Se me hace bastante irreal pasar por los escenarios insulsos de mis días y verlos habitados ahora por el rastro de la muerte; pensar que esos humildes descampados, esa periferia de torres eléctricas, hierbajos de cuneta y catenarias, están insuflados de zeitgeist, recién animados por el aliento de la historia. Caigo en la cuenta de que el poyo de hormigón que yo mencionaba el día 11 se encuentra en Entrevías, quizá no en El Pozo; pero cuando llego a El Pozo no puedo comprobarlo porque de la tapia no queda nada en pie.
Hay flores, exvotos y velas rojas en todos los vestíbulos y andenes del recorrido. Dos estaciones más allá, en Santa Eugenia, alguien ha pegado sobre un poste un folio blanco sacado por impresora, donde ha escrito «La guerra ha sido vuestro asesino», de modo que todos podamos leerlo claramente. Es el tercero o el cuarto que veo de ese estilo. Cómo se puede ser tan hijoputa, pienso, tan Caín y tan necio.
Este es mi país, en el que me ha tocado vivir, instalado perpetuamente, como en el verso de Gil de Biedma, entre dos guerras civiles. Tristeza, y sobre la tristeza, vergüenza.
Qué corta es la memoria de la sangre, aquí en España.

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