Una elección

En una parada del metro suben un padre y una hija y vienen a colocarse a mi lado. Él es alto, joven todavía, con traje oscuro y portafolios de piel, un aire un poco estirado. La niña tendrá como siete u ocho años, y encima del uniforme del colegio lleva un abrigo azul marino muy formal.

Son las ocho y pico de la mañana y el vagón está atestado de gente recién levantada, camino de sus ocupaciones. El padre y la niña van hablando, y yo no les presto atención hasta que veo que la niña le muestra a su padre unos caramelitos de colores en la palma de su mano. Eleva un poco la mano para que los cuatro caramelos queden bien a la vista del padre. «Escoge uno —le dice. Pero él se queda quieto, de modo que la niña insiste—: Anda, escoge». «Da igual —responde el padre—; dame uno». La niña tiene muy abierta la mano, con la palma casi convexa. Entonces habla con una voz repentinamente seria: «Decide. Tienes que escoger uno de los colores». Y mira hacia arriba, directamente a los ojos del padre. El vagón se detiene en una parada; se acallan los murmullos de la gente. Amarillo, verde, rosa, morado. «Coge uno —pienso yo—. Cógelo». El padre, muy despacio, se mueve por fin y toma uno de los caramelos. «Ese has escogido. Muy bien», dice serena, con todo aplomo. Y es como si otra voz hablase por la voz de la niña. Pero he aquí que ella se sonríe, la sonrisa le alumbra toda la cara —tiene ocho años—, la escena se deshace y el vagón arranca de nuevo.


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