I
El viajero del tren de cercanías no debe conocer el nombre de las plantas que ve desde la ventanilla. Como ha llovido y llovido durante el invierno, lo que suelen ser campas gredosas, pedregales y baldíos está tapado ahora de una hierba verde espesa iluminada por vastas manchas de colores: amarillo, azafrán, violeta, rojo. Las rojas son amapolas del color de la sangre que se abren por cualquier rincón —sobre los cascotes de una obra, entre el balasto, al pie de una tapia— con una belleza inverosímil.
Aparte de ellas, no sería razonable nombrar las otras flores, ya que este es un tren urbano y en el espacio de la ciudad solo hay plantas y hierbas, nada más.
II
El primer día después de los atentados del 11 de marzo, por los andenes entre Alcalá y Atocha comenzaron a aparecer, en cualquier lugar fuera del paso, modestos recados memorativos: notas manuscritas, fotos, flores, velas rojas; arrimados a una farola, por ejemplo, o pegados a esos postes metálicos que sostienen las catenarias. Creí que durarían un día o dos, pero prevalecieron, mojados y arrugados, cada día más nutridos.
Me pareció que se trataba de una especie de conversación, un tanteo o un balbuceo para expresar lo invisible; un esfuerzo inarticulado por hablar, sirviéndose de las cosas, acerca de lo que es más grande y no se puede decir.
Enseguida se fueron organizando en unos pocos rincones hasta formar una suerte de altarcillos protorreligiosos tirados en el suelo. Todavía pueden verse algunos por el camino, salpicados de velas rojas. No los entiendo, y sin embargo los miro con respeto y simpatía. Supongo que la razón no puede dar cuenta de estos objetos que participan de la naturaleza del símbolo.
Sospecho que si arrancásemos toda religión del mundo volvería a brotar aquí y allá, como la hierba.
III Memoria
Las velas encendidas en los andenes de Madrid se irán apagando una tras otra, y cuando se haya extinguido la última ya sólo seguirán ardiendo en mi memoria. Un día yo me apagaré también, pero antes arrimaré mi frente a otra frente para prender la llama en ella y que esta sangre de marzo nunca se olvide.