Según parece, la echaron de entre las hadas por su afición a mezclarse con la gente. Desde entonces trabaja de panadera. Atiende con amabilidad, acaricia las coronillas de los niños, devuelve el cambio con los ojos verdes y un poco tristes. Cuando amasa, de la magia que le queda hunde algo en el pan con la punta de los dedos. Esta mañana me pareció como si le apeteciera intimar conmigo, aunque al final no hemos pasado de las palabras de todas las mañanas. Bueno; otro día será. Cuando ella quiera. Da gusto tenerla en el barrio.

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