Mes: noviembre 2004

  • Avellana: su cuaderno de viaje IV

    Avellana saldrá una noche de casa después de cenar, contra su costumbre. Para aclararse la cabeza con el aire fresco. Andando, llegará a donde se cruzan cuatro calles y es obligado escoger; pero él duda. No quiere renunciar a ninguna de ellas; entonces toma las cuatro a la vez.

    De aquí en adelante andará por cuatro caminos distintos; vale decir, vivirá cuatro vidas. En una de ellas no me trae libretas anotadas para que yo las mire; en otra se encontrá una piedra azul en unas bardas al borde del camino; en otra es un cascarrabias sedentario y fantasioso; en otra es un pájaro.

    Avellana saldrá de casa una noche y tomará cuatro caminos, y de cada uno, otros cuatro, y otros más, todos los que tema abandonar. Siempre alejándose de este punto, el de partida.

     

    [Avellana: su cuaderno de viaje III]

  • Noviembre

    Por las tardes, despu�s de tomar el caf�, el se�or Gonz�lez vuelve a la oficina por la acera de la izquierda, en verano, y por la acera de la derecha, si es invierno. Esta tarde vuelve por la acera de la derecha. El sol de oto�o le da de frente y le deslumbra. La luz enciende la silueta cristalina de los �rboles, enciende las losas del suelo y el granate en las tapias.
    El se�or Gonz�lez se queda mirando con detenimiento unas hojas de hierba que se aprietan sobre la acera, en una juntura. Hojitas tiernas verde claro. Apoya la mano en el tronco de un arbolillo liso, de tacto tibio. Siente el peso leve del calor del sol encima de los hombros y, al borde de la felicidad, piensa si ese ensanchamiento de su sensibilidad para el detalle es un don o es se�al, por el contrario, de la limitaci�n de su existencia.
    Su sombra se alarga, atraviesa la acera y va a caer sobre los hierros de una verja. El se�or Gonz�lez, abstra�do, se ha olvidado de que medita. Es un hombre de bigote con un abrigo gris parado en medio de la calle. Apoyado en el �rbol, cierra los ojos y alza la barbilla para recibir el sol en la cara con avidez y con placer.

  • Tamara, de Calvino

    Este librito, Las ciudades invisibles, no me canso de recomendarlo. A veces pienso que en vez de un libro es una ciudad con nombre de mujer en una de cuyas calles hay una puerta por la que he entrado a esta habitaci�n en la que escribo, sin salir nunca del libro.

    Las ciudades y los signos. 1

    El hombre camina d�as entre los �rboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una veta de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el resto es mudo e intercambiable; �rboles y piedras son solamente lo que son.
    Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra en ella por calles llenas de ense�as que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza la verduler�a. Estatuas y escudos representan leones delfines torres estrellas: signo de que algo —qui�n sabe qu�— tiene por signo un le�n o delf�n o torre o estrella. Otras se�ales advierten sobre aquello que en un lugar est� prohibido —entrar en el callej�n con las carretillas, orinar detr�s del quiosco, pescar con ca�a desde el puente— y lo que es l�cito —dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cad�veres de los padres—. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna ense�a o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para indicar su funci�n: el palacio real, la prisi�n, la casa de moneda, la escuela pitag�rica, el burdel. Hasta las mercanc�as que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por s� mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanqu�n dorado poder, los vol�menes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo voluptuosidad. La mirada recorre las calles como p�ginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a s� misma y a todas sus partes.
    C�mo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qu� contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vac�a hasta el horizonte, se abre el cielo donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el hombre ya est� entregado a reconocer figuras: un velero, una mano, un elefante…

    [Italo Calvino, Las ciudades invisibles (Minotauro). Traducci�n de Aurora Bern�rdez.]
    [Las ciudades y el deseo. 1]

  • Una teoría poética

    es, como casi todas las ideologías, una colección de buenos propósitos que se arruinan en su realización.

    [Ese casi tiene su explicación. Les he dejado a las ideologías un resquicio al no escribir «es verdad para toda ideología que»: pero eso no significa que alguna ideología no se arruine en su realización, sino que alguna ideología carece de buenos propósitos.]

