Ahí las cosas

Al comienzo del verano una amiga trajo todas sus plantas a mi terraza para que se las cuidara mientras ella no estaba. Contemplo las mías, esas dos o tres que habrá que meter dentro de casa en cuanto empiece a hacer malo. Mi terraza es orgánica… Podría decir que está llena de polvo y hojas porque soy un abandonado, pero orgánica queda muy bien, y además no es del todo fingimiento, porque la terraza está muy natural, como un descampado.

Mientras sigo aquí de pie, plantado en medio de toda esta… este desorden orgánico, yo sé que me pasa algo. Que este flujo de impresiones: plantas, hojas secas, hojas verdes, brisa fresca… alude a algo, más allá —o al lado— de la tarea banal de adecentar esto. Como si me interpelara.

Un ratito después estoy aquí sentado, dispuesto a escribir: «Me gustaría que esta bitácora sobreviviese al invierno». Y se me viene inocentemente a la cabeza, como una metáfora, la imagen de las plantas ahí afuera. Bien, ahora lo entiendo. Pero me gustaría saber contar lo que las cosas dijeron. Sin traducción, sin metáfora, sin parábola, sin tropos. Esa fragilidad de la que hablaban; que las cosas dependen de los tiempos. Lo que ellas dicen, en su propia lengua.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *