La impresión de que la felicidad me fue dada, a veces, para ponerme a prueba.
Mes: marzo 2004
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Dadme lo que quiero y me marcharé
Las navidades pasadas me leí un libro de Stephen King que se llama La tormenta del siglo, el guión literario de una miniserie de televisión. Cuenta cómo a una pequeña isla en la costa de Maine —Little Tall— llega André Linoge, la encarnación del mal, en medio de la peor tormenta de viento y nieve. «Dadme lo que quiero y me marcharé», repite Linoge mientras golpea y golpea. En la mano lleva un bastón con una cabeza de lobo.
Pensé que se trataba de una fábula moral, pero ahora, a finales de este mes de marzo, me doy cuenta de que también es una parábola política. «Dadnos lo que queremos y nos marcharemos».(Para saber qué quería Linoge y si los vecinos de la isla de Little Tall se lo dieron o no, hay que leerse el libro, lo siento. Estaría muy mal que lo echara a perder).
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Hada dentro
Según parece, la echaron de entre las hadas por su afición a mezclarse con la gente. Desde entonces trabaja de panadera. Atiende con amabilidad, acaricia las coronillas de los niños, devuelve el cambio con los ojos verdes y un poco tristes. Cuando amasa, de la magia que le queda hunde algo en el pan con la punta de los dedos. Esta mañana me pareció como si le apeteciera intimar conmigo, aunque al final no hemos pasado de las palabras de todas las mañanas. Bueno; otro día será. Cuando ella quiera. Da gusto tenerla en el barrio.
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«Autobiografía
Como el naufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.Luis Rosales, Rimas.
[Más sobre el poema: http://www.poesia-inter.net/lr510010.htm.
Y más poemas de Rosales: http://www.poesia-inter.net/indexlr.htm. Una estupenda página, dicho sea de paso.] -
Y, sin embargo,
esta mañana ha entrado la primavera. Ayer me encontré con una frase de Rilke que decía «…triste como el comienzo de las primaveras», así que lo tenía a huevo para el post de hoy. Pero hoy ha hecho calor, un sol suave que se ha quedado un buen rato en el aire, esas cosas. Yo he ido con una camiseta verde de manga corta. He mirado los brotes por todos lados, la gente por la calle, y la verdad es que, asimismo, tampoco entiendo la bondad y la belleza.
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Veo tristeza,
pero yo echo en falta un poco de silencio.
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Introducción al hispanismo II
Se me hace bastante irreal pasar por los escenarios insulsos de mis días y verlos habitados ahora por el rastro de la muerte; pensar que esos humildes descampados, esa periferia de torres eléctricas, hierbajos de cuneta y catenarias, están insuflados de zeitgeist, recién animados por el aliento de la historia. Caigo en la cuenta de que el poyo de hormigón que yo mencionaba el día 11 se encuentra en Entrevías, quizá no en El Pozo; pero cuando llego a El Pozo no puedo comprobarlo porque de la tapia no queda nada en pie.
Hay flores, exvotos y velas rojas en todos los vestíbulos y andenes del recorrido. Dos estaciones más allá, en Santa Eugenia, alguien ha pegado sobre un poste un folio blanco sacado por impresora, donde ha escrito «La guerra ha sido vuestro asesino», de modo que todos podamos leerlo claramente. Es el tercero o el cuarto que veo de ese estilo. Cómo se puede ser tan hijoputa, pienso, tan Caín y tan necio.
Este es mi país, en el que me ha tocado vivir, instalado perpetuamente, como en el verso de Gil de Biedma, entre dos guerras civiles. Tristeza, y sobre la tristeza, vergüenza.
Qué corta es la memoria de la sangre, aquí en España.
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«No se puede
causar daño o perjuicio a las cosas hermosas del mundo; son demasiado fuertes».
Isak Dinesen, «El niño soñador», en Cuentos de Invierno.
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Mañana de marzo
Las imágenes que llegan son terribles, pero yo creo que no alcanzan a expresar la naturaleza del crimen.
Todas las mañanas me levanto, me voy a la estación de Atocha y cojo el cercanías camino de Alcalá, mucho más temprano que en cualquier otra época de mi vida. Y por la tarde, el mismo camino de vuelta. Aunque por la tarde es muy distinto, porque a la hora en que yo vuelvo, el tren viene cargado sobre todo de obreros, españoles y extranjeros, rendidos de cansancio. Muchos hacemos todo el trayecto dormidos, con la cabeza caída hacia un lado, de cualquier modo.
Por la mañana, sin embargo, el viaje es el mejor rato del día. Unos se aovillan y se duermen, como si quisieran conservar un rato más el calor dulce de sus mantas; otros leen. Las mujeres leen mucho más que los hombres, basta fijarse un poco. Los estudiantes se encuentran unos con otros y van charlando a voces. Yo leo también, o voy pensando posts (a algunas de estas personas de las que hablo las habréis visto aparecer aquí), o mirando por las ventanillas.
En la estación de El Pozo mi tren siempre se detiene un rato y nuestros ojos quedan a la altura del andén de enfrente. Muchos días me he quedado mirando a alguna muchacha que espera ahí de pie, a la luz del sol que empieza, el cuerpo girado en dirección a Guadalajara para ver venir su tren. Recién lavada, con la cara pálida y las mejillas y la nariz enrojecidas, temblando levemente en el frío crudo del invierno, agarrada a la correa de un bolso barato. Recortada contra el fondo de una tapia blanca y gris y el poyo de hormigón que tiene a su espalda
La he mirado muchas veces, casi todos los días laborables los últimos cinco años. Esta muchacha es la que hace andar el mundo cada mañana cuando se levanta a trabajar. Imaginad un tren atestado de muchachas como ella, de chavales de barrio camino de clase, de obreros soñolientos y callados, de mucamas pulcras. El sentido completo del crimen es esa imagen quieta un segundo antes de la catástrofe.
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A veces
llego a casa y no estoy en ella.
