Por las tardes, despu�s de tomar el caf�, el se�or Gonz�lez vuelve a la oficina por la acera de la izquierda, en verano, y por la acera de la derecha, si es invierno. Esta tarde vuelve por la acera de la derecha. El sol de oto�o le da de frente y le deslumbra. La luz enciende la silueta cristalina de los �rboles, enciende las losas del suelo y el granate en las tapias.
El se�or Gonz�lez se queda mirando con detenimiento unas hojas de hierba que se aprietan sobre la acera, en una juntura. Hojitas tiernas verde claro. Apoya la mano en el tronco de un arbolillo liso, de tacto tibio. Siente el peso leve del calor del sol encima de los hombros y, al borde de la felicidad, piensa si ese ensanchamiento de su sensibilidad para el detalle es un don o es se�al, por el contrario, de la limitaci�n de su existencia.
Su sombra se alarga, atraviesa la acera y va a caer sobre los hierros de una verja. El se�or Gonz�lez, abstra�do, se ha olvidado de que medita. Es un hombre de bigote con un abrigo gris parado en medio de la calle. Apoyado en el �rbol, cierra los ojos y alza la barbilla para recibir el sol en la cara con avidez y con placer.

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