Mañana de marzo

Las imágenes que llegan son terribles, pero yo creo que no alcanzan a expresar la naturaleza del crimen.

Todas las mañanas me levanto, me voy a la estación de Atocha y cojo el cercanías camino de Alcalá, mucho más temprano que en cualquier otra época de mi vida. Y por la tarde, el mismo camino de vuelta. Aunque por la tarde es muy distinto, porque a la hora en que yo vuelvo, el tren viene cargado sobre todo de obreros, españoles y extranjeros, rendidos de cansancio. Muchos hacemos todo el trayecto dormidos, con la cabeza caída hacia un lado, de cualquier modo.

Por la mañana, sin embargo, el viaje es el mejor rato del día. Unos se aovillan y se duermen, como si quisieran conservar un rato más el calor dulce de sus mantas; otros leen. Las mujeres leen mucho más que los hombres, basta fijarse un poco. Los estudiantes se encuentran unos con otros y van charlando a voces. Yo leo también, o voy pensando posts (a algunas de estas personas de las que hablo las habréis visto aparecer aquí), o mirando por las ventanillas.

En la estación de El Pozo mi tren siempre se detiene un rato y nuestros ojos quedan a la altura del andén de enfrente. Muchos días me he quedado mirando a alguna muchacha que espera ahí de pie, a la luz del sol que empieza, el cuerpo girado en dirección a Guadalajara para ver venir su tren. Recién lavada, con la cara pálida y las mejillas y la nariz enrojecidas, temblando levemente en el frío crudo del invierno, agarrada a la correa de un bolso barato. Recortada contra el fondo de una tapia blanca y gris y el poyo de hormigón que tiene a su espalda

La he mirado muchas veces, casi todos los días laborables los últimos cinco años. Esta muchacha es la que hace andar el mundo cada mañana cuando se levanta a trabajar. Imaginad un tren atestado de muchachas como ella, de chavales de barrio camino de clase, de obreros soñolientos y callados, de mucamas pulcras. El sentido completo del crimen es esa imagen quieta un segundo antes de la catástrofe.


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