El guarda jurado de mi empresa soñó anoche con que una mujer de verde se inclinaba sobre su cuerpo tumbado en la hierba y le besaba entre los ojos. Luego, esta tarde, mientras hacía la ronda por el patio de atrás, ha descubierto un nido con tres huevecillos diminutos de color pardusco, en la horquilla de una de las ramas bajas de un castaño. Está dudando sobre si contármelo o no. En la oficina yo soy casi siempre el último en salir. Suelo sentarme a la mesa del guardia para firmar la hoja de la ficha, y a veces me entretengo unos momentos charlando con él. Es un buen lector, y así mata todo ese tiempo del que dispone. Le ha asaltado de repente la necesidad de compartir sus experiencias de hoy, aunque él intuye que se trata de algo muy íntimo. Mientras relleno los datos de mi ficha evito todo el rato mirarle a los ojos, porque no sé qué le diría si se animara a hablarme. Sé lo que significan esas dos imágenes con las que hoy se ha cruzado, y también sé adónde lo llevan; pero me resulta imposible imaginar qué puede seguirse si intervengo yo y le informo. Según le diga yo, él hará una cosa u otra, y a partir de ahí el futuro se ramifica infinitesimalmente hasta desvanecerse.
Si me incluyo en el paisaje, de pronto ya no veo. Casi siempre es así. Si no me incluyo, de qué sirve decir nada.
Salgo a la calle y me quedo parado bajo la cornisa del edificio. Está lloviendo y ya es de noche. A veces, este don se me hace tan pesado. Incluso aquí, en este lugar perdido adonde he venido a parar y en donde nadie se mira. Quizá ha llegado la hora de recoger otra vez mis cosas y volver a marcharme. Lo que no sé es adónde.