La otra noche volvía a casa andando despacio. Ya era tarde. Una ráfaga de viento movió la hierba, en la oscuridad de primavera, y entendí qué es lo que trato de hacer. Escribir el poema de mi paso por la tierra. Un párrafo, unos versos, una línea que diga: así estuvo Juan cuando pasó por la tierra; así fue.
No, no levantar testimonio de mi paso: expresarlo, de eso se trata. Declarar la verdad de lo que fue. Le doy vueltas en la cabeza y se me ocurre una frase: «Declararlo para que sea». Pero es absurdo. ¿Por qué lo quiero declarar, qué le añade a la vida el que la vida se diga? Lo que es, lo que ha sido ¿va a ser más por escribirse con toda verdad?
Eso es, por lo visto, lo que quiero.
Era una noche tranquila y oscura y brillaban algunas estrellas. Al llegar a mi casa, en este barrio, hay trozos descuidados de césped, eras con arbolillos y algún seto. Un perro salió de entre las sombras en mi dirección, y se fue a olisquear al pie de un tronco. Esforcé la vista y distinguí la silueta de un hombre, sentado en lo oscuro, más allá. Sopló una ráfaga de viento tibio, de ligero olor, y entonces, en la calle callada se me ocurrió lo que he dicho, esta cosa sencilla. Qué tontería: el poema de mi paso por la tierra. Pero lo repito y siento que es eso.
