En la ciudad al final del invierno

Durante unos años he hablado de la ciudad, la he recordado, la he buscado en los mapas; así que ahora que camino por sus calles es como un escenario o un sueño.

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En Zistrias, la gente ofrenda sus hijos a los dioses desconocidos. Un día, los dioses aparecen y los reclaman.

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Mi tiempo, cada vez más acelerado. Ningún viaje es demasiado largo; no me importan las salas de espera; el triste invierno ha sido un pestañeo. Mi conciencia tiene la calidad de un arroyo. Mi alma, la duración de un insecto.

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Una vez, en el metro, iba una madre con su niño, sentado en una silla de paseo. En la cesta bajo la silla llevaban una caja de fresones. La madre se acuclillaba, tomaba un fresón grande, rojo, le quitaba el cáliz verde con los dientes y pasaba la pulpa carnosa a la boca del niño. Cuando hablo de fresas me viene a la cabeza esa escena corriente, que no se me olvida.

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Todo lo que creí juicios sobre el mundo eran estados de mi ánimo.

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A., por Venecia, con una bolsa de fresas en la mano. Le fragole.

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Las personas inteligentes, me doy cuenta ahora, no lo son porque ellas sí entiendan una proposición intelectual o artística inaudita. Es que soportan la incertidumbre de la incomprensión sin enfadarse. No la desprecian; e incluso a veces la abrigan.

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Una mujer, una mañana: como un milagro dentro de un milagro.

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El fondo no es el blanco de la página. En el blanco de la página no hay nada. El fondo sobre el que se escribe el relato de unos hechos está compuesto por las expectativas del lector, lo consabido. Uno escribe como si pintase encima de lo que no hace falta decir.

Las armas atómicas rusas están ahora mismo en alerta mientras yo hablo de ciudades y fresas al final del invierno. Pero la ciudad meláncólica ha tejido sus bordados de piedra entre el comercio y la muerte, y los claros muros crepusculares sobre las aguas verdes de la laguna se han levantado entre siglos de pestes y guerra. Hoy es como como cualquier otro día.

Ochocientos dólares sin contar la inflación

Al hacer la mudanza he visto que solo conservo un libro de mi niñez, un Huckleberry Finn de la colección Crisol que le cogí a mi padre. Los crisoles eran unos libritos minúsculos de la editorial Aguilar, de papel biblia y tapas rojas de plástico, poco mayores que la palma de una mano. A mi padre le encantaban. Este Huckleberry Finn desencuadernado se me ha caído al suelo al vaciar una caja, bocabajo, abierto por la página 113. Me he sentado ahí mismo y me he puesto a leerlo.

Llevaba mucho tiempo sin hacer una mudanza. La casa en que nací ya no existe, ni tampoco la primera casa a la que me fui a vivir solo. También han tirado la casa donde se crió mi madre, en la que acabé viviendo yo bastante tiempo. Casas reumáticas del casco antiguo de aquel puerto lluvioso, condenadas al derribo.

Mis abuelos se fueron a un piso de alquiler en un barrio de las afueras. De ahí que la casa de mi abuela aún siga en pie, aunque hoy pintada de un absurdo color alegre. Allí pasé mi adolescencia. Durante unas elecciones, por la Transición, el Partido Comunista sacó un panfleto que decía: «En estos tugurios hacinan a nuestros obreros», con una foto en la que salía nuestra ventana.

Ahora vivo aquí. Desde la terraza veo el sol poniente. Al final de esta mudanza, una por una, todas mis cosas han pasado por mis manos. Las he mirado y les he dado su sitio. Muy pocas dicen algo.

Hay una forma insidiosa de olvido de la que nadie me había avisado. Se recuerdan los hechos, pero vacíos de la vividez de la experiencia, desvanecida. La memoria devuelve una imagen, digamos, de este hombre comiendo sopa, pero no la reviviscencia del sabor de aquella sopa. La sensación se ha perdido. El relato es, formalmente, gramaticalmente mío; por lo demás, no es distinguible de un relato en tercera persona.

El mundo vuelve cada mañana. El cielo es azul. No sé quién soy. Mi vida parece un sueño que he olvidado. Pero no importa.

En la página 113 de mi edición de Huckleberry Finn, Jim, el esclavo fugitivo, reflexiona sobre la época en la que tuvo dinero y lo perdió. Huck intenta animarlo: «Después de todo, Jim, eso no tiene importancia, porque tú has de ser rico otra vez, más pronto o más tarde». Y Jim responde: «Si; y bien mirado, soy ahora mismo rico, porque soy dueño de mi mismo y yo valgo ochocientos dólares».

