• La luna de agosto

    El tiempo pasa, se suceden las estaciones y se oye un eco como la música de una estrofa: la luna, las flores, el canto de los mirlos, el trigo, la primera lluvia, las grandes mareas. La luna, las flores, la lluvia, las grandes mareas.

    Ahora está de vuelta, alta en el cielo, la luna de agosto. Hace muchos años leí el haiku de Basho: 

    Luna de agosto.
    Hasta el portón irrumpe 
    la marejada

    No lo he olvidado nunca.

     

    Es verdad que todos los puertos se parecen. En la lancha que cruza la bahía de Santander me acuerdo del vaporetto que pasaba la laguna para ir a Torcello. El mismo olor a salitre, el anuncio del otoño, el agua contra el casco en el silencio de la tarde, las sombras de esta hora. Los pasajeros contemplan la caída del sol en el agua. Para mí es un trayecto familiar, y sin embargo en esta misma lancha quizá alguien de otro país se ensueñe ahora en la bahía como yo me ensoñaba en la laguna entonces. 

    Me imagino un ajedrez: en una de sus casillas coinciden una pieza blanca y otra negra, pero cada una está en distinto universo, a distancia infinita. 

     

    Con los años, la realidad entra en la vida como una marea. Entran los hechos materiales con su vigor pragmático; los hechos sin forma, es decir, sin palabras. Uno puede mirar directamente a la realidad sin las palabras. La ve y no la entiende, pero la ve. 

    Al principio las palabras eran indistinguibles del objeto. Venían con las cosas, como la piel del dulce higo, que no puede pelarse porque es la piel la que lo forma. Con el tiempo las palabras se separan de las cosas. Se vuelven herramientas, después ornamentos, después afectos. 

     

    Un guerrero alcanza por sus hazañas el derecho de ver al emperador sin máscara. Ha combatido a un dragón, ha sufrido, ha vuelto con una rosa inigualable. En su cámara privada, el emperador se despoja de las vestiduras sagradas y se quita el rostro de oro. El guerrero no entiende la forma que se le presenta ante los ojos. La figura del emperador es incomprensible. «Qué clase de premio es este —piensa—, traerme ante este abismo de extrañeza».

  • Luz de verano

    Sopla el aire. Se mecen las ramas, se inclinan las espigas. Se balancean los escaramujos pelados al final de sus tallos. Flotan briznas en un charco de agua. Luego queda el silencio de la tarde. 

    Vuelve el aire. Tiemblan otra vez las hojas. Como una respiración, sube y baja el pecho del mundo. 

    Hay que pegar la cara a este instante que perdura, igual que un niño al cuerpo de su madre. 

    *

    Mi infancia era una isla en un mar de maravillas. Ahora la maravilla se ha cambiado en misterio. 

    *

    También es amor el amor que sientes 
    cuando estás solo y nadie te ve. 

    *

    Este cielo de verano, que no quiere apagarse nunca.

  • El laberinto

    Es conocido como laberinto del Castillo debido a que por esa zona hubo, se dice, un castro prerromano del que no quedan restos. Al laberinto se entra como en un juego: persiguiendo a una cierva blanca, por ejemplo, o porque desde dentro llamaba una voz. Está formado por setos de ciprés o boj que se alternan con estructuras de sillería y muros de piedra secaJunto a las consabidas rosaledas y los parterres floridos hay árboles que justificarían la visita por sí solos, exotismos botánicos, maceteros de plantas desconocidas capaces de matar a un visitante o hundirlo en un ensueño. Las estatuas, por lo general de un arte exquisito, van del tópico decorativo a la abstracción intelectual, lo grotesco, lo horrísono, lo numinoso. 

    Hay canales, fuentes, explanadas, glorietas espaciosas que alivian la inacabable repetición de sus calles en sombra. Los visitantes, con camaradería, se llaman unos a otros viajeros. El viajero duerme las noches de verano boca arriba bajo las estrellas, se sumerge en albercas de agua oscura, confunde el recuerdo de la distancia y el tiempo. Hay una zona reservada para las geometrías; otra con un bosque de cristal; otra con fosforescencias nocturnas y olores que atraen hacia sí como sirenas.

