Nada más triste que esas ciudades de las que ha huido el mar. Te enseñan un cantil derruido y te dicen: «Mira, eso era el muelle». O «en ese hierro amarraban los barcos». O te señalan la línea antigua de la orilla, que ahora es un rastro calizo. A veces se ven costillares de barcos sobre el polvo; otras veces los esqueletos son más melancólicos, como paseos embaldosados, barandillas o faroles despintados.
Qué decirles. Sólo puedes desviar la vista hacia el suelo y agitar pesadamente la cabeza. Pobre ciudad, destinada al olvido.

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