Cómo escribir

Últimamente se lleva mucho escribir en las cosas. Qué sé yo: en las aceras, en las fachadas, sobre las personas, en los paisajes notables (para escribir en un paisaje se usan estatuas).

No me parece bien que se escriba en el mundo. Es como inscribirse una palabra en la lengua. Qué ocurrencia. Aceptaría que se escribiese sin tocar el mundo. Con una tinta invisible, con la voz, algo así: que la escritura no pringue la piel de las cosas y les haga decir todo el tiempo lo mismo. Una tinta invisible que escribiese frases largas que subieran por los tallos y se apretasen en el envés de las hojas traslúcidas con una caligrafía pequeña. O escribir con la voz, es tolerable. Con la voz se puede escribir en el aire, se puede escribir en el agua. Se puede escribir con la voz una frase en la ola, no hay problema. Y la ola sirve para escribir en la orilla.

Se puede escribir la mañana con sirenas de barcos.

Escribir con hormigas en un tronco de saúco. Escribir con la luna en el canto de un hueso. Escribir con el sol en una tapia.

Es dable soñar que se escribe con tinta roja en la tierra y en los atardeceres, en los atardeceres con cúpulas, en las cúpulas con una bruma de campanas.

Escribir plegarias en el corazón de los pájaros. Querer hijos.

Escribir con miel sobre los dientes, escribir el viento con banderas marinas. Imaginarles nombres a los veleros y a los perros.

Escribir la historia con remordimientos; escribir con melancolía las alamedas.

Escribir con el amor por debajo de la carne. Escribir con leche en el porvenir, con estrellas; escribir el pan con intenciones. Escribir con fuego, escribirles recados a los muertos.

Escribir con la mirada en el destino de los que se alejan.

Escribir en un papel. Todas estas cosas son correctas. Y, de hecho, me parecen muy bien. Tienen la capacidad de ponerle cosas al mundo y no le quitan nada.

Luz al final del invierno

Veo volver a los mirlos, la savia en las ramas, el nuevo resplandor de la estación, esas cosas sobre las que he escrito estos mismos días otros años. Y me da la sensación de que un viento claro agitase las letras y una luz matinal alumbrara los párrafos; como si esta página tuviese techo y ventanas y se hubiera hecho en ella el final del invierno.

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Durante unos meses, en el salón no entra directamente el sol porque no alcanza a sobrepasar el tejado de enfrente. Una mañana cae sobre el suelo un rayo de luz; amarilla, pálida, tímida, límpida luz que precede a la primera luz, como un calostro.

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Una vez, en el tren, vi una mujer que con su mano derecha cosía el guante de su mano izquierda. Tendría unos cuarenta y tantos años. Llevaba puesto un guante de lana beis y lo iba cosiendo con concentración para evitar el traqueteo del tren.

Toda escritura tiene algo de eso, me parece a mí: una mano cosiendo a la otra.

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Miro mi vida —me miro a mí— y no puedo decir que vea unidad, sino continuidad. Semejante al que viaja por una carretera, los paisajes y los incidentes se suceden sin ilación alguna; solo la carretera que sigue y sigue y, quizá, un mismo punto de vista.

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Si se hace adecuadamente, toda repetición es una consagración. Por eso mis pequeños ritos.

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La divulgación científica consiste en expresar en términos simples cierto discurso que en su formulación original resulta inaprensible. Así que algo como una divulgación poética no se concibe, ya que expresar un poema en términos simples equivale a deshacerlo.

Deducción: la literatura es aquello que se pierde en la paráfrasis.

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El este y la primavera; el sur y el verano; el oeste y el otoño; el norte y el invierno.

(Esa enumeración maravillosa la he sacado de aquí: «Hay varias lámparas tradicionales de piedra por todo el jardín. La más grande de todas contiene los doce animales del zodiaco y representa el calendario antiguo japonés. Si nos fijamos, veremos que el conejito representa el este y la primavera; el caballo representa el sur y el verano; el gallo representa el oeste y el otoño; y el ratón representa el norte y el invierno»).

