El murio es un pez melancólico de aguas frías. Sus pensamientos lo lastran. Cae hacia las capas inferiores de agua, allí donde el alimento es escaso y solo llega una luz pobre. El murio se arrastra por las piedras del fondo, miserable.

 

Una vida es un diario. Tamaño 1:1.

 

Este blog es un diario. Ciertos meses uno de los hechos se hipertrofia y lo ocupa entero; pero, si no, se intenta que haya un pensamiento, una mentira, una cita, un sueño, un recuerdo, una enumeración, una estrella. Si falta alguna de esas cosas, vale sustituirla por un pájaro. Aunque muchas veces pongo el pájaro solo por gusto.

 

Leído en un cartel: "Corte para jubilados. 5€». Y me ha dado muchísima ternura.

 

La extravagante belleza de los pensamientos de Wittgenstein: «Se debería mantener la profundidad en la magia».

 

Unos extraterrestres poderosos aterrizan aquí al lado de casa, con gran aparato. Se apean dos y me interpelan: «¿Por qué usáis el mismo término para designar esas vastas bolas de fuego que son la luz del universo y un pequeño equinodermo que yace en la penumbra de vuestros suelos marinos?». «¿Estrella? Eh... Porque, en cierto modo, en nuestro cerebro son semejantes». Uno de los extraterrestres se queda mirando al otro con una expresión de estupor y maravilla, como diciendo: «¿Tú lo estás viendo?».

 

¿Qué no es un diario? Los hoyitos de las gotas en la arena cuando empieza la lluvia. Las figuras incesantes de las nubes si no hay un ser capaz de recordarlas. Las fresas. Una ciudad de la que solo queda su nombre en una tablilla de barro. Una tormenta que se levanta en mar abierto. Las partes blandas del cuerpo de los fósiles, que no dejan rastro: su hígado, su piel, sus merecimientos, sus sueños cuando dormían.

 

 

[La cita de Wittgenstein, en Observaciones a La Rama Dorada de Frazer]
[Noviembre]

Avellana: su cuaderno de viaje X

La ceremonia vespertina de los pájaros

 

Les echan comida a los pájaros en un campo de arcilla aplanada. Arroz cocido con azafrán, dados de pan verdes y rosas, semillas como pétalos, bolitas transparentes, estrellas tibias de olor de tierra. Los pájaros bajan a la caída de la tarde. Se posan sobre la arcilla. La gente calla y contempla la majestad de las aves de plumas irisadas, o níveas, o azules y fucsias, de cuellos largos y crestas de ángel. Solo aceptan bocados perfectos. Abren las alas enormes, como el velamen de un barco celeste. Se pasean entre los trozos de comida y la desprecian. Uno de los pájaros se acerca a un mendrugo aquí, otro se fija en una bolita allá, pero no los prueban. No importa. El pueblo los mira en silencio. De pronto, uno levanta el vuelo. Todos los demás lo siguen, hacia lo lejos, a lo alto. Casi se ha hecho de noche. La multitud se dispersa.

 

[Avellana: su cuaderno de viaje IX]

En la ciudad al final del invierno

Durante unos años he hablado de la ciudad, la he recordado, la he buscado en los mapas; así que ahora que camino por sus calles es como un escenario o un sueño.

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En Zistrias, la gente ofrenda sus hijos a los dioses desconocidos. Un día, los dioses aparecen y los reclaman.

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Mi tiempo, cada vez más acelerado. Ningún viaje es demasiado largo; no me importan las salas de espera; el triste invierno ha sido un pestañeo. Mi conciencia tiene la calidad de un arroyo. Mi alma, la duración de un insecto.

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Una vez, en el metro, iba una madre con su niño, sentado en una silla de paseo. En la cesta bajo la silla llevaban una caja de fresones. La madre se acuclillaba, tomaba un fresón grande, rojo, le quitaba el cáliz verde con los dientes y pasaba la pulpa carnosa a la boca del niño. Cuando hablo de fresas me viene a la cabeza esa escena corriente, que no se me olvida.

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Todo lo que creí juicios sobre el mundo eran estados de mi ánimo.

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A., por Venecia, con una bolsa de fresas en la mano. Le fragole.

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Las personas inteligentes, me doy cuenta ahora, no lo son porque ellas sí entiendan una proposición intelectual o artística inaudita. Es que soportan la incertidumbre de la incomprensión sin enfadarse. No la desprecian; e incluso a veces la abrigan.

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Una mujer, una mañana: como un milagro dentro de un milagro.

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El fondo no es el blanco de la página. En el blanco de la página no hay nada. El fondo sobre el que se escribe el relato de unos hechos está compuesto por las expectativas del lector, lo consabido. Uno escribe como si pintase encima de lo que no hace falta decir.

