Juan volv�a del trabajo en el tren de cercan�as, de pie junto a la puerta del vag�n. En una estaci�n subieron tres hombres, dos blancos y uno negro, con aspecto muy baqueteado, y se quedaron al lado de Juan. El negro iba habl�ndoles a los otros de boxeo. En mitad de la plataforma, adopt� la postura de guardia, los pies abiertos y un poco agachado, y se puso a fingir los movimientos de un boxeador en una pelea. Los otros dos lo contemplaban sin decir palabra.
Todos los pasajeros dentro del vag�n miraban disimuladamente hacia ellos cuatro.
Cuando era ni�o, un chaval mayor cogi� a Juan, en el barrio, y se empe�� en ense�arle a boxear. Dec�a que ten�a cualidades. Le ense�aba a poner la guardia, el crochet, el uppercut, el directo, pin, pan, de derecha, de izquierda. Le ense�aba a mover los pies. El boxeo es como una esgrima. Se iban a un callej�n sin salida, junto a una tapia cubierta de verd�n, y all� practicaban hasta que se iba la luz. Juan quer�a ser amable, pero se aburr�a much�simo. En ese mismo sitio, un domingo por la tarde, yendo solo, a Juan se le ocurri� subirse a la tapia y se cay� desde lo alto. Llov�a y se resbal�. Se pas� mucho tiempo tirado en el suelo, una eternidad. Cuando por fin se sinti� mejor, se levant� y se fue para casa, y consigui� pasar sin decirle nada a su t�a.
El negro del tren era delgado y fuerte, aunque con una delgadez como avejentada, del estilo de esos futbolistas curtidos que con treinta y pocos dan la impresi�n de ser hombres mayores. Parec�a un inocent�n, un ni�o grande. Entonces hizo un movimiento repentino, de serpiente, que por alguna raz�n a Juan le repugn�.
Se ape� en la siguiente estaci�n, sin volverse a mirar, alej�ndose camino de su casa. Luego, mientras hac�a la cena, le vinieron a la memoria aquellas cosas de su ni�ez, como si los recuerdos emergieran de lo hondo de un pozo, aunque muy claros. Igual que otras veces, volvi� a sentir que su vida era una colecci�n de traiciones. Se encogi� de hombros, a solas.