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No es una condición de la belleza pertenecer a lo real.

Consecuencias y causas

Irene está en la azotea de su casa, acodada en el antepecho, este día de invierno, a la hora del crepúsculo. El cielo ha virado a rojo y negro, tan temprano. Una paloma torcaz se balancea en la copa de un olmo a un par de metros de ella. En cuanto Irene dé una voz, la paloma va a asustarse y a levantar el vuelo, y el revoloteo alborotará un nido de cotorras argentinas. La barahúnda de las cotorras espabilará abajo en la calle al chico absorto de la pastelería, que se acordará por fin de una llamada que tenía pendiente. El señor que entra a recoger una tarta de cumpleaños para su sobrina debe esperar dos minutos a que el muchacho cuelgue, con lo que el bus se le escapa por muy poco y tiene que parar un taxi, que sube doscientos metros, gira a la izquierda por la calle Nombrelas y casi atropella a un gato negro, que se escurre en el último instante. Ahí en medio de la acera lo ve Raúl, que para no cruzarse con un gato negro decide meterse en el mismo bar que tiene al lado. Irene lo conoce, a este Raúl: coincidieron en una oficina siendo becarios y se cayeron bien. Si se encuentran en ese bar, se acabarán liando y con el tiempo tendrán una hija que se llamará Marina y un niño que se llamará Daniel. Harán viajes en vacaciones y discutirán y se traerán recuerdos que cuando ellos no estén ya no tendrán sentido.

Pero para que todo esto ocurra, Irene tiene que gritarle a la paloma ahora mismo, ya. La paloma cimbrea su rama, cachazudamente.

«¡Eh!», grita Irene. Se da media vuelta, cierra la puerta de la azotea y baja las escaleras sin prisa, cada paso una consecuencia y una causa.

Vuelta a casa

El tren se para. En el silencio de Castilla, unas casucas solitarias apoyan su espalda contra las vías. No me importaría vivir aquí, en la inmensa soledad, siempre que puntualmente, cada medianoche, el estruendo terrible del tren me recordase las multitudes, las luces de las ciudades que han de brillar lejos.

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Un mirlo le susurra a Eumeno que son las cuatro de la tarde. Son las cuatro de la tarde. Entonces es verdad, aunque el mirlo no haya existido.

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Un día sin nada me enteré de que existía la calle del Montón de Trigo. Y la del Limón Verde. Y ya no fue un día sin nada.

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«Intervalo claro, o intervalo lúcido: Espacio de tiempo en que quienes han perdido el juicio dan muestras de cordura» (DLE).

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A algunos el mundo se les revela a través de los números. A otros por medio de las formas geométricas, el amor, la construcción, la música. Eumeno se pregunta por qué Dios le habla a través de los guijarros o de los pájaros.

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No hay magia en el mercado de la magia de Bandán. En las tiendas de seda, a la luz de las lámparas, las cabezas se agachan sobre las mesas de trabajo. La mujer que destila la pócima del sueño lunar calcula en una balanza electrónica la proporción de los ingredientes. El maldecidor engarza en una oración el nombre del maldito como el orífice encaja una piedra en una ajorca de oro. El capnomante lleva una mascarilla blanca para no aspirar sus propios humos, que hacen figuras en el aire. Solo se oye un tintineo de herramientas y la conversación sosegada de los compradores.

Si a alguien le diese por perturbar esa tranquilidad con alguna intemperancia demoníaca, con algún fervor, lo sacarían del mercado como a un loco. No recurre a la magia quien tiene una técnica; y, sobre todo, no se fabrica magia con magia, como no se fabrica acero con acero, oro con oro.

La magia sucede después. Fuera del mercado, en el mundo incierto. No aquí, donde se precisa toda la fría atención, la laboriosa cordura y la paciencia para quebrar las leyes de la física y torcer el destino que ya está forjado.

