El juicio

El acusado se est� explicando. Es un hombre vigoroso que ahora mismo se deshace en llanto: describe las noches sin dormir, las llamadas inapelables de las voces. Ha hecho cosas terribles. La sala calla, sobrecogida y absorta. El presidente del tribunal, muy concentrado, garabatea en un papel.
El acusado clama con los ojos elevados hacia la luz cenital; habla de lo santo, de los estigmas de sangre, de la purificaci�n y el anhelo. Entonces el juez, desencajado, descubre que de entre sus garabatos err�ticos surgen los contornos brumosos de un rostro de mujer p�jaro de grandes ojos vanos, una cruz marina y los redondeles esbozados de cuatro monedas.
El juez se levanta despacio, se dirige al acusado, que lo mira serenamente acercarse, y por �ltimo los dos se abrazan de pie, en medio de la sala.
Al d�a siguiente, a nadie le sorprende la absoluci�n tumultuosa.


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