    El laberinto solo tiene una regla: el viajero no puede establecerse. Puede detenerse, puede tenderse a dormir, por supuesto; pero no puede instalarse a ver pasar el tiempo. Debe circular siempre. El viajero puede circunvenir la norma mediante el recurso de seguir andando y volver a pasar por un sitio, sencillamente, pero el hecho es que una vez que se ha cruzado el arco vegetal de la entrada, lo que sigue está en manos del azar y del propio laberinto. Quizá querría el viajero volver a la explanada de los urogallos, a la risa cantarina de una mujer con la que habló junto a una fuente, volver al lugar donde se enamoró un día. Quizá quisiera entretenerse alrededor de los puestos de comida, en una encrucijada donde se juntan muchos viajeros, porque se siente solo. Quizá quisiese volver allí donde no aprendió, y esta vez hacerlo. 

    Al final del laberinto el viajero ve de nuevo a la cierva, que ahora es negra. Aquel dintel de hojas parece el reverso del arco de la entrada, si no le engaña el recuerdo. La luz en el cielo ha cambiado. Es más cálida, más madura. Aún no es el momento, se dice. Podría volver al pabellón de papel blanco, a la caseta de los músicos ciegos o al jardín de las campanillas, qué sé yo. Seguir un tiempo.

    Muchos viajeros no quieren salir. Algunos creen haber entendido que resolver el laberinto no consiste en cruzarlo. Que en el centro del laberinto hay algo que no es una geometría, y no quieren irse sin saberlo.

  • Qué es mayo y para qué sirve

    Imagine un mar de espigas, una cabellera que se derrama por los campos. Imagine la insolencia de la alegría. Saque usted del inframundo a una mujer y que recorra la tierra. Aflore la vida a la luz, guarde usted materia para hacer ensueños más adelante. Llueva para tomarse un descanso. Eso es mayo. 

    De qué está hecho mayo
    De luz. Las cosas arden en luz, que todavía es tibia. Mayo contiene casi toda la luz posible, menos el fuego (el fuego es en junio). 

    Quién tiene que tomar mayo
    Los animales pequeños tienen que tomar mayo. Los espíritus que se deshacen con la brisa, las plantas delgadas, los estambres finos como un aliento, el grosor de un espíritu al trasluz, el rocío de la espuma del mar. Los animales medianos. Las personas, incluso si se les han osificado los cartílagos inmateriales. 

    Cómo usar mayo
    Lléveselo a la cara, introdúzcaselo en la boca, refriégueselo. Recorra caminos mientras la luz se apaga y observe cómo del suelo se desprende la luz que se ha absorbido (la luz tiene un carácter ligero y tiende a volver al cielo de donde vino). Arrójese a un jardín acuático en un remanso del río. Levante la mirada a las constelaciones. Dígase para sí mismo un nombre de estrella: Mizar, Baten Kaitos, Citadelle. De tarde, escuche al mirlo. Al despertarse, cómo zurean las palomas.

    Antes de tomar mayo
    No cante canciones que le vengan de un lugar desconocido. No sea loco; no se arriesgue. 

    Conducción y uso de máquinas
    No lo haga. No conduzca, no use máquinas. Camine de aquí para allá. Si lo necesita, corra. Si debe usted usar máquinas, use solo máquinas sin ruido. 

    Conservación
    Guárdelo en una difusa memoria. Sentirá nostalgia. Recordará cierto azul que vio una vez de niño. Oirá un resonar de voces perdidas que le alcanzan desde lejos. 

    Efectos secundarios
    Nostalgia, como ya se ha dicho. Pesar de no ser más que humano; una grandeza dolorida. Una aspiración pajaril por los viajes, una alucinación de horizontes. Algo que parece provenir de la juventud del mundo. La vaga sensación de haber sido tutelado por un dios amigo. 

