Mes: agosto 2003

  • Un juego

    En casa, Estrella, de año y medio, está jugando sola en el comedor. Se empina, alcanza el mando a distancia de la televisión, se lo lleva al oído como si fuese un teléfono móvil y se pone a hablar con toda seriedad: «¿Naná, naná na a burun, papa babao?».

    Pablo, a quince kilómetros de allí, está solo en su mesa de la oficina, estudiando unos documentos. Levanta la cabeza, alcanza el mando a distancia del aire acondicionado y contesta: «¡Hola, bonita! ¿Te lo pasas bien?».

  • «Soy el oso de los caños de la casa,

    subo por los caños en las horas de silencio, los tubos de agua caliente, de la calefacción, del aire fresco, voy por los tubos de departamento en departamento y soy el oso que va por los caños.

    Julio Cortázar, Historias de cronopios y de famas.

  • Punto de vista II

    En el tren de cercanías va dormida una joven china. No con el sueño incómodo de estos casos, sino con un abandono inocente, como la que está en su cama.

    Es una mujer china, ya digo, dormida en un tren. Una figura cualquiera. En alguna parte saben su nombre, piensan en ella mientras no está, la esperan. Quizá para alguien ese rostro único se confunde con el rostro del mundo. O quizá no.

    No puedo saber si ella tiene esas cosas. De mí sí puedo. Me miro ahora a mí mismo —miro las manos que sostienen el periódico abatido sobre mis rodillas— y me lo pregunto. Y sí, tengo esas cosas.

    La ventana del tren atraviesa Madrid. Vuelvo a mirar a la mujer dormida. ¿Y ella?

  • Lo inefable

    La primera hoja caída, en lo alto del verano. La primera luz que se fatiga al final de la tarde. La primera mañana de sol suave. El primer recuerdo de otros veranos.

  • «Ciencia astral

    Su mundo, casi de nada y nada,
    de fantasmales supercuerdas
    en el espacio decadimensional,
    extrañeza, color, espín y encanto —
    pero cuando tiene dolor de muelas,
    el cosmólogo,
    cuando se disipa en polvo de nieve
    en St. Moritz,
    come ensalada de patatas
    o se acuesta con una señora
    que no cree en bosones,
    cuando muere
    se evaporan los cuentos matemáticos,
    las ecuaciones se derriten
    y él vuelve de su má allá
    a este mundo
    de dolor, nieve, placer,
    ensalada de patatas y muerte.

    Hans Magnus Enzensberger,
    Los elixires de la ciencia (Anagrama, p. 106).
    Traducción de José Luis Reina Palazón