Eso es. Lo que tuve lo he perdido; pero de verdad que no importa. Yo me tengo.

 

[La traducción, entrañable, es de Amando Lázaro Ros.]

Parábola de fin de año

Imaginad un rey. Un rey de tiempos antiguos que se dirige en comitiva a la cueva de la sibila para consultar el oráculo. El hígado de la víctima ha asustado esta mañana a los arúspices que lo acompañan.

La sibila está sentada al fondo de la cueva, en penumbra, delante de un estanque circular profundo y verde. El brasero de bronce esparce un humo aromático. Es una mujer joven. El rey se le acerca solo, destocado y sin manto. De un caneco de barro ella le da a beber un líquido espeso de regusto marino.

El rey fija la mirada en la tiniebla del estanque y entonces le asalta la visión espantosa del final de su reino: murallas derruidas, incendios, abandono, columnas partidas entre la hierba, bramidos de dolor, cadáveres hinchados de animales y hombres por los campos.

Vuelve a su palacio trastabillando, con la mirada perdida. Desde la altura del capitolio se ve el ancho mar, al norte; hacia el sur, la ciudad, que es su maravilla y su obra. Algún día, se dice, esto que veo serán recuerdos de oro, resplandores de una edad feliz añorada en tiempos de oscuridad.

El mundo se le revela, mármol, azul y oro, sublime. A su espalda, sobre el mar, el cielo de la anochecida se dilata en capas de azul, desde el celeste pálido hasta el añil más puro. Brilla una estrella.

 

Feliz año.

Variaciones

Un estudiante se detiene en la calle y se asoma a un zaguán sombrío, fascinado por los cristales rojos de la puerta vidriera que relumbra al fondo. Una niña que camina bajo una arboleda encuentra un sendero que nunca había visto, casi cerrado por la espesura. Siguen el sendero o cruzan la puerta, recorren una pradera interminable de hierba lisa o una sucesión de estancias crecientemente fantásticas, un breve laberinto vegetal, un cielorraso añil tachonado de estrellas, un claro en el bosque donde se oye una música, un arroyo circular con peces dorados y rojos, ramas cuajadas de frutas extrañas y cantos de aves del paraíso, un aljibe milenario donde crecen nenúfares y violetas de agua, infinitos anaqueles con caracolas marinas, árboles de corteza broncínea y savia de oro, un rinoceronte de piedra, un unicornio, una piscina nocturna en la que fosforece una danza lenta de medusas. Uno y otra terminan el camino o salen de la casa y van a dar aquí, a este presente: el personaje se mira a sí mismo y a los lectores y entendemos que el párrafo se ha alargado 80 años.

El estudiante y la niña son variaciones argumentales de una misma historia que me vuelve a la cabeza desde hace tiempo. Este verano, sentado en la playa, imaginé un niño absorto contemplando largo rato la orilla cambiable, el imperceptible movimiento de la marea. Cuando el niño aparta la vista del mar y se incorpora soy yo, hoy, y le hablo al texto (solo que esto ya no es ficción sino una mera elipsis).

A la larga uno aprende que hay un hecho muy grande: el suceso central de estar vivo y en este mundo, y —creo que es eso lo que mi imaginación está intentando narrar— ese hecho es de un orden tal que el resto de las peripecias se pueden contar al vuelo, como suspiros.

Otoño

Esta luz de octubre es ya del color del recuerdo.

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Me he convertido en un fantasma y me aparezco en lo que escribo.

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Una mañana, el revuelo de la brisa levanta una luz alegre en el verdor de unas hojas. Como una fruta de verano rezagada entre las frutas de otoño y que aún es firme, y sabe dulce.

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De una rama seca y negra, aquí, salieron rosas. Crecieron en verano; murieron en otoños descaecidos. El mirlo vino a cantar en tardes pensativas. Según parece, rosas y mirlos son tópicos poéticos; pero juro que yo he vivido mi vida una vez sola, por primera vez, y ha sido mía.

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Umberto Pasti ha plantado un gran jardín edénico. Quizá porque además de jardinero es escritor, las partes del jardín me recuerdan capítulos de un texto: el Jardín del Portugués, la Exedra bajo la Higuera,  la Sala del Trono, el Jardín de Sombra, la Puerta del Mar.