Las armas atómicas rusas están ahora mismo en alerta mientras yo hablo de ciudades y fresas al final del invierno. Pero la ciudad meláncólica ha tejido sus bordados de piedra entre el comercio y la muerte, y los claros muros crepusculares sobre las aguas verdes de la laguna se han levantado entre siglos de pestes y guerra. Hoy es como como cualquier otro día.

Ochocientos dólares sin contar la inflación

Al hacer la mudanza he visto que solo conservo un libro de mi niñez, un Huckleberry Finn de la colección Crisol que le cogí a mi padre. Los crisoles eran unos libritos minúsculos de la editorial Aguilar, de papel biblia y tapas rojas de plástico, poco mayores que la palma de una mano. A mi padre le encantaban. Este Huckleberry Finn desencuadernado se me ha caído al suelo al vaciar una caja, bocabajo, abierto por la página 113. Me he sentado ahí mismo y me he puesto a leerlo.

Llevaba mucho tiempo sin hacer una mudanza. La casa en que nací ya no existe, ni tampoco la primera casa a la que me fui a vivir solo. También han tirado la casa donde se crió mi madre, en la que acabé viviendo yo bastante tiempo. Casas reumáticas del casco antiguo de aquel puerto lluvioso, condenadas al derribo.

Mis abuelos se fueron a un piso de alquiler en un barrio de las afueras. De ahí que la casa de mi abuela aún siga en pie, aunque hoy pintada de un absurdo color alegre. Allí pasé mi adolescencia. Durante unas elecciones, por la Transición, el Partido Comunista sacó un panfleto que decía: «En estos tugurios hacinan a nuestros obreros», con una foto en la que salía nuestra ventana.

Ahora vivo aquí. Desde la terraza veo el sol poniente. Al final de esta mudanza, una por una, todas mis cosas han pasado por mis manos. Las he mirado y les he dado su sitio. Muy pocas dicen algo.

Hay una forma insidiosa de olvido de la que nadie me había avisado. Se recuerdan los hechos, pero vacíos de la vividez de la experiencia, desvanecida. La memoria devuelve una imagen, digamos, de este hombre comiendo sopa, pero no la reviviscencia del sabor de aquella sopa. La sensación se ha perdido. El relato es, formalmente, gramaticalmente mío; por lo demás, no es distinguible de un relato en tercera persona.

El mundo vuelve cada mañana. El cielo es azul. No sé quién soy. Mi vida parece un sueño que he olvidado. Pero no importa.

En la página 113 de mi edición de Huckleberry Finn, Jim, el esclavo fugitivo, reflexiona sobre la época en la que tuvo dinero y lo perdió. Huck intenta animarlo: «Después de todo, Jim, eso no tiene importancia, porque tú has de ser rico otra vez, más pronto o más tarde». Y Jim responde: «Si; y bien mirado, soy ahora mismo rico, porque soy dueño de mi mismo y yo valgo ochocientos dólares».

Eso es. Lo que tuve lo he perdido; pero de verdad que no importa. Yo me tengo.

 

[La traducción, entrañable, es de Amando Lázaro Ros.]

Parábola de fin de año

Imaginad un rey. Un rey de tiempos antiguos que se dirige en comitiva a la cueva de la sibila para consultar el oráculo. El hígado de la víctima ha asustado esta mañana a los arúspices que lo acompañan.

La sibila está sentada al fondo de la cueva, en penumbra, delante de un estanque circular profundo y verde. El brasero de bronce esparce un humo aromático. Es una mujer joven. El rey se le acerca solo, destocado y sin manto. De un caneco de barro ella le da a beber un líquido espeso de regusto marino.

El rey fija la mirada en la tiniebla del estanque y entonces le asalta la visión espantosa del final de su reino: murallas derruidas, incendios, abandono, columnas partidas entre la hierba, bramidos de dolor, cadáveres hinchados de animales y hombres por los campos.

Vuelve a su palacio trastabillando, con la mirada perdida. Desde la altura del capitolio se ve el ancho mar, al norte; hacia el sur, la ciudad, que es su maravilla y su obra. Algún día, se dice, esto que veo serán recuerdos de oro, resplandores de una edad feliz añorada en tiempos de oscuridad.

El mundo se le revela, mármol, azul y oro, sublime. A su espalda, sobre el mar, el cielo de la anochecida se dilata en capas de azul, desde el celeste pálido hasta el añil más puro. Brilla una estrella.

 

Feliz año.