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Al final del año, desde el punto más hondo de la luz de invierno, ¿en qué pienso? En los veranos que vendrán, y en merecerlos.

Feliz año.

Como una taza de té

Nomeolvides, sinsabores, madreselva, duermevela, claroscuro, contradanza, tragaluz, medialuna, hierbabuena. En el diccionario, las palabras compuestas son una cosa, pero conservan el olor de animal fantástico, hecho de dos mitades.

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A oscuras, en la televisión, la voz de un documental sobre criaturas abisales dice: «La mayoría de estas extrañas formas carecen de vista pero emiten luz». Medio dormido como estoy, comprendo que se me está ofreciendo una metáfora prodigiosa y la anoto, a tientas. «Carecen de vista pero emiten luz». Qué esperanza.

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Me imagino un personaje: «Desde este lugar se ve otro mundo mejor», dice. Ahora imaginemos que eso mismo se dice en sentido literal: desde un punto dado se distingue la luz de otro mundo; quizá unas cúpulas extrañas, unos prados verdes, otras estrellas.

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Ahora imaginemos que unas palabras compuestas se dicen literalmente. Como si no estuviesen en los diccionarios, como si se oyesen por primera vez: que rompe olas, que trota el mundo, que quita el miedo. Rosmarino: el rocío del mar. Matafuego, tornavoz, parteluz, boquiloco, pararrayos, gatomuso, quitasueño.

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Las mentalidades formalmente racionalistas tienden a olvidar que el fracaso en explicar un hecho invalida la explicación, no el hecho. El hecho es terco.

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Hay expresiones que, entendidas literalmente —con la inocencia del paraíso—, tendrían un sentido hondísimo. Vivo solo, por ejemplo. En el momento de la verdad. Llamar a las cosas por su nombre. La razón de ser; las inclemencias del tiempo. Da gloria verlo.

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Al anochecer, escribe Luis Rosales,

«cuando la luz termina de decir su palabra sobre el mundo»

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Sobre sus Kindertotenlieder («canciones de la muerte de los niños»), Mahler escribió en una carta: «Me puse a mí mismo en la situación de que un hijo mío hubiese muerto; cuando [más adelante] de verdad perdí a mi hija, no hubiera podido escribir esas canciones». Esta sencilla frase circunscribe con parquedad los límites factuales del arte.

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Tengo por aquí una libreta de notas que he llamado «Como una taza de té», bien sé por qué: por esa frase de la Conferencia sobre ética de Wittgenstein que dice: «La ética, de ser algo, es sobrenatural y nuestras palabras sólo expresan hechos, del mismo modo que una taza de té sólo podrá contener el volumen de agua propio de una taza de té por más que se vierta un litro en ella». La potencia de las metáforas de Wittgenstein es deslumbrante, y funcionan exactamente como la poesía: aún no se sabe qué está diciendo cuando ya se comprende que es verdad.

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De ese modo, a lo Wittgenstein, puedo decir que la poesía es sobrenatural:

«en toda luz se siente una llamada»

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Limpiar cómo se dicen las palabras a fin de limpiar el mundo. Como si el mundo no estuviese en el diccionario; como si se viese por primera vez.

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La poesía no es lo que se puede decir, sino lo que se dice.

Por eso va más allá de los límites; la luz que vemos los que no podemos ver.

 

 

[Todos los versos entrecomillados son de La casa encendida («II. Desde el umbral de un sueño me llamaron»), de Luis Rosales. Las cursivas de la cita de Wittgenstein son mías. La cita de Mahler la he sacado de la Wikipedia.]

La rosa

Viene el viento, desbarata las ramas, sacude los cristales, arranca las hojas. Como si llegase con una determinación de pureza, con la obstinación de ejecutar lo que temblaba en el borde sin decidirse: sed desnudos, sed fríos, ya.

