De mi primera época de lector de ciencia ficción recuerdo un célebre cuento ultracorto de Fredric Brown que decía así:
Después de la última guerra atómica, la Tierra estaba muerta; nada crecía, nada vivía.
El último hombre estaba solo, sentado en una habitación. Alguien llamó a la puerta.
Años después, me encontré este otro, de Thomas Bailey Aldrich, Sola y su alma:
Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.
Se supone que el de Brown es de 1951; el de Aldrich, de 1912. Resulta obvio que por debajo de estas dos historias hay una tercera que yo desconozco. Sigo sin tener prisa; esperaré a que algún día llame a mi puerta.
[Aunque entretanto yo tengo mi hipótesis: sospecho que el primer cuento nunca ha existido y que lo han escrito el azar y los años, aunque se pueda hallar el texto inglés en Internet: http://www.gwillick.com/Spacelight/brown.html
y yo leyera varias veces, en su día, la traducción castellana (de hecho, la he escrito ahora de memoria, porque por Internet —o entre mis libros— no se encuentra). Sin embargo, bajo esa forma es rarísimo. La abundante es otra versión más breve y mucho más sosa, y también, empiezo a creer, más verdadera.
Por otro lado, mucho me temo que tampoco el segundo cuento exista. Ominosamente, aparece en la famosa Antología de la literatura fantástica de Borges, Casares y Ocampo, con lo que hay que temerse lo peor. O lo mejor, según se aprecien las bromas literarias.]

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