  • Acordeones

    Conoc� una vez un muchacho bondadoso y algo triste que tocaba el acorde�n. Un d�a le mand� una postal de cumplea�os y le escrib� una cita sobre el acorde�n sacada de un cuento. S� que le hizo feliz, porque me lo cont� tiempo despu�s una amiga com�n que se encontraba con �l ese d�a. Ya digo, era una bell�sima persona.
    Durante el verano pasado, muchas tardes sonaba un acorde�n, aqu� en mi calle, cada d�a hacia la misma hora. Nunca he sabido qui�n tocaba porque durante el buen tiempo las copas de los �rboles me tapan la vista de la acera. Con el sonido del acorde�n en el calor de agosto me acordaba del olor de los ajos silvestres, de la mierda de vaca y de los ojos de Raymond y su expresi�n de ni�o.
    Ahora, al comienzo del invierno, me acuerdo de los d�as apacibles y extra�os de este verano que ha pasado hace tan poco, me recuerdo aqu� sentado recordando a Raymond, ahora que el acorde�n se ha ido, y me pesa todo este tiempo m�o que se va apilando, recuerdo sobre recuerdo, como una carga difusa que diluye y esfuma los detalles de la emoci�n en la memoria y deja solo una lechosa, punzante, vagamente humana sensaci�n de haber sentido.

  • Cruce

    Juan volv�a del trabajo en el tren de cercan�as, de pie junto a la puerta del vag�n. En una estaci�n subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba habl�ndoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adopt� la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.
    Todos los pasajeros dentro del vag�n miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.
    Cuando era ni�o, un chaval mayor cogi� a Juan, en el barrio, y se empe�� en ense�arle a boxear. Dec�a que ten�a cualidades. Le ense�aba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le ense�aba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callej�n sin salida, junto a una tapia cubierta de verd�n, y all� practicaban hasta que se iba la luz. Juan quer�a ser amable, pero se aburr�a much�simo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurri� subirse a la tapia y se cay� desde lo alto. Llov�a y se resbal�. Se pas� mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sinti� mejor, se levant� y se fue para casa, y consigui� pasar sin decirle nada a su t�a.
    El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresi�n de ser hombres mayores. Parec�a un inocent�n, un ni�o grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna raz�n a Juan le repugn�.
    Se ape� en la siguiente estaci�n, sin volverse a mirar, alej�ndose camino de su casa. Luego, mientras hac�a la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su ni�ez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvi� a sentir que su vida era una colecci�n de traiciones. Se encogi� de hombros, a solas.

  • Encuentro

    Me encontr� una cosa que no estaba buscando y durante un momento intent� recordar qui�n hab�a dicho algo sobre esos casos, hasta que enseguida ca� en la cuenta de que lo hab�a escrito yo en esta p�gina, hace un a�o, justo el d�a 7: "Cuando uno encuentra algo bueno no es equivocado decir que era eso lo que estaba buscando".
    Pues eso. Buscaba otra cosa y me encontr� esta, dentro de un gran libro:

    El loro

    Un viejo armador dan�s recordaba los d�as de su juventud y c�mo una vez, cuando ten�a diecis�is a�os, se pas� una noche en un burdel de Singapur. Hab�a ido con los marineros del barco de su padre y se sent� a charlar con una anciana china. Cuando ella oy� decir que era nativo de un pa�s muy lejano trajo un viejo loro, que era suyo. Cont� que hac�a mucho, mucho tiempo, se lo hab�a regalado un noble ingl�s que hab�a sido su amante en su juventud. El muchacho pens� que el loro pod�a tener hasta cien a�os. Pod�a decir frases en todos los idiomas del mundo, aprendidas en la atm�sfera cosmopolita de la casa. Pero el amante de la mujer china le hab�a ense�ado una frase antes de regal�rselo, que ella no entend�a, ni ning�n visitante le hab�a podido decir qu� significaba. As� que llevaba muchos a�os pregunt�ndolo. Pero como el muchacho era de tan lejos quiz� fuera en su idioma y pudiera traducirle la frase.
    El muchacho qued� profunda, extra�amente conmovido por la sugerencia. Cuando mir� al loro y pens� que pod�a o�r dan�s de aquel terrible pico estuvo a punto de marcharse corriendo de la casa. S�lo se qued� por ayudar a la anciana china. Pero cuando ella hizo que el loro dijera su frase, result� ser en griego cl�sico. El p�jaro dijo sus palabras muy lentamente y el muchacho sab�a el griego suficiente como para reconocerlas; eran unos versos de Safo:

    La luna y las Pl�yades se han puesto.
    Y medianoche es pasada.
    Y las horas huyen, huyen.
    Y yo estoy echada, sola.

    La anciana, cuando �l le tradujo los versos, chasc� los labios e hizo girar sus ojos rasgados. Le pidi� que se los dijera otra vez y movi� la cabeza.

    [Isak Dinesen, Lejos de �frica (�De la agenda de un emigrante�). Traducci�n de B�rbara Mc Shane y Javier Alfaya/Aquilino Duque.]

  • Edad II

    El tiempo
    que roe los metales y la carne
    que confunde las ciudades y los d�as
    y que un d�a acabar� por arrastrarlo todo,
    sabe tambi�n ser piadoso.
    Y as� descubro, al cabo de los a�os
    que la vida prescribe.

    [Edad I]