En el suelo, un pétalo granate de la última rosa del verano, entre hojas verdes, amarillas, ramas y charcos de agua que espejean a la luz blanquecina del mediodía. La rosa misma, de color de sangre oscura, sigue sola en lo alto, más o menos entera, por encima de donde alcanza mi mano.

La última rosa, o quizá no. El rosal es tenaz. Crece con fiereza, medra en cualquier tiempo, te desgarra malévolamente los dedos; comido por las plagas y las podas, se sobrepone y se eleva más que cualquier planta. Se parece mucho a la belleza, como se da en el mundo.

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Cuando yo era niño, muchas canciones contaban historias. Un hombre pone pie en su tierra y busca con los ojos a su novia, pero no la ve. Una mujer ha tomado un camino aciago por un motivo que no sabe nadie. Eran historias tremendas, de comprensión y misterio.

Yo estoy solo, delante de un lavabo, jugando con el agua. Oigo cantar a mi madre en otra parte de la casa. En el umbral de la última estrofa, se calla. Y yo asombrado, inmóvil, sin saber el final.

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Cosas que me gustaban de niño: los mapamundis, los tebeos, los dibujos de pájaros, las enciclopedias, el ketchup, las novelas de viajes, el Lejano Oeste, silbar, la playa.

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A veces oigo hablar a un escritor y pienso que falta mundo y sobran opiniones sobre el mundo. El pensamiento crea una trama tan espesa, que, por decirlo así, en él no se oye cantar un pájaro.

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De todos modos, con la literatura pasa como con el sexo: a partir de una edad, se sigue haciendo, pero ya no se charla sobre ello, porque la conversación no da más de sí.

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Hay mentiras, pero no todo es mentira. Supongamos que la policía sobrenatural me detiene, no sé, por sospechoso de algún crimen metafísico. No me encuentran nada; me sueltan al cabo de dos días. El funcionario me devuelve mis efectos personales en una bandeja de plástico: grandes peces plateados nadando en el agua, un azul que no termina nunca, viajes por carretera, ramas de lavanda, un puerto encarado hacia la luz de poniente, unos ojos de amor que me miran.

Esto no es una tesis bondadosa sobre el mundo; es una lista somera de lo que yo llevaba encima al final del verano. Nada extraordinario; solo la verdad. Quien quiera declarar la naturaleza del mundo tiene que decir que existe el bien. Al menos el bien, entre otras cosas.

Los puentes

Por lo que respecta a mi conocimiento del mundo, intentaré expresarme con una alegoría. Un hombre se despierta una mañana, va a la cocina, se llena un vaso de zumo y sale al jardín. Sentado en una silla de madera, oyendo a los pájaros, comprende que aún no ha despertado: sigue de pie en la cocina, dando cabezadas, esperando a que hierva el agua en la cafetera, soñando un jardín. ¿La cafetera? Hace años que no usa la cafetera. Entonces sí, se despierta sentado al borde de su cama, la boca pastosa, con la habitación aún a oscuras. Busca a tientas su ropa en el suelo. O no; quizá no está sentado en su cama a oscuras.

Algo así. Cada día un paso más lejos del engaño pero no más cerca de la verdad.

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Toda proposición lingüística intenta fijar para la inteligencia una forma del mundo. Al hablar se afirma que cierta parte del mundo es de cierta manera: un papel tirado en la calle, ese árbol del patio, el otoño, las personas, las despedidas. Se afirma, como si se supiese.

Yo escribo, es decir, implico que sé. Pero pronto veo que no sé. Y vuelvo a hablar y no sé. Y la verdad es que no sé. Sin saber, me quedo mirando cada mañana el mundo en mi ignorancia. Todos los días me entrega mi ignorancia un mundo nuevo.

