Se acaba julio y con él se acaba el tiempo del poema. Leí un día que el hombre primitivo no vivía verdaderamente en sus días, sino que los pasaba en una especie de devenir, como en un sueño; y la vida, la vida verdadera, ocurría solo en determinados lugares y momentos del año, cuando el hombre participaba del acontecer del mito. Julio es mi mes de estar del todo vivo, el mes en que nací, cuando regresa el ahora.
Con el poema quería referir una sensación más fuerte en julio. Una sensación, o sea, un hecho de la experiencia interior, una cosa que me pasa. Así que no es una teoría, aunque se deja describir aproximadamente mediante una noción filosófica que ni es mía ni es nueva: digamos, algo así como que el ser es una interfaz, esto es, una superficie de contacto, entre la sensibilidad y las cosas. Como —en otro orden— la belleza, para entendernos.
Pero se termina el mes y se acaba el tiempo del poema donde tenía que decir aquello que he sentido. Aquí se queda, hasta otro año:
A este hombre que ve caer la tarde de julio
se le llena el alma como un espejo
de luz verde,
rumor de hojas,
un cielo vecindario,
voces de niños a lo lejos,
viento lento,
rescoldos de cristal de luz finida.Solos sobre el mundo
la tarde y él,
el uno por el otro,
uno.

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