Escribe Pasti:  «Para nosotros, los jardineros, el paraíso no existe en otros lugares, está aquí. Se llama mundo, y el lugar donde se encuentra lleva por nombre realidad».

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Qué clase de persona considera una noticia la luz sobre unas hojas.

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«En las áreas en las que nos ocupamos, la comprensión sólo se produce en forma de relámpagos. El texto es el largo trueno que los sigue». (Walter Benjamin en el Libro de los pasajes).

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«Pasaba de la apatía a la melancolía sin motivo alguno y tuvo gran afición a la alquimia, disciplina que conoció a la edad de once años en la corte de Madrid, donde se educó junto a su tío el rey Felipe II. (...) También le interesaban la astrología, la magia, el coleccionismo de objetos raros y los juguetes mecánicos, especialmente autómatas, relojes y máquinas de “movimiento perpetuo”».

«Dedicado por completo a sus entretenimientos y raras excentricidades —como coleccionar monedas, piedras preciosas, manuscritos de magia y alquimia, péndulos, cráneos, gente deforme y enanos, con los cuales formó un regimiento de soldados—, se paseaba vestido de negro al estilo español por los pasillos del castillo». (El rey Rodolfo II, según la Wikipedia).

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Los habitantes de estos bloques de viviendas, al extremo del mundo, vuelven tarde de sus trabajos. Cae la noche en silencio sobre el barrio. Ninguna ventana está encendida. Parece el crepúsculo de un sueño.

Vamos a imaginar una variación de la vieja historia: que un hombre y la Muerte no se encuentran en un mercado de Bagdad y se miran uno a otro con sorpresa; que con quien se topa el hombre es con su vida. El hombre ve la figura de su destino, de pie entre la gente, y se dice: ¿es esto lo que mi vida iba a ser y nunca supe? ¿Es este su aspecto, estas son sus trazas y su rostro?

Esto que veo, este atardecer de otoño al final de la ciudad ¿es el rostro de mi vida?

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[«El gesto de la muerte»:
https://lapiedradesisifo.com/2009/11/25/el-gesto-de-la-muerte-de-jean-cocteau/
Un par de fragmentos de Perdido en el paraíso, libro de Umberto Pasti, sobre el jardín de Rohuna:
https://msur.es/2020/05/25/umberto-pasti-paraiso/
Algunas fotografías sacadas de Eden Revisited: A Garden in Northern Morocco, una colaboración entre Umberto Pasti y la fotógrafa Ngoc Minh Ngo: 
https://www.roseandivyjournal.com/stories/2019/11/4/garden-dreamer-eden-revisited
La cita de Benjamin en español la encontré aquí:
https://twitter.com/knbaraldi/status/1439880578912894977]

Las olas

Un día nublado, un hombre está en la orilla de la playa, solo. Escribe con el pie su nombre en la arena. Viene de agradecer a los dioses su fortuna en los viajes y en la guerra, la vida de su hijo, su limpia fama.

Una ola lenta llega y borra las letras en la arena. La siguiente le borra los pies. La siguiente ola lo borra entero; la siguiente barre la playa hasta el cantil. Las olas borran los árboles del bosque, las suaves colinas, las piedras de los templos con hachas bifrontes y copas de oro; borran la isla, los países, los alfabetos, la memoria de los días y la carne de las generaciones.

Agosto

El último día de playa se me metió agua en un oído. De vuelta en Madrid seguí notándola durante un par de días. Una gota de mar, con sus sales, sus bacterias marinas, algún plancton microscópico, cruzando dentro de una nave este mundo seco.

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Este verano he recolectado agua de dos mares y recuerdos. Y nombres: Fombellida, Montabliz, el río Aguanaz, Gumiel de Izán, Madrigal del Monte, Pozoamargo. Nombres que pasaron fugaces a los lados de la carretera, bellos, borrosos como pájaros.

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El edificio más pobre del barrio tenía una fachada ciega decorada con una gran rosa de los vientos, allá en aquel puerto. Saturno brillaba de madrugada junto a la luna de agosto. En el monte, el viento de la noche estremecía al dios del bosque. Los peces plateados pastaban en la pradera bajo el agua.

Estas cosas simples que traigo del verano, trasmutadas delante de mis ojos solo por ponerlas en el párrafo. El caldero mágico.

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Al irme una de las veces, dejé en la terraza un capullo de rosa; al volver, estaba casi marchita. Aquel viaje duró el tiempo de una rosa.