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Escribo junto a la puerta de la terraza, abierta. Oigo un trino que no he oído nunca, alegre. ¡Pitchí-pitchí! Entre las hojas veo la sombra nerviosa de un pajarillo y me quedo muy quieto para no espantarlo. A lo lejos, le contesta un trino igual. ¡Pitchí-pitchí! Silencio. «Por favor, sigue cantando», pienso. ¡Pitchí-pitchí! Ya no está.

Se me ocurre que ha venido a escribirse él mismo en medio de este post.

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Algo que tengo de niño —o de presocrático—: no acabo de comprender que el mundo cambie. Que se alarguen las sombras, que se vaya la luz de la mañana, que nazcan y mueran las personas, que suba la marea.

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El mundo existe porque los dioses lo piensan, largamente. Un pensamiento cuyo encadenarse hace girar los efectos y las causas. Pero los dioses poderosos, saturados de la ebriedad del ser, propenden a la quietud. Especialmente en el cambio de las estaciones, su razón se calma y el mundo se enlentece. Si se parara, desaparecería.

Los mandolios son un pueblo escuálido y acuciado que cree en la magia imitativa. Al comienzo del otoño y morir del verano su trabajo es tender puentes. Trenzan cuerdas, embarrilan vino, se embarcan, cimientan, siembran, escriben los índices de los libros, engendran, injertan. Todo es plan, puente, viaje, porvenir. Alrededor de la cintura se visten una cadena de metal con un eslabón blanco. Creen que esa perseverante repetición ritual suturará el abismo en la continuidad del mundo.

Hasta los cielos ascienden las oraciones bisbiseadas de los mandolios, el rumor de sus tejemanejes y el humo de su incienso. Los dioses vuelven curiosamente su mirada hacia estos seres ínfimos y su extraño atareamiento y sus continuidades minúsculas, y el engranaje tremendo de la razón divina poco a poco hace retemblar el universo. De ese modo tan inocente, por los mandolios, el mundo sigue.

El bosque de Foz

En el pueblo de Foz, entre la costa y el gran bosque oscuro, a veces sucede que alguien se apena, se extravía. En un almanaque atrasado, un hombre lee la propaganda de un muestrario de colores: amarillo de Nápoles, púrpura real, carmesí de alizarina, tierra de Siena, azul de ultramar. Estos nombres, piensa, vienen de un mundo mejor, relumbran bajo cielos desconocidos. Hojea las ilustraciones del almanaque. Se va a acabar el verano. El hombre en mitad de su vida siente de pronto como si una cosa muy grande se hubiese perdido.

Duerme poco y sin reposo; calla; apenas come. Para él ya nada es igual, sin saber por qué. En el pueblo, sin embargo, han visto más veces el caso y saben cómo arreglarlo. «Mira, ve a ver a la antigua muerte del bosque. Ella te dirá».

La muerte va por la tierra llevándose el aliento de todo lo que vive, grande y pequeño, carne o planta. Pero en el curso de los años también ella se deja el vigor. A partir de los cien empieza a equivocarse, se demora, renquea. Con siglo y medio decide retirarse. Vendrá otra más joven, más afilada.

La muerte se retira a una cabaña en un claro del bosque de Foz. Allí pasa los años dedicada a sus cosas, igual que cualquier labriego de la zona. Cada vez más anciana, trae agua del regato, atiende a los cerdos, cose su ropa, se sube trabajosamente al tejado para recolocar las tejas, que hacen goteras. Una tarde está sentada a la puerta de casa tallando un zueco. Bajo los árboles del borde del claro ve a un hombre de pie, detenido, la cara pálida de espanto.

Empieza a caer el sol; es un día tranquilo del final del verano. Cantan los pájaros. Al cabo de un rato, el hombre se decide a cruzar el claro y presentarse a la muerte, con enorme respeto.

Después de un poco de charla cortés, ella le pregunta por el motivo de su visita y el hombre le abre su conciencia.

