Acabo de ver un pato desde mi ventana, negro sobre blanco, recortado en el cielo lechoso de la tarde. Pensé en una letra o una nota musical, blanco y negro, la silueta moviendo largamente las alas. Luego he pensado en la caligrafía japonesa.
En realidad, no sé si era un pato; yo no distingo más que los tres o cuatro pájaros de ciudad. Si hubiese sido una letra, entonces quizá hubiera dicho: mira, ahí va una garamond cursiva. O si hubiese pasado la palabra pato de derecha a izquierda, como en un salvapantallas celestial. Ah, pero los patos de la realidad, qué difíciles.

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