No sé si es mucho o poco. Una canción de Gainsbourg dice: «Tú y yo nos quisimos / el tiempo que dura una canción». Siempre me pone triste.

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No necesito un verano inacabable, me doy cuenta. Me vale con que sea eterna la promesa de otro verano por venir.

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Se acaba agosto. En casa, veo algunas nubecillas crepusculares, anaranjadas sobre el azul claro, como un cielo de Italia. Me duelen un poco. Esa vaga melancolía, cuando la belleza duele un poco.

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Desde la autovía vi pasar una ciudad mediterránea de casas como cubos fractales que trepaban por las colinas escarpadas, cerca del mar; un apilamiento geométrico de colores claros, gredosos, meridionales. Sin embargo, algún día reservaré allí cuatro o cinco días en un hostal, para hacer un cursillo, digamos, ya casi viejo, y encontraré que en realidad la pequeña ciudad es un laberinto silencioso de jardines, una paz sombría, algunas conversaciones sosegadas —la farmacéutica, el pescador de la tarde, el camarero que echa el cierre—, su iglesia barroca solitaria, el vivero de cactus, la cala fosforescente. Y recordaré esta primera impresión lejana y me asombraré de que la ciudad que yo creía de la imaginación sea la que pertenece a la vida, y viceversa.

La vida

Naces y vives en un sitio cualquiera —en un valle, en un pueblo, junto a un río— y eres de allí. Los prados segados, la lenta lluvia gris al despertar la mañana, el mar que se ve al otro lado del monte; esa es tu vida.

Un día te informan de que no eres de allí. Llevas allí desde que abriste los ojos hace cuarenta o cincuenta años, pero no eres de allí.

Miras, y parece como si alrededor de ti las cosas ya empezaran a despegarse un poco. Pero y de dónde soy, te dices, si no soy de aquí. Si yo no soy de ninguna otra parte.

Algo así ocurre con la vida, según mi experiencia. Un día te dicen que no eres de aquí y lo comprendes. Esta vez entiendes que es verdad; que lo que ves —la gente, el mundo, el futuro de los días— no es tu sitio. Que un día tendrás que irte.

Pero y si no soy de aquí, de dónde soy.

Una tarde de junio

Salió la luna llena y lo primero con lo que se cruzó fue conmigo, allí abajo, pequeño.

 

El incendio del ocaso en el cielo del oeste. La pálida luna, redonda y rosa. Las retamas. El olor silvestre al borde del camino. El aire templado. Las flores vespertinas.

Hoy, para mi vida, basta la tarde. Ahora creo que, sin mis pesares, yo volaría.

 

Una mañana remota del bachillerato mi profesor de griego nos contó el nombre homérico de la Aurora, rhododactylos Eos, la aurora de dedos de rosa, y no lo he ovidado nunca. Así que poned cuidado en lo que les contáis a los niños.

 

Un dios anciano, grande como tres universos, tira su dado de muchas caras, que llevan pictogramas en vez de números. En una, cuatro trazos representan tallos, hojas.

Algunos días el mundo es un jardín.

 

La Luna no se ve a sí misma. Tal como tiene los ojos puestos en la cara, ya sabéis, solo puede mirar hacia adelante. Y ni cuello ni brazos que estirar bajo la luz y contemplarse. Ve la hermosa palidez de los paisajes y no sabe que es ella misma quien la irradia.

 

UNA VARIACIÓN

Supongamos que el canto del mirlo es un mensaje. Supongamos que dice algo.

Ahora supongamos que no. ¿No está bien así? ¿No basta el canto del mirlo?

Qué más da lo que el mundo sea, cuando el mundo es.

 

Te pones a hacer con letras la tarde de junio, metes las letras en un post, lo cierras. Hay una distracción al otro lado de la ventana, luego se oyen voces en el descansillo. Mañana el trabajo, después un viaje, otras tardes, los amigos. La corriente del tiempo te arrastra, allá, allá, quién sabe hasta qué costas lejanas. Las olas menudas que lamen la orilla te traerán un mensaje. Le quitas el tapón, lo lees. Ahí sigue la tarde, las letras amarillentas. Salió en el cielo la luna llena y lo primero con lo que se cruzó fue conmigo,

Cerezas

«Hoy he visto las primeras amapolas», anoté, a principios de mes. Lo anoté solo por gusto. Por verlo, negro, rojo, sobre el blanco. 