La muerte ha visto mucho en sus años de tarea. Ha cruzado mares, ha tomado vidas sin número, ha oído lenguas. La muerte sabe mirar en el interior de las personas y de las cosas. Se queda callada y pensativa durante un rato, sacando virutas de la madera, hasta que empieza a hablar. Le dice al hombre lo que necesita oír. Él abre mucho los ojos, inclina la barbilla sobre el pecho, levanta la vista a los árboles, le da las gracias profusamente a la muerte, agradecido de corazón y, con la mirada puesta en el suelo y el pensamiento en su propia vida, se vuelve hacia el pueblo.

A partir de ahí seguirá con su vida, cuyo hilo ha recobrado. Si se encuentra a otro en una situación parecida, no podrá ayudarlo, porque el consejo de la muerte lo atañía estrictamente a él. Solo puede indicarle el camino y encarecerle que recurra a ella.

Ella, vieja y frágil en su casa del bosque, apenas un murmullo entre los árboles. Lejos de allí, un día, a la muerte sucesora le llega a su vez la hora del retiro. Al final de un largo viaje, encuentra el sendero que sube al claro de la cabaña. Su último trabajo será llevarse el aliento de su antecesora, que la ha visto salir de entre los árboles y la está contemplando con resignada tranquilidad, como siempre lo ha hecho todo.

La garza

La auténtica felicidad es la inminencia de la felicidad.

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Un hombre que va leyendo un libro ve una garza en la orilla del río. Se acerca sin hacer ruido y, cuando está bastante cerca, grita: «¡Luna!», y la garza levanta el vuelo.

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Por aquellos años vivíamos en medio del arte. Diálogos de cine, todo amor con su canción de fondo, ninguna mascota sin nombre de novela. En los bares fumábamos y hacíamos críticas. Yo creía que las obras eran herramientas, reflejo y análisis de la vida. Pero eran un lugar de la vida: allí donde nos reuníamos, la habitación donde nos gustaba meternos a vivir.

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Otro hombre ve una garza en el río. Grita «¡interjección!» y la garza levanta el vuelo.

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Conozco gente de talante intelectual, gente bienintencionada, que actúa como si hiciese falta conocer el código de la circulación para que a uno le atropelle un coche.

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He apuntado: «Me reencuentro con una vieja metáfora». Pero no he anotado la metáfora; seguramente porque era lo de menos, y lo importante, la sonoridad de la frase. Siempre he tenido debilidad por la pura fantasía lingüística. Una vez, de niño, me enteré de que en las noches australes brillaba una constelación que se llamaba la Cruz del Sur. ¡La Cruz del Sur! Repetí cien mil veces ese nombre, y todavía se me ensancha el corazón.

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Nunca la he visto, la Cruz del Sur. Nunca he llegado tan al sur; y me doy cuenta de que no me urge.

No es que la realidad no alcance el poder del ensueño. Ni tampoco al revés. Es que son dos cosas distintas, como un mismo nombre que llevan dos personas.

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Un personaje emplea su vida en aprender cómo hay que vivir. Cuando lo averigua, querría que todo comenzase otra vez desde el principio.

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En Milagán, cada vez que muere un sabio se enciende una estrella en el cielo. Sus noches están alumbradas por los muertos.

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Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto. Un destello de verde umbrío por el rabillo del ojo y una ráfaga de aire reviven repentinamente un jardín de otra parte de Europa, de otro tiempo, delante de mí. Un sol vertical sobre un panorama de azoteas rojas, un callejón con ropa tendida y olor a mediodía, una tarde mitigada que arrastra de lejos las voces de los niños, una valla de madera agrisada por los días, una luna que blanquea los tejados; y es, de pronto, como si estuviese en aquellos sitios.

Hay una ciudad formada por las ciudades que he visto y muchas veces camino por ella.

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Un verano no termina porque se gaste, sino porque se cumple.

Antes los días eran más largos

Cuando yo nací los días eran más largos; podrían durar el doble o el triple que ahora, no sabría decir con exactitud.