Variaciones

Un estudiante se detiene en la calle y se asoma a un zaguán sombrío, fascinado por los cristales rojos de la puerta vidriera que relumbra al fondo. Una niña que camina bajo una arboleda encuentra un sendero que nunca había visto, casi cerrado por la espesura. Siguen el sendero o cruzan la puerta, recorren una pradera interminable de hierba lisa o una sucesión de estancias crecientemente fantásticas, un breve laberinto vegetal, un cielorraso añil tachonado de estrellas, un claro en el bosque donde se oye una música, un arroyo circular con peces dorados y rojos, ramas cuajadas de frutas extrañas y cantos de aves del paraíso, un aljibe milenario donde crecen nenúfares y violetas de agua, infinitos anaqueles con caracolas marinas, árboles de corteza broncínea y savia de oro, un rinoceronte de piedra, un unicornio, una piscina nocturna en la que fosforece una danza lenta de medusas. Uno y otra terminan el camino o salen de la casa y van a dar aquí, a este presente: el personaje se mira a sí mismo y a los lectores y entendemos que el párrafo se ha alargado 80 años.

El estudiante y la niña son variaciones argumentales de una misma historia que me vuelve a la cabeza desde hace tiempo. Este verano, sentado en la playa, imaginé un niño absorto contemplando largo rato la orilla cambiable, el imperceptible movimiento de la marea. Cuando el niño aparta la vista del mar y se incorpora soy yo, hoy, y le hablo al texto (solo que esto ya no es ficción sino una mera elipsis).

A la larga uno aprende que hay un hecho muy grande: el suceso central de estar vivo y en este mundo, y —creo que es eso lo que mi imaginación está intentando narrar— ese hecho es de un orden tal que el resto de las peripecias se pueden contar al vuelo, como suspiros.

Otoño

Esta luz de octubre es ya del color del recuerdo.

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Me he convertido en un fantasma y me aparezco en lo que escribo.

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Una mañana, el revuelo de la brisa levanta una luz alegre en el verdor de unas hojas. Como una fruta de verano rezagada entre las frutas de otoño y que aún es firme, y sabe dulce.

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De una rama seca y negra, aquí, salieron rosas. Crecieron en verano; murieron en otoños descaecidos. El mirlo vino a cantar en tardes pensativas. Según parece, rosas y mirlos son tópicos poéticos; pero juro que yo he vivido mi vida una vez sola, por primera vez, y ha sido mía.

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Umberto Pasti ha plantado un gran jardín edénico. Quizá porque además de jardinero es escritor, las partes del jardín me recuerdan capítulos de un texto: el Jardín del Portugués, la Exedra bajo la Higuera,  la Sala del Trono, el Jardín de Sombra, la Puerta del Mar.

Escribe Pasti:  «Para nosotros, los jardineros, el paraíso no existe en otros lugares, está aquí. Se llama mundo, y el lugar donde se encuentra lleva por nombre realidad».

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Qué clase de persona considera una noticia la luz sobre unas hojas.

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«En las áreas en las que nos ocupamos, la comprensión sólo se produce en forma de relámpagos. El texto es el largo trueno que los sigue». (Walter Benjamin en el Libro de los pasajes).

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«Pasaba de la apatía a la melancolía sin motivo alguno y tuvo gran afición a la alquimia, disciplina que conoció a la edad de once años en la corte de Madrid, donde se educó junto a su tío el rey Felipe II. (...) También le interesaban la astrología, la magia, el coleccionismo de objetos raros y los juguetes mecánicos, especialmente autómatas, relojes y máquinas de “movimiento perpetuo”».

«Dedicado por completo a sus entretenimientos y raras excentricidades —como coleccionar monedas, piedras preciosas, manuscritos de magia y alquimia, péndulos, cráneos, gente deforme y enanos, con los cuales formó un regimiento de soldados—, se paseaba vestido de negro al estilo español por los pasillos del castillo». (El rey Rodolfo II, según la Wikipedia).

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Los habitantes de estos bloques de viviendas, al extremo del mundo, vuelven tarde de sus trabajos. Cae la noche en silencio sobre el barrio. Ninguna ventana está encendida. Parece el crepúsculo de un sueño.

Vamos a imaginar una variación de la vieja historia: que un hombre y la Muerte no se encuentran en un mercado de Bagdad y se miran uno a otro con sorpresa; que con quien se topa el hombre es con su vida. El hombre ve la figura de su destino, de pie entre la gente, y se dice: ¿es esto lo que mi vida iba a ser y nunca supe? ¿Es este su aspecto, estas son sus trazas y su rostro?

Esto que veo, este atardecer de otoño al final de la ciudad ¿es el rostro de mi vida?

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[«El gesto de la muerte»:
https://lapiedradesisifo.com/2009/11/25/el-gesto-de-la-muerte-de-jean-cocteau/
Un par de fragmentos de Perdido en el paraíso, libro de Umberto Pasti, sobre el jardín de Rohuna:
https://msur.es/2020/05/25/umberto-pasti-paraiso/
Algunas fotografías sacadas de Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, una colaboración entre Umberto Pasti y la fotógrafa Ngoc Minh Ngo: 
https://www.roseandivyjournal.com/stories/2019/11/4/garden-dreamer-eden-revisited
La cita de Benjamin en español la encontré aquí:
https://twitter.com/knbaraldi/status/1439880578912894977]

Las olas

Un día nublado, un hombre está en la orilla de la playa, solo. Escribe con el pie su nombre en la arena. Viene de agradecer a los dioses su fortuna en los viajes y en la guerra, la vida de su hijo, su limpia fama.