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Un día me compré este cerezo en un tiesto. Una mujer los vendía al borde de una carretera del valle del Jerte. Habíamos ido a ver la floración de los cerezos. En las fotos, mi sobrino es un niño pequeño. Yo salgo tumbado en un prado, él sentado sobre mi cabeza.

Mi sobrino es un hombre; el cerezo también ha crecido. Estrictamente, este es el mecanismo de la analogía: veo que mi vida se alarga a partir de aquel minuto al borde de la carretera, crece, se enrama en caminos laterales que se cortan o siguen; y el cerezo va haciendo lo mismo. Este año ha dado una cereza, por fin. Una sola cereza; pero es una cereza perfecta.

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En primavera, el sol de la mañana alumbra mi terraza hasta la hora de comer, pasa por detrás de unas casas y al final de la tarde vuelve a dar aquí, esta vez desde el oeste. Al caer la tarde mi cereza brilla bajo la luz como el ojo del mundo.

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Todavía quedan fresas, cuando ya hay cerezas. Existe una etapa de la vida así.

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Y si mayo fuese un pájaro y pudieras convencerlo. Ponerle un platillo de agua y unas semillas y que se quedase para siempre contigo. 

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Amapolas, fresas, cerezas. Gotas de rojo sobre los manteles, sobre el plato, sobre los campos, sobre la inagotable luz de mayo.

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¿Conocéis aquella canción francesa? Qué lástima que aquí no sea más famosa: «Cerezas de amor con sus trajes iguales / que caen sobre las hojas como gotas de sangre». 

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No hay una palabra para designar esa estación del año, cuando ya hay cerezas y aún quedan fresas. Y como no existe, no ha llegado a usarse metafóricamente, por ejemplo, para nombrar esa etapa de la vida en que uno ya la mira desde fuera, pero aún está metido en ella. 

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Y si la única sombra del mundo es la que arroja mi propia mortalidad.

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A finales de diciembre, siempre voy al mismo lugar en la playa, con el árbol a mi espalda y el mar delante, y espero, como si le preguntase al mundo

También este año pasado, solo que no lo conté aquí. Fui hasta la punta del espigón y me senté. Corría un viento atronador,  aunque no era frío. La noche solsticial cayó temprano, y mientras por el oeste aún quedaban rescoldos de la luz de aquel día, salió por el este la luna creciente. Miré; no hubo ninguna respuesta. Estuve un rato allí sentado y luego me retiré.

Hace unos días he vuelto, ahora, al mar de mayo, a mediodía. Las hojas del álamo blanco son verde oscuro, el envés blanco de plata. Ondean como gallardetes de fiesta. El mar tiene todos los verdes; el viento canta. Las tinieblas se han ido. Lo que era un paisaje metafísico es ahora un espacio de luz, grande, límpido, vacío. 

 

 

[Le temps des cerises, con subtítulos en frances y en inglés. Una versión curiosa, hecha pegando trocitos de versiones: https://www.youtube.com/watch?v=jtzQbY3-aFY ]

París III

A estas alturas, yo no necesito líderes con ideología. Es bastante que tengan principios.

París II

Tres personas colocan una bandera francesa en una calle de París

Fotografía de Etienne Laurent en la portada de El País de hoy. El pie de foto dice: «Tres personas colocan una bandera francesa ante uno de los restaurantes atacados por el ISIS el viernes en París».

París

Nuestra alegría de vivir es nuestra victoria.

Quién hubiera tal ventura

... sobre las aguas del mar. Una historia antigua.

Hacen mundos

Una mujer trabaja en un taller lleno de globos terráqueos

El oficio de Bellerby & Co. Globemakers es fabricar a mano pequeñas Tierras. Su taller es el lugar de trabajo más bonito que se me ocurre.

Libertad

Los españoles odian tanto la libertad como aman el desorden.

Commuters

[Foto] Un hombre detrás de la ventanilla de un tren

Serie de fotografías de Arnau Oriol: viajeros de cercanías camino de su trabajo, en Londres, a primera hora de la mañana. Al otro lado de la ventanilla, rostros absortos, de una intensidad extraordinaria.

Domingo, invierno

Un hombre viejo con su perro viejo bajo la lluvia: como dos hermanos.

Milo en la nieve

[Foto] Un gato negro en la nieve

Farm Pond

Dibujo de una granja bajo la nieve

Farm Pond (1957), acuarela de Andrew Wyeth (vía scotch & jazz @ dusk).