Un viajero desorientado se equivocó en un cruce y fue a parar a la vieja estación de tren, abandonada. El taquillero le vendió un billete para la ciudad; él compró un paquete de tabaco negro en el estanco y se fumó un pitillo paseando arriba y abajo. De los altavoces salía una música antigua. Unas pocas palomas aleteaban bajo la marquesina de hierro. El andén se fue llenando poco a poco de personas, de conversaciones cada vez más ruidosas y de bultos. Un cartel mecánico anunció el tren, y al sentir la proximidad del temblor las cabezas se giraron en la dirección por donde debía asomar la máquina. El viajero tiró su colilla al balasto de la vía y agarró el asa de su maleta. En un instante todo desapareció en medio del silencio, y el viajero extraviado se quedó solo sobre el andén, triste, inundado con la tristeza de todas las despedidas.

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