Mes: julio 2003

  • El juicio

    El acusado se est� explicando. Es un hombre vigoroso que ahora mismo se deshace en llanto: describe las noches sin dormir, las llamadas inapelables de las voces. Ha hecho cosas terribles. La sala calla, sobrecogida y absorta. El presidente del tribunal, muy concentrado, garabatea en un papel.
    El acusado clama con los ojos elevados hacia la luz cenital; habla de lo santo, de los estigmas de sangre, de la purificaci�n y el anhelo. Entonces el juez, desencajado, descubre que de entre sus garabatos err�ticos surgen los contornos brumosos de un rostro de mujer p�jaro de grandes ojos vanos, una cruz marina y los redondeles esbozados de cuatro monedas.
    El juez se levanta despacio, se dirige al acusado, que lo mira serenamente acercarse, y por �ltimo los dos se abrazan de pie, en medio de la sala.
    Al d�a siguiente, a nadie le sorprende la absoluci�n tumultuosa.

  • Inteligencia

    Tan listo, tan listo, que le expropiaron la cabeza. A veces la inteligencia no da la felicidad.

  • La vida

    En un texto literario el escritor no habla de la vida, sino de la experiencia de la vida, que es una cosa distinta. �l describe at�nito eso que le sucede �su vida, s� y que no ha visto en ninguna otra parte.
    La realidad es la vida, si uno las contempla desde el mism�simo punto cero, es decir, desde donde uno est� siendo. Entonces son simult�neas e iguales. Luego viene el hablar de la vida o el pensar en la realidad: y claro, existen las vidas de otros, mientras que, por su parte, la realidad debe objetivarse. Vida y realidad se hacen ajenas. Se comparten, se negocian, se dan un poco de s� para que quepan las de esos otros. Ya no son sensaciones ni hechos, sino enunciados ling��sticos: descripciones de las cosas, o relatos de c�mo las cosas vienen a ser. Uno los lee y s�, los reconoce, pero no se reconoce del todo en ellos, porque ah� no aparece la experiencia de la vida tal como a uno le es dada.
    De modo que uno tiene que ponerse a escribir. Y en ese texto literario el escritor no habla, at�nito, de la vida, sino de la experiencia de la vida, que es una cosa distinta.

  • La realidad

    El desconocimiento de la realidad, como sucede con el de la ley, no exime de su cumplimiento.

  • La dama de blanco

    Ayer empec� La dama de blanco, de Wilkie Collins. Le� unas pocas p�ginas y lo dej�, y hoy a�n no he tenido ocasi�n de abrir el libro. Con los a�os me he vuelto un lector desganado y remiso al que cuesta mucho convencer para que se embarque en la traves�a de un libro; y sin embargo, entre ayer y hoy he sentido a cada rato esa impresi�n indefinible de haber estado en otra parte y haber vuelto; esa impregnaci�n que producen ciertas lecturas, semejante al sabor de doble vida que nos dejan los sue�os.
    As� que me pregunto por el misterio de la atm�sfera, que es una virtud literaria distinta de otras: distinta de la buena prosa, de la amenidad argumental o de la inteligencia del contenido. C�mo hace Wilkie Collins para lograr eso en cuatro solas p�ginas. Y lograrlo conmigo, el campe�n de los lectores vagos.
    [Conviene mantenerse lejos de esta traducci�n horrible: http://www.bibliotecas.uchile.cl/docushare/dscgi/ds.py/
    AutorView/Collection-161

    Sobre W. Collins: http://www.deadline.demon.co.uk/wilkie/wilkie.htm]

  • Ficciones

    Antes pens�: �En esta bit�cora m�a muchos posts son ficciones, y eso es infrecuente; sin embargo, que yo sepa no hay nada que lo proh�ba�. Luego lo pens� mejor, pens�: �Bueno, quiero decir ficciones premeditadas. Porque ficciones involuntarias son lo normal. Son lo que sucede cuando uno intenta explicarse a s� mismo: ficciones�.

  • «Un día entre los días

    del año 1904, en una casa que persiste en la calle Honduras, Evaristo Carriego leía con pesar y con avidez un libro de la gesta de Charles de Baatz, señor de Artagnan. Con avidez, porque Dumas le ofrecía lo que a otros ofrecen Shakespeare o Balzac o Walt Whitman, el sabor de la plenitud de la vida; con pesar porque era joven, orgulloso, tímido y pobre, y se creía desterrado de la vida».

    Jorge Luis Borges, Evaristo Carriego.

  • Hojas y sombras

    En la terraza de mi casa, esta tarde de julio, la brisa escribe con sombras movedizas sobre la pared del este. Dice: �Hojas y ramas, hojas y ramas; �ltimo sol de la tarde, hojas y ramas. Luz que se aduerme, hojas y ramas. Hojas y ramas�.

  • Día de julio,

    quédate siempre.

  • Letanía por Srebrenica

    Hoy (mejor dicho, el martes 15 de julio que acaba de terminar) ha escrito Hermann Tertsch en El País uno de los artículos más hermosos y necesarios que yo haya leído en estos últimos años. Trata de las muertes de Srebrenica y de nosotros. Habla de la memoria, de los principios morales y del coraje para defenderlos.
    Tertsch se sirve de una imagen para enhilar su discurso: la del poeta Jaroslav Seifert volviendo a ver en sueños a un amigo asesinado durante la ocupación nazi: «Veía los gestos familiares de sus manos, pero cuando quería dirigirme a él, se marchaba hacia su oscuridad», escribía Seifert. Y luego: «No soy muy riguroso cuando digo que los muertos vienen a nosotros. No es así. Eso es un engaño que nos hacemos porque en realidad somos nosotros los que vamos hacia ellos. Cada día estamos más cerca. Un día engrosaremos sus filas y entraremos en los sueños de quienes dejamos atrás».

    Es un pensamiento delicado, extraño y verdadero. En todo caso, el artículo no trata de Seifert y de su memoria. Trata de política. Y Tertsch acaba así, con esta advertencia que yo procuraría recordar: «Si no logramos creer lo suficiente en nuestra identidad como seres libres y sociedades abiertas, seremos incapaces de frenar a quienes saben muy bien ser enemigos con causa, y si nadie entre nosotros, ciudadanos libres en la sociedad humana más próspera y piadosa jamás habida, es capaz y está dispuesto a sacrificarse por ella, es probable que hayamos definitivamente perdido el derecho a vivir en ella».