La isla en octubre

En Madrid, a mediados de octubre, ya hacía frío y yo estaba solo. Eso fue hace un tiempo, una vez que tuve un otoño malo. Era un otoño de mal sabor que se iba metiendo poco a poco en el invierno. Una amiga que me conocía bien me invitó por teléfono a su casa, en Granada. Le hice caso, pedí unos días libres y me fui.

Allí los días también se acortaban, pero eran luminosos y tibios. Había una playa pequeña donde la gente iba desnuda y se reconocía por su nombre; el agua estaba fría; comíamos ensalada al sol de la tarde debajo de un emparrado. Charlamos; conocí alguna gente que me habló de sus cosas.

Era sencillo. No la felicidad, sino la paz, lo que a mí entonces me daba lo mismo. Una paz elemental que no se debía a nada. Es decir, que no provenía de la presencia tal o cual bien, sino de la falta. Faltaba el amontonamiento: deseos, bienes, pesares…, cosas, nada de eso.

Regresé a Madrid y a los montones. Volví mejor de aquella isla entre mis días, de aquella tregua. Y al cabo de estos años, la luz del sol entre las hojas del emparrado relumbra en mi memoria con un fulgor verde que es la imagen con que se me representa la paz. O mi felicidad modesta, ya no sé.

Sí sé que cosas así las ha contado mucha gente, cada uno a su manera. Esta es mi versión de la historia; esta es mi isla.


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