La ciencia no descubre aspectos inusitados de las cosas, sino que pone sobre ellas propiedades que anteriormente no tenían. Las cosas no están saturadas de propiedades discretas a la espera de que un instrumento nazca para medirlas —aunque sería un lindo modo de expresarlo—; parece más cierto decir que las propiedades de las cosas dependen de los órganos que las perciben. Si tienes ojos, ves colores, y así existen el verde, el rojo y el azul. Si tienes oídos, distingues sin tocarlos el viento y la madera. Distingues dos cosas: el rayo y el trueno.
Si tienes un microscopio, las cosas ya pueden ser cristalinas o amorfas. Si tienes más ciencia, levógiras o dextrógiras, infrarrojas o ultravioletas, semiconductores, radiactivas, metales, extrañeza, color, espín y encanto.
De modo que lo que hace la ciencia es inventar órganos nuevos de percepción; luego los aplica sobre las cosas, y anota los valores que ha encontrado sobre una nueva escala de valores. Parece que descubre, y sin embargo añade. Sumamos un sustantivo y equis adjetivos al idioma del mundo. El mundo en que vivimos es también una sintaxis.
Pero, aguarda: ¿son infinitos los instrumentos que se pueden construir para observar una misma cosa? Si lo son, el ser de las cosas se desparrama sin fronteras; sus límites son nuestras limitaciones. O no. Igual las cosas son algo.
Buena cuestión, y muy larga. Cuando era niño, ya me preguntaba si mis juguetes seguían allí, quietos, mientras yo no estaba. Por lo visto, aún no lo sé.

Deja una respuesta