Una ola lenta llega y borra las letras en la arena. La siguiente le borra los pies. La siguiente ola lo borra entero; la siguiente barre la playa hasta el cantil. Las olas borran los árboles del bosque, las suaves colinas, las piedras de los templos con hachas bifrontes y copas de oro; borran la isla, los países, los alfabetos, la memoria de los días y la carne de las generaciones.

Agosto

El último día de playa se me metió agua en un oído. De vuelta en Madrid seguí notándola durante un par de días. Una gota de mar, con sus sales, sus bacterias marinas, algún plancton microscópico, cruzando dentro de una nave este mundo seco.

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Este verano he recolectado agua de dos mares y recuerdos. Y nombres: Fombellida, Montabliz, el río Aguanaz, Gumiel de Izán, Madrigal del Monte, Pozoamargo. Nombres que pasaron fugaces a los lados de la carretera, bellos, borrosos como pájaros.

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El edificio más pobre del barrio tenía una fachada ciega decorada con una gran rosa de los vientos, allá en aquel puerto. Saturno brillaba de madrugada junto a la luna de agosto. En el monte, el viento de la noche estremecía al dios del bosque. Los peces plateados pastaban en la pradera bajo el agua.

Estas cosas simples que traigo del verano, trasmutadas delante de mis ojos solo por ponerlas en el párrafo. El caldero mágico.

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Al irme una de las veces, dejé en la terraza un capullo de rosa; al volver, estaba casi marchita. Aquel viaje duró el tiempo de una rosa.

No sé si es mucho o poco. Una canción de Gainsbourg dice: «Tú y yo nos quisimos / el tiempo que dura una canción». Siempre me pone triste.

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No necesito un verano inacabable, me doy cuenta. Me vale con que sea eterna la promesa de otro verano por venir.

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Se acaba agosto. En casa, veo algunas nubecillas crepusculares, anaranjadas sobre el azul claro, como un cielo de Italia. Me duelen un poco. Esa vaga melancolía, cuando la belleza duele un poco.

*

Desde la autovía vi pasar una ciudad mediterránea de casas como cubos fractales que trepaban por las colinas escarpadas, cerca del mar; un apilamiento geométrico de colores claros, gredosos, meridionales. Sin embargo, algún día reservaré allí cuatro o cinco días en un hostal, para hacer un cursillo, digamos, ya casi viejo, y encontraré que en realidad la pequeña ciudad es un laberinto silencioso de jardines, una paz sombría, algunas conversaciones sosegadas —la farmacéutica, el pescador de la tarde, el camarero que echa el cierre—, su iglesia barroca solitaria, el vivero de cactus, la cala fosforescente. Y recordaré esta primera impresión lejana y me asombraré de que la ciudad que yo creía de la imaginación sea la que pertenece a la vida, y viceversa.

La vida

Naces y vives en un sitio cualquiera —en un valle, en un pueblo, junto a un río— y eres de allí. Los prados segados, la lenta lluvia gris al despertar la mañana, el mar que se ve al otro lado del monte; esa es tu vida.

Un día te informan de que no eres de allí. Llevas allí desde que abriste los ojos hace cuarenta o cincuenta años, pero no eres de allí.

Miras, y parece como si alrededor de ti las cosas ya empezaran a despegarse un poco. Pero y de dónde soy, te dices, si no soy de aquí. Si yo no soy de ninguna otra parte.

Algo así ocurre con la vida, según mi experiencia. Un día te dicen que no eres de aquí y lo comprendes. Esta vez entiendes que es verdad; que lo que ves —la gente, el mundo, el futuro de los días— no es tu sitio. Que un día tendrás que irte.

Pero y si no soy de aquí, de dónde soy.

Rohuna

Fotografía de un árbol en un jardín

Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, de Umberto Pasti, con fotografías de Ngoc Minh Ngo

Sicilia, 1961

Un árbol en un jardín

Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, de Umberto Pasti, con fotografías de Ngoc Minh Ngo

Escribir en el paisaje

Joven de pie una pasarela de hormigón al borde del mar

La escalera de San Juan

Quedan dos semanas de ascenso hacia la luz. Cada día, un cucharón de luz en nuestro plato, como el que se acerca a una beneficencia. Que ni una gota se pierda.

Opiniones

Vivíamos en una época que no distinguía los hechos de las opiniones. Pero ahora hemos pasado a considerar que esa distinción es un crimen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.