Entre las cosas de Avellana he encontrado lo que parece un cuaderno de viaje: en la tapa figura una ilustración de un río con manglares, una bruma que se alza al fondo del cuadro y un animal noble y desconocido en medio; los márgenes están decorados con motivos geográficos: largavistas, sextantes, faros y ballenas. Las páginas iniciales las ocupan croquis, rayones y bosquejos; la primera frase que puedo leer dice: «El galote. Se llama así un árbol que da una sola fruta cada verano. Le crece en el centro de la copa, y es carnosa y redonda como un globo». Pero al lado aparece dibujado una especie de hombrecillo con sombrero hongo. No lo entiendo. En las páginas siguientes hay más anotaciones:
«La libélula acorazada. Es muy miope. Se topa todo el rato contra cualquier cosa, así que cuidado».
«Las allunas. A las allunas las llaman también golondrinas de almizcle. Pasan volando y pasa con ellas el rastro de un aroma angélico».
«Ulupe es un pueblo razonable, con buenas manufacturas. Allí tienen unos pájaros negros y azules, del tamaño de una corneja, que, dicen, acuden al olor del hombre santo. Una vez, hace años, un murmullo de la multitud cubrió la plaza, como un gemido, cuando fueron a posarse en la cabeza del ahorcado».
«Ulupe es un pueblo triste, agobiado por una antigua culpa».
«En Imbea les encanta ese proverbio: la luz no sabe doblar las esquinas».
Vienen luego varias páginas con dibujos absurdos, y después continúan las anotaciones.

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