Por aquellos años, el agua del mar era verde clara y no estaba tan fría. Los animales te hablaban con una voz razonable, como el que ha vivido mucho en esta vida. Los extraños eran amistosos; los automóviles se conducían solos. Por toda la ciudad crecían jardines: el rincón donde una mujer había plantado una mata de fresas, el alcorque con un solo girasol, el cementerio bajo los tilos, enormes quintas de indianos pobladas de melancolía. Se cultivaba una rosa cuyo olor inspiraba recuerdos ficticios, pero vivaces como una herida.

La música acompañaba al engranaje del mundo. Al girar las estaciones, sonaba una música; al soplar el viento, sonaba una música; había música en los viajes de los barcos, en las estrellas, en los pájaros, en el sucederse de la noche y el día; música en los ríos y música en la lluvia que los hacía correr y en las mareas, y tú podías atender a una u otra o escucharlas todas a la vez, como una armonía.

Por aquella época construyeron el arco de piedra que cruza el fiordo. A la lancha tranvía le llevaba una mañana recorrer los canales desde el muelle del arco al Colegio de Astrónomos y volver. La gente le tiraba monedas y flores por divertirse.

Nunca llovía por la mañana, lo que suponía una gran conveniencia.

Hay que decir que los peligros eran inmensos, aunque se avisaban con anticipación y redundancia. Los doctores fumaban como antorchas. La corriente eléctrica fallaba a menudo, la moneda era débil y las máquinas no tenían pensamientos.

Era un mundo romántico. Lo que nunca había llegado a ser se confundía en la bruma con lo que había sido.

Detrás de la ciudad se abría el campo. Saliendo por la puerta del Este, la carretera se alejaba entre cereales rubios y colinas azules en la distancia, y más allá, bajo una nueva música jamás oída, desaparecía en el desierto ilimitado, principio de un universo ignoto que aún no había llegado a las páginas de los libros, en aquellos días por escribir, tan largos, mucho más largos de lo que son ahora.

 

[Antiguamente las cosas no eran como ahora:
http://avellana.neunoi.com/2016/08/antiguamente-las-cosas-no-eran-como-ahora.html
El camino:
http://avellana.neunoi.com/2005/03/el-camino.html]

almargen

Canción del deshojamiento de las palabras

Las palabras tienen
sombra de verano,
fuera de la sombra
se van deshojando;

 

Luis Rosales, Canciones.

De Antología poética, Ediciones Rialf, p. 170.

Palabras

¿De verdad creéis que si cambiando las palabras se pudiese cambiar la realidad, la realidad seguiría estando ahí?

Originales

En materia de imbecilidades, la originalidad es un agravante.

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Matemática

Si la gente no se cree que las matemáticas sean simples, es solo porque no se da cuenta de lo complicada que es la vida.

John von Neumann
(en but does it float)

La gran literatura

«Yo fui niño en una época de esperanza». Así empieza Carl Sagan el segundo capítulo de El mundo y sus demonios.

«I was a child in a time of hope»: ahí me la encontré. Una frase que vale más que enteros libros.

NY, 9/11

Silueta de Nueva York en blanco y negro

Primera secuencia de Manhattan, de Woody Allen (con subtítulos en español).

Primavera 1930

Rostro de mujer en blanco y negro

Una fotografía de Erwin Blumenfeld (1897-1969) en iainclaridge.net. Una primavera antigua.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).

Grulla

Una grulla de papel.

Grulla de origami, de Emre Ayaroglu. Y tiene más animales estupendos de papel.

I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You

Wendell Pierce canta en la calle, de noche

«I Don't Stand A Ghost Of A Chance With You»... y el resto de la banda sonora de la primera temporada de Treme.

Manual de despiece

Máquina de escribir desmontada en todas sus piececitas

En Amazon venden este libro, Things Come Apart: A Teardown Manual for Modern Living, hecho a partir de imágenes de tecnología minuciosamente desmenuzada. (Amazon deja ver una muestra, pinchando en la foto de la portada).