    Contenido del envase e información adicional
    ¿Recuerda usted poemas sobre alondras? ¿Sabe hacer con una amapola la figura de una bailarina? ¿Se ha bañado en un agua tan fría que le dolían los dientes y luego ha sido usted feliz? 

  • Ahora el jazmín

    A la flor del cerezo le sucede el jazmín de primavera, y al jazmín la rosa, y a la rosa la pequeña zarzamora, y así hasta el otoño de los crisantemos y otra vez de vuelta, porque la vida se sigue a sí misma. 

    Esta corriente de fondo, consabida, es un murmullo blanco, el lienzo sobre el que hay que escribir los hechos de este diario. 

    Al fondo de los días, el mirlo sigue cantando junto con las demás cosas consabidas. El viento fresco y alto, las espigas. El olor de las lilas. Se espera que vengan los hechos como pinceladas sobre un lienzo plano; y sin embargo, cada vez estoy más cierto de que el fondo es la naturaleza del mundo. 

    Pinto unas manchas oscuras —nosotros— y también se van al fondo, como motas de pájaros en un paisaje de Brueghel.

  • Confesiones

    Por lo que respecta a la vida, la parábola de Kafka es esencialmente verdadera: uno se despierta un buen día convertido en un insecto. O en lo que le toque. En una bolsa de plástico, un tronco gris de madera abandonado bajo la lluvia, un pelícano, etcétera. Pero Kafka, por pesimista, calla una cosa importante: también es verdad que un buen día uno se despierta con el placer de sumergirse en el agua y de echarse peces al buche, de secarse al sol y cuartearse, de dar vueltas hacia aquí y hacia allá arrastrado por el aire, etcétera.

     

    Del cerezo florecido, a pleno sol, mana un bien del que no puedo apartar la vista. Como si se hubiese abierto un surtidor sobrenatural delante de mi casa.

      (más…)
  • El río 

    Una joven vestida de blanco está de pie a la orilla del río, mirando cómo se acerca despacio un barco de madera. Se sube. La tripulación desamarra del embarcadero de tablas, lleva el barco hasta el centro de la corriente y lo deja ir, hacia el sur. Por esta zona el cauce es estrecho, las riberas verdes, la corriente rápida. Abajo, los bosques oscuros; arriba, el gran cielo del norte. Tras un recodo del río, en un claro donde se espesa la hierba, la chica ve a un joven en traje de campesino, la cabeza descubierta, el pelo castaño y un tahalí de cuero, que contempla el barco con fijeza y asombro. En la proa va una mujer menuda, vestida de blanco, luminosa como un fanal. El barco despliega entonces una vela para ganar el viento y enseguida desaparece de su vista. 

    (más…)
  • El lago

    Una vez, en un capricho de su melancolía, un rey joven mandó construir unos jardines inolvidables que fuesen imagen de la vida, alrededor de un lago de aguas profundas. Aquí y allá dispuso algunas islas de felicidad o de placer en consonancia con su idea del mundo por aquella época; pero, por lo demás, diseñó orillas elegantes y tristes, canales solitarios cruzados por barcas lentas, puentes inútiles y arcos esbeltos sobre los que crecían las enramadas, y soltó peces y pájaros que estaba prohibido atrapar. 

    (más…)
  • Diciembre de 2025

    En esta ciudad junto al mar el tiempo viene y vuelve como las olas vuelven a la orilla, vuelve y deshace las vidas como el agua deshace la arena. 

    El día de diciembre es frío, soleado, cristalino. Las partes de la realidad parecen unidas con un pegamento sutil, con rocío evaporado o agua seca. Un soplo podría despegarlas.

    El día es un diente de león, un cristal de nieve. 

    (más…)
  • La cuestión

    La cuestión es que seguimos construyendo templos, pero ya no tenemos dioses.

    *

    El otro día me encontré con que la manzana que estaba comiendo había germinado. El trocito de corazón que quedaba lo metí en tierra, sin ningún motivo, de modo que ahora en la sala hay dos brotes traslúcidos de manzano, más pequeños que un meñique, con hojas como de perejil. 

    (más…)